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domingo, 10 de julio de 2011

Las vidas de una gata


En la casa que unos amigos tienen en el pueblo hay cuatro gatos.

Uno se pasa todo el día tumbado en una silla de plástico durmiendo: es un sueño largo al que se ha abandonado con todo su cuerpo, que parece desmontado con cuidado para montarlo de nuevo el lunes.

Otro maulla para entrar en la casa y, cuando lo logra, cruza rápidamente la cocina para pedir que le abramos la puerta que le permita salir de nuevo.

El tercero camina tranquilamente. Visita la construcción en la que sólo quedan cinco pájaros y parece decirles :

-Vosotros dentro y yo fuera.

Se acerca a ver a las gallinas y a los dos gallos, de los que él mas pequeño se ha convertido en el dueño del corral, y parece decirles.

-Vosotros dentro y yo fuera.

Y después avanza entre patatas, pimientos y unos tomates que empiezan a madurar y a oler a tomate, ese olor que ya no se puede comprar en la ciudad. Cuando termina su paseo se acerca al árbol que tenemos cerca de la mesa en la que Daniel y Lucía están merendando y, estirándose, araña la corteza con sus garras delanteras varias veces. Lo hace lentamente, como si entre el árbol y el gato hubiera algo personal. Después se acerca a donde estamos y Lucía comienza a gritar.

Lucía le tiene pánico a los perros y a los gatos. Toda su frialdad británica, que posiblemente se haya traído de otras vidas, se desmorona cuando ve al gato caminar hacia nosotros después de abandonar el árbol. El suyo es un pánico sin resquicios, si es que la palabra lo permite. Un gran cuadrado perfecto, rotundo. La que no ha sentido sus efectos cree que es suficiente con decir :

-Si no hace nada.

Lo que es como decir que basta con bajar las persianas para protegerte del disparo de un obús. El problema no es el gato, sino la idea de gato que Lucía tiene en la cabeza. Tal vez también se la haya traído de otras vidas, porque en ésta casi nunca ha tenido un gato cerca y los pocos que se han saltado el control pertenecían a la raza de los peluches.

El mundo desaparece para Lucía. Ya no existe la mesa, ni su silla, ni el plato, ni el bocadillo que se está comiendo y que sostiene con las dos manos, ni el paquete de galletas, ni el libro forrado, ni su taza de leche con chocolate, ni el sol que le da en la cara, ni la cámara con la que respondo a esa exigencia de la luz del atardecer en su cara, ni su buen humor.

En un instante grita y salta hacia mí con la agilidad de esa gata inglesa que debió ser en otra vida. Su corazón late con fuerza, como si corriera por ella para alejarla de aquí. Ella es la cuarta gata. Mi gata.

jueves, 23 de junio de 2011

Ahora que todo está en su sitio


De las patas de tres sillas de plástico salen unas sombras alargadas que caen en la piscina. Detrás tienen una farola que emite una luz blanca que, unida al suave movimiento de las hojas de los árboles, refrescan el ambiente.

Contemplar esa escena es como tener delante un reloj parado. Relaja bastante.

Además de esas tres sillas de plástico, hay otras siete alrededor de la piscina en una situación que hace fácil imaginarse qué estaban haciendo los que las ocupaban. Las tres de las largas sombras miran a la piscina, otras tres están alrededor de una pequeña mesa redonda, dos están enfrentadas, como si siguieran la conversación de los que estaban sentados en ellas, en una esquina hay otra, junto a una sombrilla tumbada y, cerrando este recorrido en el sentido de las agujas del reloj, una pegada a una tumbona que está doblada y apoyada junto a la verja. A pesar del aparente desorden, parece que todo estuviera en su sitio, a punto de retomar las conversaciones y los juegos ahí donde se dejaron cuando ya no quedó ninguna zona soleada a la que retirarse en la piscina. Tal vez si me sentara en alguna de ellas pudiera tener la intuición de saber de qué estaban hablando.

(un comentario de una revista, qué hacer con los hijos ahora que se quedan sin colegio, una gestión en un banco, la recomendación de ese apartamento en esa playa)

Se han dejado abierta una sombrilla. También hay una toalla azul.

Me gusta cómo la luz blanca que sale de las seis farolas que rodean la piscina consigue que brillen las duchas y las escalerillas de la piscina. Resulta extraño saber que la luz que hay ahora va a ser la misma durante toda la noche, que ni las sombras ni los brillos van a variar a pesar de que la tierra gire y avance por el espacio.

Para que la escena fuera completa, debería reflejarse el cuadrado amarillo de una ventana encendida en el agua de la piscina. Si no tuviera que madrugar, seguiría aquí sentado toda la noche esperando a que apareciera ese reflejo. Le dedicaría la paciencia de un pescador para algo de lo que sólo quedaría un recuerdo.

Puestos ya a jugar al "si no", si no estuviera prohibido, me sentaría en una de esas sillas de sombras largas y seguiría con el libro de Tizón ahí donde lo dejé hace cuatro horas, cuando la piscina estaba repleta de niños y Daniel y Lucía no dejaban de venir a quejarse

Lucía : Daniel no quiere jugar conmigo
Daniel : Lucía no quiere jugar conmigo.

Que era otra forma de decirme que querían que me bañara con ellos. Si finalmente acepto no es por dejar de oírles ni por conseguir el récord de gente nadando en una piscina, que debemos estar a punto de llevarnos, sino para proteger el libro de las gotas de agua. Miro la página (la 55), meto el libro en la bolsa, y me voy para la piscina.

“Me gusta contemplarme en ese breve oasis de luz en que lo que está a punto de suceder todavía no ha sucedido, parece que sobra tiempo, nada se ha roto aún, todo está intacto, y sólo estoy frente a un recién estrenado cuaderno, y en el cuaderno una frase en que Fátima sigue siendo bella a perpetuidad”

Seda salvaje – Página 55

Ese es el párrafo que leo antes de meterme en la piscina

martes, 21 de junio de 2011

Una serpiente sin pedigrí


Ayer Daniel cambió unos cromos por una serpiente de unos quince centímetros. La serpiente tiene pinta de haber pasado por muchas manos o por las mismas muchas veces. Como suele sucederle, se convirtió inmediatamente en su animal preferido.

-Mi favorito es el murciélago y después la serpiente. No, espera. Primero la serpiente y después el murciélago.
-¿Y tú Lucía?¿Tienes algún animal favorito?
-No – Me contesta deprisa, como si me echara en cara la ambigüedad de la pregunta, que en su casa debería haber especificado si me refería a animales de juguete o de verdad. Tratándose de Lucía, es probable que no coincidan.

Todo esto para decir que tenemos un animal más en casa. Como los cromos se los regalan sus amigos, se puede decir que esta serpiente le ha salido gratis, lo que no ha afectado a su valor sentimental. Con los años aprenderá, gracias a la publicidad, que lo suyo es querer más lo que más te ha costado, dejando en la infancia cosas que es mejor olvidar.

Ayer le demostró su valor al meterse con ella en la bañera, un privilegio reservado para muy pocos, pero ha sido hoy cuando ha tenido su verdadera prueba de fuego en la piscina. La piscina tiene algo de sagrado : lo que ella une, es difícil que lo separe el tiempo.

