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miércoles, 9 de noviembre de 2011

"El secreto de Christine", de Benjamin Black

Empecé engañado la lectura de este libro por varios motivos. Porque era una edición de bolsillo. Porque era novela negra. Porque era el seudónimo de un gran escritor. Porque la portada era mala. Porque el título no prometía gran cosa. Y pensé que lo que tenía entre manos iba a ser una lectura rápida con su crimen, su investigación y su final, todo tan terapéutico. Y a otra cosa.

Ese engaño, que me fabriqué yo solito, lo admito, se esfumó a las pocas páginas. Todo lo anterior es cierto, empezando con la edición y terminando con el título, pero lo que hay en este libro, desde la primera palabra a la última, es literatura. De la buena, de la densa, de la que agota y no te deja correr por la historia por mucho que quieras : cada frase es una barrera que hay que leer, disfrutar y saltar para seguir corriendo. Y en este plan, descubres pronto, no se corre. Como mucho, andas deprisa. O paseas.

Te quitas las zapatillas de correr y te pones las de andar por casa, no queda otra.

Así que conviene dedicarse a este libro con el ánimo del que va de paseo porque va a ser una lectura larga y exigente, del tipo que te obliga a admirar cada palabra, como un joyero de Amsterdam, porque todas han sido elegidas y dispuestas así por alguna razón. La escritura de Benjamin Black es una reivindicación de la literatura como un oficio y una justificación, si nos ponemos ya trascendentales, de la propia literatura : esto es y para esto sirve. Y en edición de bolsillo.

Curiosamente, toda esa fuerza del estilo se despliega para contar una historia sencilla, que se podría resumir, si quisiera, en tres frases, pero no quiero. Es una novela negra porque hay muerte, investigación y final, sí, pero todo presentado de una forma casual que empieza con una escena intrascendente y que va avanzando porque a un tipo curioso, que trabaja de forense y se bebe todo el whisky de Dublín, le da por hacer preguntas. En cierto modo, es una novela negra que se va construyendo poco a poco porque al protagonista no le dan muchas respuestas pero sí una paliza que le sirve para saber que va por el buen camino. Quien bien te quiere, te hará cojear.

La investigación para saber cuál es el secreto de Christine le sirve a Black para ir presentando una serie de personajes que aparecen dibujados con una precisión en sus formas, palabras, pensamientos y actos típica de protagonistas. Aquí, y ya estaba sugerido en el tercer párrafo, no se pierde el tiempo con secundarios, aunque sólo aparezcan para dar esa paliza mencionada en el cuarto párrafo. Todos son protagonistas, que es el tipo de magia que hace un escritor cuando tiene talento y se esfuerza con ese talento. Impresionante.

Impresionante y precisa. Además de una novela, es un manual de cómo describir un sentimiento, una conversación, un gesto, un objeto, una variación de la luz, los efectos de una copa, el ruido de la nieve al caer, el deseo, el remordimiento o el fracaso, por mencionar algo, que da igual por dónde se abra el libro. Por ejemplo, este párrafo con sexo, ya que estamos, en el que se habla de otra cosa :

“Era una chica grandona, de extremidades fuertes y hombros anchos, pecosos, a pesar de lo cual se encajó sobre su pierna escayolada con ternura inventiva. Se había dejado puestos el sostén y las medias, y cuando montó a horcajadas sobre él, una Godiva con la melena en llamas, el tenso nailon de las medias le rozó los flancos como su fuera un fino y cálido papel de lija. Cayó en la cuenta del mucho tiempo desde la última vez en que tuvo a una mujer en los brazos, y la oyó reír. Ojala, se dijo, pudiera reír también él, pero algo se lo impedía, no sólo la palpitación dolorida de la rodilla, sino una nueva y misteriosa vía de acceso a la congoja y los presagios” (Página 291)

Si leyendo a algunos autores españoles cualquiera puede creerse escritor, con Benjamin Black sucede lo contrario y al ver la distancia entre lo que se puede hacer y lo que hay que hacer la gran mayoría deberíamos cerrar el Word y marcharnos al salón a zapear un poco o jugar con nuestros hijos a construir la pista imposible de los Hot Wheels, que es lo que Daniel hace cuando, por fin, gracias a Dios y a Benjamin Black, logro leer la última frase del libro.

En fin. Vaya monstruo. El 9,99 de la etiqueta no es sólo el precio. Es la nota que se lleva el libro.

jueves, 20 de octubre de 2011

"Educación siberiana", de Nikolái Lilin

A veces parece que la relación que hay entre la historia y el lenguaje que se utiliza para expresarla es la misma que existe entre un río y su cauce. Si lo que se cuenta apenas tiene interés, se puede llevar ese pequeño hilo de agua por donde uno quiera para lucirse con las palabras. También, como ocurre con “Educación siberiana”, puede darse la situación contraria, donde uno se encuentra con una historia capaz de desbordarlo todo, apenas sostenida por un estilo que queda en segundo lugar.

“Dentro del habitáculo yacían los otros cuatro cadáveres, desfigurados por las balas. El vehículo había quedado acribillado, de una rueda salía aire porque un fragmento de la carrocería, desprendido por los balazos, había penetrado en el neumático. Había sangre por doquier: salpicaduras, charcos que se dilataban por el suelo en un radio de cinco metros, gotas que caían del coche y, mezcladas con gasolina, formaban regueros que corrían hacia nosotros, a nuestros pies.

Se hizo un silencio absoluto, todos inmóviles mirando lo que había quedado de aquellos seres humanos” (Página 321)

La escena es el final de la misión que unos niños siberianos reciben : vengar la violación de una discapacitada de su grupo. Así es como les educaban, siguiendo las reglas de una comunidad sin la que no eras nadie.

El libro cuenta cómo fue la infancia del autor, Nikolái Lilin, en la ciudad de Blender, en su comunidad de urcas siberianos. Policías, robos, picas, tatuajes, palomas, peleas, santos, imágenes, reglas, autoridades, abuelos, pasteles, tazas de té, noches de pesca en el río, historias de cárceles, pistolas, misiones, asesinatos, compañeros, parques, jerarquía y sangre. Disney, se ve, quedaba muy lejos.

El autor nació en 1980, ayer, así que todo lo que cuenta, que parece de blanco y negro, tiene color. El blanco de la nieve que le recibió al nacer y el rojo de la sangre a la que se acostumbró. Sucede como con esas fotografías en blanco y negro que, al ver la fecha, te muestran que por entonces tú ya vivías, y muy bien, sin saber que había entonces otros mundos. Cuando aquí todos aplaudían al tipo que lanzó la flecha en Barcelona, Nikolái andaba estrenando su primera pistola o aprendiendo cómo funcionaban las cosas en las cárceles para niños.

“Había uno en especial, un poli viejo y asqueroso que, después de pasarse la vida prestando servicio en cárceles de adultos, había estudiado psiquiatría infantil y pedido el traslado a una prisión de menores. Con ser un simple guardia, ostentaba incluso más poder que el director, porque mantenía relaciones con personas dedicadas a un nuevo negocio importado de otros países con la democracia : la producción de películas porno pedófilas” (Página 227)

El libro cuenta cómo se organiza uno la vida para sobrevivir en un mundo así, que es, básicamente, apoyándose en la comunidad y asimilando sus reglas. Puede que ese mundo sea como es por comunidades como ésa, con lo cual uno le está echando madera al fuego que calienta la olla en la que está, pero, dada ya esa situación, lo único que se puede hacer es incrustarse más y más en el grupo y escuchar muchas de esas reglas que se transmiten en las historias de los más ancianos. Porque, aunque sea de mierda, hay un orden.

“Se da la espalda a los llamados “basura”, policías y traidores, gente tan despreciable que no merecen ni una bala . Sin embargo, dársela a un delincuente supone otra cosa : es un mensaje concreto, que comunica que se le priva de la dignidad criminal, se le expulsa de la comunidad” (Página 280)

Un tratado de derecho criminal que se aprende en la práctica. Aquí uno no se prepara unas oposiciones de notario para que papá, también notario, te financie tu piso en la capital y las cenas con tu novia en un restaurante de Serrano. Aquí uno se convierte en el derecho y los artículos por los que te van a machacar la cabeza los puedes leer en la suela de una bota, en la culata de una pistola o en el tatuaje del que tienes delante.

Así es la vida.

Y, con ser interesante el tema, el libro no lo sería si, además, no fuera una exposición de personajes que tratan de seguir viviendo como pueden. Cuando la vida te trata mal, a cambio, como propina, parece dejarte una buena historia y aquí las hay en cada página. En mi barrio vas a darle un recado a alguien y sólo necesitas media página. En este libro, para entregar ese mensaje sales en la página ciento seis y vuelves en la doscientos quince. Unas cien páginas repletas de personas e historias que salen al paso y que piden ser contadas. Ahí están Bosia, la tía Katia, el tío Kostic, Gancho, Boriska, Blanco, Dedos, Gueka, Fima e Iván. Aunque te encerraras a imaginarlas, no lograrías ni acercarte a muchas de las que aquí aparecen : La vida puede ser muy puta y había algunos rusos se encargaban de que aún lo fuera más, pero siempre hay algo que nos obliga a seguir flotando, aunque no sepamos definir exactamente el qué.

Nikolái escribe las historias que puede y tú puedes pensar : Joder con los siberianos y su forma de educar a los niños. Y, entonces, Nikolái, en dos páginas, te hace cambiar de opinión :

“Se decía que en aquella conspiración estaban implicados también policías, que querían debilitar la comunidad delincuente de la ciudad. Habían de conseguirlo cinco años después, cuando enfrentaron a muchos jóvenes criminales contra los viejos y desataron una guerra sumamente sangrienta que fue el principio del fin de nuestra comunidad, la cual de hecho no existe hoy de la forma que existía en tiempos de esta historia” (Página 323)

Que es una forma de decir que si lo de antes te parecía mal, imagínate lo que hay ahora.

