Hoy todo sucede lejos : Veo a los niños acudir a la fiesta y más tarde regresar. Mientras,
me sentaba frente a la mesa de un director de banco. Y después comía. Y después
miraba el reloj sin interés porque no me podía llevar ahí donde quería estar. Cumplo
mi papel aunque la fe en el sentido de lo que hacemos vaya desapareciendo : se ha ido
el maestro de ceremonias y a los animales nos han abandonado en las jaulas. No
conduzco deprisa. Les pregunto qué tal todo tratando de que me cuenten algo que
no haya imaginado. Ya están cansados. Como último recurso, esta fotografía.
lunes, 14 de mayo de 2012
domingo, 13 de mayo de 2012
Grumos
Grumos : El
cocinero se trae sus propios utensilios y materias primas desde casa : queso, un
caquelón, alcohol, aceite, ajo y tres hogazas de pan, suaves y tiernas como la
propia palabra. Por traerse, se trae a su familia y a él mismo de comensales.
Más que el despliegue, lo que inspira confianza es la perfección con la que
pronuncia la palabra fondue, que le sale cremosa y creíble. Poco podemos esperar
del que diga fondú, fundú o fondí. La receta : se pone la boca para pronunciar
la u y se dice i.
Antes de empezar se detiene a ver la
salida de Fernando Alonso en Montmeló, como si fuera parte del rito, y después
se encierra en la cocina de la que sale de vez en cuando para negar en silencio
con la cabeza.
-El difusor no funciona.
Y se mete. Y vuelve a salir.
-No, no funciona bien.
No se refiere al difusor del coche
de Alonso, sino al adaptador que se utiliza para conseguir que el caquelón,
suizo, se entienda con la vitrocerámica, alemana. Ahí el difusor debía
funcionar como intérprete, pasando el calor que genera una a la base del otro.
Pero algo falla. El queso se deshace pero se queda grumoso. El cocinero se
queda mirando el caquelón con la desconfianza con la que Alonso debe analizar
su motor después de algunas carreras. Lo que ha funcionado varias veces, ahora
no sirve para conseguir sus objetivos.
Yo corto las hogazas en pequeños
trozos. Me gusta cómo se llena todo de migas. Me gusta el ruido que hace el cuchillo
al cortar la corteza y el silencio esponjoso en el que se sumerge después. Me
gusta ver el cuenco de madera llenarse de los trozos de pan. Me gusta, en fin,
esto de hacer de pinche mientras el cocinero se fija atentamente en el caquelón,
como si su mirada fuera capaz de derretir esos pequeños grumos. Le miro y
regreso a las hogazas con la confianza del grumete en su capitán en medio de
una tormenta de queso.
El cocinero observa el caquelón como si
fuera un niño pequeño al que le hubieran explicado todo bien despacio. Tiene
los brazos cruzados y el ceño fruncido del que busca una solución que ya va
llegar tarde. Es entonces cuando, antes de que se caliente, bebemos una copa de
Lolo, el albariño que he elegido por la etiqueta porque también se bebe por los
ojos.
Del Albariño pasamos a un Chardonnay,
un Gramona “Mas Escorpí” que compartimos todos en el salón, con Fernando Alonso
dando vueltas por el circuito. Abrimos, para compartir una de tinto, un Lavia
del 2006. La chica de la tienda de vinos, con buen criterio, señaló con unos
puntos que hizo en cada etiqueta, el orden en el que debían despegar las tres
botellas que compramos el viernes.
Un punto :Lavia 2006
Dos puntos : Rayuelo 2007
Tres puntos :Ziries 2008 (Garnacha)
La chica hablaba de cada vino como si
fuera una planta que requiriera su propio cuidado. Con ese mismo cuidado las
voy abriendo.
El cocinero entra en el salón con el caquelón
humeante y el rostro de Moisés justo después de bajar con las tablas según la
interpretación de Miguel Angel. Los demás, que acudimos rápidamente al reclamo
del olor, no le damos importancia a las quejas del cocinero porque nos vamos
elevando suavemente con el primer vino.
-Tenía que salir hilos de queso al
sacar el pan, dice
-La próxima vez la hago en casa, que
controlo el fuego, dice
Los niños forman el primer anillo
alrededor del caquelón, perdiendo uno de cada dos trozos que meten, apuntando peligrosamente
con las puntas y creando una caótica coreografía de tenedores que los adultos
tenemos que sortear.
