domingo, 7 de abril de 2013

La sombra del bumerán




La sombra del bumerán : Pido dos copas de Señamaria cuando lo veo escrito en la pizarra porque me atrae el nombre. Me gusta este marketing sutil que sirve para ganar en el fotofinish frente al bombardeo de las grandes campañas. La chica coloca las dos copas muy juntas y sirve el vino con cierta violencia masculina en dos golpes precisos, como si echara aceite al motor. También esto me gusta porque ese ímpetu se disuelve en un mercado de San Miguel que a las doce de la mañana está muy tranquilo.

Tal vez sea pronto para tomarse un vino, pero no tenemos mucho tiempo libre, así que decidimos adelantar el reloj dos horas. Mientras los demás estiran sus desayunos nosotros pedimos unos cuantos canapés que desaparecen del plato porque los gestos de nuestra versión 2X también son un poco más rápidos. Queremos meternos en los bolsillos la mayor cantidad posible de mañana de domingo. Por eso eliminamos los silencios como el que quita el espacio entre líneas para que el texto de nuestro paseo sea compacto.

Terminamos la copa y me marcho a por otro vino. Imperial. También está bueno. Intercambiamos esas anécdotas que sólo parecen asomar la cabeza con la segunda copa de vino y planeamos las siguientes paradas con una precisión que nos estimula porque no nos cuesta ponernos de acuerdo (Unas croquetas en El león de oro, un paseo por La Central, un fondant en Valor). Nos acabamos el vino cuando la mañana empieza a volverse más densa y la gente deja el cruasán y sigue nuestro ejemplo. No les diremos que a estas horas ya es difícil pescar algo en las aguas del domingo.

Vamos a por la primera ración de croquetas. Y a por la segunda. Visto desde arriba, nuestro recorrido se asemeja a la trayectoria de un bumerán : podemos alejarnos todo lo que queramos, pero a las cinco tenemos que estar en el mismo punto en el que dejamos a los mellizos a las ocho de la mañana. Por eso andamos tan deprisa, casi corremos. 

sábado, 6 de abril de 2013

Anzuelos de gominola




Anzuelos de gominola : La hora define al partido. Si leo que es a las 20:45, tarareo la sintonía de la Champions; si se anuncia a las 18:00, me imagino a padres con sus hijos en hombros y puestos repletos de golosinas como los que Daniel y yo nos encontramos este sábado junto al estadio. Hoy el fútbol tiene ese toque festivo de los concursos de televisión en los que invitan a un famoso, o a un niño, o a un niño famoso, y las preguntas son fáciles y el dinero que se gana con esas preguntas fáciles va a parar a una ONG para que salve a unos cuantos animales en peligro de extinción en Madrid, como el calamar de los bocadillos, al que ha devorado la ternera de las hamburguesas.

Muy buen rollo en general. Habría sido una buena tarde para organizar una jornada de puertas abiertas : la de los furgones de la policía, la de los vestuarios de los equipos, la de las zona privadas con sus azafatas, sus canapés y su canesús. Florentino, lo disculpo, debe estar en otras cosas, pero doctores tiene el club que deberían haber previsto esto para que las nuevas hornadas madridistas cuajen definitivamente, que luego se cruza el familiar blaugrana y te provoca un roto en la familia.

Pero no nos vamos a quejar porque el partido sí conserva un tono infantil, tolerado, que hace que uno no tenga que filtrárselo al niño que tiene al lado. El saque inicial lo da el secretario general de la ONU, con el ímpetu del que está acostumbrado a tirar a portería o a sacar balones fuera: no lo sé. Y su influencia benéfica se queda flotando en el aire : Ballesteros es menos Ballesteros, los ultras sueltan los insultos indispensables (ni uno más), el Madrid le concede un gol de cortesía al Levante para devolvérselo hasta en cinco ocasiones y los de Coca-Cola nos hacen una foto panorámica en el descanso para que nos veamos después.