Pero el libro se acaba en este punto de transición. A Nikolai le obligan a realizar el servicio militar y lo mandan con un grupo para que se convierta en “saboteador” y reaparezca en Chechenia unos años después. Si se decide a contarlo, ahí estaré yo para escucharle.

viernes, 7 de octubre de 2011

Cinco vasos con sabor a anís

Es viernes por la noche y acabo de darme un paseo por Fuencarral hasta la Plaza Conde del Valle Suchil. Hay ambiente por la calle y locales con comida expuesta : empanadas argentinas, tapas, falafeles y pizzas que no puedo probar. Para evitar la tentación me paso una media hora en la Casa del Libro de Fuencarral y ahí compro “Educación siberiana” porque me acuerdo de que vi al escritor, que aparece en la portada, de perfil, en el programa Página 2. Era un tipo al que no le gustaba mucho hablar y que daba un poco de miedo, así que no me cuesta decidirme por este libro, para ver qué es lo que se cuenta y por qué daba miedo.

A las ocho estoy sentado en un sitio tranquilo, en el que está prohibido hablar por teléfono, con poca gente, empezando “Educación siberiana”, con una mesita al lado, sin nadie que me moleste, con tiempo por delante, sin distracciones y bien atendido. Se me acerca una mujer a ofrecerme algo de beber :

-Un vaso cada cinco minutos – me dice.

Y me sirve lo que parece agua de una jarra de cristal como la que mi madre tenía en casa en un vaso de plástico. Llena cinco y se marcha.

“Sé que no se hace, pero estoy tentado de empezar por el final” (Página 11)

El agua sabe a anís. Me bebo cada vaso en pocos sorbos, imaginándome cómo recorre mi cuerpo, como si lo pintara por dentro.

“Pero es natural, me crié en un barrio de mala fama sonde se establecieron los criminales expulsados de Siberia en los años treinta; vivía en Bender entre ellos, y los habitantes de mi criminalísimo barrio formábamos una gran familia” (Página 15)

Voy de la página al reloj. Cada vez que termino un vaso lo meto en el anterior. Veo que alguien ha hecho lo mismo con todos sus cinco vasos.

“De pequeño los juguetes no me interesaban. Mi diversión a los cuatro o cinco años era pasearme por asa esperando a que mi abuelo o mi tío desmontaran y limpiaran las armas; lo hacían con gran esmero y cariño, y muy a menudo , pues tenían muchísimas” (Página 16)

Nikolái Lilin no pasó su infancia entre Disney Channel y Clan. No vio mucho a Bob Esponja, eso está claro. Policías, armas, criminales, picas, urcas, soldados rusos, gorras de ochos triángulos, vasos de kvas, abuelos, clanes, atracos, crucifijos, iconos religiosos, picas, historias, pasteles de manzanas y reglas, muchas reglas.

“Muchas veces mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a un matadero y nos instruía en el manejo del cuchillo contra los cuerpos de los animales que colgaban de los ganchos. Con tales ejercicios, una mano pronto se vuelve experta y decidida” (Página 26)

Nikolai nació en 1980, así que esa infancia, que parece en blanco y negro, sucedió ayer. Aunque todos los relojes avancen al mismo ritmo, el tiempo no corre igual en todas partes.

Me termino el último vaso y los dejo uno dentro de otro, como esas matrioskas rusas, pienso. Ya debo estar bien marcado por dentro. La mujer que me ha dado de beber, me llama por mi nombre entero y me indica que pase a una pequeña habitación.

Me da tiempo a leer una última frase :

“Quien quiere muchas cosas es un loco, porque un hombre no puede poseer más de lo que su corazón es capaz de amar” (Página 64)

No es un libro en el que se trabaje el lenguaje porque no hace falta. La historia tiene la suficiente fuerza como para que pase eso por alto. Entro en la pequeña habitación, me quito la ropa, me pongo la bata que encuentro colgada en la percha y me tumbo donde me indican.

-Es posible que ahora, con lo que te estoy inyectando, notes escozor en la garganta y en la vejiga. Ya está. La prueba dura cinco minutos y después ya puedes hacer vida normal.

De eso se trata, de seguir con una vida normal mucho tiempo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

"El mar", de John Banville


Encontré “El mar”, de John Banville, en "La atalaya", una pequeña papelería de Conil en la que había entrado para ver si daba con algún libro de Maigret. No había ni rastro del comisario, pero lo de ver que un libro se titulaba así, cerca de una playa, me pareció una coincidencia interesante. Y me llevé el libro.

Y me quedé deslumbrado por él. La clase de libro en el que te puedes refugiar como lector y como escritor. De hecho, ahora voy a buscarlo y me sorprende ver que se trata de un libro fino. Lo recordaba grueso, tal vez porque cada palabra tiene una razón para ocupar su sitio y porque con el tiempo ha ido creciendo en mi cabeza.

“En cualquier caso, a lo que hago tampoco lo llamo crear. Crear es un término demasiado grande, demasiado serio. Los creadores crean. Los grandes crean. En cuanto a los que somos medianías, no existe palabra que resulte lo bastante moderna para describir lo que hacemos y cómo lo hacemos” (Página 41)

Esta cita, por ejemplo, no la busco. Simplemente abro el libro y ya encuentro qué destacar. Todo el libro es una gran cita. Hay un cuidado en la escritura que me recuerda a esa advertencia que hacía Harper Lee sobre la paciencia y el trabajo de artesanía que todo libro debería llevar. Y este es pura artesanía. Basta leer para darse cuenta del trabajo que hay detrás, de todas las palabras que se han eliminado para poner exactamente las que tienes delante. Dentro de un estilo que no busca gustarse a sí mismo, el lenguaje por el lenguaje, sino que ha sido construido para que la historia avance, emocione y termine con un gran final. Un gran, un grandísimo final para cada época de la historia.

La historia, por centrar un poco el libro, presenta a Max Morden, un hombre derrotado, que acude, después de la muerte de su mujer, al pueblo en el que pasaba las vacaciones de pequeño. Ahí recuerda, con todo el cuidado que puede, los detalles de un verano especial en el que conoció a los Grace, una familia totalmente opuesta a la suya.

“La señora Grace está sin aliento, y se hincha la tersa ladera de su pecho, color arena. Levanta una mano para apartarse un pelo que se le ha quedado pegado a la frente mojada y fijo la mirada en la secreta sombra que hay bajo la exila, azul ciruela, el tono de mis húmedas fantasías en noches venideras. Chloe se enfurruña. Myles vuelve a escarbar violentamente en la arena con su palo. Su padre dobla el periódico y mira al cielo entrecerrando los ojos. Rose examina un botón flojo de su blusa. Las pequeñas olas se levantan y rompen, y el perro anaranjado ladra. Y mi vida ha cambiado para siempre.

Pero, entonces, ¿en qué momento, de entre todos los momentos, nuestra vida no cambia completamente , totalmente, hasta el cambio más trascendental de todos” (Página 35)

Sigo leyendo más allá de esta página. Me dan ganas de dejar aquí este comentario y seguir leyendo.

“La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba tan sólo de acumular, de coleccionar cosas – nuevas experiencias, nuevas emociones – y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo” (Página 124)

El recorrido de Max Morden por ese especial verano se detiene en los tópicos del primer beso, del erotismo, de los días largos, del descubrimiento, pero con el contraste de una mirada dura y sincera que trata de no engañarse. Parece que parte de su empeño estuviera dedicado a acabar con la fascinación de ese verano sin apenas lograrlo, como si lo que la memoria guarda de él tuviera la consistencia que su vida, en el momento actual, no tiene.

Ese verano no se termina ahí. Se puede decir que tanto el pasado como el momento presente tienen un final que lo cierran y que obligan a leer el libro para quitarle una capa más y adentrarse más en su significado. Por respeto, no diré nada más.

De hecho, no pensaba decir nada de este libro hasta pasado más tiempo. Un año. Dos. No sé. Mi intención era comentar el titular de El País de hoy : “La crisis obliga a la UE a sanear otra vez las cuentas de los bancos”. Una frase que debería ser analizada palabra por palabra, sobre todo ese verbo, sanear. ¿Quién, salvo algún hijo de puta, va a oponerse a una operación que quiera sanear algo, aunque se trate de un banco?. Buena elección del verbo.

Quiero tirar del verbo y me marcho a la página 30, donde se dan más detalles de la pupa de los bancos y de las medicinas que hay que darles. La quita de la deuda griega puede llegar al 50%, en un país en el que el PIB se ha contraído un 7,3%, el consumo un 7% y la inversión un 17% en el segundo trimestre. Los bancos, que han comido mucha deuda pública en mal estado, por unos 100.000 millones de euros, pueden llegar hasta necesitar 200.000 millones para recapitalizarse (cubrir el dinero que no van a obtener de la deuda perdida) según el FMI. Si la zona euro cae, las cosas se pondrían mejor : los bancos necesitarían de dos a tres billones para recapitalizarse. Una cantidad que implicaría un coste de 10.000 euros por persona durante el primer año más unos 3.500 euros adicionales en los años siguientes. En ese caso, el PIB de Grecia podría caer un 50%.

Muy divertido.

Acudo a la página 30 y al principio del artículo que firma C. Pérez se citan unas palabras de Benville.

“Empieza a ser peligroso dejar Europa en manos de políticos, economistas y banqueros. Muy peligroso”. Parece que C. Pérez estuviera él también cansado de todas estas cifras, de dar unos datos que no sirven para nada al lector y que, en el fondo, quisiera hablar de otra cosa. Empieza un párrafo volviendo a mencionar a Benville : “Ese perfecto desastre al que alude el autor de la fascinante "El mar"…” Y en ese fascinante se abre una rendija por la que esconderse. Es el momento de volverse lagartija (que huelen a hierba, como bien sabe Cristina Sánchez-Andrade) y escaparse por ahí a libros como el de Benville.

Dejar detrás toda esta mierda que se nos viene encima y no parar hasta ver al fondo, por fin, el mar.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Tú escribe, que ellos cobran.


Después de cenar con mi madre me paso por el Vips de Velázquez porque, como no puede ser de otra manera, ahí tienen muchos libros de arte. Está bien lo de pasearse entre libros de fotografía y de pintura sin nadie que te meta prisa. A veces encuentro una oferta, pero esta noche no tengo suerte. El arte es muy bonito, pero es caro. Bífidus para todos.

