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viernes, 9 de diciembre de 2011

"Arthur Christmas : Operación regalo", de Sarah Smith

Iba resignado a ver esta película. Cuando hace siete años María entró en la habitación tumbada en una cama, con un enano a cada lado con los ojos cerrados y un gorro en la cabeza, nadie me dijo :

-Te vas a hartar a ver películas de Navidad.

No estábamos entonces para esas cosas, pero razón lo le habría faltado. Llega la Navidad y, con ella, las películas para el público infantil realizadas en su mayoría por mentes infantiles contando historias infantiles a precios de adulto.

Así que Diversia, seis y cuarto, y, en la pantalla, “Arthur y no sé qué”, que mucho interés en la película no tenía. Decía el resumen algo de un regalo que Papá Noel se dejaba sin entregar y que la niña estaba triste y tú con la niña. Las seis y cuarto y tantas cosas que hacer un viernes que casi no merece la pena pensar en ellas. “Arthur Christmas : operación regalo”. Vaya título.

La Navidad tiene estas cosas. La paternidad también.

Entonces llega Sarah Smith, la directora, con su historia y ya en los primeros minutos te das cuenta de que vas a tener que hacerle un hueco en la estantería junto a la fotografía de John Lasseter. ¿Dónde estabas entonces, Sarah, cuando tanto te necesité? Nadie es mejor que nadie, pero tú creíste vencer.

Cojo la toallita que entregan a la entrada, como la que acompaña la segunda ración de gambas para que las manos no te huelan a gambas (y que huelen, porque la gente se la guarda en el bolso, yo me la guardo en el bolso, tú te la guardas en el bolso) y vuelvo a limpiar las gafas 3D porque esto no es lo que me esperaba.

-Gracias, Sarah. Gracias, Sarah.

Párrafo futbolero : esperaba una película tipo Guardiola, ONG, suavizante qué bien deja mi ropa de Qatar y he aquí que la película rasca, que es bronca, que tiene un humor Mourinho que te mete el dedo en el ojo y que te obliga a reírte cuando no deberías reírte porque tienes un enano al lado al que deberías explicarle cosas para las que no tiene edad.

-Gracias, Sarah. Gracias, Sarah.

Gracias a Sarah y a su abuelo o a ese abuelo que ha creado saltándose como una campeona todas esas líneas rojas que se le ponen a una historia infantil porque ella sabe que al lado de cada enano hay dos adultos que han pagado la entrada y que también tienen su derecho a un rato de ocio en lo que llega el Madrid-Barça de mañana.

Párrafo cinéfilo : Rompiendo con la tradición Disney, Sarah crea un universo propio en el que, sirviéndose de algunas licencias, desarrolla una historia que tiene, como trasfondo, una clara evocación a Shakespeare y a su “Rey Lear”. Aunque vestida con las simbología navideña y ceñida a las obligatorias reglas de un discurso infantil, la película trata con honestidad el dilema del padre ante la elección de a quién cede su reino.

Párrafo mío : Me basta esa escena inicial de la niña, cruzando la calle de una plaza nevada para echar su carta, para tener la certeza de que ahí hay un equipo que es capaz de cuidar el detalle de una carta que cae en un buzón o de reflejar la magia de una gran nave sobrevolando el cielo.

La película es indudablemente buena por dos razones, y esas dos razones os las voy a dar : ni piden agua ni piden palomitas.

Hay un humor rudo que me gusta mucho, algo salvaje, indecente, políticamente incorrecto que Sarah lleva por toda la película con ese empuje de un equipo de fútbol infantil que trata de ganar el partido desde el principio sin preocuparse por los tobillos, las narices o los brazos de los rivales.

Y, dicho todo esto, también hay sitio para una historia tierna, infantil, dulce, optimista, alegre, sorprendente, distinta, animada, pelín canalla y trabajada que aceptamos sin rechistar porque todos necesitamos una de cal y otra de arena, somos así, qué le vamos a hacer. Queremos a un viejo Papá Noel en un cubo de basura tirado por un reno desorientado (tal cual) y queremos al aprendiz que es todo corazón y lucha por mantener la ilusión de una niña. Lo peor de la Navidad es que te mete el corazón en remojo y llegas a descubrir que algunas partes siguen blanditas y sensibles, con ganar se echarse encima una historia como ésta.

¿Hay que ir, en fin, con la cabeza agachada hacia la chica de la ventanilla? No. No. Y otra vez no. Os vais a sorprender con la película y con tal cantidad de detalles en la realización y en el guión que, aunque paguéis siete euros, Sarah y su equipo os van a dar la vuelta de un billete de cincuenta. Animo, buscad a un enano, y al cine. Nada de bajársela o esperar a que la den por el Plus. Hay que verla a lo grande y dejar que las carcajadas llenen el cine y aplaudir al final y salir contentos, agradecidos de que haya gente que se tome muy en serio lo de contar una historia.

Gracias, Sarah.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

"El secreto de Christine", de Benjamin Black

Empecé engañado la lectura de este libro por varios motivos. Porque era una edición de bolsillo. Porque era novela negra. Porque era el seudónimo de un gran escritor. Porque la portada era mala. Porque el título no prometía gran cosa. Y pensé que lo que tenía entre manos iba a ser una lectura rápida con su crimen, su investigación y su final, todo tan terapéutico. Y a otra cosa.

Ese engaño, que me fabriqué yo solito, lo admito, se esfumó a las pocas páginas. Todo lo anterior es cierto, empezando con la edición y terminando con el título, pero lo que hay en este libro, desde la primera palabra a la última, es literatura. De la buena, de la densa, de la que agota y no te deja correr por la historia por mucho que quieras : cada frase es una barrera que hay que leer, disfrutar y saltar para seguir corriendo. Y en este plan, descubres pronto, no se corre. Como mucho, andas deprisa. O paseas.

Te quitas las zapatillas de correr y te pones las de andar por casa, no queda otra.

Así que conviene dedicarse a este libro con el ánimo del que va de paseo porque va a ser una lectura larga y exigente, del tipo que te obliga a admirar cada palabra, como un joyero de Amsterdam, porque todas han sido elegidas y dispuestas así por alguna razón. La escritura de Benjamin Black es una reivindicación de la literatura como un oficio y una justificación, si nos ponemos ya trascendentales, de la propia literatura : esto es y para esto sirve. Y en edición de bolsillo.

Curiosamente, toda esa fuerza del estilo se despliega para contar una historia sencilla, que se podría resumir, si quisiera, en tres frases, pero no quiero. Es una novela negra porque hay muerte, investigación y final, sí, pero todo presentado de una forma casual que empieza con una escena intrascendente y que va avanzando porque a un tipo curioso, que trabaja de forense y se bebe todo el whisky de Dublín, le da por hacer preguntas. En cierto modo, es una novela negra que se va construyendo poco a poco porque al protagonista no le dan muchas respuestas pero sí una paliza que le sirve para saber que va por el buen camino. Quien bien te quiere, te hará cojear.

La investigación para saber cuál es el secreto de Christine le sirve a Black para ir presentando una serie de personajes que aparecen dibujados con una precisión en sus formas, palabras, pensamientos y actos típica de protagonistas. Aquí, y ya estaba sugerido en el tercer párrafo, no se pierde el tiempo con secundarios, aunque sólo aparezcan para dar esa paliza mencionada en el cuarto párrafo. Todos son protagonistas, que es el tipo de magia que hace un escritor cuando tiene talento y se esfuerza con ese talento. Impresionante.

Impresionante y precisa. Además de una novela, es un manual de cómo describir un sentimiento, una conversación, un gesto, un objeto, una variación de la luz, los efectos de una copa, el ruido de la nieve al caer, el deseo, el remordimiento o el fracaso, por mencionar algo, que da igual por dónde se abra el libro. Por ejemplo, este párrafo con sexo, ya que estamos, en el que se habla de otra cosa :

“Era una chica grandona, de extremidades fuertes y hombros anchos, pecosos, a pesar de lo cual se encajó sobre su pierna escayolada con ternura inventiva. Se había dejado puestos el sostén y las medias, y cuando montó a horcajadas sobre él, una Godiva con la melena en llamas, el tenso nailon de las medias le rozó los flancos como su fuera un fino y cálido papel de lija. Cayó en la cuenta del mucho tiempo desde la última vez en que tuvo a una mujer en los brazos, y la oyó reír. Ojala, se dijo, pudiera reír también él, pero algo se lo impedía, no sólo la palpitación dolorida de la rodilla, sino una nueva y misteriosa vía de acceso a la congoja y los presagios” (Página 291)

Si leyendo a algunos autores españoles cualquiera puede creerse escritor, con Benjamin Black sucede lo contrario y al ver la distancia entre lo que se puede hacer y lo que hay que hacer la gran mayoría deberíamos cerrar el Word y marcharnos al salón a zapear un poco o jugar con nuestros hijos a construir la pista imposible de los Hot Wheels, que es lo que Daniel hace cuando, por fin, gracias a Dios y a Benjamin Black, logro leer la última frase del libro.

En fin. Vaya monstruo. El 9,99 de la etiqueta no es sólo el precio. Es la nota que se lleva el libro.

jueves, 20 de octubre de 2011

"Educación siberiana", de Nikolái Lilin

A veces parece que la relación que hay entre la historia y el lenguaje que se utiliza para expresarla es la misma que existe entre un río y su cauce. Si lo que se cuenta apenas tiene interés, se puede llevar ese pequeño hilo de agua por donde uno quiera para lucirse con las palabras. También, como ocurre con “Educación siberiana”, puede darse la situación contraria, donde uno se encuentra con una historia capaz de desbordarlo todo, apenas sostenida por un estilo que queda en segundo lugar.

