sábado, 7 de abril de 2012

iTeatro



iTeatro : Sé que con esta crítica no me voy a ganar ningún amigo y que, por el contrario, es posible que más de un anónimo se pase por aquí a desahogarse como el que echa la basura en el contenedor. Bueno. Sea.

Aunque, para curarme en salud, más que una crítica al musical, lo que pretendo es hablar del tipo de musical que éste sobre Gerónimo Stilton representa. A saber : todo lo que la tecnología puede hacer por una obra para que uno no tenga que pensar en una obra. O, dicho de una forma más directa, ese tipo de representación en el que el escenario te importa bien poco porque lo estás sustituyendo por una pared, la famosa cuarta pared, que en este caso es una pantalla transparente, en la que se proyectan trolls , dragones o arcos iris digitales. El iMusical para niños. El iPad de tus padres a lo grande.

Mal, chicos, muy mal. Es cierto que estamos en crisis, vale, y que esto ahorra mucho atrezo y elementos del escenario, correcto, pero este no es el camino. No, chicos, y menos ante un público infantil al que hay que presentarle una silla, una silla a secas, no una isilla, y transformarla, cosas del teatro en otra cosa. Parte del encanto del teatro es mostrar que los objetos tienen varias interpretaciones y que a veces basta con un poco de imaginación para descubrirlas. Imaginación a secas, chicos, no iMaginación, que perdemos el norte.

Al eliminar cualquier juego con los objetos, todo se hace evidente al mostrarlo digitalmente. Hablan de lluvia y ves illuvia, hablan de un castillo y ves un icastillo, hablan de un unicornio y ahí tienes un iunicornio de verdad, todo digerido. Con lo fácil que es ahora contratar a un unicornio y echarle con la reforma laboral, no entiendo por qué, por qué, aparece tanto personaje digital.

Pero al musical le han dado premios y a este blog de mierda sólo se acercan unos cuantos perros vagabundos más por cariño o por pena o por ninguna de las dos cosas. Escuchad a los premios, que ellos saben.

Por lo demás, imaginación hay bastante poca. Sin el apoyo de las imágenes digitales, los personajes no saben muy bien qué hacer y se pasan la obra saliendo por la izquierda y entrando por una puerta al fondo a la derecha para ayudar a un hada en un recorrido que parece un paseo por las áreas temáticas de Disneylandia. O algo así. El protagonista es Gerónimo Stilton, pero podría serlo Mortadelo porque ni es un mundo de ratones ni importa que sea periodista. Sugiero lo de Mortadelo porque de él sí que he aprendido mucho. Y las risas que me he echado.

La obra ensalza la amistad y eso siempre es de agradecer porque irse de vinos solo es bastante triste y es bueno que los niños lo aprendan.

Y ya sé que no está saliendo un post muy objetivo pero es que creo que a un niño se le lleva a un teatro, entre otras cosas, para alejarls de las pantallas y de lo virtual. Lo virtual y el iPad están muy bien para aprender chino jugando y para repasar las tablas de multiplicar. Pero un teatro, un escenario, tiene una reglas distintas y encontrarte con una pantalla gigante es como ver a un cirujano operando del corazón con un cigarro en la boca. Un escenario es algo que debe respetarse, algo a lo que debe irse con una propuesta honesta, por muy salvaje que sea, como si fuera una ofrenda.

Sólo hay un momento en la obra en la que la tecnología parece seguir a la acción y completarla y es justo al principio, en el número inicial. Ahí se marca un camino que se abandona muy pronto. Ya puestos ¿por qué no haber creado a los actores virtuales? ¿Y al teatro? ¿Y a los espectadores?

Acaba la obra, que me hace recordar con agradecimiento el trabajo del equipo del musical Shreck, y nos acercamos a la cava baja a disfrutar del bullicio de la gente. Gente, gente y más gente. Y en los locales, pizarras con los nombres en tiza de vinos desconocidos.

viernes, 6 de abril de 2012

Granizo



Granizo : Estoy solo en la casa, leyendo el Babelia entero, algo que no hacía desde hace mucho tiempo. A pesar de que está oscureciendo, no he encendido la luz porque los ojos se han ido acostumbrando, poco a poco, lo que, ya sé, no es aconsejable para la vista, pero le impone cierta urgencia a la lectura : tengo que aprovechar la luz y el tiempo para leer lo que quiera. Voy saltando de un artículo a otro guiándome por una frase entre comillas, una fotografía de Marilyn, la portada de un libro que he leído o la mención a Nietzsche. Me siento como en esos hoteles en los que te demoras un poco sin saber que el horario del desayuno está adaptado a los extranjeros y al bajar te encuentras con que algunas jarras de zumo están vacías y en las bandejas en las que debería haber jamón serrano o donuts recién hechos (recién abiertos) ya no queda nada. Podría encender la luz, pero al hacerlo dejaría la lectura para más tarde y se perdería ese ambiente tan apropiado para leer temas culturales. Por eso sigo leyendo, atento, fijándome en cada frase como si escondiera una indicación que seguir, hasta que un ruido me distrae.