El arte no es caro.

Me compro a la una, a las dos, a las tres, un libro en edición de bolsillo del que ya había leído alguna crítica.

El arte es caro, lo he pensado mejor, el arte sí es caro.

El pescado también.

Y además comprar pescado es divertido porque puedes decir :

-Quiero palometa

o

-Quiero japuta.

Jajajajaja. Comprar pescado es la monda.

(Silencio)

El libro es “Numerati”, de Stephen Baker. Llama Numerati a una nueva mafia matemática que se dedica a obtener información de todos los datos que dejamos a lo largo del día. Hagas lo que hagas, siempre queda un rastro del que se alimentan los matemáticos.

Pabernosmatao. Tú. Como te lo digo.

¿Y quién retransmitirá las uvas este año?

El libro dedica un capítulo a contar que ya existen empresas que analizan los blogs para extraer información útil para las empresas. Convierten paletás enteras de información en pastillas útiles, como las vitaminas.

Veo los anuncios de Piqué y pienso : Voy a comprarme la ropa en Mango. Voy a hacerme del Barça.

Stephen pone como ejemplo a Umbria Communication, en la ciudad universitaria de Boulder. Ahí Howard Kaushansky, presidente y fundador, y su equipo ha desarrollado un sistema para leer millones de artículos cada día. La cosa da un poco de miedo, pero por el momento el sistema anda dando sus primeros pasos y sólo puede decir el género, la edad y el grupo al que pertenece el escritor del blog. Para que el sistema practique, previamente una serie de personas, llamadas marcadores, lee los blogs e identifica esas tres variables para ver si el sistema acierta o no, afinando las matemáticas para que el número de coincidencias entre máquina y hombre se acerque.

Qué coño voy a hacerme del Barça. No me jodas.

Una vez que te ha identificado, busca comentarios sobre los productos o servicios que le interesen a los clientes de Umbría : un banco que quiera saber qué piensas de sus comisiones, o una compañía aérea sobre sus tasas, o un fabricante de cuchillas sobre su nuevo modelo. El sistema parece que es válido para predecir tendencias y, además, se produce de forma prácticamente inmediata.

A ver : nada mejor que meterte en la camita y ver todos los episodios de Médico de Familia. Ya no se hacen series como ésa. Qué Breaking Bad ni qué leches. Que no, que no, que no está hecha la miel para la boca del asno.

Sólo es cuestión de tiempo que el sistema pueda analizar el ánimo, los ingresos, el nivel educativo de un escritor e incluso predecir su conducta.

¿Pues no me dice la hermosa que me encuentra como agarrapiñado?

Personalmente, eso no me molesta. La opción para que no te controlen es o no escribir un blog o hacerlo sobre el mundo del ganchillo, por ejemplo. Lo que me pone de mal humor es que ellos se lleven el dinero y yo no vea nada, con el esfuerzo que uno pone en escribir todos los días y en no poner faltas de ortografía.

Así están las cosas. Y la de la foto de arriba, aunque pueda pensarse lo contrario, no guarda ningún parecido con mis abuelas, aunque un aire sí que tiene.

Lo único que se me ocurre es ponerle las cosas un poco difíciles a empresas como Umbria Communications, que sus matemáticos tengan que quedarse más de una noche currando y comiendo pizzas. Acabarán ganando, claro, pero por lo menos que sea en la prórroga.

Aquí va una lista para retrasar su victoria :

1-Utiliza la ironía : Los ordenadores parece que se desorientan cuando se encuentran con ella.

2-Emplea expresiones de quinceañero.

3-Pon mensajes contradictorios.

4-Echa mano de localismos.

5-Usa términos ambiguos.

6-Invéntate palabras.

7-Cambia de registro varias veces en el post.

8-Miente, claro, que es sano.

9-Utiliza los silencios.

10-Introduce palabras que no tengan nada que ver con el texto.

Todo lo que he dicho hasta aquí es mentira.

…

Como una casa. Desde “Me paso por el Vips” hasta “Como una casa”.

Y ya está dicho.

Velázquez : “Estoy hasta los cojones de que me conozcan como el de las meninas. Así te lo digo. Hasta los cojones”.

Joder. Empiezo bien el blog y luego se tuerce. No sé si el blog o yo. Vaya mosqueo que se trae puesto el Velázquez.

-Oye, Velázquez, a mí me gusta ése con la mano en el pecho, así.

sábado, 3 de septiembre de 2011

"La chica Einstein", de Phillip Sington


Tengo que admitir que termino este libro porque me gusta la fotografía de la chica que aparece en la portada. Así de firmes son los argumentos literarios que pongo encima de la mesa a favor de este libro. He leído este libro poco a poco, como si la historia fuera ganando en pendiente y mis piernas fueran acusando, página tras página el esfuerzo de la historia. Que si un rato antes de la siesta, que si en el baño, que si por la noche cuando todos se han acostado, que si un rato antes de comer. Y siempre diciéndome : Vamos a ver si acabamos el libro y descubrimos qué le ha pasado a la chica de la portada.

Y es que, si la portada es un alegato, tan válido como otro cualquiera para leer el libro, la contraportada incluye la palabra que, a mi juicio, arruina el libro : thriller. Sí, thriller, como el de Michael Jackson, aunque aquí no aparezca él sino otro famoso : Einstein. A mi juicio el empeño de convertir esta historia en un thriller arruina todo lo que podría haber dado de sé. Pero el thriller vende, claro, sobre todo en verano, y esta novela, de un montón de páginas, te la puedes llevar a casa por seis euros.

¡Seis euros! Y tienes a Hitler a punto de subir al poder, y fantasmas que se aparecen, y nazis, y psiquiatras locos y psiquiatras que no están locos, y veteranos de guerra y experimentos, y divagaciones sobre la teoría cuántica, y ciudades como Berlín y Zurich y Belgrado y Novi Sad (parece una guía este libro) y amor, claro, amor, y resentimiento y, atención, la intriga, el meollo : ¿Tuvo Einstein una hija con su primera esposa de la que él mismo desconocía su existencia?

Todo por seis euros.

Para situarnos, he aquí un breve resumen : Kirsch es un psiquiatra que ha ejercicio como cirujano en la Primera Guerra mundial. En el momento en el que la novela se asoma a su vida, trabaja en un psiquiátrico, está a punto de casarse y tiene una sífilis contraída en la guerra que no pone de buen color su futuro como marido. En esa está cuando se enamora de una mujer por la forma que tiene de saltar un charco. Así es este hombre. La busca y no da con ella y es ella la que le encuentra a su manera, tumbada en una camilla, herida, y con amnesia. A partir de ese momento, Kirsch hace todo lo posible por descubrir lo que le ha pasado a la mujer. Lo que, como da a entender el tono con el que está escrito esta crítica, tampoco es para tanto. En mi caso, a un “pues bueno”, que parece que la chica es una hija que Einstein tuvo en su primer matrimonio y de la que no tenía conocimiento porque, dada en adopción al nacer, pensaba que había muerto poco después. Todo para que pensara en la relatividad en vez de tener que pasar el tiempo haciendo castillos en la arena con ella.

El problema es que esa duda sobre las actividades de cintura para abajo de Einstein no me atrae. Quizás en otro entorno, pero no cuando Hitler se está preparando para subir al poder y alisar Europa para plantar mejor su ideología y en los entrantes de su particular menú, se encuentra el plan, ya en marcha, de realizar listas sobre enfermos mentales para, convencidos de que esas enfermedades son hereditarias, acabar con todos ellos y mantener así limpia la raza.

El tema de esa limpieza se cuela en el libro, pero hay tantos asuntos tratados ya que apenas hay sitio en el vagón para él. En vez de sentarle para que se encuentre cómodo, se le deja de pie, sin espacio para desarrollarse. Con lo que tenemos a un psiquiatra que recibe la invitación de elaborar una de esas listas y a un antropólogo capaz de arruinarte tanto tu carrera como tu vida si no obedeces y en vez de atender a ese centro, el autor lo despacha rápidamente para seguir con la historia de la chica.

Si no lo he entendido mal, parece que a Einstein le gustaban mucho las mujeres.

Y otra conclusión : tan importante como lo que escribes es la foto que eliges para presentarlo.

sábado, 7 de mayo de 2011

"Verano", de J. M. Coetzee


Joder con Coetzee. En la contraportada del libro, José Maria Guelbenzu no se sabe si recomienda, aconseja o implora que leas este libro. Yo, antes de leerlo, me lo compro porque sólo cuesta 8,95 (menos que un menú de diez euros con gazpacho y pollo al ajillo) y un Nobel es un Nobel.

Luego, me lo leo, y es entonces cuando me doy cuenta de que Guelbenzu pide que lo leas, no que lo compres, como si a Guelbenzu le diera igual cómo te hagas con el libro, lo que a los de Debolsillo puede que no les haga mucha gracia y le obliguen en el futuro a recomendar que, primero, lo compres. Algo debe tener el libro.

Y sí que lo tiene. Joder con Coetzee, que es el gancho que he puesto al principio para colgar ahí el resto del post. Si ves su cara en la contraportada junto al anuncio de que se trata de otra entrega de sus memorias, puedes temerte lo peor, ahora que todos estamos escribiendo las nuestras a golpe de blog. Pero ese temor se desvanece a las pocas páginas. Lees a este Coetzee y te dan ganas de dejar de escribir un blog y, sobre todo, de dejar de leer a los demás hasta haber terminado toda su obra.

Coetzee te dice : “Mira, así es como yo creo que deben hacerse las cosas”.

Y te lleva a esa época de su vida en la que vivió en Ciudad del Cabo, peleándose con todo, contra todos y contra sí mismo de una manera muy inglesa : sin que el te en la taza llegara a derramarse. Y después de dejarte ahí, en medio de afrikaneers desorientados, un padre lejano, una casa con humedades, una carrera mediocre como profesor y unas relaciones distantes con las mujeres (los adjetivos pueden cambiarse entre ellos), te recuerda que la verdad sobre alguien está en tres sitios : en lo que los demás piensan de ti, en lo que tú crees que eres y en lo que realmente eres.