“Dentro del habitáculo yacían los otros cuatro cadáveres, desfigurados por las balas. El vehículo había quedado acribillado, de una rueda salía aire porque un fragmento de la carrocería, desprendido por los balazos, había penetrado en el neumático. Había sangre por doquier: salpicaduras, charcos que se dilataban por el suelo en un radio de cinco metros, gotas que caían del coche y, mezcladas con gasolina, formaban regueros que corrían hacia nosotros, a nuestros pies.

Se hizo un silencio absoluto, todos inmóviles mirando lo que había quedado de aquellos seres humanos” (Página 321)

La escena es el final de la misión que unos niños siberianos reciben : vengar la violación de una discapacitada de su grupo. Así es como les educaban, siguiendo las reglas de una comunidad sin la que no eras nadie.

El libro cuenta cómo fue la infancia del autor, Nikolái Lilin, en la ciudad de Blender, en su comunidad de urcas siberianos. Policías, robos, picas, tatuajes, palomas, peleas, santos, imágenes, reglas, autoridades, abuelos, pasteles, tazas de té, noches de pesca en el río, historias de cárceles, pistolas, misiones, asesinatos, compañeros, parques, jerarquía y sangre. Disney, se ve, quedaba muy lejos.

El autor nació en 1980, ayer, así que todo lo que cuenta, que parece de blanco y negro, tiene color. El blanco de la nieve que le recibió al nacer y el rojo de la sangre a la que se acostumbró. Sucede como con esas fotografías en blanco y negro que, al ver la fecha, te muestran que por entonces tú ya vivías, y muy bien, sin saber que había entonces otros mundos. Cuando aquí todos aplaudían al tipo que lanzó la flecha en Barcelona, Nikolái andaba estrenando su primera pistola o aprendiendo cómo funcionaban las cosas en las cárceles para niños.

“Había uno en especial, un poli viejo y asqueroso que, después de pasarse la vida prestando servicio en cárceles de adultos, había estudiado psiquiatría infantil y pedido el traslado a una prisión de menores. Con ser un simple guardia, ostentaba incluso más poder que el director, porque mantenía relaciones con personas dedicadas a un nuevo negocio importado de otros países con la democracia : la producción de películas porno pedófilas” (Página 227)

El libro cuenta cómo se organiza uno la vida para sobrevivir en un mundo así, que es, básicamente, apoyándose en la comunidad y asimilando sus reglas. Puede que ese mundo sea como es por comunidades como ésa, con lo cual uno le está echando madera al fuego que calienta la olla en la que está, pero, dada ya esa situación, lo único que se puede hacer es incrustarse más y más en el grupo y escuchar muchas de esas reglas que se transmiten en las historias de los más ancianos. Porque, aunque sea de mierda, hay un orden.

“Se da la espalda a los llamados “basura”, policías y traidores, gente tan despreciable que no merecen ni una bala . Sin embargo, dársela a un delincuente supone otra cosa : es un mensaje concreto, que comunica que se le priva de la dignidad criminal, se le expulsa de la comunidad” (Página 280)

Un tratado de derecho criminal que se aprende en la práctica. Aquí uno no se prepara unas oposiciones de notario para que papá, también notario, te financie tu piso en la capital y las cenas con tu novia en un restaurante de Serrano. Aquí uno se convierte en el derecho y los artículos por los que te van a machacar la cabeza los puedes leer en la suela de una bota, en la culata de una pistola o en el tatuaje del que tienes delante.

Así es la vida.

Y, con ser interesante el tema, el libro no lo sería si, además, no fuera una exposición de personajes que tratan de seguir viviendo como pueden. Cuando la vida te trata mal, a cambio, como propina, parece dejarte una buena historia y aquí las hay en cada página. En mi barrio vas a darle un recado a alguien y sólo necesitas media página. En este libro, para entregar ese mensaje sales en la página ciento seis y vuelves en la doscientos quince. Unas cien páginas repletas de personas e historias que salen al paso y que piden ser contadas. Ahí están Bosia, la tía Katia, el tío Kostic, Gancho, Boriska, Blanco, Dedos, Gueka, Fima e Iván. Aunque te encerraras a imaginarlas, no lograrías ni acercarte a muchas de las que aquí aparecen : La vida puede ser muy puta y había algunos rusos se encargaban de que aún lo fuera más, pero siempre hay algo que nos obliga a seguir flotando, aunque no sepamos definir exactamente el qué.

Nikolái escribe las historias que puede y tú puedes pensar : Joder con los siberianos y su forma de educar a los niños. Y, entonces, Nikolái, en dos páginas, te hace cambiar de opinión :

“Se decía que en aquella conspiración estaban implicados también policías, que querían debilitar la comunidad delincuente de la ciudad. Habían de conseguirlo cinco años después, cuando enfrentaron a muchos jóvenes criminales contra los viejos y desataron una guerra sumamente sangrienta que fue el principio del fin de nuestra comunidad, la cual de hecho no existe hoy de la forma que existía en tiempos de esta historia” (Página 323)

Que es una forma de decir que si lo de antes te parecía mal, imagínate lo que hay ahora.

Pero el libro se acaba en este punto de transición. A Nikolai le obligan a realizar el servicio militar y lo mandan con un grupo para que se convierta en “saboteador” y reaparezca en Chechenia unos años después. Si se decide a contarlo, ahí estaré yo para escucharle.

domingo, 18 de septiembre de 2011

"El mar", de John Banville


Encontré “El mar”, de John Banville, en "La atalaya", una pequeña papelería de Conil en la que había entrado para ver si daba con algún libro de Maigret. No había ni rastro del comisario, pero lo de ver que un libro se titulaba así, cerca de una playa, me pareció una coincidencia interesante. Y me llevé el libro.

Y me quedé deslumbrado por él. La clase de libro en el que te puedes refugiar como lector y como escritor. De hecho, ahora voy a buscarlo y me sorprende ver que se trata de un libro fino. Lo recordaba grueso, tal vez porque cada palabra tiene una razón para ocupar su sitio y porque con el tiempo ha ido creciendo en mi cabeza.

“En cualquier caso, a lo que hago tampoco lo llamo crear. Crear es un término demasiado grande, demasiado serio. Los creadores crean. Los grandes crean. En cuanto a los que somos medianías, no existe palabra que resulte lo bastante moderna para describir lo que hacemos y cómo lo hacemos” (Página 41)

Esta cita, por ejemplo, no la busco. Simplemente abro el libro y ya encuentro qué destacar. Todo el libro es una gran cita. Hay un cuidado en la escritura que me recuerda a esa advertencia que hacía Harper Lee sobre la paciencia y el trabajo de artesanía que todo libro debería llevar. Y este es pura artesanía. Basta leer para darse cuenta del trabajo que hay detrás, de todas las palabras que se han eliminado para poner exactamente las que tienes delante. Dentro de un estilo que no busca gustarse a sí mismo, el lenguaje por el lenguaje, sino que ha sido construido para que la historia avance, emocione y termine con un gran final. Un gran, un grandísimo final para cada época de la historia.

La historia, por centrar un poco el libro, presenta a Max Morden, un hombre derrotado, que acude, después de la muerte de su mujer, al pueblo en el que pasaba las vacaciones de pequeño. Ahí recuerda, con todo el cuidado que puede, los detalles de un verano especial en el que conoció a los Grace, una familia totalmente opuesta a la suya.

“La señora Grace está sin aliento, y se hincha la tersa ladera de su pecho, color arena. Levanta una mano para apartarse un pelo que se le ha quedado pegado a la frente mojada y fijo la mirada en la secreta sombra que hay bajo la exila, azul ciruela, el tono de mis húmedas fantasías en noches venideras. Chloe se enfurruña. Myles vuelve a escarbar violentamente en la arena con su palo. Su padre dobla el periódico y mira al cielo entrecerrando los ojos. Rose examina un botón flojo de su blusa. Las pequeñas olas se levantan y rompen, y el perro anaranjado ladra. Y mi vida ha cambiado para siempre.

Pero, entonces, ¿en qué momento, de entre todos los momentos, nuestra vida no cambia completamente , totalmente, hasta el cambio más trascendental de todos” (Página 35)

Sigo leyendo más allá de esta página. Me dan ganas de dejar aquí este comentario y seguir leyendo.

“La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba tan sólo de acumular, de coleccionar cosas – nuevas experiencias, nuevas emociones – y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo” (Página 124)

El recorrido de Max Morden por ese especial verano se detiene en los tópicos del primer beso, del erotismo, de los días largos, del descubrimiento, pero con el contraste de una mirada dura y sincera que trata de no engañarse. Parece que parte de su empeño estuviera dedicado a acabar con la fascinación de ese verano sin apenas lograrlo, como si lo que la memoria guarda de él tuviera la consistencia que su vida, en el momento actual, no tiene.

Ese verano no se termina ahí. Se puede decir que tanto el pasado como el momento presente tienen un final que lo cierran y que obligan a leer el libro para quitarle una capa más y adentrarse más en su significado. Por respeto, no diré nada más.

De hecho, no pensaba decir nada de este libro hasta pasado más tiempo. Un año. Dos. No sé. Mi intención era comentar el titular de El País de hoy : “La crisis obliga a la UE a sanear otra vez las cuentas de los bancos”. Una frase que debería ser analizada palabra por palabra, sobre todo ese verbo, sanear. ¿Quién, salvo algún hijo de puta, va a oponerse a una operación que quiera sanear algo, aunque se trate de un banco?. Buena elección del verbo.

Quiero tirar del verbo y me marcho a la página 30, donde se dan más detalles de la pupa de los bancos y de las medicinas que hay que darles. La quita de la deuda griega puede llegar al 50%, en un país en el que el PIB se ha contraído un 7,3%, el consumo un 7% y la inversión un 17% en el segundo trimestre. Los bancos, que han comido mucha deuda pública en mal estado, por unos 100.000 millones de euros, pueden llegar hasta necesitar 200.000 millones para recapitalizarse (cubrir el dinero que no van a obtener de la deuda perdida) según el FMI. Si la zona euro cae, las cosas se pondrían mejor : los bancos necesitarían de dos a tres billones para recapitalizarse. Una cantidad que implicaría un coste de 10.000 euros por persona durante el primer año más unos 3.500 euros adicionales en los años siguientes. En ese caso, el PIB de Grecia podría caer un 50%.