Es cierto que el queso tiene grumos,
pero eso importa en un restaurante, no aquí, porque la fondue es la excusa en
esta fiesta en la que todos vamos dando vueltas alrededor del caquelón, mientras
subimos, vaso a vaso, hasta llegar a esa altura precisa en la que se tiene la
perspectiva amplia que permite ver que cada elemento está en su sitio, dándose
significado a sí mismo y a lo que lo rodea.
sábado, 12 de mayo de 2012
Los hombres del mono blanco
Los hombres del mono blanco : Una de
las cosas que más me sorprende es que la gente nazca en un mes distinto de
Mayo. Mayo está dispuesto para recibirte, como la lona de los bomberos, cuando
te da por dejar el mundo de las ideas perfectas y lanzarte a éste a aprender un
par de cosas. Pero los hay que se
desvían y caen en Septiembre o en Febrero, que están ahí para otros temas, no
para recibir a más niños.
Mayo es un gran mes : el Madrid
suele ganar una Liga, empieza la Feria del Libro, Oti Marchante hace sus
crónicas del Festival de Cannes y en las comunidades de vecinos un par de hombres
con mono blanco van reponiendo los azulejos de la piscina para que el mosaico
quede perfecto. Hay que respetar el trabajo de los hombres del mono blanco
porque, desde cerca, esos azulejos son piezas del scrabble en las que puedes leer
: toalla, crema, sombrilla, piel y bikini. Esas palabras sin las que Mayo no
alcanzaría la categoría que tiene y se quedaría en Abril o Junio, que están
bien, pero no.
En Mayo, además, florecen las
aceras. No sé cómo funcionará la naturaleza en el campo, pero aquí, por
cualquier grieta en el cemento, sale una margarita. Es curioso que una flor
propia de una película de Disney sea la infantería de la naturaleza, buscando
cualquier resquicio para reclamarlo como suyo. El tema daría para ese poema que
escribiré si alguna vez aprendo a tocar la guitarra.
La elección del mes de Mayo puede
mejorarse, como la copa hace con un buen vino, si se opta por nacer en Madrid.
Lo coherente es nacer en el sitio en el que ese mes se celebren las fiestas. Lo
otro es lo raro y, ya lo sé, el mundo está lleno de raros que han acabado
naciendo en sitios extraños, como dardos arrojados por un jugador con diez
pintas de más y un pulso como el de un sismógrafo en pleno terremoto. Así nos
va.
En Mayo, en fin, los días tiene más
sol, y uno se sumerge en ellos como si fuera una bañera de agua tibia mirándose
los dedos ahí a lo lejos, entre la espuma. Hay tanto sol, brillante pero no
pastoso, que lo puedes usar para ir a desayunar antes de ir a trabajar o para
tomarte una copa en una noche que el sol deja templada, como la cena de una
madre en la cocina. El sol de Mayo es una moneda recién acuñada, ajeno a ese
billete manoseado en el que se convierte en Agosto.
Esta mañana me fijo en las
margaritas. Dicen, haznos una foto, y yo se la hago. Dicen, elige a una y
deshójala. Lo haría, pero la única objeción a Mayo es que los que nacemos en él
también acumulamos años y, con cuarenta y tres años y, si se es sincero, lo que
uno se preguntaría es “me quiero, no me quiero”. Hago la foto y nada más : me espera un Abadía
Retuerta, unas velas que soplar y la imagen de Casillas levantando como capitán
de esos otros tipos con mono blanco el trofeo de la Liga.
viernes, 11 de mayo de 2012
Hacia los seis millones
Hacia los seis millones : Es posible
que alguien haya recibido la noticia hoy y no vuelva a recoger la camisa que
llevó al tinte
jueves, 10 de mayo de 2012
Autoridad
Autoridad : Para saber cómo es
alguien, mírale cruzar por el paso de cebra mientras esperan los coches. Yo me
fijo esta mañana porque los grupos que ponen en la radio son malos y muy
malos. El día que una emisora guarde un minuto de silencio en vez de emitir una
canción, le declararé mi fidelidad total. No pasa nada : también hay premios
que se quedan desiertos. Pero estos alegres chicos le ponen medallas a
cualquiera que no distorsione, como creer que literatura es cualquier cosa que
no tenga faltas ortográficas.
Me fijo. A estas horas estamos con
las defensas bajas, recordando todavía cómo tenemos que ser. La cuchara girando
en un vaso de leche y después en el otro. La hora. La selección de la ropa y el
calcetín que falta. La hora. Bob Esponja (No), Phineas y Ferb (Sí). Los libros
en la mochila. El peine debajo del grifo. La hora. La espera en el ascensor,
impaciente como frente a un lavabo ocupado. La fila para salir del
aparcamiento. La hora. El atasco sobre el puente y el primer momento para mirar
por el espejo a la que se maquilla rápidamente. La hora. Los chicos y sus
medallas (oro para todos, parece), en la radio.
La hora.