Coetzee elige la primera opción, quitándose de en medio de la mejor manera : muriéndose antes de que este libro se escriba. Una especie de número literario a lo Houdini que funciona como la mejor literatura cuando cuenta cómo se vio afectada la vida de cinco personas por el hecho de que su padre y su madre una noche se quisieran mucho y él empujara su semillita dentro de ella.

"Claro que todos somos creadores de ficciones, no voy a negarlo. Pero ¿qué preferiría usted tener: una serie de informes independientes procedentes de una gama de perspectivas independientes, con las que luego podría tratar de sintetizar un todo, o la enorme y unitaria proyección que comprende su obra? Yo no sé qué preferiría" (Página 217).

Como arranque, no está nada mal. Con estas bases, muchos se habrían ahogado ya en esa taza de te, pero Coetzee sigue con una lección de cómo se escribe. Los cinco personajes que aparecen en el libro están vivos de una forma tan intensa que deja en evidencia a mucho de lo que se ha leído hasta ahora y a muchas personas con las que se trata día a día. En este libro los personajes hablan con la cabeza, con el cuerpo, con los sentimientos. No hay ese cruce de guiones que llena páginas para que llegues al final pronto y puedas presumir de haberte terminado otro libro.

“Siempre me habían interesado estos intercambios entre congéneres, cuando las palabras no tienen nada que ver con el tráfico de los pensamientos por la mente” (Página 36).

Aquí ese tráfico queda al descubierto porque el Coetzee del que hablan está muerto, lo que permite que los personajes hablen y sean sinceros. Y, con esa sinceridad, ofrecen la imagen de un Coetzee que da pena. El Coetzee escritor tira piedras sobre la tumba del Coetzee personaje, lo que ya es una lección : uno no escribe sus memorias o un blog para decir lo majo que era.

Un escribe sus memorias para contar la verdad.

La de alguien que no tenía una fuerte personalidad (pagina 231), que no era buen amante (56), que despreciaba la política (219), que era tibio (191), que no estaba a gusto con su cuerpo (178), que como profesor era competente (215), que no encajaba en su propia familia, que le veía como un delincuente (91), que carecía de un espíritu pragmático, guiado mas por sus ideales (66), que defendía el trabajo manual (112), y que se aferraba a la perspectiva de que la gente le leyera después de muerto porque le provocaba consuelo (65). Un tipo al que, como le ocurre a Adriana, la bailarina, no le dejarías que se acercara a tu hija.

A pesar de todo, la verdadera imagen de Coetzee, permanece oculta. Quedan algunas pistas, unos pocos escritos en primera persona, que apenas muestran lo que él de verdad pensaba. Pequeñas escenas redactadas por el Coetzee personaje que se cierran con la parte final del libro, esos fragmentos de las últimas diecisiete páginas sobre la relación con su padre que, por sí mismas, ya justificarían la lectura del libro y que demuestran por qué a este hombre le han dado un Nobel.

“Sobre las mesillas de noche de las demás camas de la sala hay floreros, revistas, en algunos caso fotografías enmarcadas. Sobre la mesilla, junto a la cama de su padre no hay más que un vaso de agua”.

Escribir es saber dónde colocar ese vaso de agua.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Con Édouard Levé en el metro.

Memorias. Empiezo "Autorretrato" de Éduard Levé en la estación de metro. Me gusta llevar un libro y utilizar el billete como marcapáginas. Es buena forma de combinarlos. Todos nos vamos consumiendo a nuestra manera : el billete, por los viajes hechos; el libro, por las páginas leídas; yo, por las dos cosas. Esa manera de gastarnos a la vez hace que estemos unidos. Cuando llega el metro, con gente que parece a gusto compartiendo el silencio que hay en el vagón, entro y sigo leyendo, pasando las páginas con cuidado. Este silencio como forma de educación. Radio futura. En una pegatina, junto a la puerta del vagón, hay un texto de Radio Futura. No creo que nadie de los que ahora van escuchando música tengan esta canción en sus listas de mp3. Se me hace raro ese aire académico que se le da al texto al quitarle la música. Leo tres versos y al cuarto la música se queda en mi cabeza y tiro las palabras a una papelera. Un hombre y su hijo entran en el vagón. Se sientan en el suelo y hablan entre ellos a gritos. El niño lleva una mochila de colegio y se está bebiendo un zumosol de naranja. El padre también tiene otro zumosol, pero parece que le hubiera echado algo. Por algo, entiendo alcohol. Por alcohol, entiendo algo capaz de cambiarte la voz y de hacerte creer que un vagón de metro es el salón de tu casa y que tu hijo es un compañero de farra. Como los demás no bebemos de su zumosol, no compartimos esa ilusión y nos sentimos violentos. Todos bajamos la cabeza como japoneses arrepentidos y el silencio, que estrené poco antes como forma de educación, se torna violento y embarazoso. Violento y embarazoso, vilento y embarazoso, como las luces de un coche de policía que te obliga a parar en la carretera. El único que parece ver la situación como algo normal, además del padre, es el hijo, lo que, por lo menos para mí, es un consuelo. Cuando llegan a su estación, se levantan los dos. El hijo, con un movimiento. El padre, en varios, como si estuviera alzando unas pesas más cargadas de lo que esperaba. Por mera deformación paternal, se me pasa por la cabeza parar al niño y pedirle que me enseñe los ejercicios que ha hecho para corregirlos. Me callo. Las luces del coche de policía desaparecen pero es necesario que pase un poco de tiempo para que el silencio se calme y todos dejemos de ser japoneses. Alonso Martínez. Si no estabas en Alonso Martínez a las nueve de la mañana es probable que te hubieras preguntado, ¿dónde está la gente?. Aquí. Me uno a la cola que espera subir por las escaleras mecánicas. Lo que veo me recuerda a la masa de las croquetas removida por las aspas de la máquina. A la gente no le gusta el metro por la gente, a mí , que me encantan las croquetas, me gusta el metro por la gente. Por eso no me quejo ni siquiera mentalmente. Ni joder. Ni vaya fila. Ni qué despacio va esto. Nada. Si me abrieran la cabeza verían mi cerebro como esa pasta de las croquetas, uniforme, calentito y esperando, feliz, ese momento en el que se le añade el jamón serrano y los huevos duros. Así que no busquéis ironía aquí porque no la vais a encontrar. Subo sin prisas por la escalera metálica mirando a la gente. Me gusta ver gente, sí, pero, sobre todo, necesito ver gente. Estoy viendo más gente aquí que en el resto del mes. Una niña negra llora en los brazos de su padre. Su llanto me llega entre frase y frase de Édouard Levé, así de bueno es. Ni siquiera me molesta que llore. La niña acompaña el llanto con lágrimas, un leve movimiento de hombros y pequeñas arrugas en la frente y los ojos. Es un llanto que practica para hacerse adulto. La niña tiene el pelo recogido en trenzas atadas por cintas de colores. Su padre le dice algo en un idioma que no entiendo pero utilizando un tono que sí me es familiar : No llores, le viene a decir, básicamente. La niña no entiende ni el idioma ni el tono, porque los niños cuando lloran se inventan su propio lenguaje y, además, se tragan las palabras que podrían calmarles. Es un esfuerzo inútil, como verse arrastrado hacia una cascada en una balsa de plástico. Sólo vas a conseguir cansarte. Sigue hablando con ella. De la frase reconozco las palabras “Santiago Bernabéu”. Tal vez la esté amenazando con avisar a Mou si sigue llorando. Todos hemos perdido los nervios por culpa del llanto de nuestros hijos. Todos hemos hecho cosas de las que más tarde, cuando ya nos hemos caído por la catarata, nos hemos arrepentido. Línea 4 : En Alonso Martínez cambio a la línea 4. La línea cuatro no me trae buenos recuerdos porque era la que cogía para ir a trabajar los viernes y los sábados a la empresa de mi padre. Contabilidad, impuestos, cuentas. La orilla a la que te lleva la vida si no te animas a coger los remos. Esta frase se la dejo a algún profesional del coaching. Un Mac que funcionaba con disquetes, una impresora de papel continuo, un cuarto sin ventanas. Otro lugar en otro tiempo, en fin. A veces venía mi padre y comíamos en un Burguer King. Se pedía el mismo menú que yo y le daba un mordisco grande a la hamburguesa, tal vez contento de tenerme con él para echarle una mano. La empresa cerró, mi padre murió y la línea cuatro sigue aquí para que me acuerde de ese Mac y de esa hamburguesa. Escaleras. Dejo que la voluntad y mis piernas hablen entre ellas. No tardan en ponerse de acuerdo, lo que me gusta, y me veo subiendo las escaleras a buen ritmo, a la misma velocidad que los que van por las mecánicas. Sus cabezas avanzan en una perfecta línea recta, la mía va dando pequeños botes. Yo soy un artesano de las escaleras, ellos la suben de forma industrial. Tecnología. A mi izquierda, en el andén, un chico de barba cuidada escucha música en unos auriculares grandes y plateados en los que me veo reflejado, mientras, con una sola mano, consulta en su móvil el Facebook. A mi derecha, una chica, camino quizás de alguna carrera de letras, escucha música con una PSP (sigue el ritmo suavemente con la cabeza) que al rato coge con las dos manos, atenta a la pantalla. Yo llevo el iPhone en el bolsillo. Podría haber descargado el libro de Édouard Levé y leerlo en la pantalla, pero la tecnología, y menos aún un kindle, no podrá igualar el placer que siento al llevar el libro en la mano con el índice en el punto en el que he dejado la lectura. Más tarde, ese índice, del que ahora tengo tan buena opinión, será incapaz de mostrarle a una chica dónde está el museo arqueológico. Dudará entre señalar a la izquierda o a la derecha. Un momento, le diré a la chica, y sacaré el iPhone y consultaré la dirección en el Safari y se lo diré con una exactitud que me hará sentir otra persona. La chica dirá gracias, porque ya se veía que era educada, pero las gracias serán para el iPhone, no para mí. Le dará las gracias a la teconología y a Steve Jobs y a los chinos que fabricaron este iPhone en una planta de China en condiciones que aquí nos harían mirar al suelo con una vaga sensación de culpabilidad. Una chica en el suelo, en Alonso Martínez, cuando cojo el metro para volver a casa. Junto a ella hay tres hombres fuertes, o gordos, tratando de ayudarla. Uno se preocupa por su bolso. Otro le da aire con un periódico gratuito, dándole así, por fin, una razón para existir. Otro le ofrece una botella de agua con cuidado, como si la chica se acabara de desmayar después de recorrer el Dakar- Madrid sin parar. La escena me recuerda a los Reyes Magos, que esta vez no llegan de Oriente, sino de Securitas. La chica hace esfuerzos por incorporarse, pero vuelve a tumbarse. Es joven y está bien vestida, así que creo que todos sentimos cierta lástima por ella. Miramos la escena unos segundos, apartamos la vista y volvemos a mirar, como recomiendan que se haga con el sol para no quedarse ciego. Hacemos preguntas con la mirada sabiendo que nadie nos las va a responder. Recuerdo algo que leí en un libro sobre un experimento. La conclusión del mismo era que, frente a una desgracia particular, la multitud no actúa porque piensa que otro del grupo lo hará, no porque seamos unos cabrones sin remedio. Así que si tienes pensado desmayarte, hazlo en un sitio en el que haya poca gente : tus posibilidades de que te atiendan serán mucho más grandes. Llega el metro y me alejo de la mujer en el suelo sin saber nada más de ella. Una chica con rangos orientales esta sentada, sóla, a mi izquierda. Para mí, sólo puede ser china o japonesa, igual que los plátanos son de Canarias o del resto del mundo. Esto demuestra mis limitaciones, pero es lo que hay. Decido que es china porque no lleva moda, sino ropa. Y una ropa con la que sólo pretende protegerse, el nivel más básico del uso de la ropa y que yo comparto con ella. Tiene la mirada fija en una idea que le da vueltas por la cabeza. Una intensidad que mira hacia dentro, haciendo que nada en el metro, incluido yo, existamos para ella. Ella misma parece estar a punto de desaparecer en una tristeza ordenada y compacta, de esas que no desaparecen con una charla por el móvil o un par de copas de vino. A sus pies tiene una bolsa de la que sobresalen varios artículos envueltos en papel transparente, con aire de todo a cien. Me bajo en la estación en la que empecé el libro de Éduard Levé. En las escaleras mecánicas aprovecho para leer algunas frases más. La tregua del metro se termina.

