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jueves, 20 de octubre de 2011

"Educación siberiana", de Nikolái Lilin

A veces parece que la relación que hay entre la historia y el lenguaje que se utiliza para expresarla es la misma que existe entre un río y su cauce. Si lo que se cuenta apenas tiene interés, se puede llevar ese pequeño hilo de agua por donde uno quiera para lucirse con las palabras. También, como ocurre con “Educación siberiana”, puede darse la situación contraria, donde uno se encuentra con una historia capaz de desbordarlo todo, apenas sostenida por un estilo que queda en segundo lugar.

“Dentro del habitáculo yacían los otros cuatro cadáveres, desfigurados por las balas. El vehículo había quedado acribillado, de una rueda salía aire porque un fragmento de la carrocería, desprendido por los balazos, había penetrado en el neumático. Había sangre por doquier: salpicaduras, charcos que se dilataban por el suelo en un radio de cinco metros, gotas que caían del coche y, mezcladas con gasolina, formaban regueros que corrían hacia nosotros, a nuestros pies.

Se hizo un silencio absoluto, todos inmóviles mirando lo que había quedado de aquellos seres humanos” (Página 321)

La escena es el final de la misión que unos niños siberianos reciben : vengar la violación de una discapacitada de su grupo. Así es como les educaban, siguiendo las reglas de una comunidad sin la que no eras nadie.

El libro cuenta cómo fue la infancia del autor, Nikolái Lilin, en la ciudad de Blender, en su comunidad de urcas siberianos. Policías, robos, picas, tatuajes, palomas, peleas, santos, imágenes, reglas, autoridades, abuelos, pasteles, tazas de té, noches de pesca en el río, historias de cárceles, pistolas, misiones, asesinatos, compañeros, parques, jerarquía y sangre. Disney, se ve, quedaba muy lejos.

El autor nació en 1980, ayer, así que todo lo que cuenta, que parece de blanco y negro, tiene color. El blanco de la nieve que le recibió al nacer y el rojo de la sangre a la que se acostumbró. Sucede como con esas fotografías en blanco y negro que, al ver la fecha, te muestran que por entonces tú ya vivías, y muy bien, sin saber que había entonces otros mundos. Cuando aquí todos aplaudían al tipo que lanzó la flecha en Barcelona, Nikolái andaba estrenando su primera pistola o aprendiendo cómo funcionaban las cosas en las cárceles para niños.

“Había uno en especial, un poli viejo y asqueroso que, después de pasarse la vida prestando servicio en cárceles de adultos, había estudiado psiquiatría infantil y pedido el traslado a una prisión de menores. Con ser un simple guardia, ostentaba incluso más poder que el director, porque mantenía relaciones con personas dedicadas a un nuevo negocio importado de otros países con la democracia : la producción de películas porno pedófilas” (Página 227)

El libro cuenta cómo se organiza uno la vida para sobrevivir en un mundo así, que es, básicamente, apoyándose en la comunidad y asimilando sus reglas. Puede que ese mundo sea como es por comunidades como ésa, con lo cual uno le está echando madera al fuego que calienta la olla en la que está, pero, dada ya esa situación, lo único que se puede hacer es incrustarse más y más en el grupo y escuchar muchas de esas reglas que se transmiten en las historias de los más ancianos. Porque, aunque sea de mierda, hay un orden.

“Se da la espalda a los llamados “basura”, policías y traidores, gente tan despreciable que no merecen ni una bala . Sin embargo, dársela a un delincuente supone otra cosa : es un mensaje concreto, que comunica que se le priva de la dignidad criminal, se le expulsa de la comunidad” (Página 280)

Un tratado de derecho criminal que se aprende en la práctica. Aquí uno no se prepara unas oposiciones de notario para que papá, también notario, te financie tu piso en la capital y las cenas con tu novia en un restaurante de Serrano. Aquí uno se convierte en el derecho y los artículos por los que te van a machacar la cabeza los puedes leer en la suela de una bota, en la culata de una pistola o en el tatuaje del que tienes delante.

Así es la vida.