Hago de padre madridista y le explico a Daniel qué jugadores están sobre el césped, cuáles son sus dorsales, cuáles me gustan más y a cuál podríamos vender en cuando podamos. Mi esfuerzo pedagógico dura menos que el discurso de un cicerone en un centro comercial. Pretendo que sea el propio partido el que se explique a sí mismo pero el juego apenas avanza. A estas horas parece un entrenamiento. Es entonces cuando me doy cuenta de que esta versión inocente del fútbol, apta para todos, no hace daño pero tampoco alimenta : falta ese anzuelo afilado que se te clave sin que te des cuenta y que después tire de ti cuando el estadio, como el carrete del pescador, te reclame.

Intento controlar mi aburrimiento para que no le llegue a Daniel y en medio de esa bruma agradezco los goles que el equipo nos va entregando como globos en una fiesta de cumpleaños. Los celebro como si fueran los de la Décima en Wembley. Daniel se pone de pie, y grita, y salta. Pasada la euforia se sienta, se inventa juegos, se bebe su Fanta de naranja y me ofrece su bolsa de fantasmitas para que la compartamos : el momento de más emoción llega cuando la acabamos y sacamos el cromo que viene en el fondo para ver qué futbolista nos ha tocado. Daniel lo abre con cuidado, como si fuera el punto culminante de la tarde.    

viernes, 5 de abril de 2013

Exiliados del cosmos



Exiliados del cosmos : Me llega un link para que me sume a una campaña en defensa del CosmoCaixa de Alcobendas, del que se ha anunciado su cierre. Me gusta la iniciativa, pero creo que la decisión de La Caixa es rotunda como el ruido de las ruedas de un avión al desplegarse : después de escucharlo, solo cabe esperar el aterrizaje, instalado en un pesimismo aceptado.

Lo voy a sentir, sobre todo, por lo que va  a suponer para la defensa primaria (e irracional) de la Ciencia : al acercarse a la cúpula, que se ha convertido en su referencia, y caminar hacia la entrada, uno siempre siente, antes de comprobarlo dentro, que lo que ese edificio guarda tiene valor. Ese mismo tipo de ósmosis que se experimenta con el fútbol dándose una vuelta por un estadio antes del partido. No sé si la letra con sangre entra, pero aquí la ciencia primero se mete por la piel : se es un poco científico incluso antes de hacer el esfuerzo por entender algo. O se metía, por mantener el pesimismo del primer párrafo.

Los más perjudicados van a ser los niños, los más sensibles a esa combinación de continente y contenido. No creo que acudan con la misma ilusión a estas actividades en otro sitio. Los padres tampoco lo vamos a tener fácil y me veo poniéndoles guantes en la pescadería del Carrefour para recrear con unas gambas congeladas el “Toca,toca”, donde podían tener en sus manos un erizo de mar o una tortuga de tierra vivos. La crisis nos va empujando hacia las esquinas.

Fue en un Carrefour donde Daniel cogió una de esas redes que protegen la fruta individualmente. Daniel va seleccionando objetos aparentemente aleatorios con una intención clara, como si en su cabeza tuviera uno de esos vídeos en los que, pasados hacia atrás, las partes desparramadas reconstruyen su camino hacia el original del que formaban parte antes de estrellarse contra el suelo. Si la entropía es el problema, Daniel es la solución, aunque a veces haya que tener paciencia con lo que elige.

Y esta tarde la paciencia tiene su recompensa. Daniel coge la caja en la que llega una maleta y le hace cuatro agujeros. Después le da la vuelta al envase de cartón de seis bricks de leche para construir el casco con el que poder respirar por esos planetas de elementos reciclados y no tarda en descubrir para qué guardó la red de aquel mango de la frutería. Ya tiene la protección para los ojos que necesitaba.