martes, 29 de marzo de 2011

"Trenes hacia Tokio", de Alberto Olmos


Chica 15:38 : Sale sola a fumar y pone pose de fumadora, el brazo izquierdo doblado y pegado al cuerpo y el derecho, con el que sujeta el cigarro, encima. Fuma de pie, caminado despacio, como si pensara en la solución a algún problema de matemáticas. Se quita el pelo de la cara con un movimiento de la cabeza o pasándose la mano del cigarro por la frente, muy deprisa. Tira la colilla en la papelera. Me cae bien esta matemática.

Chicas 16:17 : Una morena y una rubia salen juntas del edificio. Este centro comercial lo forman seis edificios con una zona común en la que hay un lago alrededor del que se podrían hacer carreras de cuadrigas. Las dos chicas, con abrigos negros, dan una vuelta alrededor del lago, jugando a ver quién avanza más despacio. La rubia es la que fuma y habla. La otra se coloca el pelo y mantiene el paso de la otra. Quizás entrenen para unos juegos olímpicos de empresas en los que haya que fumar y correr muy despacio. Les queda poco para el podio. Cuando pasan por debajo de mi ventana, la morena enciende un cigarrillo, le da unas caladas, y se lo pasa a la morena. No sabía que fumar podía ser una comida de dos platos.

Chica 18:22 : Sale del edificio de enfrente y no deja de hablar por el móvil mientras fuma. O al revés. Viste una falda corte de color azul y un jersey blanco. Las botas, cortas, hacen que sus piernas parezcan más grandes. Para el mundo, hoy es un día de otoño, para el calendario, de primavera, para ella, nos encontramos en pleno verano. Lleva colgada la tarjeta de entrada de una cinta muy larga. Cuando camina, se mueve de un lado a otro. Su conversación debe ser rápida, como sus pasos. Unos a la derecha, otros a la izquierda. Cuando se termina la conversación o el cigarrillo, sube corriendo las escaleras de su edificio. Se cierra la puerta detrás de ella y se acaba, de repente, el verano.

Chica 16:41 : La chica de las 16:41 sale del edificio de Nokia acompañada por un chico. Viste una blusa blanca. Como la chica de las 18:22 también salió del edificio de Nokia, deduzco que en Nokia ya es verano. La chica es castaña, con el pelo recogido de una forma un poco anárquica, como si los sábados tuviera un puesto en el que vendiera bisutería hecha por ella. Ese aire tiene. Su compañero, con un pantalón oscuro, una camisa blanca y una corbata también oscura es tan corriente que hasta me da pereza terminar esta frase. El señor corriente habla con una mano metida en el bolsillo mientras decora con la otra sus razonamientos. Ella le mira y fuma y de repente echa una pantorrilla hacia atrás y después la otra. Como si estuviera jugando imaginariamente a la comba. Así de lejos deben andar sus pensamientos de lo que le cuenta el hombre de la mano en el bolsillo. Otra vez una pantorrilla hacia atrás y después la otra. Como la charla debe ser de las que giran alrededor de una corbata, vuelven pronto a su trabajo. Ella tira la colilla en un cenicero amarillo que tienen a la entrada.

Chica 16:57 : Esta es la chica récord. En tres minutos se fuma su cigarrillo junto a una farola, de cara al sol, inmóvil, como si necesitara más el calor que la nicotina. Es alta, con el pelo largo y gafas negras. Parece echar el humo con determinación, impidiendo que esté en sus pulmones ni un segundo más de lo necesario. Gira un poco la cabeza para que se mueva el pelo y se cruza un par de veces el abrigo. Eso es todo. El resto del tiempo permanece quieta, como desafiando al sol : “a ver si puedes hacer algo contra estas gafas que tengo”. Me imagino unas gafas caras, me imagino que es jefa porque baja sola, me imagino que sabe aprovechar el tiempo porque a los tres minutos sube las escaleras rápidamente y echa la última calada antes de tirar el resto al cenicero y entrar. No sé si yo he tardado más en escribir esto.

Chica 17:07 : Es gorda, pero sus manos no son las de una gorda. Se queda a fumar cerca de la puerta de entrada, un poco apartada. Lleva un abierto abrigo marrón, casi del mismo color que su pelo. En la mano izquierda sujeta un vaso de plástico. Con la derecha busca el tabaco en un bolsillo, luego en otro, luego en otro, como si se hiciera un truco de magia a sí misma y tuviera que acertar dónde está. Cuando da con él, saca un cigarrillo y lo enciende sin soltar en ningún momento el café. Por eso digo que sus manos son ágiles. A partir de ese momento es muy ordenada. Fuma con la derecha, bebe con la izquierda, fuma con la derecha, bebe con la izquierda. Mantiene el ritmo del que en el gimnasio hace ejercicio con las mancuernas. Sólo rompe esa rutina cuando descubre que le queda menos café que tabaco y quiere terminar las dos cosas a la vez. Fuma, fuma y bebe. Fuma, fuma, fuma y bebe. Tira el vaso de plástico blanco a la parte de debajo de la papelera y el cigarrillo a la bandeja de encima. La fumadora y la bebedora de café pueden, así, entrar a la vez en el edificio.

Chica 17:11 : Pantalones vaqueros, botas negras y rebeca azul. Con la mano izquierda sujeta contra el pecho una carpeta transparente con hojas. En la derecha tiene el cigarrillo. Le da tiempo a subir y bajar tres veces por la larga y suave pendiente que el edificio tiene para los que no pueden subir escaleras. Me viene a la cabeza el título “The long and winding road”, de McCartney. Su cabeza desaparece tres veces, como si se sumergiera en el mar, lo que me hace pensar en esa escena de Las Horas en la que Virginia Wolf se suicida después de meterse unas piedras en los bolsillos. Si lo de las piedras me lo he inventado, puedo sentirme orgulloso de mi capacidad literaria. Si no, de mi memoria. El caso es sentirse a gusto con uno mismo. Después de sumergirse, su cabeza aparece lentamente, como una Venus renacida. ¿Qué habrá en esos papeles que ha tenido que traerse consigo?.

Chica 17:35 : A partir de las 17:30, en Fujitsu abren las puertas para que la gente le dedique algo de tiempo a su vida personal. Si tienes un cargo importante, sales en coche del garaje, si no, bajas corriendo las escaleras y, sin dejar de caminar, sacas un cigarrillo del bolso y te detienes un segundo, uno, para encenderlo y seguir caminando, como este chica. Abrigo hasta los muslos y dos bolsos en un brazo. Va deprisa. En vez de ascender, el humo traza una línea horizontal y se disuelve, combinándose con el resto de la polución en una mezcla, gracias a Dios invisible. La chica sigue deprisa. O hay mucho que hacer o mucho que dejar atrás.

Mujer 17:44 : Esta que sale ahora, ya la he visto esta tarde. Debe tener unos cincuenta y viste una camisa a rayas gruesas con los puños y el cuello blanco. Lleva una minifalda violeta hasta las rodillas. Me la imagino como secretaria de algún directivo. Está acompañada por otra mujer de su edad. Las dos se pegan al pequeño muro que hay junto a la puerta y se ponen a fumar, disfrutando de la paz que se queda en la empresa cuando todos los demás se han llevado las prisas a su casa para recoger niños, hacer con ellos los ejercicios, prepararles la cena, contarles un cuento y dejar lista la ropa y las mochilas para el día siguiente. Las dos mujeres parecen disfrutar haciendo una lista en silencio de esas cosas que ellas no van a tener que hacer. Este cigarrillo es para recordarse eso. Se acerca a ellas un hombre de cincuenta y muchos con pantalón negro, camisa blanca y poco pelo. Quiero suponer que anda cerca de los sesenta para poder creerme que me quedan todavía muchos años para parecerme a él. Entre los cuerpos de los tres apenas hay comunicación no verbal. Quizás ya han tenido toda la que querían en su momento y este cigarrillo también celebre eso, el poder estar con alguien sin que brazos, ojos, boca, lengua, pestañas, pies o manos establezcan ese diálogo tan evidente como silencioso que acaba resultando agotador.