Muy divertido.

Acudo a la página 30 y al principio del artículo que firma C. Pérez se citan unas palabras de Benville.

“Empieza a ser peligroso dejar Europa en manos de políticos, economistas y banqueros. Muy peligroso”. Parece que C. Pérez estuviera él también cansado de todas estas cifras, de dar unos datos que no sirven para nada al lector y que, en el fondo, quisiera hablar de otra cosa. Empieza un párrafo volviendo a mencionar a Benville : “Ese perfecto desastre al que alude el autor de la fascinante "El mar"…” Y en ese fascinante se abre una rendija por la que esconderse. Es el momento de volverse lagartija (que huelen a hierba, como bien sabe Cristina Sánchez-Andrade) y escaparse por ahí a libros como el de Benville.

Dejar detrás toda esta mierda que se nos viene encima y no parar hasta ver al fondo, por fin, el mar.

sábado, 3 de septiembre de 2011

"La chica Einstein", de Phillip Sington


Tengo que admitir que termino este libro porque me gusta la fotografía de la chica que aparece en la portada. Así de firmes son los argumentos literarios que pongo encima de la mesa a favor de este libro. He leído este libro poco a poco, como si la historia fuera ganando en pendiente y mis piernas fueran acusando, página tras página el esfuerzo de la historia. Que si un rato antes de la siesta, que si en el baño, que si por la noche cuando todos se han acostado, que si un rato antes de comer. Y siempre diciéndome : Vamos a ver si acabamos el libro y descubrimos qué le ha pasado a la chica de la portada.

Y es que, si la portada es un alegato, tan válido como otro cualquiera para leer el libro, la contraportada incluye la palabra que, a mi juicio, arruina el libro : thriller. Sí, thriller, como el de Michael Jackson, aunque aquí no aparezca él sino otro famoso : Einstein. A mi juicio el empeño de convertir esta historia en un thriller arruina todo lo que podría haber dado de sé. Pero el thriller vende, claro, sobre todo en verano, y esta novela, de un montón de páginas, te la puedes llevar a casa por seis euros.

¡Seis euros! Y tienes a Hitler a punto de subir al poder, y fantasmas que se aparecen, y nazis, y psiquiatras locos y psiquiatras que no están locos, y veteranos de guerra y experimentos, y divagaciones sobre la teoría cuántica, y ciudades como Berlín y Zurich y Belgrado y Novi Sad (parece una guía este libro) y amor, claro, amor, y resentimiento y, atención, la intriga, el meollo : ¿Tuvo Einstein una hija con su primera esposa de la que él mismo desconocía su existencia?

Todo por seis euros.

Para situarnos, he aquí un breve resumen : Kirsch es un psiquiatra que ha ejercicio como cirujano en la Primera Guerra mundial. En el momento en el que la novela se asoma a su vida, trabaja en un psiquiátrico, está a punto de casarse y tiene una sífilis contraída en la guerra que no pone de buen color su futuro como marido. En esa está cuando se enamora de una mujer por la forma que tiene de saltar un charco. Así es este hombre. La busca y no da con ella y es ella la que le encuentra a su manera, tumbada en una camilla, herida, y con amnesia. A partir de ese momento, Kirsch hace todo lo posible por descubrir lo que le ha pasado a la mujer. Lo que, como da a entender el tono con el que está escrito esta crítica, tampoco es para tanto. En mi caso, a un “pues bueno”, que parece que la chica es una hija que Einstein tuvo en su primer matrimonio y de la que no tenía conocimiento porque, dada en adopción al nacer, pensaba que había muerto poco después. Todo para que pensara en la relatividad en vez de tener que pasar el tiempo haciendo castillos en la arena con ella.

El problema es que esa duda sobre las actividades de cintura para abajo de Einstein no me atrae. Quizás en otro entorno, pero no cuando Hitler se está preparando para subir al poder y alisar Europa para plantar mejor su ideología y en los entrantes de su particular menú, se encuentra el plan, ya en marcha, de realizar listas sobre enfermos mentales para, convencidos de que esas enfermedades son hereditarias, acabar con todos ellos y mantener así limpia la raza.

El tema de esa limpieza se cuela en el libro, pero hay tantos asuntos tratados ya que apenas hay sitio en el vagón para él. En vez de sentarle para que se encuentre cómodo, se le deja de pie, sin espacio para desarrollarse. Con lo que tenemos a un psiquiatra que recibe la invitación de elaborar una de esas listas y a un antropólogo capaz de arruinarte tanto tu carrera como tu vida si no obedeces y en vez de atender a ese centro, el autor lo despacha rápidamente para seguir con la historia de la chica.

Si no lo he entendido mal, parece que a Einstein le gustaban mucho las mujeres.

Y otra conclusión : tan importante como lo que escribes es la foto que eliges para presentarlo.

lunes, 22 de agosto de 2011

"Super 8", de J. J. Abrams


Voy a empezar esta crítica por el final por si acaso hay alguien que tenga que llevar a la hija al dentista o haya quedado con la hija del dentista y así pueda ser puntual. Lo único super de esta película es el título y lo de ocho debe hacer referencia a la edad media necesaria para disfrutar de ella. Dicho esto, advierto que, para seguir con el escalpelo, voy a tener que destripar al marciano, digo a la película, por lo que recomiendo, si todavía no es tarde, que no sigan leyendo.

La película es la historia de unos adolescentes que, rodando una película, graban un accidente de ferrocarril y a un marciano saltando de un vagón. Los militares acuden al pueblo en busca del marciano, que dicen que es suyo. El marciano se esconde, mandando el mensaje de que él no es de nadie y en ese juego que se montan uno y otro, pasan ciento veinte minutos. Uno tras otro.

Todo esto se cuenta desde el punto de vista de un grupo de niños muy diferentes y muy unidos en lo que tiene que ver con el cine y con la admiración de la chica que se buscan como actriz. En el 75, el tema de las cuotas no se respetaba, por lo que se ve. Los chicos andan en esa fase de su vida en la que uno descubre el amor, la muerte, la importancia de la amistad y la necesidad de definirse, para lo que viene muy bien que un marciano ande suelto por la ciudad. Cuando uno es un niño, ve un marciano, cuando crece, los ve por todas partes, pero eso es otra historia.

Gracias a las pesquisas de los niños, descubrimos la historia del marciano, que es bueno, a pesar de que no deja de comerse todo lo que lleve dentro un corazón. El marciano era de por sí bueno, insisto, pero se le pinchó la nave espacial y cuando arreglaba la rueda en un pueblo de EEUU (la historia sería diferente de haber caído en Los Hinojosos, allí por Cuenca) le pillaron los militares, que empezaron a hacerle análisis de sangre y otras pruebas. En esas estaban cuando un científico con sentimiento de culpa provoca el accidente del tren para que se escape. Y como el marciano es bueno, ya lo hemos dicho, los niños le dan el empujón final para que se marche a su mundo. Si el marciano está casado, la excusa que va a poner por llegar tarde no se la va a creer su mujer. Fin.

Otras películas que ponían en otras salas : Conan el bárbaro, Manuale D´amore, La boda de mi mejor amiga, Zooloco, Capitán América : El primer vengador, El origen del planeta de los simios, Linterna verde, La víctima perfecta, Los pitufos y Paul.

Se me había olvidado decir que el marciano quería comerse a la niña actriz, pero al final no lo hace, no sé si porque no tenía hambre o porque era bueno. También se me han olvidado algunas cosas, pero no son importantes. Lo peor es que las que he contado tampoco lo son.

Si a uno le gusta la película dirá que, además, hay un montón de referencias a otras películas. Hay tantas que es posible que encontremos alguna al anuncio de Villarriba y Villabajo. Yo, como no me ha gustado, diré que no son referencias, sino falta de imaginación o cansancio o más de lo mismo. Creo que J.J. Abrams ha hecho la película que le hubiera gustado ver de niño, pero es que las cosas han cambiado un poco desde entonces.

Como ésta es una película con marciano, cómo sea este marciano influye mucho. No puedes ponerlo de adorno porque los ojos se te van al marciano, como si el domingo, cuando vas a comerte una paella a casa de tu madre, ves un masai sentado a su lado. La paella puede estar cojonuda, pero no dejarás de pensar en el masai. En esta película la paella son los niños y el marciano es el masai, por si me estoy volviendo espeso, que todo puede ser.

Y a mí, por decirlo pronto, sólo me valen los marcianos que son unos hijos de puta, porque yo me alimenté de las babas del Alien de Riddley Scott y cuando has probado eso, no admites que un marciano pueda ser un embajador de una ONG. Además de hijos de puta, deben ser inteligentes, y dar miedo, y tener un diseño sugerente. Así que en una esquina está Alien y en otra esta tarántula con cabeza de Transformer y con un corazón capaz de repartir amor entre todos los niños del mundo cantando el “tenía tanto que darte, tantas cosas, que contarte”. No.

Todo esto, en fin, para dar mensajes, que la película tiene muchos y muy buenos, ya hemos dicho, si tienes ocho años. Con nueve, me temo, las cosas serán diferentes y es probable que con diez lo veas todo al revés. Por tener, tiene hasta uno sobre el duelo con esa escena de despedida con una medalla que recuerda a la de los Puentes de Madison, sólo que aquí acaba colgada del retrovisor de una nave espacial. De todo, muy sugerente.

Voy a maridar esta película con un vaso de Colacao y una magdalena. Dicho queda.

sábado, 14 de mayo de 2011

Un Kenneth Branagh para niños


Daniel y yo vamos a ver “Thor”, de Kenneth Branagh. Tenía mis dudas acerca de si era una película apropiada para niños hasta que vi que los de Burguer King tenían una promoción en la que regalaban figuras. Ahí desaparecieron mis dudas, que como dudas, la verdad, tampoco eran gran cosa.