Antes de bajar, me da un hombre rana de plástico para que haga el papel de secundario. A esta serpiente le gusta morder, es mala, tiene unos colmillos finos, su veneno te puede llegar al corazón, te rodea con su cola y te mata, nada más deprisa que tú, no la puedes ver venir, ni oír, es fuerte y le encanta ensuciarse. De mi hombre rana no sabemos nada, sólo que está aquí para que la serpiente le muerda y se muera.

-¿Y no pueden llegar del hospital para curarle?
-No. Vamos a jugar.

Me gustaría saber en ese momento, metidos en la piscina, a qué se refiere con jugar, si la historia ya está definida y todo lo que tengo que hacer es dejarme matar. Sería como decir que vivir es conseguir una hipoteca y luego dedicarte a pagarla.

Tengo que buscarme otros ejemplos porque lo de la hipoteca me deprime.

A lo que íbamos. El hombre rana se sumerge y la serpiente le muerde y le mata. Y ya está. Sale con los dos juguetes, los deja junto a la toalla y viene a jugar conmigo.

Por la noche veo que ha colocado la serpiente en la mesa roja que tiene junto a la cama

-Así me protege – me dice.

No le pregunto de qué le protege, pero, sabiendo que la quería para esto, la veo con otros ojos. Quizás en sus pesadillas aparezcan hombres rana abriendo la puerta del armario con la intención de llevarle a lo más profundo del océano. Si es así, a partir de ahora será mejor que se queden dentro del armario. Deberían tener miedo de esa serpiente sin pedigrí.

jueves, 16 de junio de 2011

Chocolat noir


Lucía camina por la tienda de los chinos buscando con qué acompañar al batido de chocolate que me ha dado. Le detallo todo lo que puede elegir como si estuviéramos en una joyería y yo fuera el dueño.

-Mira, panteras rosas, tigretones, donuts normales, con chocolate, donettes de chocolate, donettes blancos, bollycao con chocolate, bollycao de chocolate relleno de chocolate, palmeras de chocolate y bucaneros.

Sí, bucaneros.

Ella lo mira todo para agradecerme el interés que me tomo, pero parece que no va a decidirse por nada de lo que hay ahí. Veo que el dueño de la tienda prepara pequeñas bolsas con un surtido de chucherías que va sacando de las cajas de plástico expuestas. Lo hace con cuidado, como si estuviera guardando peces de colores. Las bolsas se acumulan en el pequeño mostrador que atiende su hija, atenta a la pantalla de un portátil.

Toda la gente que entra sabe dónde encontrar lo que busca. Entre el hola y el adiós apenas pasa tiempo.

Lucía niega con la cabeza, como si estuviera frente a una colección de una temporada pasada. Tengo ganas de verla dentro de unos años mirando ropa, para ver si este gesto sigue siendo el mismo. Creo que lo que la frena es pensar que todo ese chocolate que viene en la bollería, a punto de deshacerse por el calor, acabará manchándole las manos.

De repente señala una caja de mikados. No me parece una merienda. De hecho, no sé qué me parecen los mikados, pero sé que o es eso o nada. También lo sabe ella.

La hija del dueño deja de teclear en el ordenador. Para sumar los artículos usa una calculadora que tiene en el mostrador. Tal vez para no mezclar el trabajo con el placer. Le doy un billete de veinte euros y ella me devuelve el cambio ordenado de mayor a menor : el billete de diez, encima el de cinco, encima la moneda de un euros y, sobre ella, la de veinte céntimos.

Le propongo a Lucía que vayamos a un parque, pero prefiere sentarse encima de un pequeño muro que hay junto al coche.

-Hace sol – le advierto.
-Tengo gorra – me dice.

Ella, sí; yo, no. Se sienta en el muro y empieza a sacar los mikados de uno en uno. Le sientan bien a sus dedos finos. Los mikados son para ver cómo se los comen los demás. Cuando el chocolate de la caja empieza a derretirse y ya no puede comérselos de uno en uno, los deja de lado y se bebe el batido de chocolate.

-Ya – me dice.

Por eso quería yo una niña. Esta merienda en versión Daniel, que ahora está en un cumpleaños, sería totalmente diferente.

jueves, 2 de junio de 2011

Una merienda más


Versión A (Para los que estén hasta las narices de la literatura del yo) :

Recojo a los enanos de clase, nos vamos a merendar y, como llegamos un poco tarde a casa, tienen que hacer los deberes deprisa. En resumen : una merienda más.

Versión B (Para los demás y los otros, esos que aprovechan todo lo que sea gratis) :

1.Unos cordones.

En los tres campos de fútbol, los profesores dan clases a los chavales. En el que está al lado de la entrada, el profesor lleva coleta y una carpeta en la mano. Los dos equipos de fútbol llevan el mismo uniforme, pero él distingue en cuál juega cada uno.

-¡Llévatelo atrás y pasas! ¡Alejandro, cuidado con los cordones!

No trata a los niños como si estuvieran pasando un buen rato un jueves por la tarde. Parece que les estuviera preparando para un derbi. Me parece increíble la cantidad de consejos que da, cómo se fija en todos los detalles. Tantas cosas que hay que cuidar en un juego que, básicamente, es darle patadas a un balón.

Tengo la impresión de que, si no has visto lo mismo con un equipo profesional, te estás perdiendo algo importante.

2.Arena.

Mientras espero a que terminen su clase, me fijo en dos niños que juegan en el patio. El juego es muy sencillo : buscar formas diferentes de echarse arena por la cabeza. Con una mano. Con otra. Haciendo un cuenco con las dos.

Pienso en un bautismo de arena y en lo que podría significar.
Pienso en que en sus casas van a estar pisando arena mucho tiempo.
Pienso que esa debe ser una manera fantástica de sentirse libre, sin nadie que te diga nada.

Cuando creo que no se les va a ocurrir nada más, uno de ellos hace el pino y se frota la cabeza contra el suelo.

3.Besos.

No hay duda de qué clase es : se abre la puerta y empiezan a salir niñas chinas entre siete y ocho años. Sus padres adoptivos las mandan a este curso para que se acerquen a su idioma y no se alejen de su pasado

Una de ellas camina hacia sus abuelos, que están a mi lado. Ellos se la comen a besos, como si en vez de salir de clase, acabara de bajarse del avión. Creo que la frase se creó para este momento.

4.Grillos.

Camino de la cafetería, Daniel me dice que quiere ver a los grillos. Los grillos está ahí porque se les escucha sin problemas. Pensaba que serían animales nocturnos, pero, más que guiarse por la luz, es posible que lo hagan por el horario. De todas formas, las seis y media no me parece una buena hora para que los grillos hagan de grillos.

Obviamente, no sé nada de grillos.

Daniel escucha, coge una piedra y la tira hacia el sitio del que supone que viene el ruido. Quiere verles la cara. Empieza con piedras pequeñas y acaba lanzando las más grandes que se encuentra. Si quiere ver alguno, no debería matarlos antes.

5. Buenos días.

Me pido un cortado en la cafetería. Una de las preguntas para la que todavía no tengo respuesta es la que me vuelve a hacer la camarera.

-¿Cómo quiere la leche?