Chica 18:05 : La última en la que me fijo es una chica bajita, con una rebeca larga de color negro y el pelo recogido en un moño. Como la veo a lo lejos, sólo distingo sus manos y su cara. En una mano tiene el móvil y en la otra el cigarrillo. A veces la mano del cigarrillo baja hasta el cenicero amarillo que tiene la lado y vuelve a subir. No camina. Sólo habla y fuma. Es la postura del que escucha o del que cuenta un problema. Algo relacionado con una madre a la que se le empieza a ir la cabeza o un amigo que se ha quedado sin trabajo. La clase de conversación que has dejado para estas horas porque sabes que puedes hablar más tiempo. Aunque sigas trabajando, el tiempo ya vuelve a ser tuyo. Se mete en el edificio hablando por el móvil.

Hoy termino de leer “Trenes hacia Tokio” y vuelvo a sentir esa extraña euforia que provoca el encontrarse con una mirada que se apoya en un lenguaje flexible. Con libros como éste, uno sospecha que lo que nos hace la realidad tan rígida es el lenguaje que utilizamos con ella, no la realidad misma. Todo guarda un centro jugoso si sabes quitarle la piel con las palabras adecuadas : un viaje en metro, una clase en una guardería, la visita a tu casa de unos posibles compradores, una mañana recogiendo patatas, una comida en una barra, una conversación con una ex novia o un paseo con un amigo que acaba de comprarse un coche. Experiencias que todos llevamos en el bolsillo y que menospreciamos porque nos tomamos la literatura con atención sólo si actúa sobre nosotros como un folleto de viajes: proponiéndonos otros mundos. Pues vale. Así no nos vamos a enterar de qué va esto.

Otra vez el mismo consejo : mira y vuelve a mirar.

Asómate a la ventana, por ejemplo, y presta atención, que está ahí delante. Ahora mismo. Mujeres fumando, como el protagonista del libro, que entran y salen de una empresa japonesa y otra sueca. Con libros así, uno siente ganas de ponerse a escribir. No sé si para bien o para mal. Qué le vamos a hacer.

viernes, 18 de marzo de 2011

"El oficinista", de Guillermo Saccomanno


En el gimnasio, frente a las hileras de máquinas de correr y de bicicletas, hay varias pantallas que emiten distintas cadenas. En una de ellas se veía esta tarde cómo una autoridad despedía a los bomberos que van a tratar de detener el desastre nuclear de Fukushima, al lado, un periodista comentaba los resultados del sorteo de la Copa de Europa y la suerte de los equipos españoles.

¿Cómo se pueden combinar las dos noticias? Creo que no se puede y que el hecho de que una pueda seguir a la otra, en el mismo programa de noticias, define bastante bien la forma que tenemos de enfrentarnos a la realidad : aunque se caiga el mundo, siempre habrá un partido de fútbol que le quite importancia al asunto. Si hubieran tenido televisión durante la peste negra, seguro que les habría ido mejor.

Esa combinación de noticias es el mejor prólogo que una novela como “El oficinista” puede tener. “Hombres y mujeres completamente normales avanzan a diario hacia su escritorio en una ciudad arrasada por atentados guerrilleros, amenazada por hordas de hambrientos, niños asesinos y perros clonados, vigilada por helicópteros artillados y bautizada con lluvia ácida. Entre ellos, un oficinista dispuesto a la humillación con tal de conservar su puesto…hasta que se enamora y se permite soñar con ser otro. ¿De qué abyecciones es capaz un hombre por aferrarse a un sueño?” Copio el resumen que aparece en el libro para explicar cuál es la razón por la que, entre todos los libros que había expuestos, me decidí por este. 6,95 euros.

Tenía muchas ganas de que me gustara. Muchas. Pero lo nuestro, finalmente, no funcionó. Por diez razones.

1-El protagonista

Es como un caracol que trabaja en una oficina en la que no existen ni sábados ni domingos. Al caracol se le ofrece la oportunidad de copular con una mujer. De esa relación sale el otro, que es el tipo que todos quisiéramos ser, el que se nos sienta en el hombro, vestido de rojo y con cuernos, a decirnos : “venga, ya está bien, ahora mando yo”.

Si pasáis toda la jornada delante del ordenador sabréis a qué me refiero. No se puede vivir sin tener al otro al lado.

2-Escenario pintado

Como en el teatro. Tiene que estar ahí, porque queda feo poner un fondo negro, pero es un fondo en el que, aunque hay helicópteros, perros clonados, explosiones, niebla y gente en la calle, nada tiene relieve. Nada. Si uno se fija, es igual que en las vistas nocturnas que aparecen en algunas películas : ninguna ventana se apaga o se enciende.

Como el cocinero falso que en los restaurantes colocan en la puerta con el menú.

3-La oficina

El caracol está todo el día enfrente del ordenador, preparando cheques para su firma y moviendo expedientes de un lado a otro. Es lo que suelen contar de una oficina los que no han estado en una oficina.

Si hablo del Vietnam, seguramente me salga una escena de Apocalipsis Now, pero es que yo no he estado en Vietnam.

4-La familia

La familia del caracol es extraña, tan extraño como hacer pasar por documental un vídeo de Pink Floyd. Su mujer es gorda y le pega, sus hijos le dan patadas porque quieren galletas y luego, por ahí perdido, hay un chiquillo que nació débil y que recuerda al Gollum.

Con esa distorsión, el protagonista no busca algo, en el fondo está huyendo, agarrándose a lo primero que encuentra, lo que no dice mucho de él ni de lo que acaba escogiendo.

5-Lo políticamente correcto

Que es con el lenguaje : todos y todas…

6-El otro

El que está sentado en su hombro, le propone que se salga de su rutina y que cambie de vida siguiendo esa otra rutina de los que quieren cambiar de vida : cobrar un cheque y marcharse con su amante a alguna playa.

Hubiera sido interesante darle voz a este otro al que sólo se le ocurren pequeñas tonterías de cobarde aficionado, como la de delatar a su compañero o la del robo del collar falso. La moraleja : si eres un caracol, tu otro también tendrá alma de caracol. Interesante para el protagonista, pero triste para el lector.

7-El lenguaje

Si vas al fondo, es probable que no te importe la forma. En mi caso, todas las historias tienen que seducirme por el lenguaje y eso no me sucede con este libro. Aquí no hay imágenes, ni adjetivos.

Es el tipo de lenguaje eficiente para explicarte cómo se programa el video. Frases cortas. Verbos. Sustantivos. Tragas tres pastillas y te tomas el vaso de agua.

8-Esa sensación de haber visto esto antes.

En una mezcla de “Brazil” (80%) , con “El apartamento”(10%) , y “Blade runner”. (10%)

9-Las falta de humor.

Es un libro demasiado serio. Y cuando a uno no se le ofrece nada de lo que reírse, es probable que lo haga cuando no debe.

“Unos ladridos a lo lejos. Perros clonados. Las avenidas y las calles desiertas. Corre hacia el subte. Los ladridos se acercan. Odia correr. Por la renguera odia correr. La boda del subte. Los perros lo persiguen. Los ladridos bajan las escaleras. Por suerte viene un tren. Las puertas se abren. Y se cierran antes de que la jauría pueda subir” (Página 42)

Pues vaya mierda de perros clonados, que no son capaces de pillar a un tipo cojo.

10-El final.

Se plantea el problema : sexo vs amor y al final ni uno ni otro : el tipo a la calle.

He dicho que quería que me gustara esta novela porque la idea que trata me parece muy interesante. ¿Puede existir el amor cuando todo alrededor se desmorona? ¿Es ajeno al entorno o, por el contrario, se adapta a él, transformándose en otra cosa? La teoría del libro es que, desde luego, desaparece : la relación se convierte en sexo o en algo utilitario que garantiza la entrada de dinero. Y, en el caso del protagonista, el único que parece seguir creyendo en él, su postura queda devaluada por culpa de los diez puntos que menciono antes y porque, en el fondo, es un tema demasiado grande para alguien que parece sufrir por arrastrar su propia sombra. Bastante tienen los caracoles con llevar su casa a cuestas.

Como este libro se llevó el premio Biblioteca Breve del 2010, concedido por un jurado compuesto por José Manuel Caballero Bonald, Pere Gimferrer, Ricardo Menéndez Salmón, Rosa Montero y Elena Ramírez, es probable que mi futuro como lector y mucho menos como crítico no llegue muy lejos.

Sí, me marcho a ver algo de Bob Esponja como penitencia.

martes, 15 de marzo de 2011

"Una mujer de nada", de Leonor Paqué


En este libro aparecen personas que en la mano, en vez de un iPhone para consultar el Facebook, tienen una cebolla para comer. Este es el tono de una historia con menos acción que el parking del Carrefour cuando está cerrado. ¿Pero quién quiere acción?.

Igual tú, claro, pero entonces deberías levantarte y abandonar la sala. Por si todavía te lo piensas, te voy a recitar una lista de diez palabras : arcilla, porcelana, cabras, hambre, negro, deseo, frío, cuevas, guerra y soledad. .

-Me podría agarrar a eso del deseo.

Pues es ese tipo de deseo con grietas que apenas sirve para contener nada, como si antes de pensar en llenarlo ya intuyeras que el esfuerzo fuera inútil.

-Pues me marcho.

Muy bien. Ahora que estamos casi en intimidad, premio a los que siguen en sus sillas plegables con un párrafo del libro :

“Algunas tardes, con la fresca, María se sentaba en la puerta de la cueva y aprovechaba la última luz del día para coser prendas o remedar. Era la mejor hora, con el sol naranja-rosa escapándose tras las lomas dando a todo un tinte de fantasía. La gente salía a llenar las cántaras de agua para el servicio de la casa, a por la leche recién ordeñada de las cabras o a hablar simplemente con los vecinos que se encontraban a su paso. Ella podía divisar todo el pueblo desde su puerta y a sus niños jugando en la era con los demás” (Página 113).