Yo : Pues podemos ir a ver Thor.
Daniel : Vale.
Lucía : Prefiero quedarme con mamá ayudándola a hacer el cambio de ropa..

Un tipo con capa roja y un martillo no es suficiente reclamo para Lucía..

Yo : ¿De verdad?.
Lucía : Que sí. Hay que ver cómo son los hombres.

Esta frase se la ha traído de su grupo de amigas. Mientras cien niños persiguen unas cuantas pelotas en el patio, las niñas juegan a probarse frases adultas que se traen de casa para ver cómo les queda. Parece que tuvieran prisa por superar cada fase mientras los niños tratan de quedarse en ellas a base de darles patadas a los balones..

En los Diversia, a las 15:50, Daniel y yo coincidimos con Kenneth Branagh, Thor, Shakesperare, unas palomitas, una botella de agua, Anthony Hopkins, la revista de los cines, Rene Russo, un señor a mi derecha con la colonia que usaba mi padre y Natalie Portman. Hacemos un buen grupo.

No esperaba que el momento de presentarle a Kenneth Branagh a Daniel fuera a ser tan pronto. En ese sentido, tengo que agradecerle que se haya animado a rodar una película tan simple como ésta porque así nos hemos saltado bastantes años y puedo, por primera vez, tener la sensación de que es Daniel el que me acompaña a ver una película y no al revés. Las andanzas de Thor son lo de menos. Lo fundamental es ver en la pantalla : Directed by Kenneth Branagh y tener a mi izquierda a Daniel, atento a todo lo que pasa, con el perfil de color azul por la luz que sale de la pantalla.

Thor y su martillo, que lo tiene, que lo pierde, que lo encuentra, que se lo gana. Y, debajo de todo, un Shakespeare para niños, en un porcentaje bajo, como la leche en las natillas, pero Shakespeare al fin y al cabo. Un rey anciano, un reino que debe cambiar de manos, dos hijos que se pelean por él y por el reconocimiento del padre, la caída, la soledad y las palomitas. Y a las 15:50.

Daniel come palomitas, las tira, me da las que no se han abierto, se mueve en su asiento, y me pregunta por qué, por qué, por qué en esas zonas en las que Shakespeare queda al descubierto. Aún en su versión más reducida, Shakespeare tiene espinas. Nada que ver a esas historias estúpidas de Gormitis, Bob Esponja y su puta madre, futbolistas y pokemon que puede tragarse sin apenas masticar.

De la mano de Shakespeare, me da por pensar que este mundo también se puede dividir entre aquellos que saben que sus padres se han sentido orgullosos de ellos y los demás. Es probable que los primeros suban las escaleras de dos en dos mientras que los otros se tengan que detener para desahogarse con un psicólogo, que simplificaría mucho el tema si les dijera cómo están las cosas.

-No le dé más vueltas. Si su padre miraba a otro lado cuando se cruzaba con usted por la acera, mal arreglo tiene esto.

El hombre que está a mi derecha lleva la colonia de mi padre. Es un hombre que no se mueve en toda la película, como si sólo estuviera ahí para recordarme a mi padre y para obligarme a preguntarme en qué grupo de los dos en los que he dividido el mundo estoy yo. Aunque la pregunta me la he hecho de formas muy distintas, la respuesta siempre ha sido la misma. Esta tarde, también. Para qué engañarnos.

Así que el bueno de Kenneth ha sabido meter el suficiente Shakespeare para que la película como esos muñecos que giran con una base de plomo, lo se caiga a pesar de los golpes del martillo del guión. Daniel aguanta las os horas sin acordarse de beber o de ir al baño. Cuando la película termina, le pregunto si le ha gustado.

-Sí, mucho.

Ya llegará el momento de ver juntos “Enrique V” y “Hamlet” y “Mucho ruido y pocas nueces” y “En lo más crudo del invierno” y ”Como gustéis” y “Trabajos de amor perdidos”.

Para ir preparándole, en el coche le hablo un poco de Shakespeare.

-El más grande que ha existido – le digo..
-Yo seré mejor – me dice. Y no ha nacido en Bilbao.

sábado, 7 de mayo de 2011

"Verano", de J. M. Coetzee


Joder con Coetzee. En la contraportada del libro, José Maria Guelbenzu no se sabe si recomienda, aconseja o implora que leas este libro. Yo, antes de leerlo, me lo compro porque sólo cuesta 8,95 (menos que un menú de diez euros con gazpacho y pollo al ajillo) y un Nobel es un Nobel.

Luego, me lo leo, y es entonces cuando me doy cuenta de que Guelbenzu pide que lo leas, no que lo compres, como si a Guelbenzu le diera igual cómo te hagas con el libro, lo que a los de Debolsillo puede que no les haga mucha gracia y le obliguen en el futuro a recomendar que, primero, lo compres. Algo debe tener el libro.

Y sí que lo tiene. Joder con Coetzee, que es el gancho que he puesto al principio para colgar ahí el resto del post. Si ves su cara en la contraportada junto al anuncio de que se trata de otra entrega de sus memorias, puedes temerte lo peor, ahora que todos estamos escribiendo las nuestras a golpe de blog. Pero ese temor se desvanece a las pocas páginas. Lees a este Coetzee y te dan ganas de dejar de escribir un blog y, sobre todo, de dejar de leer a los demás hasta haber terminado toda su obra.

Coetzee te dice : “Mira, así es como yo creo que deben hacerse las cosas”.

Y te lleva a esa época de su vida en la que vivió en Ciudad del Cabo, peleándose con todo, contra todos y contra sí mismo de una manera muy inglesa : sin que el te en la taza llegara a derramarse. Y después de dejarte ahí, en medio de afrikaneers desorientados, un padre lejano, una casa con humedades, una carrera mediocre como profesor y unas relaciones distantes con las mujeres (los adjetivos pueden cambiarse entre ellos), te recuerda que la verdad sobre alguien está en tres sitios : en lo que los demás piensan de ti, en lo que tú crees que eres y en lo que realmente eres.

Coetzee elige la primera opción, quitándose de en medio de la mejor manera : muriéndose antes de que este libro se escriba. Una especie de número literario a lo Houdini que funciona como la mejor literatura cuando cuenta cómo se vio afectada la vida de cinco personas por el hecho de que su padre y su madre una noche se quisieran mucho y él empujara su semillita dentro de ella.

"Claro que todos somos creadores de ficciones, no voy a negarlo. Pero ¿qué preferiría usted tener: una serie de informes independientes procedentes de una gama de perspectivas independientes, con las que luego podría tratar de sintetizar un todo, o la enorme y unitaria proyección que comprende su obra? Yo no sé qué preferiría" (Página 217).

Como arranque, no está nada mal. Con estas bases, muchos se habrían ahogado ya en esa taza de te, pero Coetzee sigue con una lección de cómo se escribe. Los cinco personajes que aparecen en el libro están vivos de una forma tan intensa que deja en evidencia a mucho de lo que se ha leído hasta ahora y a muchas personas con las que se trata día a día. En este libro los personajes hablan con la cabeza, con el cuerpo, con los sentimientos. No hay ese cruce de guiones que llena páginas para que llegues al final pronto y puedas presumir de haberte terminado otro libro.

“Siempre me habían interesado estos intercambios entre congéneres, cuando las palabras no tienen nada que ver con el tráfico de los pensamientos por la mente” (Página 36).

Aquí ese tráfico queda al descubierto porque el Coetzee del que hablan está muerto, lo que permite que los personajes hablen y sean sinceros. Y, con esa sinceridad, ofrecen la imagen de un Coetzee que da pena. El Coetzee escritor tira piedras sobre la tumba del Coetzee personaje, lo que ya es una lección : uno no escribe sus memorias o un blog para decir lo majo que era.

Un escribe sus memorias para contar la verdad.

La de alguien que no tenía una fuerte personalidad (pagina 231), que no era buen amante (56), que despreciaba la política (219), que era tibio (191), que no estaba a gusto con su cuerpo (178), que como profesor era competente (215), que no encajaba en su propia familia, que le veía como un delincuente (91), que carecía de un espíritu pragmático, guiado mas por sus ideales (66), que defendía el trabajo manual (112), y que se aferraba a la perspectiva de que la gente le leyera después de muerto porque le provocaba consuelo (65). Un tipo al que, como le ocurre a Adriana, la bailarina, no le dejarías que se acercara a tu hija.

A pesar de todo, la verdadera imagen de Coetzee, permanece oculta. Quedan algunas pistas, unos pocos escritos en primera persona, que apenas muestran lo que él de verdad pensaba. Pequeñas escenas redactadas por el Coetzee personaje que se cierran con la parte final del libro, esos fragmentos de las últimas diecisiete páginas sobre la relación con su padre que, por sí mismas, ya justificarían la lectura del libro y que demuestran por qué a este hombre le han dado un Nobel.

“Sobre las mesillas de noche de las demás camas de la sala hay floreros, revistas, en algunos caso fotografías enmarcadas. Sobre la mesilla, junto a la cama de su padre no hay más que un vaso de agua”.

Escribir es saber dónde colocar ese vaso de agua.

sábado, 9 de abril de 2011

Cómo hacer cine para estrenar

He ido a ver “Invasión a la tierra” a un cine. La chica que me ha vendido la entrada llevaba una camiseta anunciando la película, pero no le ha hecho ilusión que quisiera ver precisamente esa película. Parecía pensar en sus cosas, algo pueril cuando está en juego el futuro de la Tierra.

-¿Fila nueve centrada?

Todavía no he desarrollado la personalidad suficiente para negarme cuando me dicen lo de centrada. Es como si te vendieran el solomillo de las butacas. Digo que sí sin saber si la fila nueve está lejos o cerca del fin de la Tierra. Tampoco sé lo que esta chica entiende por centrada. La madre de Belén Esteban dirá que su hija está centrada, por ejemplo. Y no, creo que no.