Y, con ser interesante el tema, el libro no lo sería si, además, no fuera una exposición de personajes que tratan de seguir viviendo como pueden. Cuando la vida te trata mal, a cambio, como propina, parece dejarte una buena historia y aquí las hay en cada página. En mi barrio vas a darle un recado a alguien y sólo necesitas media página. En este libro, para entregar ese mensaje sales en la página ciento seis y vuelves en la doscientos quince. Unas cien páginas repletas de personas e historias que salen al paso y que piden ser contadas. Ahí están Bosia, la tía Katia, el tío Kostic, Gancho, Boriska, Blanco, Dedos, Gueka, Fima e Iván. Aunque te encerraras a imaginarlas, no lograrías ni acercarte a muchas de las que aquí aparecen : La vida puede ser muy puta y había algunos rusos se encargaban de que aún lo fuera más, pero siempre hay algo que nos obliga a seguir flotando, aunque no sepamos definir exactamente el qué.

Nikolái escribe las historias que puede y tú puedes pensar : Joder con los siberianos y su forma de educar a los niños. Y, entonces, Nikolái, en dos páginas, te hace cambiar de opinión :

“Se decía que en aquella conspiración estaban implicados también policías, que querían debilitar la comunidad delincuente de la ciudad. Habían de conseguirlo cinco años después, cuando enfrentaron a muchos jóvenes criminales contra los viejos y desataron una guerra sumamente sangrienta que fue el principio del fin de nuestra comunidad, la cual de hecho no existe hoy de la forma que existía en tiempos de esta historia” (Página 323)

Que es una forma de decir que si lo de antes te parecía mal, imagínate lo que hay ahora.

Pero el libro se acaba en este punto de transición. A Nikolai le obligan a realizar el servicio militar y lo mandan con un grupo para que se convierta en “saboteador” y reaparezca en Chechenia unos años después. Si se decide a contarlo, ahí estaré yo para escucharle.

sábado, 15 de octubre de 2011

La azalea


A las diez de la mañana, la gitana del puesto de flores todavía no ha llegado. Al lado está el quiosco al que nos acercamos para que mi madre les compre a los enanos un sobre. Hay muchos donde elegir : Inazuma Eleven, Los pingüinos de Madagascar, Anipals, Ani-mates, Invizimals, Wild Animals, Marvel, Bob Esponja, Dolce, y Gomu.

Justo encima de los sobres están las revistas y los vídeos pornográficos. En este barrio somos así. Excess (Hardcore), Contactos íntimos, Penthouse, Eros y KIss, entre otras. Y los vídeos : Macizas rumbas sexuales, Cuero y piel, Formas de prostitución (3) y Habla con ella, entre otros.

Ahí está, dispuesta, una buena colección de pechos en todo su esplendor, ordenados como si estuviéramos en el mostrador de una frutería. Ese tipo de fruta que en el Carrefour tienen aparte, cara, brillante y fresca y que sirven unas mujeres sonrientes con guantes blancos, como si la manzana que te entregan te hubiera sido adjudicada en una subasta.

Lucía y Daniel tardan en decidirse y me extraña que no digan nada sobre la muestra de pornografía. El mundo es un sitio raro y la infancia parece tener las amenazas esperando pegadas a esas murallas que el tiempo se encargará de derribar. Aunque es posible que las transiciones en las etapas de un niño sean menos graduales de lo que pensamos y más bruscas, más a la siberiana, en sintonía con lo que cuenta Nikolái Lilin en “Educación siberiana”

“El tirachinas debíamos llevarlo siempre con nosotros, como la navaja, hasta los trece o catorce años cuando los reemplazábamos por la pistola”

Así que si esta fuera una versión siberiana de un quiosco, encima de los sobres de figuras habría navajas y pistolas, como si fuera lo normal.

Lucía elige un sobre de figuras de goma y Daniel otro de animales.

En lo que nos hemos decidido, la vendedora de flores ha terminado de colocar su puesto. Mi madre se acerca a por una azalea. La gitana, sosteniéndola en las manos, le explica a mi madre cómo tiene que cuidarla. Agua y exterior, es el resumen que hago cuando mi madre me lo explica. Mucha agua.