María es la protagonista del libro y esta escena, tan tranquila, como de anuncio de quesos, es una excepción en una vida que parece plantada en tierra seca : ahí donde naces es donde te vas a morir, por más hijos que traigas al mundo, por más que te esfuerces por los tuyos, por más que trates de conservar la cabeza en un mundo en el que lo animal pesa más por culpa del hambre.

En el mundo de María, la gente come cebollas, se hace la ropa con sábanas viejas y vive en cuevas excavadas en la montaña, como metáfora de la imposibilidad de profundizar en sus propias vidas más allá de unos pocos metros. La vida de cada uno es sólo un trozo más al final de una cuerda familiar que se hunde en un pozo sin agua. Y, para que la fiesta sea completa, hay una guerra que se lo lleva casi todo y lo poco que se mantiene en pie acaba destruido por hombres y mujeres que parecen utilizar el sexo como una forma de venganza contra todo.

Así era este país para los pobres hace unos años. Y aún era peor si, además de pobre, eras ese tipo de mujer de nada a la que hace mención el título.

La historia de María, obligada a tirar de su familia, sin la ayuda de un marido con el que apenas puede contar, podría haberse convertido en un bloque de granito imposible de mover si Leonor Paqué no hubiera cuidado el tono, la escritura y sus tiros no se hubieran dirigido a las dos porterías : los hombres no salen bien parados, pero la mayoría de las mujeres tampoco.

Leonor guía la narración con pequeños toques, evitando que se salga de una senda estrecha y sinuosa con un barranco a cada lado : el melodrama a la derecha y el aburrimiento a la izquierda. Ella se limita a avanzar tranquilamente, tratando cada momento con cuidado, como si en esa atención y no en la explicación o la exaltación estuviera el valor de lo que quiere contar:

“Transcurrieron dos inviernos y comenzaba a reventar una primavera que se colaba por las rendijas de los suelos haciendo crecer la hierba” (Página 23).

Y como esa hierba es la escritura de Leonor, colándose por los bloques de la historia, haciendo que la figura de María se vaya definiendo poco a poco. Es una acumulación de escenas cortas que funciona como los cuadros en una exposición, cada una con un sentido propio que adquiere más valor por estar rodeada de los demás. Pienso, por ejemplo, en la descripción de la muerte del padre, en ese dedo masajeando las sienes del padre para calmarle y en sus pensamientos. (Páginas 104-106)

A un nivel más detallado, y a pesar de lo duro del tema, todo el libro parece envuelto por ese aire de domingo por la mañana en el que los objetos y los gestos parecen más exactos, más definidos. Basta que la mirada se centre en ellos para que adquieran un significado especial, a veces más importante para la historia que una conversación entre personajes.

Hasta aquí, lo bueno del libro. Lo malo, tranquilos, sólo ocupa un pequeño párrafo. A saber :

Lo único que no me ha gustado del libro es ese epílogo que apenas añade nada. Un premio para el personaje pero un paso en falso para un lector que habría agradecido la rotundidad de un final duro pero preciso como el de la página 171.

“Como ella no se movió, dejó el tazón y salió.
Eran las últimas palabras que iba a escuchar de sus labios”.

Cerráis ahí el libro y ya podéis actualizar Facebook a ver en qué malgastan los demás su vida. Si os apetece, podéis escribir en el muro : “Después de este libro, uno piensa que la mayoría de nuestros problemas sólo pueden escribirse en minúsculas”. Y seguro que os llueven amigos.

viernes, 11 de marzo de 2011

"Fuera de serie", de Malcolm Gladwell


Cuando se publicó este libro, los periodistas se quedaron con la anécdota : la teoría de que, para ser bueno en algo, hay que dedicarle 10.000 horas. Por eso han tenido éxito los Beatles o Bill Gates. Y se quedaban tan tranquilos los periodistas.

Todavía los hay que siguen mordiendo ese titular y no lo sueltan. Cómo son.

Lo de las 10.000 horas no es lo fundamental de este libro. Es probable que los periodistas al hablar de él no quisieran entrar en el núcleo, que se resume en una frase con espinas : la historia de éxito individual no existe, depende del mundo en el que uno crezca.

-Un mundo con una cultura.
-Un mundo con unos padres.
-Un mundo con un entorno económico específico.
-Un mundo con su propia demografía.
-Un mundo con sus golpes de suerte.
-Un mundo su política educativa.
-Un mundo el que se respete más o menos a la autoridad.
-Un mundo descendiente o no de la tradición del cultivo del arroz.
-Un mundo en el que nacer en Enero o Febrero puede ser básico.
-Un mundo en el que se produzca una revolución tecnológica.

Puedes ser el tipo más inteligente del mundo, como Christophen Langan, y no destacar por no haber tenido a tu favor los suficientes puntos de la lista anterior. De hecho, puede bastar con que tus padres no te hayan enseñado a desarrollar una inteligencia práctica para que tu potencial se quede sólo en eso.

Pues vaya. No, no basta con cerrar los ojos y repetir “lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero”. No basta. Este no es lo que se dice un libro de autoayuda, así que no lo pongáis al lado de "El secreto" por si les da por revivir la historia de Caín y Abel cuando no miréis.

“Todos los fuera de serie que hemos visto hasta ahora son beneficiarios de alguna especie de oportunidad insólita. Las rachas de suerte no parecen ser excepcionales entre los millonarios del software, los ídolos del deporte y los conjuntos de rock. Parecen ser la norma” (Página 63).

Lo que quiere decir que uno puede llegar con las diez mil horas de fichas a la mesa del casino y salir con las manos vacías. Los diez puntos anteriores son relevantes. Puede fallar uno de ellos y no servir de nada el esfuerzo. Algunos se pueden controlar, como la forma que uno tenga de relacionarse con la autoridad, pero hay otros, como el año en el que se nace, que ya es una variable fija.

En España, por ejemplo, hay mucha diferencia entre haber nacido en 1976 o 1996. La respuesta políticamente correcta es que no la hay, porque todos somos hijos de la Constitución y una madre quiere a todos sus hijos por igual. Lo que es cierto, sí, pero en 1976 nacieron 314.830 más niños que en 1996. Cuando los de 1996 lleguen a la Universidad, tendrán que competir con 314.830 personas menos para conseguir un sitio, y lo mismo sucederá con el trabajo o una casa. Tomando como base, claro, un entorno económico similar, lo que tampoco va a ser el caso, pero eso ya es otro aspecto.

Así que lo que el bueno de Malcolm Gladwell viene a decir es que ni los ganadores tienen todo el mérito de su éxito ni los perdedores toda la culpa por su fracaso. No lo podemos controlar todo y eso es algo que a veces juega a nuestro favor y otras en contra.

La vida es así de perra, en resumen. "Al que tiene le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado" (Mateo,25,29). Para que luego digan que la Biblia no es divertida.

martes, 8 de marzo de 2011

"Pólvora negra", de Montero Glez

Me termino “Pólvora negra”, de Montero Glez. El libro no me ha gustado tanto como otros suyos; pero Montero, sí. ¿Cómo no me va a gustar alguien que escribe

“Con los muslos pegados y el esmalte del placer en la guerra de sus ojos, Nora Folk le dedicó una sonrisa húmeda, de esas que nunca secan la memoria” (Página 152) ?

Con frases así, a Montero le digo que sí, mientras niego con la cabeza al pensar en el libro. El libro recibió un premio que tal vez comenzó como una recomendación “cubre con tu estilo todos estos libros sobre el atentado a Alfonso XIII a ver si la gente se sirve un trozo de la historia de España”. Quizás no fuera así, pero, mientras leo, tengo la impresión de que la historia le ha venido a Montero de fuera y que la obligación de serle fiel impide que el resultado sea mejor.

Una paletada de estilo, otra de Historia, una de estilo, otra de Historia

O, lo que es lo mismo, me gusta, no me gusta, me gusta, no me gusta. Así que mi opinión sobre el libro depende del momento en el que se me lo pregunte, como en la vida misma : hay días que quieres a tu pareja y días que no, hay días que quieres a tu madre y días que no, hay días que te quieres a ti mismo y días que no.

Si me pillan pisando la frase del esmalte del placer diré que sí. Hay muchas más en las que digo que sí :

“Y sigue diciéndole cosas con una voz que parece arrastrada por un camino de tierra” (Página 9)

“La historia del Mateo, el anarquista, se estaba bebiendo a tragos por las tabernas de Madrid. Era joven, con pintas de escritor, y venía de Barcelona. Traía un drama, aún sin escribir, en el fondo de su maleta” (Página 53)

“Al igual que todo hijo de vecino, el teniente Bletrán se conocía al dedillo el árbol ginecológico de la mayoría de os invitados. En esos momentos acababa de entrar la Chata con el grotesco temblor de sus mantecas. Portaba el abanico en ristre y daba órdenes a lo largo y ancho del templo. Tenía más de cincuenta años y, desde siempre, había aparentado ser lo que era ahora, una mujer fondona y con la fatiga prendida al pecho. Cuanto más descansaba, más cansada se sentía” (Página 62)

“Su corazón es una bomba de relojería que descuenta segundos en cada latido” (Página 64)

“Una introducción crujiente de pomposidad” (Página 82)

“El Cojo, con arrugas de astucia en el marco de los ojos, le dijo que sí” (Pág 139)

“Cabía la posibilidad de que, entre el gentío, apareciese de pronto un chiquillo cargado de mocos y hambre, entrenado para apretar el gatillo” (Pág 148)

“El Mateo abrió la boca, como si de golpe y porrazo hubiese comprendido que todo aquel caos encubría un orden interno; una línea tan recta como la soga del ahorcado” (Pág 177)

“El sombrero como una caricia de fieltro entre los dedos” (Página 276)

Creo que al estilo del Montero le sienta mejor bailar sin seguir los pasos que marca en el suelo la Historia. Al torpe, esa guía le viene bien, porque le ofrece personajes, escenarios y trama, pero con Montero eso parece quitarle más que lo que añade. Montero es de los de crear personajes y dejar que ellos con la nariz o con otras partes de su cuerpo olfateen la historia, no al revés

Ese teniente Beltrán, por ejemplo, mellizo del Diablo, con sus dientes como puñales, sus ojos de plomo, sus mano de anillos, sus habanos amenazantes y sus escupitajos sobre todo y sobre todos, habría dado mucho más de sí en otro ambiente. Encerrarle en una acción tan limitada es como poner a nadar a un tiburón en una piscina hinchable.