Tampoco tengo la fuerza de voluntad necesaria para alejarme del cine de ciencia-ficción, que parece cosa de adolescentes o programadores. Alguien con cuarenta y un años no debería ir a ver estas películas, lo sé, pero me tira ese mundo en el que habitan los Harkonen, los pasajeros del Nostromo, los replicantes o los androides brillantes y pedantes. ¿Y ésta, qué tal?. Vamos a ahorrarnos unas cuantas frases ingeniosas y algo de dinero y os cuento que la película es mala. Muy mala. Pero qué mala es.

Pero ahí está, en una pantalla, y, mientras la veía, pensaba que se podían sacar algunas lecciones para que nosotros aquí, a pesar de las subvenciones, consigamos hacer cine que la gente pueda ver. A continuación voy a poner ejemplos que pueden desvelar el final de la película, cuando los marcianos pierden, así que advierto que el que esté interesado en llegar virgen a la invasión de la tierra, debe dejar de leer.

Estas son mis diez recomendaciones para hacer una película de ciencia ficción española. Ahí vamos:

1-Pon de protagonista a un personaje atormentado: Alguien que estaba a punto de jubilarse y marcharse a casa. Aquí es un sargento con traumas, un pasado oscuro y algo que ocultar. Algo serio que ocultar. Nada del tipo : “Pelillos a la mar”

2-Dedica un buen tiempo a la presentación de los personajes. En plan Arguiñano, cuando nos enseña los ingredientes de la receta. Un grupito humano en el que debe haber soldados a punto de casarse, soldados vírgenes, soldados enfadados, soldados con poder pero con falta de experiencia y soldados bromistas. Ni pocos, para que no nos quedemos sin soldados cuando los marcianos los maten. ni muchos para que, cuando lleven el casco y no se les distinga, no sepas de quién están hablando y si te tienes que alegrar o no de que lo hayan matado.

3-Asegúrate de que no pare la música. En plan boda de pueblo. Que la música empiece al arrancar la película y no pare (no pare) hasta que termine. Más que ver una película, las estás oyendo. No sabes si es buena o mala, pero todo lo que pasa debe ser importante porque le han puesto música. El compositor se habrá tomado dos o tres años de vacaciones. Qué fenómeno. Si editan la banda sonora ocupará más que todas las temporadas de Los Soprano.

4-Piensa global y actúa local. Este es un punto fundamental que debería ir en primer lugar, sí, pero se me ha ocurrido después del tercero, así que se queda en el cuarto puesto. Se trata de poner un título amplio, en plan “El fin del Universo” y luego contar cómo el grupo de soldados se enfrenta a esa amenaza tan grande (que ya es grande el Universo de por sí, expandiéndose cada día un poco más, como el déficit de Grecia) luchando entre Tribunal y Gran Vía.

5-Añade un poco de drama. Aquí hay tensión porque, además de que los marcianos se quieren quedar con nuestra agua para utilizarla como combustible (lo que no me parece tan mal, siempre que no toquen el Ribera), hay un problema entre el sargento atormentado y uno de sus compañeros de batallón. A saber : que en esa misión del pasado del sargento, uno de los hombres que se le murió era hermano de uno de sus compañeros de ahora. Mal rollo. ¿No cuidan esas cosas lo de Recursos Humanos de los marines? Hombre, un poco de atención, que se nos están echando los marcianos encima.

6-Pero qué duros son estos marines... La verdad es que los americanos lo tienen fácil. No dejan los marines de gritar “¡Hurra!” y “¿Rendirse? Un cuerno”. Si no sabes qué hacerles decir, siempre puedes poner un par de muletillas de tipos duros. Y venga a gritar.

7-…Y que tontos son los marcianos. Los marcianos son limitados. Todavía no les ha llegado ninguna sonda espacial con el programa de la alianza de las civilizaciones o un libro de conocimiento del medio, así que llegan aquí disparando y con ganas de arrasar con todo. El tema del diseño de los marcianos puede ser algo secundario, como en esta película, que parecen algún tipo de marisco, con la piel dura y dentro blanditos. ¿Cómo matarles?

-Disparándoles a la derecha del corazón – advierte una veterinaria que anda por ahí.

8-Incluye unos cuantos civiles. Quedan bien al lado de los soldados. Mejor si son inmigrantes, para demostrar que los soldados pelean por ti, vengas de donde vengas. En ese trato con los civiles, se les escapa la única escena distinta de la película : un marine atándole un zapato a un niño. Pero esa ilusión dura poco.

9-Mueve mucho la cámara. Otro punto básico. Al que lleve la cámara, le pones un zapato de tacón en un pie y una zapatilla en el otro. Así no habrá quién estabilice la imagen, pero de eso se trata.

10-Cierra con cualquier final y enciende las luces deprisa. ¿Y cómo acabar con los marcianos? Pues atacando su centro de mando, alma de cántaro. Aquí lo entierran como si fuera un rábano. Y todo lo que habéis escuchado sobre coger el rábano por las hojas es cierto. ¿Por qué no se le había ocurrido al Estado Mayor? ¿No dan eso en West Point? Antes de que la gente empiece a hacerse preguntas, pones la palabra fin, enciendes las luces de la sala y lanzas a los escuadrones del cine a limpiar de palomitas el suelo.

Es infalible. No sé si saldrá una buena película, pero sí se podrá exhibir. Yo estaba ahí, viéndola, creedme.

martes, 29 de marzo de 2011

"Trenes hacia Tokio", de Alberto Olmos


Chica 15:38 : Sale sola a fumar y pone pose de fumadora, el brazo izquierdo doblado y pegado al cuerpo y el derecho, con el que sujeta el cigarro, encima. Fuma de pie, caminado despacio, como si pensara en la solución a algún problema de matemáticas. Se quita el pelo de la cara con un movimiento de la cabeza o pasándose la mano del cigarro por la frente, muy deprisa. Tira la colilla en la papelera. Me cae bien esta matemática.

Chicas 16:17 : Una morena y una rubia salen juntas del edificio. Este centro comercial lo forman seis edificios con una zona común en la que hay un lago alrededor del que se podrían hacer carreras de cuadrigas. Las dos chicas, con abrigos negros, dan una vuelta alrededor del lago, jugando a ver quién avanza más despacio. La rubia es la que fuma y habla. La otra se coloca el pelo y mantiene el paso de la otra. Quizás entrenen para unos juegos olímpicos de empresas en los que haya que fumar y correr muy despacio. Les queda poco para el podio. Cuando pasan por debajo de mi ventana, la morena enciende un cigarrillo, le da unas caladas, y se lo pasa a la morena. No sabía que fumar podía ser una comida de dos platos.

Chica 18:22 : Sale del edificio de enfrente y no deja de hablar por el móvil mientras fuma. O al revés. Viste una falda corte de color azul y un jersey blanco. Las botas, cortas, hacen que sus piernas parezcan más grandes. Para el mundo, hoy es un día de otoño, para el calendario, de primavera, para ella, nos encontramos en pleno verano. Lleva colgada la tarjeta de entrada de una cinta muy larga. Cuando camina, se mueve de un lado a otro. Su conversación debe ser rápida, como sus pasos. Unos a la derecha, otros a la izquierda. Cuando se termina la conversación o el cigarrillo, sube corriendo las escaleras de su edificio. Se cierra la puerta detrás de ella y se acaba, de repente, el verano.

Chica 16:41 : La chica de las 16:41 sale del edificio de Nokia acompañada por un chico. Viste una blusa blanca. Como la chica de las 18:22 también salió del edificio de Nokia, deduzco que en Nokia ya es verano. La chica es castaña, con el pelo recogido de una forma un poco anárquica, como si los sábados tuviera un puesto en el que vendiera bisutería hecha por ella. Ese aire tiene. Su compañero, con un pantalón oscuro, una camisa blanca y una corbata también oscura es tan corriente que hasta me da pereza terminar esta frase. El señor corriente habla con una mano metida en el bolsillo mientras decora con la otra sus razonamientos. Ella le mira y fuma y de repente echa una pantorrilla hacia atrás y después la otra. Como si estuviera jugando imaginariamente a la comba. Así de lejos deben andar sus pensamientos de lo que le cuenta el hombre de la mano en el bolsillo. Otra vez una pantorrilla hacia atrás y después la otra. Como la charla debe ser de las que giran alrededor de una corbata, vuelven pronto a su trabajo. Ella tira la colilla en un cenicero amarillo que tienen a la entrada.

Chica 16:57 : Esta es la chica récord. En tres minutos se fuma su cigarrillo junto a una farola, de cara al sol, inmóvil, como si necesitara más el calor que la nicotina. Es alta, con el pelo largo y gafas negras. Parece echar el humo con determinación, impidiendo que esté en sus pulmones ni un segundo más de lo necesario. Gira un poco la cabeza para que se mueva el pelo y se cruza un par de veces el abrigo. Eso es todo. El resto del tiempo permanece quieta, como desafiando al sol : “a ver si puedes hacer algo contra estas gafas que tengo”. Me imagino unas gafas caras, me imagino que es jefa porque baja sola, me imagino que sabe aprovechar el tiempo porque a los tres minutos sube las escaleras rápidamente y echa la última calada antes de tirar el resto al cenicero y entrar. No sé si yo he tardado más en escribir esto.

