La cartera : El
hombre que está delante de mí no deja de consultar el móvil mientras espera que
le sirvan el pedido. Parece alguien que, como yo, se llevara la cena a casa
para ahorrar tiempo. Sé que hay cocineros como Jamie Oliver o Julius que se
esfuerzan por mostrarnos que si se quiere se puede preparar un primero y un
segundo en veinte minutos y que negarían con la cabeza si me vieran aquí. Pero
que no pongan esa cara : alguna vez he hecho de Jamie o de Julius, pero no
puedo repetirlo todos los días. Sus veinte minutos se han levantado a las diez
de la mañana, han dado un paseo tranquilo mientras los guionistas y los
productores preparaban el programa y se presentan frente a la cámara limpios,
por estrenar; los míos, que se han despertado a las seis, vuelven del camino
con los pies lleno de barro. No solo eso. Aunque tuviéramos el tiempo y los
ingredientes, es más que probable que nos fallara la cabeza : el hombre del
móvil se lleva la bolsa con las hamburguesas y se deja la cartera. La chica que
le ha atendido sale corriendo con los cascos puestos y la cartera en alto.
jueves, 7 de febrero de 2013
miércoles, 6 de febrero de 2013
Alas de chocolate
Alas de chocolate :
Entro en la pastelería con una urgencia que se disuelve como el vaho al salir
de la boca cuando la dependienta me mira tranquilamente. Le falta decirme : ¿tú
ves prisa en este mostrador?. Me falta responderle : No. En absoluto. Mire
donde mire sólo hay tiempo sólido mezclado con azúcar. Avanza más un reloj
roto. Sé que debería haber dejado las prisas en la entrada, como los zapatos en
un templo, pero es que tengo a mis hijos en el coche y se trata de una urgencia.
Tengo tanta prisa que no puedo ni describir a la mujer, ni su tez de vainilla
ni sus ojos de trufa negra.
-Un donut.
-No tengo.
Una
urgencia, decía, porque Daniel no ha cogido nada para comer en el colegio y
hoy, precisamente hoy, hemos soportado la cola de coches más larga para salir
del barrio que han visto estos ojos desde que tengo ojos. Ya las puertas del
colegio están abiertas, ya los profesores empiezan a ver qué pupitres están
vacíos, ya el bedel, en fin, saca la llave del bolsillo para cerrar la puerta
del saber. Nos quedan un par de minutos para que nos destierren todo el día y
la educación de mis hijos se retrase ocho horas de por vida.
-Tengo
palmeras, ensaimadas…
-Una
palmera.
El encargo
era un donut, pero a la palmera, que parece las alas del ángel de la guarda de
los golosos, no le puedo decir que no. Las veo gruesas y cubiertas por un
chocolate tan oscuro que me sólo me queda una opción, como si fuera el único
carril abierto en un peaje. Pues una palmera. Me quiero creer que es del día,
que esta madrugada el pastelero, envuelto en sueño, ha dado lo mejor de sí para
que yo ahora la pueda comprar. Pues una palmera, aunque lo más seguro es que la
hayan recibido esta mañana de alguna fábrica de las afueras donde las máquinas
no saben ni de sueño, ni de día ni de noche.
Salgo de la
pastelería con la palmera en una bolsa. Y pienso dos cosas. La primera, una
tontería, que deberíamos comprar los objetos de uno en uno. Se nos iría todo un
día en hacer la compra, pero con cada uno nos llevaríamos parte de esa esencia
que se pierde entre cinco bolsas en un carro repleto. La segunda, que hay un
placer especial en comprar algo para entregárselo a alguien que lo quiere. Sé
que este placer va a envolver el día como el chocolate a la palmera.
Daniel saca
la palmera de la bolsa. Su silencio me dice que ahí hay palmera para varios
días, que si es para uno solo tendrá que comérsela durante todo el día. Me
ofrezco a quedarme con la mitad y eso le tranquiliza : eso sí puede envolverlo
con su hambre. Antes de entrar en el colegio partimos la palmera con la
solemnidad con la que firmaría un tratado de paz. Un gesto preciso : no cae ni
una miga. El mete la suya en la mochila y yo la mía en una bolsa de plástico.
A media mañana, en el trabajo, cojo la palmera de la bolsa para comérmela y me acuerdo de Daniel, que igual ha empezado con la suya. La distancia, que une mucho.