Da igual. Es para un cortado. Son unas cuantas gotas y que sea caliente o fría da igual. El tiempo que tarde en responder a esta pregunta puede ser más fiable que la interpretación del test de Roscharch.

Me tomo mi tiempo.

-El que tengas más a mano.

Aunque, como se trata de un cortado, es probable que tanto el recipiente de la leche caliente como el de la fría estén a la misma temperatura.

Bebo un sorbo. Lo suficiente para leer, en la parte interior de la taza, junto al borde, un “Buenos días”. Parece el tatuaje que se descubre al quitar una prenda

6. Filología.

Daniel quiere saber por qué a la caña de chocolate se la llama caña. A Lucíaa le da igual conocer el origen del nombre de su palmera. Le digo que puede ser porque se parece a las que hay en los estanques o a las que utilizan para pescar.

Daniel coge la caña con las dos manos y empieza a comérsela. Cuando se ríe, veo los dientes manchados de chocolate. Parece un anciano feliz.

Lucía me pide que le corte la palmera por la mitad. Por aquí, insiste, como si temiera que mi concepto de mitad fuera tan poco exacto como el de caña

7. El Marca de ayer.

No hay otra cosa que leer, así que le echo un vistazo al Marca de ayer, que está mas usado que la toalla de un boxeador. Si lo exprimiera, caerían gotitas de grasa

Leo que Mou lo controla todo : “Del repaso que le pegó al Madrid en sus primeros días como técnico blanco no se libró ni la nevera del autobús del equipo. Hasta ahí miró para ver qué bebidas había y decidir cuáles se eliminaban”

Es una pena que el periodista no complete esa imagen con la lista de lo que Mou acepta y lo que no. No sé qué pensaría Mou de mi nevera.

8. Un cliente pesado.

La dependienta le explica que las que ve son todas las tartas que tienen.

-Es que yo quería la Sacher pero con el tamaño de la otra.

Sigue un silencio en el que la dependienta parece buscar otra forma educada de decirle lo mismo a ese hombre con corbata que no parece entender que así es la vida y que hay que elegir.

9.Tomás Gómez.

Junto a la parada del tren ligero veo un cartel de Tomás Gómez. No sé por qué sigue ahí. Tal vez sea decisión del grupo de su partido que no deja de repetir “ya os lo habíamos advertido nosotros”

10.El juego de la falsa despedida.

Ahora les gusta jugar a que me marcho en el coche sin ellos. Nos despedimos, cierro las puertas y comienzo la maniobra. Los dos se parte de risa. Supongo que es algo parecido a dejarte caer de espaldas sabiendo que te va a coger.

domingo, 15 de mayo de 2011

Ni siento ni padezco.

Lucía, como no podía ser de otra forma, descubre pronto mi punto débil.

-Este es mi cromo favorito – me dice.

Y me enseña a Mascherano, el único que tiene del Barça. En esta colección de Panini, a los del Barça no los sacan tumbados en la hierba, supongo que porque rompería el ritmo de la colección, con los cromos de los demás equipos en posición horizontal. Daniel, a su lado, sigue comiéndose la porra a mordiscos.

-¿Por qué no la partes por la mitad y así es más cómodo? – le pregunto, pero realmente lo que le estoy diciendo es que así se va a manchar. Si hubiera alguna página en la que fuera posible apostar por esa mancha de chocolate en su polo, las apuestas en contra no dejarían de crecer a cada momento.

-No – me dice, pero realmente lo que me está contestando es que así es más divertido y que al partirla por la mitad, el desayuno de adultos se convierte en una especie de menú de niños y esta mañana él quiere ser un poco mayor..

Ya podéis dejar de apostar porque en este momento cae una gota de leche con cola-cao en su polo blanco. Ahí está. Ya me puedo relajar. La variación e intensidad del enfado por una segunda marcha es tan pequeña que no merece que siga avisándole.

Que pase ya el domingo, con Lucía y su colección de cromos, y los ciclistas que entran a llevarse los churros a casa, donde el resto de la familia seguirá durmiendo, y el grupo de cincuentones con la copa en la mano, la piel roja y el paquete de tabaco metido a presión en el bolsillo de la camisa, charlando en una mesa del fondo, y el As doblado y con manchas de grasa, y la madre atenta rompiendo el churro en trocitos para que su hija no se manche, y la pareja de ancianos que se trae una bandeja con la que podrían desayunar los invitados resacosos de una boda, y la camarera de moño prieto que coloca las cucharas en los platos vacíos sacando de ellos el mismo sonido, y el olor a aceite frito que llega de la gran sartén del fondo, y el sonido de las tijeras cortando las porras cuando las llevan hasta el mostrador sobre dos grandes palos y el hombre de la mesa de al lado que da golpecitos al sobre de azúcar, lo abre con cuidado por una esquina, vierte su contenido en el plato y moja el churro en él, con la cara del que lleva toda la semana pensando en este momento, anticipándolo, soñando con este instante en el que abre la boca, cierra los ojos y se dispone a darle el primer mordisco.

-No – me dice, encantada de darme esa respuesta.

Creo que me enseña su colección porque en ella no hay ninguno del Madrid. Son listos estos de Panini. ¿Cuántos padres o madres habrá que no dejen de gastarse un euro tras otro hasta que, por fin, aparezca un cromo de uno del Madrid?. En ese momento e gustaría ser un tipo rico y presentarme en la tienda de los periódicos y soltar un billete de cincuenta euros.

-Abra sobres hasta que reconozca una camiseta blanca. El dinero no es problema. Soy el Abramovich de los cromos.

En ese plan.

En vez de eso, cuando terminamos de desayunar y hacemos la siguiente parada en el quiosco, les doy dos euros a cada uno para que elijan lo que quieran. Lucia sigue con su selección y Daneil elige la figura de algún monstruo. Me siento al lado de ella mientras los abre, deseando que salga uno del Madrid. Hasta el de un utillero me bastaría. Cualquiera.

-Por favor – suplico mentalmente – Por favor.

Aparecen jugadores del Getafe, del Villarreal, del Sporting. Deben tener unas plantillas impresionantes estos equipos. Del Madrid no aparece ninguno en el primer sobre. Tampoco del Barça. Comienza con el segundo y mis plegarias son las mismas.

-Por favor – sigo suplicando.

Atlético de Madrid. Español, Valencia. Ya está. Ni rastro del Madrid. Ni del Barça. Cojo mi cartera y veo un billete de diez euros.

-Venga, date ese gusto – me dice el billete.
-No. – Le digo al billete - Hay que educar a los hijos para que sepan agradecer lo que tienen.
-Si no empiezas a comportarte como u tipo co dinero, siempre serás un pobretón. El Universo no trabajará para ti – me advierte el billete.

Ni una cosa ni otra. Si me gasto ese billete, lo tomarán como un derecho adquirido y el próximo domingo me pedirán los mismos cromos, como hace cualquier organismo público cuando prepara los presupuesto.

Toda esta historia para no hacerle la pregunta que evito y que me veo obligado a plantearle.

-Pero tú, Lucía, ¿de qué equipo eres?.

Daniel, que parece estar a l suyo, feliz con el monstruo que le ha tocado, advierte la tensión que hay en esta tranquila mañana de domingo. Viene corriendo hacia mí con intención de equilibrar las cosas.