Chica 17:07 : Es gorda, pero sus manos no son las de una gorda. Se queda a fumar cerca de la puerta de entrada, un poco apartada. Lleva un abierto abrigo marrón, casi del mismo color que su pelo. En la mano izquierda sujeta un vaso de plástico. Con la derecha busca el tabaco en un bolsillo, luego en otro, luego en otro, como si se hiciera un truco de magia a sí misma y tuviera que acertar dónde está. Cuando da con él, saca un cigarrillo y lo enciende sin soltar en ningún momento el café. Por eso digo que sus manos son ágiles. A partir de ese momento es muy ordenada. Fuma con la derecha, bebe con la izquierda, fuma con la derecha, bebe con la izquierda. Mantiene el ritmo del que en el gimnasio hace ejercicio con las mancuernas. Sólo rompe esa rutina cuando descubre que le queda menos café que tabaco y quiere terminar las dos cosas a la vez. Fuma, fuma y bebe. Fuma, fuma, fuma y bebe. Tira el vaso de plástico blanco a la parte de debajo de la papelera y el cigarrillo a la bandeja de encima. La fumadora y la bebedora de café pueden, así, entrar a la vez en el edificio.

Chica 17:11 : Pantalones vaqueros, botas negras y rebeca azul. Con la mano izquierda sujeta contra el pecho una carpeta transparente con hojas. En la derecha tiene el cigarrillo. Le da tiempo a subir y bajar tres veces por la larga y suave pendiente que el edificio tiene para los que no pueden subir escaleras. Me viene a la cabeza el título “The long and winding road”, de McCartney. Su cabeza desaparece tres veces, como si se sumergiera en el mar, lo que me hace pensar en esa escena de Las Horas en la que Virginia Wolf se suicida después de meterse unas piedras en los bolsillos. Si lo de las piedras me lo he inventado, puedo sentirme orgulloso de mi capacidad literaria. Si no, de mi memoria. El caso es sentirse a gusto con uno mismo. Después de sumergirse, su cabeza aparece lentamente, como una Venus renacida. ¿Qué habrá en esos papeles que ha tenido que traerse consigo?.

Chica 17:35 : A partir de las 17:30, en Fujitsu abren las puertas para que la gente le dedique algo de tiempo a su vida personal. Si tienes un cargo importante, sales en coche del garaje, si no, bajas corriendo las escaleras y, sin dejar de caminar, sacas un cigarrillo del bolso y te detienes un segundo, uno, para encenderlo y seguir caminando, como este chica. Abrigo hasta los muslos y dos bolsos en un brazo. Va deprisa. En vez de ascender, el humo traza una línea horizontal y se disuelve, combinándose con el resto de la polución en una mezcla, gracias a Dios invisible. La chica sigue deprisa. O hay mucho que hacer o mucho que dejar atrás.

Mujer 17:44 : Esta que sale ahora, ya la he visto esta tarde. Debe tener unos cincuenta y viste una camisa a rayas gruesas con los puños y el cuello blanco. Lleva una minifalda violeta hasta las rodillas. Me la imagino como secretaria de algún directivo. Está acompañada por otra mujer de su edad. Las dos se pegan al pequeño muro que hay junto a la puerta y se ponen a fumar, disfrutando de la paz que se queda en la empresa cuando todos los demás se han llevado las prisas a su casa para recoger niños, hacer con ellos los ejercicios, prepararles la cena, contarles un cuento y dejar lista la ropa y las mochilas para el día siguiente. Las dos mujeres parecen disfrutar haciendo una lista en silencio de esas cosas que ellas no van a tener que hacer. Este cigarrillo es para recordarse eso. Se acerca a ellas un hombre de cincuenta y muchos con pantalón negro, camisa blanca y poco pelo. Quiero suponer que anda cerca de los sesenta para poder creerme que me quedan todavía muchos años para parecerme a él. Entre los cuerpos de los tres apenas hay comunicación no verbal. Quizás ya han tenido toda la que querían en su momento y este cigarrillo también celebre eso, el poder estar con alguien sin que brazos, ojos, boca, lengua, pestañas, pies o manos establezcan ese diálogo tan evidente como silencioso que acaba resultando agotador.

Chica 18:05 : La última en la que me fijo es una chica bajita, con una rebeca larga de color negro y el pelo recogido en un moño. Como la veo a lo lejos, sólo distingo sus manos y su cara. En una mano tiene el móvil y en la otra el cigarrillo. A veces la mano del cigarrillo baja hasta el cenicero amarillo que tiene la lado y vuelve a subir. No camina. Sólo habla y fuma. Es la postura del que escucha o del que cuenta un problema. Algo relacionado con una madre a la que se le empieza a ir la cabeza o un amigo que se ha quedado sin trabajo. La clase de conversación que has dejado para estas horas porque sabes que puedes hablar más tiempo. Aunque sigas trabajando, el tiempo ya vuelve a ser tuyo. Se mete en el edificio hablando por el móvil.

Hoy termino de leer “Trenes hacia Tokio” y vuelvo a sentir esa extraña euforia que provoca el encontrarse con una mirada que se apoya en un lenguaje flexible. Con libros como éste, uno sospecha que lo que nos hace la realidad tan rígida es el lenguaje que utilizamos con ella, no la realidad misma. Todo guarda un centro jugoso si sabes quitarle la piel con las palabras adecuadas : un viaje en metro, una clase en una guardería, la visita a tu casa de unos posibles compradores, una mañana recogiendo patatas, una comida en una barra, una conversación con una ex novia o un paseo con un amigo que acaba de comprarse un coche. Experiencias que todos llevamos en el bolsillo y que menospreciamos porque nos tomamos la literatura con atención sólo si actúa sobre nosotros como un folleto de viajes: proponiéndonos otros mundos. Pues vale. Así no nos vamos a enterar de qué va esto.

Otra vez el mismo consejo : mira y vuelve a mirar.

Asómate a la ventana, por ejemplo, y presta atención, que está ahí delante. Ahora mismo. Mujeres fumando, como el protagonista del libro, que entran y salen de una empresa japonesa y otra sueca. Con libros así, uno siente ganas de ponerse a escribir. No sé si para bien o para mal. Qué le vamos a hacer.

domingo, 20 de marzo de 2011

"Rango", de Gore Verbinski


Extraña película. Paso por varios estados : somnolencia, aburrimiento, asombro, incomodidad, interés, admiración, extrañeza, distanciamiento, inquietud y desorientación. Parecen los efectos secundarios de un medicamento mezclado con alcohol y temo que tanto a los guionistas como al director les haya pasado lo mismo. Me gustaría preguntarles qué tipo de película querían hacer.

¿Para niños? La respuesta es no o, para no ser tan drásticos, sería una película infantil para ir sin niños: Una película en la que aparece un personaje con una flecha que le entra por el ojo y le sale por la parte de detrás de la cabeza no es para niños. Hasta Tim Burton en su "Pesadilla antes de Navidad" parecía saber dónde estaban los límites

En un momento de la película, un pájaro dice que está listo para aparearse.

-¿Qué es aparearse? - me pregunta Daniel.
-Buscarse novia - improviso.

¿Para adultos? La historia es demasiado simple para ir dirigida a los padres de los niños o, para no ser tan drásticos, sólo sería recomendables a aquellos adultos que consiguieron tomarse en serio Avatar.

¿Entonces? Pues ahí ando, haciéndome esta pregunta. Dependiendo de lo que me responda admitiré que me gusta o no.

Creo que a los guionistas deberían haberles hecho algún control mientras trabajaban en el guión. O decirnos qué tomaron para, como ellos, poder ver esta película en su particular 3D narrativo.

Lo que sí está claro es que el resultado es lo que se puede esperar de alguien que se llama Gore.

viernes, 18 de marzo de 2011

"El oficinista", de Guillermo Saccomanno


En el gimnasio, frente a las hileras de máquinas de correr y de bicicletas, hay varias pantallas que emiten distintas cadenas. En una de ellas se veía esta tarde cómo una autoridad despedía a los bomberos que van a tratar de detener el desastre nuclear de Fukushima, al lado, un periodista comentaba los resultados del sorteo de la Copa de Europa y la suerte de los equipos españoles.

¿Cómo se pueden combinar las dos noticias? Creo que no se puede y que el hecho de que una pueda seguir a la otra, en el mismo programa de noticias, define bastante bien la forma que tenemos de enfrentarnos a la realidad : aunque se caiga el mundo, siempre habrá un partido de fútbol que le quite importancia al asunto. Si hubieran tenido televisión durante la peste negra, seguro que les habría ido mejor.

Esa combinación de noticias es el mejor prólogo que una novela como “El oficinista” puede tener. “Hombres y mujeres completamente normales avanzan a diario hacia su escritorio en una ciudad arrasada por atentados guerrilleros, amenazada por hordas de hambrientos, niños asesinos y perros clonados, vigilada por helicópteros artillados y bautizada con lluvia ácida. Entre ellos, un oficinista dispuesto a la humillación con tal de conservar su puesto…hasta que se enamora y se permite soñar con ser otro. ¿De qué abyecciones es capaz un hombre por aferrarse a un sueño?” Copio el resumen que aparece en el libro para explicar cuál es la razón por la que, entre todos los libros que había expuestos, me decidí por este. 6,95 euros.

Tenía muchas ganas de que me gustara. Muchas. Pero lo nuestro, finalmente, no funcionó. Por diez razones.

1-El protagonista

Es como un caracol que trabaja en una oficina en la que no existen ni sábados ni domingos. Al caracol se le ofrece la oportunidad de copular con una mujer. De esa relación sale el otro, que es el tipo que todos quisiéramos ser, el que se nos sienta en el hombro, vestido de rojo y con cuernos, a decirnos : “venga, ya está bien, ahora mando yo”.

Si pasáis toda la jornada delante del ordenador sabréis a qué me refiero. No se puede vivir sin tener al otro al lado.

2-Escenario pintado

Como en el teatro. Tiene que estar ahí, porque queda feo poner un fondo negro, pero es un fondo en el que, aunque hay helicópteros, perros clonados, explosiones, niebla y gente en la calle, nada tiene relieve. Nada. Si uno se fija, es igual que en las vistas nocturnas que aparecen en algunas películas : ninguna ventana se apaga o se enciende.

Como el cocinero falso que en los restaurantes colocan en la puerta con el menú.