Paro en todos los pasos de cebra
que me encuentro después de tener esa intuición de que para saber cómo es
alguien puede bastar con verle cruzar. Una cruza rápidamente, como
disculpándose. Otra, maletín en mano, anda deprisa. Una madre empuja el carrito
como si pesara más de lo que pensaba. Y entonces llega la que cruza la calle
despacio, sin mirar : todos saben que la ley está escrita en esos trazos
gruesos y que por eso paramos, pero ésta sabe que la autoridad sale de ella. Lo
sabe y tiene razón.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Splendente
Splendente : Es una tarde que
avanza un despacio. He mandado un mail y espero la respuesta para seguir
con un cuadro de Excel. En lo que llega, me fijo en los nombres de los cafés y
me asomo a ver unas pequeñas arañas rojas que corretean por los bordes de las
ventanas, como esperando que una de ellas se decida a entrar en la oficina para
seguirla. Ese líder, por lo que veo, no aparece.
Los tipos de
cafés que tenemos en la oficina : Satinato, Suntuoso, Forza, Splendente,
Delizioso y Fortissimo. ¿Compraríamos menos café si los nombres estuvieran en
alemán? El italiano le sienta bien al café, a los clubs de fútbol, a las
mujeres. La verdad es que soy incapaz de distinguir un sabor de otro, pero con
esta técnica tan sencilla se aseguran que el stock lo tengas en tu casa, no en
la tienda.
Decido
prepararme un café. Un Splendente. ¿Por qué? Me quedo pensando un momento y, de
repente, descubro una conexión evidente : una de las frases del himno del
colegio decía : “esplendente sol que brilla en tu ínclito historial”. Ha tenido
que ser en un momento como este, en el que no pensaba en nada, en el que la
razón aparezca sin ningún esfuerzo. No tengo recuerdos especialmente buenos de
un colegio en el que a los de letras se nos dedicaba la mirada del entrenador
al grupo de lesionados. Nunca se nos decía nada ofensivo, pero la sensación de
pertenecer al grupo de los que no podían sacar el partido adelante siempre
estaba ahí : al fin y al cabo, el máximo responsable siempre salía de las
clases de ciencias.
Así
que un Splendente para recordar todo eso pero para descubrir que algo bueno
hubo porque podría haber elegido cualquier otro café. Todos saben igual y creo
que los elegimos por cómo resuena cada nombre según nuestro estado de ánimo
porque cuando los compramos nadie pide uno en especial. Algo hubo, claro,
porque esa impresión de que el banquillo iba a ser el lugar desde el que ibas a ver
toda tu vida hizo que, como contrapartida, nos tomáramos lo que hacíamos de una
forma más personal. Ya que leíamos, leeríamos bien. Ya que escribíamos,
escribiríamos bien.
Me
llevo el recipiente de la cafetera al baño para llenarlo de agua. La mujer de
la limpieza acaba de pasar y ha dejado la ventana abierta. Me asomo. Pienso que
habré cantado ese himno cientos de veces sin saber qué quiere decir ínclito. Levanto
la vista y veo, entre las tuberías, un trozo de cielo. No sé por qué, tengo la
impresión de que el resto de la tarde va a pasar más deprisa.
martes, 8 de mayo de 2012
Un peaje inevitable
Un peaje
inevitable : También ellos te educan. Lucía lleva varios días despidiéndose de
mí cada vez más lejos de la puerta de la escalera del colegio. El beso siempre
es rápido, porque este tema ya lo tiene trabajado : al principio sentía sus
labios, después me rozaba, y hoy, todavía en la calle, sólo se acerca. La
observo marcharse corriendo para entrar con alguna amiga. Conforme se aleja, la
veo más y más alta.
Daniel me da la mano y me pregunta si
me estoy mojando mucho. He dejado la cazadora en el coche, más preocupado por
su piel que por la mía. Le digo que no y estiro la espalda para demostrarle que
la lluvia no me importa. Echaré mucho de menos esa mano en la mía : Este será
el peaje que se cobrará el tiempo para dejarnos pasar a la siguiente estación. Entramos
en el colegio, recorremos la suave pendiente y, junto a la puerta por la que
suben al primer piso, me da un beso y yo otro a él. Todavía se acerca a la
ventana de arriba para saludarme con la mano.
Parece una estrategia con la que me
preparen para el año que viene, en el que entrarán ya solos. Una me hace experimentar
la herida y el otro la cauteriza. No sería algo extraño en dos hermanos que
pasaron nueve meses juntos, escuchándose sus pequeños latidos con el de María
de fondo marcando el ritmo como el tambor en las galeras de los tebeos.
Antes de que el día intente demostrarme
que lo importante está en otra parte, me fijo en las gotas de agua sobre el
capó del coche. Cientos de ellas lo cubren sin tocarse. Tampoco nadie hablará
de esto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)