-Yo sí soy del Madrid – me dice.

Aunque su intención es buena, ese sí es el martillo que golpea la estaca que en ese momento se clava en mi corazón merengue. La situación puede parecer dramática, pero me han atravesado tantas veces el corazón esta temporada que no duele. Ya ni siento ni padezco.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El trabajo de celador

Me gustaría ser celador de un colegio y tener mi casa dentro de él. Debe haber pocas cosas más agradables que pasearse por el patio de un colegio de noche. Caminar lentamente, sin pensar en nada en especial, y después sentarte en una valla y fijarte en los objetos. Las flores. La arena del patio. Los neumáticos que utilizan para jugar. Algún rastrillo rojo medio enterrado. La puerta por la que suben al segundo piso. Los corchos flotando en la piscina. La red de la portería. Las papeleras verdes que se llenan con los envoltorios de los bocadillos y los bollos. Las ventanas de los de infantil con algunos dibujos pegados. Y tus zapatos : después de un inventario como éste suele venir bien fijarte en tus zapatos un rato.

Ser celador de un colegio y tener mi casa dentro de él. Éste sí que es un buen trabajo. Y él debe saberlo porque siempre se le ve contento por el colegio. Me saluda o se despide de mí con buen humor, como si normalmente quedáramos para ver un partido juntos y tomar algo aunque decirnos hola y adiós es lo único que hacemos

Me cambiaría por él en ese momento en el que abre la puerta y los niños entran corriendo. Algunos padres se quedan en la puerta para volver corriendo a su coche. Otros, como yo, acompañan a sus hijos hasta esa puerta por la que suben al segundo piso. A largo del día, lo sé, va a haber pocos momentos tan intensos como éste. Se mezclan los saludos, las prisas, el ruido de las mochilas por el suelo, los besos, las conversaciones entre niños que parecen retomarse en el punto justo en el que se dejaron.

Lucía me da un beso y sale corriendo. Veo cómo se mueve su coleta de un lado a otro.

Daniel me agarra de la mano. La otra la tiene en el bolsillo donde lleva una figura de Pokemon que se ha traído para jugar. La figura llevaba descabezada bastante tiempo hasta que la pegué el lunes. Daniel me repitió varias veces hacia dónde tenía que mirar. Imitaba la postura de la figura y, atento a un punto, sin moverse, me mostraba cómo debía ir la cabeza.

-Así.

A pesar de sus indicaciones, la cabeza miraba ligeramente a su derecha. Tuve que convencerle de que era mejor así.

-Es como si hubiera escuchado un ruido y se preparara para atacar – le digo.

Su silencio, primero, fue de reproche. Después, de aceptación

Nos despedimos en la puerta. Sube despacio las escaleras, dándole vueltas a algo que le preocupa. Le va a llevar tiempo aprender de qué tiene uno que preocuparse. Básicamente, de nada.

Regreso a la puerta de entrada envidiando de nuevo al celador. Acercarse hacia los coches es como caminar hacia la zona de la playa en la que la marea ha acumulado la basura. No hay más remedio que meterse dentro y empezar a nadar entre noticias, mails, presupuestos, temas urgentes, vasos de café, papeles con el menú del día, comentarios sobre la falta de Ronaldo, cálculos, nóminas, extractos de bancos, peticiones de clientes y dos o tres malas noticias.

En ningún momento haremos nada que pueda compararse al gesto del celador abriendo la puerta. Se lo diría a los que ya llevan las llaves del coche en la mano, pero a estas alturas creo que es algo que ya sabemos.

sábado, 30 de abril de 2011

Objetos


(Entre paréntesis, como algo que se cuenta pero no se explica : una raqueta de pádel, el tapón del suavizante, una pinza de madera, la tortuga de plástico que Daniel encuentra dentro del tubo de una sombrilla, el carro de la compra, la cáscara de un huevo en el cubo de la basura, una entrada de cine, la goma con la que Lucía se hace la coleta, el mazo con el que Daniel golpea a los gatos que se asoman, la copa de vino)

De nuevo, esa forma tan adulta que tiene Lucía de tirarse el pelo hacia atrás después de ajustarse la coleta con la cinta, como si repitiera el mismo gesto hecho por miles de mujeres antes que ella. Las aves saben cómo, cuándo y hacia dónde emigrar. Cada uno lleva la historia dentro, esperando salir en un gesto, en éste de Lucía, por ejemplo. La observo fijamente y ella, una vez satisfecha con su coleta, me mira algo molesta, como si hubiera roto la intimidad entre ella y esas mil mujeres.

-¿Qué?

jueves, 28 de abril de 2011

El hombre que no podía dormir


Este es el título del cuento de esta noche : “El hombre que no podía dormir” :

Nada más nacer, los padres descubren que su hijo no duerme. Como durante el día siempre está descansado y activo, todos, incluido él mismo, se acostumbran y acaban aceptándolo como algo normal. El hombre que no puede dormir aprovecha para leer, para dibujar, para aprender idiomas. Se convierte en el más listo de la clase, curso tras curso, hasta que llega a la Universidad y una chica llamada Irene le pregunta si alguna vez ha soñado.

-No – responde el hombre que no podía dormir.
-¿Nunca?
-Nunca.
-Yo ayer soñé que tenía tres elefantes. Uno me llevaba al trabajo, otro de compras al mercado y con el último iba al cine

En este momento se detiene la historia del hombre que no podía dormir. Lucía tiene una pregunta :

-¿Y si iba a una tienda, qué elefante se llevaba?

Poco queda ya de esa Lucia que, durante cientos de noches, se duerme nada más escuchar el “había una vez”, dejando que sea Daniel el que escuche la historia hasta el final. Ahora Lucía disfruta desmontando el cuento. Ante una frase como la de Ana María Matute : “Créanse mis historias porque me las he inventado”, Lucía se reiría, quizás con razón : si saco yo una hada en un cuento es posible que Lucía enrolle un álbum de Hello Kitty y la estampe contra la pared.

Le gusta colocar en la vía del tren varias preguntas para que la historia se frene. Las respuestas tienen que ser razonadas y esta noche no es una excepción. Si no me esfuerzo, no podré continuar con la historia del hombre que no podía dormir.

-¿Por qué tiene tanto morro el elefante del cine? Sólo tiene que hacer algo una vez a al semana y el del trabajo tiene que ir todos los días.

Así es Lucía, así son los cuentos ahora. Ayer vino del colegio con un diploma que le dieron por resumir un cuento que les conté una noche. “Por el excelente trabajo presentado en el concurso de cuento”. No le dio mucha importancia, como si para ella todo esto de la literatura fuera algo secundario.