Se da tres paseos por el pasillo. A pesar de que se le cae una chapa y se le suelta la protección de una pierna, le concedo la homologación oficial y los permisos necesarios para explorar nuevos mundos siempre que no salga de nuestra CosmoCasa particular.  

jueves, 4 de abril de 2013

Dos formas de abandonar una clase



Dos formas de abandonar una clase : La ventana que tengo al lado en la sala da a un balcón que recibe directamente la luz del sol, lo que me permite medir cómo se va acabando el día. Delante, el ponente avanza en un curso sobre valoración de start-ups, pero como se gana la vida con eso apenas da información relevante, solo lugares comunes y una cita de Confuncio para no mostrar su cartas. Los flujos de caja y Confuncio : la clase de mezcla que solo se da en momentos como éste.

La luz, al principio, no me llama. Tomo unas notas en el cuaderno pero me canso pronto porque es difícil hacer un esquema del esquema que me ofrecen en la presentación. Escucharlo es como pasear por un edificio en el que solo hubieran levantado las columnas. Vuelvo a la luz, que parece haber reaccionado a mi falta de interés por lo que escucho y que ahora se ofrece con esa tranquila intensidad del atardecer.

Trato de regresar a la exposición. Apenas hay sitios vacíos. “Todo”, dice, “es cuestión de oferta y demanda”. Ahí está de nuevo la famosa ley con esa simplicidad que debería resultar sospechosa. Hemos caminado hacia atrás para, disimuladamente, dar como punto de llegada el de partida. No me importa porque, quizás para compensar, la luz va ganando en urgencia. Ya no mantiene las distancias y se convierte en una invitación a que salga. 

Me imagino todas las callejuelas del barrio de La Latina con los contrastes destacados. Podría empezar por el Palacio Real y después perderme un rato siguiendo esa luz por los objetos que me vaya encontrando para ver si los instala ya en la primavera. Si tengo suerte, hasta podría pasearme por algunas zonas como si las descubriera. Espero a que llegue el turno de preguntas para marcharme sin hacer ruido : salgo de la clase por la puerta pero hace ya unos minutos que he saltado por la ventana.  

miércoles, 3 de abril de 2013

El fotógrafo de Iwo Jima




El fotógrafo de Iwo Jima : Mi hermano me escribe : “Me rajo…Estoy pluffffff”. También los socios tenemos momentos de flacidez madridista. Esa imagen que se desprende de la prensa de fidelidad total, como si durante veinticuatro horas hubiera que estar dispuesto a ser uno de esos soldados que alzan la bandera en Iwo Jima, es falsa. Hay veces que la bandera blanca no se levanta y uno busca cualquier excusa para justificarse : la lluvia, los deberes de los niños, el cansancio, un tema del trabajo. Todos lo hemos hecho, pidiendo la complicidad de otro madridista en la única confesión en la que continúo creyendo y de la que deseo salir perdonado para seguir siendo blanco. Hoy, por ejemplo, admito como excusa ese pluf con seis efes, seis, que representan el sonido que el sofá emite cuando uno se deja caer en él.

Yo sí me animo a ir aunque no tenga la determinación del soldado convencido. Mi interés es hoy más secundario, atento a esos detalles que forman el encofrado de un partido y que, por personales e irrelevantes, tampoco aparecen en la prensa, para la que los prolegómenos no interesan y el fútbol es, básicamente, penetración. No niego que hay veces que yo también comparto esa filosofía directa, pero hoy me atrae el camino que recorre la costa y no la autovía que lleva al titular.

Necesito ese trayecto en metro, con las primeras bufandas; fijarme en los padres que van con sus hijos; mezclarme con el grupo que asciende ordenadamente por las escaleras mecánicas hacia el estadio; pegarme a una conversación aquí, a otra allá; detenerme en esa luz que ilumina el cartel de la estación “Santiago Bernabéu”, en el arranque suave de una noche sin frío; mirar las luces de los puestos con los artículos del Madrid; pararme frente a las bolsas de plástico con dulces junto a construcciones de botellas de refrescos; percibir el olor de los caballos de la policía, quietos junto al vomitorio; esquivar a la gente que se cruza precipitadamente conmigo; sumergirme en ese murmullo que se genera en los alrededores y que va entrando en el estadio; meter la mano en el bolsillo y sentir ahí el abono; necesito todo esto y, sobre todo, ver cómo la luz del control se pone verde y me permite acceder al estadio para ser parte del encuentro.