3-La oficina

El caracol está todo el día enfrente del ordenador, preparando cheques para su firma y moviendo expedientes de un lado a otro. Es lo que suelen contar de una oficina los que no han estado en una oficina.

Si hablo del Vietnam, seguramente me salga una escena de Apocalipsis Now, pero es que yo no he estado en Vietnam.

4-La familia

La familia del caracol es extraña, tan extraño como hacer pasar por documental un vídeo de Pink Floyd. Su mujer es gorda y le pega, sus hijos le dan patadas porque quieren galletas y luego, por ahí perdido, hay un chiquillo que nació débil y que recuerda al Gollum.

Con esa distorsión, el protagonista no busca algo, en el fondo está huyendo, agarrándose a lo primero que encuentra, lo que no dice mucho de él ni de lo que acaba escogiendo.

5-Lo políticamente correcto

Que es con el lenguaje : todos y todas…

6-El otro

El que está sentado en su hombro, le propone que se salga de su rutina y que cambie de vida siguiendo esa otra rutina de los que quieren cambiar de vida : cobrar un cheque y marcharse con su amante a alguna playa.

Hubiera sido interesante darle voz a este otro al que sólo se le ocurren pequeñas tonterías de cobarde aficionado, como la de delatar a su compañero o la del robo del collar falso. La moraleja : si eres un caracol, tu otro también tendrá alma de caracol. Interesante para el protagonista, pero triste para el lector.

7-El lenguaje

Si vas al fondo, es probable que no te importe la forma. En mi caso, todas las historias tienen que seducirme por el lenguaje y eso no me sucede con este libro. Aquí no hay imágenes, ni adjetivos.

Es el tipo de lenguaje eficiente para explicarte cómo se programa el video. Frases cortas. Verbos. Sustantivos. Tragas tres pastillas y te tomas el vaso de agua.

8-Esa sensación de haber visto esto antes.

En una mezcla de “Brazil” (80%) , con “El apartamento”(10%) , y “Blade runner”. (10%)

9-Las falta de humor.

Es un libro demasiado serio. Y cuando a uno no se le ofrece nada de lo que reírse, es probable que lo haga cuando no debe.

“Unos ladridos a lo lejos. Perros clonados. Las avenidas y las calles desiertas. Corre hacia el subte. Los ladridos se acercan. Odia correr. Por la renguera odia correr. La boda del subte. Los perros lo persiguen. Los ladridos bajan las escaleras. Por suerte viene un tren. Las puertas se abren. Y se cierran antes de que la jauría pueda subir” (Página 42)

Pues vaya mierda de perros clonados, que no son capaces de pillar a un tipo cojo.

10-El final.

Se plantea el problema : sexo vs amor y al final ni uno ni otro : el tipo a la calle.

He dicho que quería que me gustara esta novela porque la idea que trata me parece muy interesante. ¿Puede existir el amor cuando todo alrededor se desmorona? ¿Es ajeno al entorno o, por el contrario, se adapta a él, transformándose en otra cosa? La teoría del libro es que, desde luego, desaparece : la relación se convierte en sexo o en algo utilitario que garantiza la entrada de dinero. Y, en el caso del protagonista, el único que parece seguir creyendo en él, su postura queda devaluada por culpa de los diez puntos que menciono antes y porque, en el fondo, es un tema demasiado grande para alguien que parece sufrir por arrastrar su propia sombra. Bastante tienen los caracoles con llevar su casa a cuestas.

Como este libro se llevó el premio Biblioteca Breve del 2010, concedido por un jurado compuesto por José Manuel Caballero Bonald, Pere Gimferrer, Ricardo Menéndez Salmón, Rosa Montero y Elena Ramírez, es probable que mi futuro como lector y mucho menos como crítico no llegue muy lejos.

Sí, me marcho a ver algo de Bob Esponja como penitencia.

martes, 15 de marzo de 2011

"Una mujer de nada", de Leonor Paqué


En este libro aparecen personas que en la mano, en vez de un iPhone para consultar el Facebook, tienen una cebolla para comer. Este es el tono de una historia con menos acción que el parking del Carrefour cuando está cerrado. ¿Pero quién quiere acción?.

Igual tú, claro, pero entonces deberías levantarte y abandonar la sala. Por si todavía te lo piensas, te voy a recitar una lista de diez palabras : arcilla, porcelana, cabras, hambre, negro, deseo, frío, cuevas, guerra y soledad. .

-Me podría agarrar a eso del deseo.

Pues es ese tipo de deseo con grietas que apenas sirve para contener nada, como si antes de pensar en llenarlo ya intuyeras que el esfuerzo fuera inútil.

-Pues me marcho.

Muy bien. Ahora que estamos casi en intimidad, premio a los que siguen en sus sillas plegables con un párrafo del libro :

“Algunas tardes, con la fresca, María se sentaba en la puerta de la cueva y aprovechaba la última luz del día para coser prendas o remedar. Era la mejor hora, con el sol naranja-rosa escapándose tras las lomas dando a todo un tinte de fantasía. La gente salía a llenar las cántaras de agua para el servicio de la casa, a por la leche recién ordeñada de las cabras o a hablar simplemente con los vecinos que se encontraban a su paso. Ella podía divisar todo el pueblo desde su puerta y a sus niños jugando en la era con los demás” (Página 113).

María es la protagonista del libro y esta escena, tan tranquila, como de anuncio de quesos, es una excepción en una vida que parece plantada en tierra seca : ahí donde naces es donde te vas a morir, por más hijos que traigas al mundo, por más que te esfuerces por los tuyos, por más que trates de conservar la cabeza en un mundo en el que lo animal pesa más por culpa del hambre.

En el mundo de María, la gente come cebollas, se hace la ropa con sábanas viejas y vive en cuevas excavadas en la montaña, como metáfora de la imposibilidad de profundizar en sus propias vidas más allá de unos pocos metros. La vida de cada uno es sólo un trozo más al final de una cuerda familiar que se hunde en un pozo sin agua. Y, para que la fiesta sea completa, hay una guerra que se lo lleva casi todo y lo poco que se mantiene en pie acaba destruido por hombres y mujeres que parecen utilizar el sexo como una forma de venganza contra todo.

Así era este país para los pobres hace unos años. Y aún era peor si, además de pobre, eras ese tipo de mujer de nada a la que hace mención el título.

La historia de María, obligada a tirar de su familia, sin la ayuda de un marido con el que apenas puede contar, podría haberse convertido en un bloque de granito imposible de mover si Leonor Paqué no hubiera cuidado el tono, la escritura y sus tiros no se hubieran dirigido a las dos porterías : los hombres no salen bien parados, pero la mayoría de las mujeres tampoco.

Leonor guía la narración con pequeños toques, evitando que se salga de una senda estrecha y sinuosa con un barranco a cada lado : el melodrama a la derecha y el aburrimiento a la izquierda. Ella se limita a avanzar tranquilamente, tratando cada momento con cuidado, como si en esa atención y no en la explicación o la exaltación estuviera el valor de lo que quiere contar:

“Transcurrieron dos inviernos y comenzaba a reventar una primavera que se colaba por las rendijas de los suelos haciendo crecer la hierba” (Página 23).

Y como esa hierba es la escritura de Leonor, colándose por los bloques de la historia, haciendo que la figura de María se vaya definiendo poco a poco. Es una acumulación de escenas cortas que funciona como los cuadros en una exposición, cada una con un sentido propio que adquiere más valor por estar rodeada de los demás. Pienso, por ejemplo, en la descripción de la muerte del padre, en ese dedo masajeando las sienes del padre para calmarle y en sus pensamientos. (Páginas 104-106)

A un nivel más detallado, y a pesar de lo duro del tema, todo el libro parece envuelto por ese aire de domingo por la mañana en el que los objetos y los gestos parecen más exactos, más definidos. Basta que la mirada se centre en ellos para que adquieran un significado especial, a veces más importante para la historia que una conversación entre personajes.

Hasta aquí, lo bueno del libro. Lo malo, tranquilos, sólo ocupa un pequeño párrafo. A saber :

Lo único que no me ha gustado del libro es ese epílogo que apenas añade nada. Un premio para el personaje pero un paso en falso para un lector que habría agradecido la rotundidad de un final duro pero preciso como el de la página 171.

“Como ella no se movió, dejó el tazón y salió.
Eran las últimas palabras que iba a escuchar de sus labios”.

Cerráis ahí el libro y ya podéis actualizar Facebook a ver en qué malgastan los demás su vida. Si os apetece, podéis escribir en el muro : “Después de este libro, uno piensa que la mayoría de nuestros problemas sólo pueden escribirse en minúsculas”. Y seguro que os llueven amigos.

viernes, 11 de marzo de 2011

"Fuera de serie", de Malcolm Gladwell


Cuando se publicó este libro, los periodistas se quedaron con la anécdota : la teoría de que, para ser bueno en algo, hay que dedicarle 10.000 horas. Por eso han tenido éxito los Beatles o Bill Gates. Y se quedaban tan tranquilos los periodistas.

Todavía los hay que siguen mordiendo ese titular y no lo sueltan. Cómo son.

Lo de las 10.000 horas no es lo fundamental de este libro. Es probable que los periodistas al hablar de él no quisieran entrar en el núcleo, que se resume en una frase con espinas : la historia de éxito individual no existe, depende del mundo en el que uno crezca.

-Un mundo con una cultura.
-Un mundo con unos padres.
-Un mundo con un entorno económico específico.
-Un mundo con su propia demografía.
-Un mundo con sus golpes de suerte.
-Un mundo su política educativa.
-Un mundo el que se respete más o menos a la autoridad.
-Un mundo descendiente o no de la tradición del cultivo del arroz.
-Un mundo en el que nacer en Enero o Febrero puede ser básico.
-Un mundo en el que se produzca una revolución tecnológica.