A media mañana, en el trabajo, cojo la palmera de la bolsa para comérmela y me acuerdo de Daniel, que igual ha empezado con la suya. La distancia, que une mucho.
martes, 5 de febrero de 2013
Añoranza del salvaje Oeste
Añoranza del salvaje
oeste : Dejo la ropa encima del respaldo de una silla como los restos de un día
que tampoco tiene nada ya que lo mantenga en pie (las horas que quedan no son
huesos, sino cartílagos). Descubro entonces algo que ya sabían en el lejano Oeste : el alma de un hombre está en la hebilla de su cinturón. Lo único
que en este momento se mantiene erguido a pesar de nosotros mismos.
lunes, 4 de febrero de 2013
Un queso único
Un queso único : En
un libro de cocina para niños, ojeado rápidamente en un Vips, veo una receta
simple : un trozo de mozzarella abierto en varios cortes combinado con rodajas
de tomate, como dos barajas mezcladas. Cierro el libro. Veo el precio. Lo dejo
en su sitio.
Compro la mozzarella en Mercadona sabiendo
que habría que ampliar mucho la definición de mozzarella para considerarla auténtica.
Tampoco importa : a mí me gusta. Me gusta apretar el envoltorio y sentirla sumergida
de líquido, como un queso acuático frente a todos los de secano que se
presentan en la sección de lácteos. Me gusta cortar un pico de la bolsa con una
tijera y vaciarla. Me gusta coger el queso con las manos, tocarlo, notar cómo
cede a la presión y después dejarlo en un plato.
A los mellizos les parece poca
cena. El queso en el plato. Los cubiertos. El vaso con zumo. Les explico mi
proyecto de cortar el tomate e ir colocándolo en la mozarella. Lucía : no.
Daniel : no. Yo : Pero. Lucía : Que no. Daniel : Que no. Yo : Bueno.
Bueno. Cojo el frasco de aceite y
echo un chorro encima de la mozzarella. El mar y la tierra de secano se juntan
en esa gota que cae por la superficie de la mozzarella, vistiéndola. Realmente
no hace falta nada más. Recuerdo entonces que Roberto Saviano, el escritor
italiano amenazado de muerte por su libro “Gomorra”, decía que la mozzarella de
búfala era la primera razón por la que la vida merecía ser vivida. Busco una
forma de contárselo a los mellizos de una forma resumida, pero habría que
explicar tantos conceptos que prefiero no decir nada. Ahí se queda la historia de una
persona que no puede dejar de moverse para que no le maten y que, en lo más
alto de su lista, coloca la mozzarella.
Yo sí me corto el tomate, para que
vean lo que se han perdido.
domingo, 3 de febrero de 2013
Un sofá cubierto de nieve
Un
sofá cubierto de nieve : Colocamos los guantes de esquiar encima del radiador,
como crestas de gallo. Después abro la mochila de Daniel, donde todo aparece
revuelto, como si hubiera parado el centrifugado de la lavadora antes de tiempo
: un batido vacío, un trozo de pan, un trozo de tortilla francesa, otro trozo
de pan, un paquete de kleenex por la mitad, una botella de agua medio llena y
medio kit-kat. Por inercia, meto la tortilla francesa entre los dos trozos de
pan y me voy con el bocadillo al salón. Daniel se pone de pie encima del sofá
y, viendo que tiene mi atención, se dedica a repetir los mejores momentos de su
mañana en la nieve. Me voy comiendo el bocadillo. No me importa que esté frío.
Algunas de las maniobras de Daniel se me escapan porque no sé esquiar. Cuando
ve que no respondo con suficiente énfasis a su representación se detiene y me
detalla dónde estaba la dificultad. ¡Ah!. Continúa entonces su descenso
mientras yo sigo masticando el bocadillo sin mucha hambre. Hasta fría está
buena la tortilla francesa. ¿Es mi bocadillo?. Era, le respondo. Se queda
pensando un poco y sin decirme nada, se marcha a la cocina, de donde vuelve con
lo que le quedaba del kit-kat para ofrecérmelo. Solo cuando me ve mordiéndolo,
sigue con su paseo por la nieve.
sábado, 2 de febrero de 2013
La rodaja de kiwi
La rodaja de kiwi
: Caminamos por la zona más típica de Madrid un sábado por la mañana,
dejándonos llevar. Nos cruzamos con los turistas que van al Thyssen, al Prado
o, como nosotros, callejean por un barrio en el que no hace falta buscar mucho
para encontrar cosas interesantes. Hace buena temperatura.