Luego el partido puede ser algo decepcionante, como el de hoy frente al Galatasaray, para el que nos habíamos preparado demasiado, temiendo una carrera entre rocas, y que finalmente es un paseo por la playa que provoca que el turco que tengo sentado a mi lado ya no aparezca en la segunda parte. No importa. Todo partido tiene su momento, muchas veces lejos del césped, y hoy no se me escapa : cuando los hinchas turcos encienden sus bengalas, cubriendo de humo toda la zona en la que están, los tres hombres de la cofradía de la ginebra, que se toman su copa en vaso de plástico delante de mí, agitan en respuesta los hielos con un suave movimiento de muñeca. Ahí está el partido y su crónica.

martes, 2 de abril de 2013

Betadine en la playa




Betadine en la playa : Madurar también es traducir algunas de tus canciones favoritas y descubrir en ellas la misma capa de moho que en la olvidada lata de tomate de la nevera. El saber te hará libre, pero en ese momento te provoca cierta vergüenza ajena y la sensación de que alguien te ha engañado : tantos años tarareando esa estupidez. Madurar un poco más es decidir, tras cuatro traducciones fallidas, que es mejor dejar las cosas como están.

Razón ésta por la que no leo las instrucciones de las medicinas que ya son como de la familia. Temo que, al estudiarme el prospecto, descubra que su alcance no sea tan amplio como yo lo imagino: capaz incluso de alargarte la vida si piensas en ello cada vez que te tomas una cucharada. Dalsy, Aspirina, Betadine o Mucosan son parte de la alineación que siempre convoco mentalmente para saber que puedo golear a cualquier tosecilla, décima de fiebre o dolor de cabeza que se asome por el túnel de vestuarios. Con ellas siempre juego en casa

Esta tarde, la pequeña costra de la rodilla de Lucia (auténtica medalla al valor) supura un poco. Nada grave. Como tener enfrente al Galatasaray : dan más miedo sus hinchas, representados por las quejas de Lucía, que el propio equipo. Sin pensar, cojo un poco de algodón, abro el Betadine, echo un buen chorro, como si aliñara una ensalada, y me dispongo a aplicarlo a la herida. Al primer roce, los hinchas encienden las bengalas. Lucía grita. Lucía dice, no,no,no,no. Lucía deja caer unos lagrimones que servirían de inspiración a algunas tallas religiosas. Miro el bote y se lo enseño a Lucía, como si fuera la placa del agente del FBI capaz de poner orden en una estampida de bisontes.

Betadine, le digo.

Lucía dice no,no,no y no. Ver llorar a una piedra me impresionaría menos. Entonces me fijo en el bote con ojos de traductor y me doy cuenta de que es feo, de que su tapa no encaja bien, que parece el diseño de uno de esos componentes que se le echa al motor. Y, lo más evidente, que es rojo, que tiene un color que, que no sé, que bueno, que supongo que a un niño le tiene que dar el mismo miedo que a un adulto Jack Nicholson acercándose con un hacha por un pasillo. No soy yo quién para discutir la estrategia de los de marketing, pero para mí que la letra de esta canción tampoco es buena.

Me quedo con el algodón en la mano y lo aplico muy suavemente, tan suavemente que me parece que ni rozo la herida. Así voy ganando tiempo. Soy el hombre que susurraba a las costras. Trato de detener el tiempo, de frenar las lágrimas, de dar con algo que me permita seguir defendiendo al Betadine. Lo encuentro al pronunciar su nombre de personaje de película francesa con historia intrascendente y fondo denso. Una medicina con este nombre, última trinchera desde la que la protejo, tiene que ser buena. La propia herida en la rodilla también es algo francés. Y me da por creerme esta interpretación de lo francés como leve, como ligero, como si en vez  estar en el cuarto de baño nos encontráramos en una playa con una tranquila brisa, que agitara flequillos e hiciera temblar las faldas. Noto cómo esa brisa pasa entre la herida y el algodón. Al tercer intento logro rozar la herida sin que se Lucía queje.  

lunes, 1 de abril de 2013

La altura máxima




La altura máxima : Hace días que me levanto con la misma ilusión que el bote de pan rallado de la cocina  : a los dos nos espera una jornada con pocas novedades. Cosas del hombre del siglo XXI, de la alienación, de la desorientación del yo, me digo. Y me rasco el cuello y me meto en la ducha.
            