La gitana le da un beso al billete de diez euros que mi madre le entrega.

-¡La primera venta del día! – dice.

viernes, 7 de octubre de 2011

Cinco vasos con sabor a anís

Es viernes por la noche y acabo de darme un paseo por Fuencarral hasta la Plaza Conde del Valle Suchil. Hay ambiente por la calle y locales con comida expuesta : empanadas argentinas, tapas, falafeles y pizzas que no puedo probar. Para evitar la tentación me paso una media hora en la Casa del Libro de Fuencarral y ahí compro “Educación siberiana” porque me acuerdo de que vi al escritor, que aparece en la portada, de perfil, en el programa Página 2. Era un tipo al que no le gustaba mucho hablar y que daba un poco de miedo, así que no me cuesta decidirme por este libro, para ver qué es lo que se cuenta y por qué daba miedo.

A las ocho estoy sentado en un sitio tranquilo, en el que está prohibido hablar por teléfono, con poca gente, empezando “Educación siberiana”, con una mesita al lado, sin nadie que me moleste, con tiempo por delante, sin distracciones y bien atendido. Se me acerca una mujer a ofrecerme algo de beber :

-Un vaso cada cinco minutos – me dice.

Y me sirve lo que parece agua de una jarra de cristal como la que mi madre tenía en casa en un vaso de plástico. Llena cinco y se marcha.

“Sé que no se hace, pero estoy tentado de empezar por el final” (Página 11)

El agua sabe a anís. Me bebo cada vaso en pocos sorbos, imaginándome cómo recorre mi cuerpo, como si lo pintara por dentro.

“Pero es natural, me crié en un barrio de mala fama sonde se establecieron los criminales expulsados de Siberia en los años treinta; vivía en Bender entre ellos, y los habitantes de mi criminalísimo barrio formábamos una gran familia” (Página 15)

Voy de la página al reloj. Cada vez que termino un vaso lo meto en el anterior. Veo que alguien ha hecho lo mismo con todos sus cinco vasos.

“De pequeño los juguetes no me interesaban. Mi diversión a los cuatro o cinco años era pasearme por asa esperando a que mi abuelo o mi tío desmontaran y limpiaran las armas; lo hacían con gran esmero y cariño, y muy a menudo , pues tenían muchísimas” (Página 16)

Nikolái Lilin no pasó su infancia entre Disney Channel y Clan. No vio mucho a Bob Esponja, eso está claro. Policías, armas, criminales, picas, urcas, soldados rusos, gorras de ochos triángulos, vasos de kvas, abuelos, clanes, atracos, crucifijos, iconos religiosos, picas, historias, pasteles de manzanas y reglas, muchas reglas.

“Muchas veces mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a un matadero y nos instruía en el manejo del cuchillo contra los cuerpos de los animales que colgaban de los ganchos. Con tales ejercicios, una mano pronto se vuelve experta y decidida” (Página 26)

Nikolai nació en 1980, así que esa infancia, que parece en blanco y negro, sucedió ayer. Aunque todos los relojes avancen al mismo ritmo, el tiempo no corre igual en todas partes.

Me termino el último vaso y los dejo uno dentro de otro, como esas matrioskas rusas, pienso. Ya debo estar bien marcado por dentro. La mujer que me ha dado de beber, me llama por mi nombre entero y me indica que pase a una pequeña habitación.

Me da tiempo a leer una última frase :

“Quien quiere muchas cosas es un loco, porque un hombre no puede poseer más de lo que su corazón es capaz de amar” (Página 64)

No es un libro en el que se trabaje el lenguaje porque no hace falta. La historia tiene la suficiente fuerza como para que pase eso por alto. Entro en la pequeña habitación, me quito la ropa, me pongo la bata que encuentro colgada en la percha y me tumbo donde me indican.

-Es posible que ahora, con lo que te estoy inyectando, notes escozor en la garganta y en la vejiga. Ya está. La prueba dura cinco minutos y después ya puedes hacer vida normal.

De eso se trata, de seguir con una vida normal mucho tiempo.