Cuando mis explicaciones sobre la situación laboral de los elefantes la convencen, se queda en silencio para que el tren vuelva a arrancar :

El hombre que no podía dormir decide meterse en la cama hasta que se quede dormido. Pasan los días sin que lo logre. Vienen periodistas a entrevistarle, amigos a darle consejo, madres a ofrecerle diferentes brebajes para probar. Ninguno funciona. Él cuenta y cuenta ovejas, pensando que nunca se dormirá

Hasta que una noche (creo que nos gustan las historias porque siempre hay un hasta que) a Irene, que ha estado pendiente de él, le lee unos cuentos. Él escucha atentamente las historias. Todas le parecen aburridas, pero hay algo que le atrapa : el tono de voz de Irene al leer es completamente distinto al que tiene normalmente. Es un tono al que poco a poco se va abandonando hasta que, por primera vez en su vida, se queda dormido

Lucía y sus preguntas se duermen. Daniel y su miedo a desvelarse se duermen. Y yo pienso en ese final : como al protagonista del cuento, no me importa lo que se dice, sino cómo.

domingo, 24 de abril de 2011

Bollo de hojaldre en forma de media luna


Una pequeña revelación. La respuesta a la pregunta : ¿Dónde está el domingo?

Aquí : en el croasán de chocolate que me presentan sobre un trozo de pizarra negra, en el cortado servido en una pequeña taza de porcelana con partes decoradas en color verde, en la luz que cae sobre un hojaldre alargado expuesto en el escaparate, en la gente que se queda mirando hacia el interior de la tienda, en la dependienta a la que se le cae un huevo grande de chocolate envuelto en celofán.

-¡Ah, parece que no se ha roto!
-Qué bien.
-Ah, no, aquí está roto.

En la música de Enrique Morente que sale de un pequeño equipo de música, en la mesa de madera en la que me tomo el cortado, en las migas que caen del croasán (con las migas que dejo encima de la mesa, a pesar de ser cuidadoso, creo que podrían hacerse dos croasanes), en la conversación de un hombre que viene a llevarse un encargo que se lleva en una bolsa con cuidado, con mucho cuidado y en las notas que tomo sobre la partidas de la ducha que eché ayer con Lucía.

La ducha es la versión infantil del ahorcado. Esta lista debería haber sido el centro del post de ayer, pero el cansancio me impidió ver lo más obvio. No es el colesterol lo que nos atrofia, ni los triglicéridos. Es el cansancio el que se va acumulando, capa sobre capa, hasta que al final somos incapaces de dejar pasar lo sutil y acabamos atrofiados.

Esta mañana, en esta pastelería, escribo lo que me gusta de esas partidas con Lucía :

-Fijarme en sus dedos, finos y largos. Con esa promesa que tienen los dedos finos y largos.
-Pillarla haciendo trampas. Ver cómo disfruta, más que pensándolas, al verse descubierta.
-Ver los paletos cuando ríe.
-Leer las notas que escribe cuando gana : "fenomenal Lucía".
-Aceptar sus cambios de normas para que se adapten a lo que quiere en cada momento. Para que la palabra "móvilmuybonitomuybonito" sea válida.
-Ver cómo se alegra cuando pierdo.
-Ver cómo de alegra cuando gana.
-Descubrir lo pequeñas que son las líneas que escribe.
-Detenerme en el detalle del agua que cae de la ducha.
-Observarla, toda seria, haciendo la línea que hace para separar un juego de otro

Escribo esas diez frases mientras me tomo el cortado. Antes de llegar a esta cafetería y de sentarme en el momento justo, en el sitio justo, ante el desayuno justo, me encuentro con diez profecías en la tienda Lemo que hay en Argensola.

1-¡Deja el yugo digital atrás!
2-¡El retorno de la suerte!
3-¡Espera lo inesperado!
4-La belleza de la vida real
5-Originalidad, autenticidad, eternidad.
6-¡Mira dos veces!
7-¡Déjate llevar!
8-La modernidad es analógica
9-Un trillón de sitonías analógicas te están esperando.
10-¡El futuro analógico es el paraíso!

No sé si el futuro analógico es el paraíso, pero estar sentado aquí, con este croasán de chocolate y este cortado sí es la mejor manera de aprovechar un domingo por la mañana. De hecho, es probable que los domingos por la mañana hayan sido creados para poder tomarse un croasán como éste con un cortado como éste en un sitio como éste : Pomme Sucre (Barquillo, 49)

Toda esta publicidad es gratuita, claro. Somos pobres porque somos honrados.

jueves, 14 de abril de 2011

Kling Klang, Klockan Solar


Subiendo al coche para llevar a los enanos al colegio no sé que hoy va a ser el día de Ana Laan. Estoy a punto de descubrirlo cuando les pregunto.

-¿Habéis hecho click? ¿Los dos?

Que es una manera distinta, perezosa y de cara B de referirse a la original : ¿Os habéis atado los cinturones?. Una pregunta de la que me cansé hace tiempo y que he sustituido por ésta. Más aburridas que las normas, puede ser la manera en que se nos presentan.

-Sí – me responden.

Y entonces, no sé por qué, empiezo a cantar el inicio de una canción de Ana Laan. Algo que suena como “cling, clang”, que no sé si es sueco (aunque nació en España, de padre gaditano y madre holandesa, se crió en Suecia e Inglaterra ) o una onomatopeya del ruido de las primeras gotas gruesas de una tormenta cayendo en un cubo de metal. Construyo el arranque de la canción con esas dos palabras, primas hermanas del click, clak del seguro de los cinturones.

Queda así inaugurado el día de Ana Laan y todavía no hemos salido del garaje.

A los dos las palabras les hacen gracia y juegan con ellas, repitiéndolas, moviéndolas como esa esfera de plástico que María trajo ayer a casa de un curso de stress con una pequeña bolita metálica que había que hacer pasar por extraños túneles de plástico.

(El stress desaparece cuando, incapaz de hacer nada con la bola, sueltas un taco - Cojones está bien - , la lanzas contra algo blando y te dedicas a otra cosa)

Me piden que les ponga la canción, pero tengo el iPod vacío como una nevera al volver de vacaciones : unos cuentos de Esther de Lorenzo que nos sabemos de memoria y temas de Metallica. Vaya mezcla. Con eso poco puedo cocinarles a los enanos. Sus ganas de escuchar la canción son tan grandes que mi impotencia (musical). Les digo que la pondré en casa y así la reconocerán.

-No – me mienten – La sabemos.

Y empiezan a improvisar tonterías. Unas tonterías que le sientan muy bien a esta mañana de jueves soleado, víspera de vacaciones. Víspera, una palabra que no conviene agitar. Yo también improviso y, viendo a un hombre que hace ejercicio, les digo a los enanos que le miren. Si te fijas en la parte superior, tienes a un hombre corriendo, sudando, agotado. Si bajas la mirada, ves dos piernas avanzando lentamente, como si las zapatillas estuvieran hechas de plomo. En otra parte debe haber un corredor con cara de paseo y las piernas a la velocidad del clembuterol.

-Como siga así, le pilla una abuela policía.

La imagen les hace gracia, mucha gracia, demasiada gracia. Con tonterías como ésta creé al hombre gordo, un personaje al que le he tenido que dedicar demasiados cuentos. He vivido esclavo del señor gordo hasta extremos que harían ridícula la queja de Conan Doyle respecto a Sherlock Holmes.

Después de dejar a los enanos, camino del trabajo recuerdo que escuché a Ana Laan en una entrevista en Radio 3 y que me gustaron tanto sus respuestas, su voz, y ese buen humor que mantuvo durante todo el programa, que me dije que tenía que oír sus temas. Y dí con “Chocolate and Roses”. Un gran disco. O un gran CD, que ya no sé cómo se dice.