Esta mañana, sin embargo, los tres bocadillos envueltos en papel de aluminio que veo en la cocina me recuerdan que vamos a pasar el día en el zoo. El plan es lo suficientemente bueno como para que el agujero negro en el que a veces se convierte parte de mi yo pierda interés en tragarse a la otra parte en un duelo metafísico en el que peleo contra mí mismo como si tal cosa, tomándome tranquilamente un zumo de naranja y metiendo una taza de leche en el microondas. Hoy me trago la palabra zoo y noto cómo cae, efervescente, en el agujero negro y lo cierra.
            
Ir al zoo un lunes por la mañana es práctico (no hay casi nadie) pero resulta un poco triste (no hay casi nadie). Además, me planteo mientras pago, es posible que a los animales les den el día libre. La idea me inquieta porque en el zoo los niños adquieren la mayoría de edad con ocho años y hoy me toca pagar por ellos como adultos. Por esa cantidad, no sé si sería mejor alquilar al gorila y tenerlo en casa una semana.
            
Tonterías. El dinero que cuesta. Que sea lunes. El cielo gris. Todo esto son tonterías cuando un niño de ocho años tiene delante un día de zoo y animales. Con Daniel a mi lado tengo la prueba. Va de un animal a otro con el mismo interés : no discrimina por tamaño o grado de exotismo. Vale tanto la tortuga como el chinche asesino. Su curiosidad es una vela desplegada que lo lleva a todas partes. La mía, compruebo, está hecha a base de jirones : por eso me cuesta tanto seguir su ritmo y acercarme a mirar cada vez que me llama para compartir conmigo un “ahí va”. Y son decenas de “ahí va”. Lo veo y me recuerda a esos expositores repletos de caramelos de las tiendas de chucherías.
            
Si en el Parque de Atracciones hay un metro para señalar la altura mínima que permite el uso de una atracción, en el zoo esa misma medida es la máxima que te asegura que todos los animales guarden dentro la perla de lo fascinante. Me pego a Daniel para intentar ver lo que él ve. A veces se me nota el esfuerzo y, aunque tenga delante el animal, lo que es parece alejarse, dejándome frente a otro animal : el que ya traía conmigo al venir al zoo. Me paso un buen rato viendo fantasmas, perdida la batalla.
            
“Ahí va”. Vuelve a decirme. Y vuelvo a acercarme para leer las explicaciones que se ofrecen en pequeños paneles como apoyo al visitante al que su mirada no le dice mucho. En esto soy meticuloso y Daniel se queda unos segundos como agradecimiento por estar ahí y como señal de respeto ante los adultos, que parecen insensibles a todo lo que se ofrece por todas partes.

Y todo lo vemos con cuidado hasta que el cielo se rompe y empieza a caer una lluvia que aleja el sol pero acerca a la jungla, borrando el nombre del día, el de la ciudad. Es una lluvia tan fuerte que cuando termina los animales parecen estar algo más libres en un entorno menos urbano en el que los olores han perdido su capa de polvo.
            
Estamos ya agotados. Poco nos dejamos de un inventario casi completo. Daniel insiste en entrar en la tienda de recuerdos y yo le sigo. Se dedica a curiosear. Yo me acerco a la chica que cobra y me quedo mirándola. Me fijo en ella y con la vista busco el cartel que explique qué come, cómo se reproduce, si es especie amenazada y si caza en grupo o va por libre. La chica me indica con un gesto de los hombros que no entiende muy bien qué me pasa. Yo tampoco, ciertamente, pero si sé que si me desatornillara la cabeza y metiera la mano dentro, sacaría, entre un montón de pan rallado, un par de caramelos de colores.