Nos vamos sumergiendo en esa parte
que a Madrid le gusta presentar de sí misma, el solomillo de la ciudad, hasta
que acabamos en unas calles que parecen de otro país. Hay menos gente y un
silencio en el que todos los objetos parecen reposar. Me fijo en una tienda de
reparación de bicicletas que muestra una en el escaparate. Al lado, una librería
que expone grandes libros de arte y de la que sale una luz cálida, como de
pastelería.
Enfrente, en un edificio que
normalmente funciona como una incubadora de negocios, han montado un mercado
ecológico al que entramos. Tanto la gente que expone sus mercancías (aceite,
frutas o embutidos) como los que caminan entre los puestos tienen algo en
común. Noto que comparten una forma distinta de tratar con los objetos (primero
quieren saber; después, comprar), con la gente (en conversaciones que parecen
largas y detalladas, se escuchan con atención, como si también cada frase
hubiera que masticarla varias veces antes de asimilarla) y con ellos mismos (parecen
haber eliminado cualquier tensión con su cuerpo, alcanzando con él un acuerdo
de mínimos). Me siento extraño porque el contraste con todo esto me muestra,
aumentado, lo que soy y me deja expuesto.
Apuntamos a Daniel y Lucía a un
curso sobre semillas que empieza a las cuatro. Aprovechamos entonces para tomarnos
un zumo ecológico : naranja con kiwi. Solo hay un hombre haciendo zumos con una
tranquilidad no sé si también ecológica. No es una cola muy larga, pero parece
que cada minuto que pasara nos alejara más del zumo. Esa una sensación curiosa.
Cuando por fin nos atiende es probable que algunas de las semillas del curso de
los enanos ya hayan florecido. El zumo está muy bueno, pero, a pesar del
ambiente informal, me parece una muestra de lujo. Todo el lugar, a su manera,
es un gran monumento al lujo : existe porque hay otra economía que ofrece
cantidad para la masa. La rodaja del kiwi en el vaso aporta al zumo la misma
distinción que la marca a la prenda que la luce.
viernes, 1 de febrero de 2013
Un guía atípycoll
Un guía atípycoll
: Daniel y yo nos paramos frente al cuadro de van Dyck. Le cuento lo básico :
que es, sobre todo, el retrato de un mamífero. Que sus padres lo debieron
querer mucho cuando se portaba bien. Esas cosas. Como nadie nos ve, le animo a
que lo toque, porque la pintura se ve con los dedos. Lo acariciamos. Lo notamos
recién afeitado porque en la escuela flamenca ya sabían que era más difícil
dibujar una barba y eso sólo se lo dejaban hacer a los que se ganaban el cinturón
negro con lunares. Para situar el cuadro en su contexto, le explico a Daniel
que el pintor (y su obra) vivieron en una época convulsa. Convulsa, repito.
Luego se pondría peor, pero en esa tranquila convulsión se dio un arte efímero
pero característico. Fíjate en los ojos con los párpado levantados, le digo,
mires desde donde mires, parece que los tenga abiertos. ¡Ah! ¡El arte! ¡Cómo se
me descongestiona la nariz! ¡El arte!. Daniel aprovecha mi momento de debilidad
para preguntarme si me gusta Melendi. No, zanjo. Daniel vuelve con otra
pregunta : ¿un cuarto punto suspensivo añade significado o lo quita?. La
pregunta, lo admito, me requiebra el hipotálamo un rato. Me quedo en silencio.
Como no obtiene respuesta, me pregunta si puede restaurar el cuadro. Si, le
digo, restaura que algo queda. Y hete aquí que tira de una zona y arranca una
sección amplia del cuadro.¡Ahivalahostia!, rezongo en vasco. Intento arreglarlo en plan Sinatra : a mi manera. Arranco yo otro trozo. Pero mira, le señalo a Daniel, van Dyck
hizo su obra encima de un anuncio de cruceros por el Mediterráneo. Y a buen
precio. Daniel dice que quiere embarcarse en uno para hacerse una foto con el
capitán. Le digo que no, que tiene que entenderlo, que ninguno de los dos
nacimos en años bisiestos. Por un momento temo que se me haga zurdo, pero se
rasca la cabeza con la mano buena y me susurra a pleno pulmón que no importa, que
él tiene bastante con mi cariño. Bendita bendición. Nos abrazamos y lloramos un
poco. Así. Dejo que se suene en mi manga. ¡Pero mira!, le digo, ¡podemos darnos
una vuelta en metro! Y por ahí llega, triunfal, el vagón de la línea diez al
que vamos a subirnos para que su vector de fuerza transporte a los nuestros.
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