“Me gusta siempre hacer canciones con nombre de comida. El disco anterior se llamaba Orégano y entonces a veces cuando venía gente a los conciertos me traían orégano. Entonces he deciddo subir un poco la categoría a Chocolate y Rosas, a ver si…el próximo igual se llama caviar”

Decido dejar el coche en el aparcamiento del Corte Inglés. Como tardan en abrirlo, busco en el iPhone alguna noticia sobre ella. Me encuentro con "Vindaloo", el vídeo de su nuevo disco “Sopa de almendras”. Alegre y optimista, a pesar de que no ha encontrado distribuidores para su disco y lo tiene que vender en su web.

“Desde el empaquetado del disco hasta el envío a casa de quien lo compra, todo pasa por mí. Es una locura, aunque venda todos los ejemplares, no recupero lo que me ha costado. Que no tenga distribución ha sido un golpe bastante duro, pero finalmente lo he aceptado, es lo que hay"

Como tiene muy pocos vídeos de sus canciones, me busco las letras. Cuando tengo un hueco en el trabajo las voy leyendo, recordando así la música.

“Please don´t talk, my mind is out for a walk. Just go and touch me” (Paradise)

“Puedo ser extraordinaria en la cocina o en la cama. Triple X. Exigentemente extraña, exquisita o excéntrica cada dos por tres. Excedida y expectante, exabrupta y excitable, ya lo ves. Soy exacta y exaltada, fácilmente exasperada. Qué le voy a hacer.(Ex)

“Yes, say yes. Seize the day and the night. Uncorck that bottle of wine". (Chocolate and roses)

“Cuando no escuches mi voz. Cuando te falten mis pasos. I won´t be here. You´re gonna miss mis abrazos. Fui the best thing in your vida. No lo supiste ver. I´m gonna heal mis heridas. Voy a dejarte my friend. Me echarás de menos. Pedirás de rodillas que te deje volver a mí” (Me echarás de menos).

Además de recordar las canciones de Ana Laan, hago cosas productivas : me seco lentamente las manos, contesto el teléfono en cuanto suena, redacto un mail en inglés con el cuidado con el que se le prepara la cama a un enfermo, sigo con la vista a las tres chicas que cruzan lentamente el paso de cebra, respondo “Perfecto. Muchas gracias.Saludos” en dos mails, pago la comida con un vale de 4.50, una moneda de 50 y otra de 20 (me guardo los 10 del cambio en el bolsillo), me fijo en el nudo perfecto de la corbata de un compañero, leo los comentarios a la frase de Zapatero "España es un poderoso trasatlántico. Estad tranquilos", firmo tres contrato y su copia (la chica me señala doce veces con el dedo dónde tengo que hacerlo), y abro la ventana y escucho un rato el ruido de la fuente , que suena a verano.

Las tres chicas, por fin, llegan al otro lado de la carretera.

miércoles, 13 de abril de 2011

A mordiscos

Será cosa de los genes o del inconsciente colectivo, ése que, según Jung, nos vincula con el hombre de las cavernas. El caso es que estamos cenando todos en la cocina. Hoy he preparado muslos de pollo con salsa y Daniel se está comiendo uno a mordiscos, manchándose la boca, la cara, el vaso de plástico con el zumo, el pijama y todos los sitios en los que pone la mano. Le miro y verle comer me da energía también a mí. Cosas de los genes, ya digo.

Si nuestros antepasados hubieran salido a cazar y regresaran a la cueva con un plato de barritas de merluza de capitán Findus (ahora más crujientes y aún más sanas si las preparas al horno) es probable que, como padre, nos sintiéramos satisfechos al ver a nuestros hijos comer pescado sin espinas. Pero no. No hace falta ir a Wikipedia para saber que entonces no había barritas del capitán Findus ni bollos de Bob Esponja y su puta madre. Había animales que era preferible matar antes de cocinarlos y dárselos a tus hijos. Y supongo que cuando la caza se daba bien y un padre veía a sus hijos comer carne con las manos, manchándose todo, en alguna parte del cerebro quedaba grabada esa escena para las futuras generaciones con un claro mensaje subliminal : si ves a tu hijo hacer esto, es que eres buen cazador y mejor padre

Y ahí se queda el mensaje, enterrado y calladito porque ves a tus hijos comer filetes de pollo empanado, sopa, tortilla a la francesa o barritas del capitán Findus. Todo bien masticado. Todo bien servido. Todo bien llevado a la boca con los correspondientes cubiertos. Cumples con la cultura y cumples con la publicidad.

Pero tú te quedas más bien frío porque también hay que cumplir con el hombre de Cromagnon que llevamos dentro, ése que nos mira desde el espejo el lunes por la mañana antes de que nos afeitemos la barba del fin de semana. Y esa comunicación, vía genes, es imposible si hay cubiertos de por medio. Así que fuera cubiertos. Y nada de sándwiches de pavo sin grasa con lonchas de queso, o croquetas de cocido o empanadillas de atún. Hay que poner en la mesa algo que se pueda comer con las manos y que esté lleno de salsa. Una salsa espesa, densa, con sabor.

Y, enfrente, un niño con hambre. Y ya está. Mírale comer y escucha cómo esa vocecilla del pasado te repite que eres buen cazador y mejor padre. Que el pollo lo compres en bandejas de Mercadona y la salsa te la den los de Maggi no importa. Ya sabemos que lo más primitivo tampoco le hace ascos a la silicona.

Daniel muerde, traga, ensucia, habla con la boca llena y yo le miro manteniendo bien lejos el papel de cocina. Su voracidad convierte la cocina en una cueva. Pone cara rara y me mira.

-Se me va a caer este diente, Tom, y me va a salir Max.

Es la primera vez que escucho a alguien darle nombre a sus dientes. Igual es algo que hacías si eras un Cormagnon, como una manera de evitar que se te cayeran. ¿Y que más nombres tienen los dientes?

-Loli, Tobby, Tomy, Lilo, George, Antonio (Que se convertirá en San cuando se caiga) y Tosty.

Lucía, que nos ha pedido que le hagamos trozos con el pollo, se lo va comiendo con sus cubiertos. Si quisiera relacionarme con lo más civilizado que tengo, me fijaría en ella, unos siglos por delante de Daniel, pero empiezo a estar cansado de tanta civilización. Hoy Daniel me ofrece justo lo que necesito. Con pena veo que termina. Con más pena aún le digo que se vaya al cuarto de baño a limpiarse las manos y así regresar al siglo XXI.

domingo, 10 de abril de 2011

El 10 de Abril : 2002-2011

2002 : Veo el partido del vuelta de semifinales de la Copa de Europa con mis padres en su casa. Un partidazo que se resuelve en el segundo tiempo con dos golazos de Helguera y de Guti. Eso es lo que anoto, pero no recuerdo nada de ese partido. Nada. Es el año que el Madrid gana la novena Copa de Europa en Glasgow con el famoso gol de Zidane de volea. Un gol del que se analizó todo, hasta ese gesto de cogerse los pulgares antes de golpear el balón.