Puedes ser el tipo más inteligente del mundo, como Christophen Langan, y no destacar por no haber tenido a tu favor los suficientes puntos de la lista anterior. De hecho, puede bastar con que tus padres no te hayan enseñado a desarrollar una inteligencia práctica para que tu potencial se quede sólo en eso.

Pues vaya. No, no basta con cerrar los ojos y repetir “lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero”. No basta. Este no es lo que se dice un libro de autoayuda, así que no lo pongáis al lado de "El secreto" por si les da por revivir la historia de Caín y Abel cuando no miréis.

“Todos los fuera de serie que hemos visto hasta ahora son beneficiarios de alguna especie de oportunidad insólita. Las rachas de suerte no parecen ser excepcionales entre los millonarios del software, los ídolos del deporte y los conjuntos de rock. Parecen ser la norma” (Página 63).

Lo que quiere decir que uno puede llegar con las diez mil horas de fichas a la mesa del casino y salir con las manos vacías. Los diez puntos anteriores son relevantes. Puede fallar uno de ellos y no servir de nada el esfuerzo. Algunos se pueden controlar, como la forma que uno tenga de relacionarse con la autoridad, pero hay otros, como el año en el que se nace, que ya es una variable fija.

En España, por ejemplo, hay mucha diferencia entre haber nacido en 1976 o 1996. La respuesta políticamente correcta es que no la hay, porque todos somos hijos de la Constitución y una madre quiere a todos sus hijos por igual. Lo que es cierto, sí, pero en 1976 nacieron 314.830 más niños que en 1996. Cuando los de 1996 lleguen a la Universidad, tendrán que competir con 314.830 personas menos para conseguir un sitio, y lo mismo sucederá con el trabajo o una casa. Tomando como base, claro, un entorno económico similar, lo que tampoco va a ser el caso, pero eso ya es otro aspecto.

Así que lo que el bueno de Malcolm Gladwell viene a decir es que ni los ganadores tienen todo el mérito de su éxito ni los perdedores toda la culpa por su fracaso. No lo podemos controlar todo y eso es algo que a veces juega a nuestro favor y otras en contra.

La vida es así de perra, en resumen. "Al que tiene le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado" (Mateo,25,29). Para que luego digan que la Biblia no es divertida.

martes, 8 de marzo de 2011

"Pólvora negra", de Montero Glez

Me termino “Pólvora negra”, de Montero Glez. El libro no me ha gustado tanto como otros suyos; pero Montero, sí. ¿Cómo no me va a gustar alguien que escribe

“Con los muslos pegados y el esmalte del placer en la guerra de sus ojos, Nora Folk le dedicó una sonrisa húmeda, de esas que nunca secan la memoria” (Página 152) ?

Con frases así, a Montero le digo que sí, mientras niego con la cabeza al pensar en el libro. El libro recibió un premio que tal vez comenzó como una recomendación “cubre con tu estilo todos estos libros sobre el atentado a Alfonso XIII a ver si la gente se sirve un trozo de la historia de España”. Quizás no fuera así, pero, mientras leo, tengo la impresión de que la historia le ha venido a Montero de fuera y que la obligación de serle fiel impide que el resultado sea mejor.

Una paletada de estilo, otra de Historia, una de estilo, otra de Historia

O, lo que es lo mismo, me gusta, no me gusta, me gusta, no me gusta. Así que mi opinión sobre el libro depende del momento en el que se me lo pregunte, como en la vida misma : hay días que quieres a tu pareja y días que no, hay días que quieres a tu madre y días que no, hay días que te quieres a ti mismo y días que no.

Si me pillan pisando la frase del esmalte del placer diré que sí. Hay muchas más en las que digo que sí :

“Y sigue diciéndole cosas con una voz que parece arrastrada por un camino de tierra” (Página 9)

“La historia del Mateo, el anarquista, se estaba bebiendo a tragos por las tabernas de Madrid. Era joven, con pintas de escritor, y venía de Barcelona. Traía un drama, aún sin escribir, en el fondo de su maleta” (Página 53)

“Al igual que todo hijo de vecino, el teniente Bletrán se conocía al dedillo el árbol ginecológico de la mayoría de os invitados. En esos momentos acababa de entrar la Chata con el grotesco temblor de sus mantecas. Portaba el abanico en ristre y daba órdenes a lo largo y ancho del templo. Tenía más de cincuenta años y, desde siempre, había aparentado ser lo que era ahora, una mujer fondona y con la fatiga prendida al pecho. Cuanto más descansaba, más cansada se sentía” (Página 62)

“Su corazón es una bomba de relojería que descuenta segundos en cada latido” (Página 64)

“Una introducción crujiente de pomposidad” (Página 82)

“El Cojo, con arrugas de astucia en el marco de los ojos, le dijo que sí” (Pág 139)

“Cabía la posibilidad de que, entre el gentío, apareciese de pronto un chiquillo cargado de mocos y hambre, entrenado para apretar el gatillo” (Pág 148)

“El Mateo abrió la boca, como si de golpe y porrazo hubiese comprendido que todo aquel caos encubría un orden interno; una línea tan recta como la soga del ahorcado” (Pág 177)

“El sombrero como una caricia de fieltro entre los dedos” (Página 276)

Creo que al estilo del Montero le sienta mejor bailar sin seguir los pasos que marca en el suelo la Historia. Al torpe, esa guía le viene bien, porque le ofrece personajes, escenarios y trama, pero con Montero eso parece quitarle más que lo que añade. Montero es de los de crear personajes y dejar que ellos con la nariz o con otras partes de su cuerpo olfateen la historia, no al revés

Ese teniente Beltrán, por ejemplo, mellizo del Diablo, con sus dientes como puñales, sus ojos de plomo, sus mano de anillos, sus habanos amenazantes y sus escupitajos sobre todo y sobre todos, habría dado mucho más de sí en otro ambiente. Encerrarle en una acción tan limitada es como poner a nadar a un tiburón en una piscina hinchable.

Dicho lo anterior, hay que destacar que queda al final el sabor de la mezcla de sudor, sangre, carne y violencia de un Madrid que, visto desde el sofá de un Starbucks, está más lejano de lo que señala el calendario. Un Madrid en el que parecía darse una vida más incierta, limitada y dura, sí, pero más densa que la que ahora, limpia y aguada, nos ofrecen. Y eso, sí, es una medalla más que el Glez se puede colgar en el pecho, no se nos vaya a molestar.

lunes, 28 de febrero de 2011

"El discurso del rey", de Tom Hooper

Qué bonita es esta película y que limpita está, como un mantel perfectamente colocado en el que se hubiera dispuesto un platito con pastas. Nos servimos un café y les vamos dando mordiscos a las pastas : esta película alimenta tanto y es tan útil que no debéis dejaros ni las migas.

La de veces que van a hablar de ella en seminarios sobre la superación, la voluntad o el esfuerzo. Ya lo estoy viendo, con los ojos cerrados y todo, en una sala repleta de ejecutivos que acuden a un curso con el nombre en inglés.

-¿Habéis visto “El discurso del rey”?

Y los más aplicados dirán que sí con una sonrisa de complicidad. Y los que no, desearán hacerlo en cuanto puedan

Claro. Esta es la típica película que pronto aparecerá en esa sección de El País Semanal que dedican a la psicología. Ahí acudes con un síntoma y te recetan una película, sana, sana, culito de rana, para que te cures y ya no te duela esa parte del alma que tanto te escuece cuando te tocas.

Por ejemplo :

-Para asumir la importancia de estar en contacto con los demás : “Amar la vida”, de Mike Nichols.
-Para demostrar que necesitamos amarnos a nosotros mismos : “Alice”, de Woody Allen
-Para ejercitarse en el cuidado de los mayores : “El hijo de la novia”, de Juan José Campanella.
-Para aprender a cambiar nuestra realidad : “¿Y tú qué sabes”; de Mark Vicente; “Cadena de favores”, de Mimi Leder; “El curioso caso de Benjamin Button”, de David Fincher.
-Para saber si cambiar de apariencia nos puede cambiar la vida : “El rey pasmado”, de Imanol Uribe; “Belleza robada”, de Bernardo Bertolucci.
-Para reconocer lo dañino de ver el mundo de una forma negativa : “Wall street”, de Oliver Stone; “American beauty”, de Sam Mendes; “La guerra de los Rose”, de Danny DeVito; “La hoguera de las vanidades”, de Brian de Palma; “La edad de la inocencia”, de Martin Scorsese.
-Para admitir la importancia de nuestra parte inconsciente : “Inconscientes”, de Joaquín Oristrell, “Picnic”, de Joshua Logan, “Memento”, de Christopher Nolan.
-Para diferenciar entre estar solo o a solas : “Solas”, de Benito Zambrano, “Hable con ella”, de Pedro Almodóvar, “Barcelona (un mapa)”, de Ventura Pons.
-Para ayudarnos a encontrar la vocación : “En busca de la felicidad”, de Gabriele Muccino
-Para descubrir cómo hemos de vivir : “La vida es bella”, de Roberto Benigni; “Cadena de favores”, de Mimi Leder; “Invictus”, de Clint Eastwood.

El problema es que (siempre hay un músico que desafina y creo que ése soy yo) en esta película tan llena de todo no han dejado un hueco, ni pequeño, para meter un poco de cine. Nada. La maleta ya estaba hecha para ir a recoger el Oscar y no se podía quitar ni un personaje ni un diálogo para darle un poco de peso a la historia.

A ver : os dejo deberes. Id, por ejemplo, al episodio 5 de la tercera temporada de Mad Men, en el que se cuenta el nacimiento de Eugene. Ese mismo. Lo veis con atención (los niños en la cama y el móvil apagado) y después podéis ir en paz y cumplir con el rito de “El discurso del rey”. Y ya está. La diferencia entre lo que pesa uno y otro es lo que, para mí, es cine.

Y aquí se acaba mi homilía, mi pequeño pero selecto grupo de fieles.