Dicho lo anterior, hay que destacar que queda al final el sabor de la mezcla de sudor, sangre, carne y violencia de un Madrid que, visto desde el sofá de un Starbucks, está más lejano de lo que señala el calendario. Un Madrid en el que parecía darse una vida más incierta, limitada y dura, sí, pero más densa que la que ahora, limpia y aguada, nos ofrecen. Y eso, sí, es una medalla más que el Glez se puede colgar en el pecho, no se nos vaya a molestar.

miércoles, 16 de febrero de 2011

"El hombre del revés", de Fred Vargas

Os voy a ahorrar 18,95 euros.

Mientras me leía “El hombre del revés”, me preguntaba estas cosas .

-¿Ha escrito esto Fred Vargas?.
-¿Ha perdido ese toque especial para escribir diálogos?.
-¿Por qué tarda 202 páginas en arrancar la historia.
-¿Por qué no aparece toda la tropa de la comisaría?.
-¿Por qué son tan aburridos los asesinatos?.
-¿Por qué se describen tan mal los escenarios?.
-¿Por qué le falta el ritmo que tan bien controlaba en las anteriores novelas?.
-¿Por qué me aburren tanto Soliman, el Veloso y Lawrence?.
-¿Por qué se parecen tanto los pueblos.
-¿Por qué están tan mal dibujados los secundarios?.

Estas y más cosas me rondaban la cabeza. Diez preguntas que vuelvo a resumir en una para que queden los conceptos claros y no nos dispersemos :

-Fred, sí, el de aquí, el que tiene la mano levantada. Una pregunta. Fred, ¿cómo es posible que escribas esto en el 2011? ¿Se te ha olvidado escribir?.

Y la pregunta que realmente me atormenta y que no me atrevo a pronunciar :

-Fred, ¿te has cansado ya de Adamsberg?.

Eso era lo que más me dolía. La sensación de que el mundo de Adasmberg ya empezara a mostrar signos de decadencia, de agotamiento, de falta de frescura.

Así que terminé el libro bastante decaído, con ganas de tomarme un buen caldo de pollo que me levantara el ánimo. Puede caer la política y la economía, pero sin un Adamsberg fuerte, uno empieza a sentirse a la deriva.

Mal asunto.

Hasta que una visita casual a una página sobre Fred Vargas lo aclaró todo. Bendita seas, Wikipedia, bendito sea tu reino por siempre en Internet. Los de Siruela (muy mal, Siruela) dicen que esta edición es del 2011, sí, pero no mencionan que la novela es de 1999. ¡En 1999 Adamsberg estaba dando sus primeros pasos!.

No es que Fred Vargas se haya olvidado de escribir en esta novela, es que todavía estaba aprendiendo.

Por eso os voy a ahorrar los 18,95 euros. No os compréis este libro. Cualquier otro de Fred Vargas menos éste. Este, no. Este…este…joder, Fred…es que este es malo. Ya está dicho.

Y que Adamsberg me perdone.

viernes, 11 de febrero de 2011

"Nada es crucial", de Pablo Gutiérrez

Hay libros de los que te llevas una historia y libros de los que te traes una forma de trabajar el lenguaje. Esta distinción, como todas, es un tanto artificial, porque sólo usando el lenguaje la realidad se puede dividir exactamente en dos partes (lo blanco y lo negro), pero sirve como arranque

Voy a seguir con estas divisiones limpias y claras, como trozos de tarta antes de ser servidos. Con el paso del tiempo, parece que como lector uno empieza a olvidarse de la historia para arrimarse al lenguaje. Quizás sea una consecuencia del paso de la edad : cuando uno se cree capaz de modificar la realidad, de someterla, se trae de los libros esas historias que son como aros de fuego para que el león las atraviese delante de nosotros. Pasan los años y, aprendido que el león no va a saltar, que el león hace lo que le sale de los cojones, optamos por trabajar con lo que tenemos. Ni va a haber revolución ni la estructura de nuestra vida va a merecer espacios en museos ni capítulos específicos en manuales. ¿Qué es lo que queda? Ver la realidad que tenemos delante como una materia prima :

-La pulpa de la naranja en el cubo de basura
-Las dos tazas de cola-cao esperando que los enanos se despierten
-La baldosa que empieza a ceder al pisarla
-Los comunicados oficiales en los que los jueces piden información sobre personas desparecidas
-El dibujo en el cartón de la leche
-Los envases vacíos de los actimeles encima de la mesa del salón
-Una hoja recortada en la que sólo queda la silueta de un animal.
-El tarro de cristal con aceite para usar
-El cuadro con la comida del mes en la nevera.
-Las mochilas con la ropa que van a necesitar para las clases de deporte de hoy.

Ahora le pido a una novela que me recuerde que la realidad me llega a través del lenguaje y que, por eso, si modifico el lenguaje estoy cambiando la realidad. Que me muestre que la percepción de la realidad que tengo ahora es fruto de un discurso adquirido del que apenas soy consciente. Dicho de una forma más llana : si lo que vives no tiene interés tal vez se deba a que no sabes contártelo de forma interesante. Irás buscando otra realidad y acabarás sintiendo lo mismo al no prestarle atención al lenguaje

Hay novelas que te recuerdan eso y otras, como “Nada es crucial”, que, además, te revueven, que te animan a volver sobre lo cotidiano con palabras que manchen, que calienten, que escuezan, que corten, que den calor, que se muevan, que brillen. Te instalan en una urgencia que te hace sentir vivo.

jueves, 20 de enero de 2011

"Mansos", de Roberto Enríquez

Termino de releer “Mansos”, de Roberto Enríquez, y la impresión general es buena, aunque a los libros leídos, como al vino, hay que concederles un tiempo para que se aireen y dejen salir todos los matices. En este sentido, sería bueno que los críticos hicieran un análisis después de ver una obra y otro un año después. Hasta dejo hasta el título de la posible sección para el que se anime : “Una año después”. Básico, pero todo el mundo lo entiende, incluyendo al lector de prensa deportiva.

Vamos a centrarnos. El libro se titula “Mansos” y no engaña : habla de la mansedumbre sirviéndose de un escenario específico (una sauna gay) y un momento determinado (las horas de la madrugada del siete de octubre, justo el día en el que el protagonista cumple treinta y cinco años). La elección del lugar es perfecta para proponer imágenes explícitas de la mansedumbre. Que cada uno rebusque en su imaginación.

Con esas coordenadas básicas, va creciendo una historia de pocos personajes, algunos recuerdos y bastantes reflexiones, que es lo que uno hace cuando espera, en una sauna, a las seis de la mañana. Una espera que le debe llevar, después de treinta y cinco años de mansedumbre, a un momento en el que tenga que dejar de serlo.

¿Por qué tiene que dejar de serlo? Pues se cuenta en el libro. Lo compráis, lo pedís prestado o lo sacáis de la biblioteca.

¿Por qué somos mansos? Bueno, así me gusta, que no os quejéis porque no añada más y vayáis al tema. Pues eso tampoco lo puedo desvelar, lo que hace que esta crítica se me venga abajo por momentos. Y sí, esto parece una rueda de prensa en la que no se admiten preguntas, pero para responder tendría que escribir una novela que se llamara, mira por dónde, “Mansos”

¿Y esto es todo? Pues no. Con la intención de que seáis como gallinas que, picoteando, lleguéis hasta el libro, os pongo una selección de frases en las que yo y mi lapicero hemos coincidido. Aquí van :

“Follar con un desconocido no profesional en una sauna es como sacar un libro de una biblioteca: nos permite probar cosas nuevas sin miedo a equivocarnos”

“Yo me levanto y obedezco, yo obedezco a preguntas en lugar de responder”

“Ser un buen cliente y tener la razón; ojalá pagar me liberara de todo esto, pero no. Ojalá bastara con pagar para no desear ser bueno. Bueno en lo que sea (Inseguro)"

“Y oral es lo real y mental lo irreal. Al menos más real decir que pensar”

“La única literatura que nos queda en la cabeza y a la que recurrir a solas y en apuros son las letras de canciones”

“Treinta y cinco años y treinta y cinco minutos he tardado en pasar de un paritorio a las taquillas de una sauna gay. Lo que se dice un carrerón”

“Así he tratado mi vida, así me he inventado a los demás a partir de mis mentiras. Así he ido amando y desarmando sobre ficciones únicamente mías que acababan generando en el otro un sentimiento real, coincidente con mi miedo”

“Y callarse es mentir, qué coño otorgar. Quien calla, miente porque no hay nada de cierto en el silencio, porque no hay silencio adentro, nunca hay silencio adentro”

“Ya he renunciado al ritual apareatorio como prueba, me niego a perder el tiempo, la moral y la autoestima: ahora ya solo follo por dinero. Con dinero”

“El elemento androide en la prostitución contemporánea nos ha llevado a creer que no estamos pagando por carne humana, sino aceptando una promoción comercial, un producto de consumo creado artificialmente para nuestro uso y disfrute”

Como veis, muchas palabras que no aparecerán en el canal Clan. Y el campo seméntico, digo semántico, se abre aún más. Así que los habrá que puedan sentirse incómodos, pero todo, repito, como ocurre con los anuncios de bolígrafos solidarios en Navidad, es por un buen fin : servir al tema.

Dentro de un tiempo, cuando todo el mundo la haya leído y quizás como la primera entrada de la sección “Un año después”, podremos hablar del final, del miedo, de la mentira, del cuerpo y hasta del uso que hacemos de las marcas. Incluso, poniéndonos finos, discutiremos sobre los diferentes tipos de narradores que aparecen, una de las cosas que no me han convencido del libro. Hasta entonces, haced los deberes.

Y no os vayáis olvidando el bolso por ahí.