Real Madrid: César; M. Salgado, Helguera, Hierro, R. Carlos; Figo (Geremi, m. 87), Makelele, Zidane, Solari; Raúl y Morientes (Guti, m. 80). Bayern: Kahn; Kuffour (Pizarro, m. 74), Linke, Kovac, Lizarazu; Salihamidzic, Hargreaves, Effenberg, Jeremies (Fink, m. 84); Elber y Santa Cruz. Goles: 1-0. M. Helguera remata con el cuerpo, en la boca de gol, un centro de Roberto Carlos. 2-0. M. 85. Guti, al recoger un rechace a disparo de Raúl.

2003 : Me marcho a los cines Verdi a ver “La copa”. Un cuento que no da más de sí, pero eso de que sea un budista el que lo ruede hace que la idea, supongo, se venda bien por el mundo. La primera película en tibetano que veo. Entonces, las películas no se estrenaban al mismo ritmo con el que íbamos al cine y muchas veces no había nada que ver. Hoy, ocho años después, soy incapaz de recordar algo de la película. Los Verdi, afortunadamente, siguen ahí. La programación de hoy es : "En un mundo mejor", "La mujer con la nariz rota", "Madmoiselle Chambon", "Inside Job", "Happy thank you more please". Algunas de las que ahora exhiben las veré cuando las estrenen en televisión.

2004 : Termino “El dictador y la hamaca”, de Daniel Pennac. No recuerdo ni una palabra, pero tampoco es importante. Pennac, para mí, será siempre sinónimo de Malaussène. Una de las sagas con las que más he disfrutado leyendo. Un estilo que volví a encontrar en Fred Vargas y, particularmente, en el personaje de Adrian Danglard

2005 : Voy al Bernabéu a ver al Madrid contra el Barça : 4-2 .Un partido interesante el del Madrid. Voy con mi padre, mi hermano y mi cuñado. Cosas de la vida, es el último Madrid-Barca que veré con mi padre en el Bernabéu.

Real Madrid : Casillas,Míchel Salgado, Helguera, Roberto Carlos, Pavón, Gravesen, Zidane : 2-0 Min 6 (Cambiado por Celades – min 90), Beckham, Raúl : 3-1 Min 45+1 (Cambiado por Solari – min 84), Owen : 4-1 Min 64 (Cambiado por Figo – min 81), Ronaldo : 1-0 Min 19

Suplentes: César (p.s.), Mejía, Raúl Bravo, Figo, Solari, Celades, Portillo, Borja

Barcelona : Víctor Valdés, Belletti, Puyol, Oleguer, Van Bronckhorst, Márquez, Xavi, Iniesta, Giuly (Cambiado por Maxi López – min 65), Ronaldinho : 4-2 Min 72, Eto'o : 2-1 Min 28 (Cambiado, lesionado, por Damiá – min 77)

Suplentes: Jorquera (p.s.), Sylvinho, Navarro, Rodri, Gerard, Damiá, Maxi López

2006 : Es lunes, dos días después de la muerte de mi padre. Estoy en el banco con mi madre y mi hermano para arreglar papeles. La nueva directora de esta sucursal, con la que ha trabajado mi padre toda su vida, pensando que, llegado precisamente este momento, nos tratarían bien, se porta como una hija de puta. El anterior director, que era con el que mi padre trataba, ya no está aquí. A veces, ser una buena hormiga no te sirve de nada.

2007 : Veo un episodio de House, de una chica que ni siente ni padece. Me duermo antes de que termine, así que no me entero de por qué ni siente ni padece. Hoy, cuatro años después, vemos el primer episodio de Boardwalk Empire.

2008 : Me despisto un poco en el trabajo y tengo que correr para llegar a tiempo a clase de Silvia, la profesora de Lucía. Sólo quedan dos niños. Lucía, que tiene tres años, ya está lista, con su fino chubasquero rojo ya puesto. Silvia me cuenta que en Cosmocaixa, en la excursión que han hecho hoy, Lucía ha tocado todos los animales.

-Menos la serpiente – matiza.

Lucía ni confirma ni niega. Parece enfadada por haber sido casi la última en ser recogida. Creo que si le pregunto por ese día, sería capaz de recordarlo y de volver a reprocharme que no llegara a tiempo

2009 : Empiezo “Vida y Destino”. He olvidado qué contaba "La copa" y tampoco sabría decir de qué iba "El dictador y la hamaca". De "Vida y destino" sigo recordando muchas escenas. Es un libro que no dejo de recomendar y que pronto volveré a releer.

2010 : Mundo Babel : Programa dedicado a Quim Monzó. Me gusta cómo critica el papanatismo en Barcelona con Gaudí.

2011 : Voy a ver "Gnomeo y Julieta" con los enanos. María aprovecha para ver "Destino oculto". A la salida me comenta que la historia hace aguas y que sólo se salva por la acción. Igual que la nuestra, pienso. Como Daniel parece no fiarse de su propio criterio, quiere saber qué pienso de la película. Me pregunta por ella de una forma indirecta, como viene haciendo desde hace poco tiempo.

-¿Te ha gustado más ésta o "Enredados"?

Por la mañana quería saber si prefería "Los viajes de Gulliver" a "Rango"

Pienso que debería decirle que todas están bien, que siempre hay algo que elogiar. Pero no puedo hacerle eso a una película como "Enredados", así que la coloco en la cima, como a Zidane, dejándole bien claro que el resto está muy, muy por debajo. Incluyendo esta tontería de los gnomos de jardín.

viernes, 8 de abril de 2011

Tarde de cumpleaños en el McDonald´s

Pasamos la tarde en un McDonald´s con un cumpleaños al lado de gente a la que no conozco. La niña que sopla las velas cumple, por lo que le cantan sus amigas, doce años. No sé si dentro de otros doce se acordará de éste. En mi caso, apenas recuerdo un par de cumpleaños, así que creo que en el fondo da igual donde lo celebres si lo pasas bien : el dinero que uno se gasta en las cosas debería estar relacionado con la posibilidad de recordarlas.

A lo que vamos. Los enanos y yo estamos en una mesa del McDonald´s cenando. Lo suyo sería marcar distancias y criticar el sitio y lo que sirven, lo de la comida basura y todo eso, y elogiar de las espinacas, el tofu y el queso de cabra virgen, pero eso sería mentir para quedar bien y no me lo permitiría un escepticismo capaz de pasar por la guillotina cualquier concepto. Cansa lo de ser tan correcto. Deben ser cosas de la edad.

Así que igual que critico otras cosas, me permito elogiar esta tarde de viernes con mis hijos en este MdDonald´s. Pondría en negrita lo de esta tarde y este McDonald´s, pero sé que tenéis el nivel suficiente como para hacerlo vosotros. Os doy un par de segundos.

Perfecto.

¿Y por qué hablar bien del Mc Donald´s? ¿Me financian? No. Aquí la única financiación que aceptamos es la de los señores de la Fullbright, que todavía no se han venido a pasear por este blog, que ya están tardando. Hablo bien del McDonald´s porque me sale del McPollo y porque tengo diez razones para ello.

Tienen Wifi. Y así puedo ver que nadie me ha escrito y que nadie se acuerda de mí en el Facebook. No importa : aprovecho para actualizar el Angry Birds. Daniel me da la rodaja de pepinillo de su hamburguesa : La única que ponen en su hamburguesa y que él huele antes de morderla. La saca como si sujetara un pez más o menos peligroso por la cola. Me gusta comérmela de un bocado. Así debe ser un padre : alguien que se traga los problemas de sus hijos como un gigante insaciable. Es fácil hacer de padre con un pepinillo. Dos globos : A los enanos, debido al ambiente festivo del cumpleaños, les dan dos globos. Una chica le ofrece uno amarillo a Lucía y cuando ve que Daniel se acerca, se lo cambia por uno rosa para que Daniel se quede con el amarillo. De todo este juego de globos y colores, sólo hay que quedarse con la simpatía de la chica, que está ofreciendo globos y limpiando mesas mientras tú cenas, con lo que entendería que ni sonriera ni se preocupara por los colores de los globos, pero ahí la tenéis, sonriendo. Una sonrisa de verdad, no ese gesto automático que uno hace cuando tiene una cámara de fotos delante. El cumpleaños : Ahí están las chicas, al lado, con cuadernos de Justin Bieber. Se lo pasan bien las condenadas, como si la alegría se alimentara de la propia alegría sin perder fuerza. Esto va , creo, en contra de algún principio de la física, pero esas niñas son capaces de crear sus propias leyes. Si no, no sé qué haces con doce años. La mujer que me llama cariño : ¿Te voy cobrando, cariño? Así, como si fuera mi madre. Si echas de menos a tu madre, o a tu familia, o no te llama cariño tu pareja desde la noche de bodas, ya sabes dónde tienes que venir a cenar. Cuando me toma la tarjeta me dan ganas de regalársela y darle un par de besos. Celtics-Bulls : Lo ponen en una pantalla de alta definición. Como el baloncesto me aburre, puedo mirar la tele si quiero y dejar de hacerlo sin buscar ninguna excusa. Pero mira que nos inventamos juegos absurdos. Unos tirando una pelota a una cesta, otros dando vueltas con sus coches y los del fondo metiendo la bola en una red a base de patadas. Los dedos y la salsa barbacoa: Lucía no me deja coger sus patatas. Ahora tampoco. Ahora tampoco. Ahora tampoco. Cuando se quedan ya frías, me dice que puedo coger las que quiera. A veces siento ya lástima, sin conocerlos, por la lista de novios que pasarán por su vida. Echo encima la salsa barbacoa y me las como con los dedos. ¿Dónde puedes chuparte los dedos sin que te miren mal? Aquí. El sobre de kétchup : Veo a Daniel intentando abrir uno. No es fácil, sobre todo si tienes ya los dedos pringosos. Me gusta ver cómo lo intenta. En la lista de las cosas que un niño de seis años debería haber hecho habría que incluir ésta. Lo intenta por varios sitios, lo muerde con cuidado. Al final sale un pequeño chorro, como si en vez de un agujero hubiera provocado una grieta. Pero da igual. Logra vaciar el sobre, que es de lo que se trata. Beautiful girls : Se marchan las chicas del cumpleaños llevándose a sus padres y los globos que decoraban el local. Es el momento de las quinceañeras, como esas tres que se acercan al mostrador. Pantalones muy cortos y bolsos largos que golpean contra sus muslos. Recuerdo entonces a la Natalie Portman de Beautiful Girls. Y como dicen que el recuerdo estimula las mismas zonas que se reaccionaron ante la escena inicial, es posible que alguna de esas quinceañeras sea Natalie Portman. Def Leppard : El toque nostálgico lo pone Def Leppard con el “Have you ever needed someone so bad?”.

Nada más levantarnos, la chica de los globos pasa un paño por nuestra mesa, como borrando nuestro rastro. Un esfuerzo inútil, como véis.

jueves, 31 de marzo de 2011

Impresiones de un gusano


La profesora de Lucía mueve mucho las manos, como si estuviera dirigiendo una orquesta de chimpancés nerviosos, pero delante de ella sólo estamos María y yo. Además de mover mucho las manos, habla muy deprisa, como un globo que hubiera retenido durante mucho tiempo el aire y por fin pudiera soltarlo. Casi puedo ver las palabras pasando por encima de mi. Estoy tan aturdido que no sé si atender a sus palabras o a sus manos. De verdad que no lo sé.

María la escucha con atención, con la parsimonia de la que ve subir un gusano peludo por la corteza de un árbol. En el cerebro de una mujer parece que hay tiempo suficiente para hacerlo todo. En el mío, no. Sólo he entendido la primera frase.

-Lucía va muy bien.

Que es una frase rotunda y definitiva. Puedes pedirle a alguien que te narre un partido o que te diga el resultado. Esa frase es el resultado, el marcador que demuestra que Lucía gana por goleada en todos los campos en los que se presenta. Yo me siento orgulloso como padre y más contento estaría si fuera su entrenador, pero no sé hasta qué punto un padre es entrenador o la habilidad de hacerlo bien sobre tierra o barro es algo genético.

Debate inútil porque después de esa frase, que es como una salsa dulce y densa en la que me gusta que el cerebro se reboce, no entiendo nada más. Nada. Las manos, los chimpancés, el globo naranja que se desinfla y mi incapacidad de organizarlo todo.

Presto atención entonces a cosas que no se mueven. En comparación con la profesora, todo está aún más quieto, un grado por debajo de la inmovilidad, para el que debe existir una palabra que yo no sé. Un tarro con un tallo verde, un cartel con la palabra blackboard, una caja con los lápices revueltos, una g de trazo grueso y grande pegada en una pared, una percha pequeña con un nombre escrito a mano encima, la tabla del pupitre en la que apoyo los brazos, una celda con una taza roja de plástico, un pequeño aparato de música, una flor pegada en el cristal, una lista encabezada por la palabra cuentas y , debajo, los nombres de todos los niños con distintas pegatinas azules al lado de cada uno.

Ese rápido inventario lo combino con miradas a la profesora para no resultar maleducado, porque esa profesora habla con cariño de Lucía, y eso es lo que más valoro. Cuando asumo que no voy a poder subirme a ese tren que se aleja, en el que mi mujer y la profesora hablan, dejo de correr y me dedico a pasear. Estar ahí sentado, en una clase de niños de seis años, sienta muy bien. Deberían alquilar estas aulas para ejecutivos desorientados o, en general, para desorientados. A pesar del desorden de los objetos, todo parece estar aquí en su sitio. Están en la fase del “Había una vez” y si consigues sentirte a gusto en una pequeña silla diseñada para el culo de un niño de seis años, el resto te será concedido.

Tan tranquilo estoy que acabo convirtiéndome en el gusano que sube por el árbol. Me cuesta un poco de tiempo darme cuenta, al cabo de un rato, de que esta tregua se ha terminado. Las dos mujeres se están poniendo de pie. Realizar la metamorfosis y convertirse en gusano es muy fácil, diga lo que diga Kafka, lo que duele es volver a ser persona en una historia que está más cerca del “colorín, colorado”.

-Y este es el pupitre de Lucía – nos dice la profesora al salir de clase. Me fijo en que tiene los ojos azules. En ese momento pienso que todas las profesoras deberían tener los ojos azules.

Paso la mano por el pupitre. Podríamos decir que es una caricia, sí, pero es que los gusanos somos así de sentimentales.