Me recuerda al sonido de la grava cayendo. Primero un golpe seco y, poco a poco, más y más. Me asomo a la ventana y veo cómo caen pequeños trozos de hielo al suelo. Al golpear el suelo rebotan un par de veces antes de quedarse quietos, lo que la sensación de que el suelo hirviera. Abro la ventana para coger uno de los que se han quedado en el alféizar : más que en el hielo, me hacen pensar en esas capas de azúcar denso que cubren algunas tartas y que se convierten en trozos pequeños cuando las cortas (y el placer de llevarse uno de ellos a la boca no se parece en nada al del trozo que cortas con el tenedor). Lo devuelvo al alféizar. En el patio al que da la ventana hay varios juguetes abandonados. Entre ellos un coche que, cortado por la mitad, similar el que decoraba la pared de un restaurante mexicano al que fuimos los cuatro, da la sensación de tener el morro enterrado en el suelo. El granizo que se va acumulando alrededor de él muestra que estaba en el sitio justo y que el momento apropiado es éste, en el que no hay ningún niño alrededor para disfrutar de él. 

Como estoy solo, puedo observar el patio sin que ningún comentario me distraiga, centrado en ese ruido del granizo. No me sorprende, por la forma de caer, que la nieve sea un concepto femenino y el granizo masculino. Por la violencia y la rapidez con la que trata de cubrir todo sé que, aunque no soy ningún experto en granizo, es cuestión de un par de minutos. Igual que esos concursos en los que tienes que realizar una tarea en un plazo fijo, aquí parece que existiera un tope de tiempo lograr el objetivo de tapar la mayor cantidad de superficie posible. Es un sonido que le va bien a la tarde. Con la misma rapidez con la que empezó a caer, comienza ya a amainar. Las nubes se van sacudiendo las últimas piedras de hielo, que caen sin atraer el mismo interés, demostrando que hasta en la Naturaleza importa el orden.

Tras la última piedra comienza a llover, disolviendo el granizo y quitándole el orgullo de lo sólido.

Vuelvo al Babelia. Sé que he perdido tiempo con el granizo y que eso ya a significar que algún artículo se quede sin leer. No me importa demasiado. El sonido que hay ahora en la casa es distinto, relajado, el que rodea a las cosas cuando están ordenadas. Me gusta regresar al periódico abierto sobre una mesa grande. Los artículos se ofrecen con cierta voluptuosidad que no se encuentra en ningún formato digital. Aquí, frente a las hojas desplegadas, se lee con todo el cuerpo, siguiendo el movimiento de la cabeza según recorre las fotografías o las frases, con las manos agarradas entre los muslos, sueltas sólo para pasar la página y volver a su posición original. Frente a una pantalla, la cabeza y hasta los ojos apenas se mueven : no es la cabeza la que va al texto, sino el texto, ampliando o disminuyendo la imagen con falsos pellizcos sobre el cristal, el que se acerca a los ojos. Leer en este momento es recuperar el placer de involucrar a todo el cuerpo en la interpretación de lo que está ahí escrito.

La luz prácticamente desaparece cuando termino un artículo sobre los últimos días de Nietzsche, en ese último instante de lucidez antes de sumergirse en la locura de los últimos diez años de vida : “Madre, soy tonto”. No hay nada más que añadir. Encender la luz ahora sería alargar de forma artificial algo que ya ha tenido su punto final. Y así deber ser.

jueves, 5 de abril de 2012

A lo grande



A lo grande : Como ya es tarde, en la churrería no están los municipales que vienen a primera hora en grupo, con el uniforme todavía planchado, transmitiendo el mensaje de que las cosas tienen arreglo, que el mal todavía se escribe con minúscula y que queda tiempo para combatirlo después, cuando se acaben los churros, se le haya echado un vistazo rápido al Marca y el sol haya tenido tiempo de calentar un poco las sombras. En su lugar hay muchos clientes que ocupan las mesas y la barra prestándoles al café y los churros la atención del que lleva mucho tiempo pensando en ese momento.

Detrás de la barra se mueve una camarera negra, alta, con el pelo largo y rizado recogido en una coleta. Le pido una porra y tres churros y dos cafés. Ella traduce el pedido para la gente de la cocina y le hace un gesto a la otra camarera que se mueve entre las mesas. Poco después se acerca con una bandeja en la que hay tres porras y un churro. Le hago un gesto a la alta y ella me dice que ése no es nuestro pedido. Me sorprende que alguien haya pedido lo contrario.

Al rato se acerca la que sirve los cafés. En la bandeja trae dos jarras metálicas. Una con la leche caliente y otra con la leche fría.

-¿Cómo quieren el café? – nos dice.

Antes de servir la leche, agita un poco la jarra. Sirve con cuidado un café y después el otro. Veo este gesto como una forma de resistencia ante la gran ola que se acerca. Lo anuncian los periódicos y me lo dice mi madre :

-Empiezo a ver las noticias y tengo que apagarlas porque me entra miedo. Sobre todo por vosotros.

Bueno, me gustaría decirle, lo único que podemos hacer es esto. En vez de eso, le explico la cantidad de deuda que tenemos que financiar este año; que, aunque no lo sepamos, nos la vamos jugando subasta a subasta porque si ese dinero deja de llegar no podríamos pagar los vencimientos comprometidos y la maquinaría se pararía con una sacudida que haría que retrocediéramos un par de décadas.

-¿Y qué podemos hacer?

No le digo nada. Aunque creo que estar aquí sentados, charlando, desayunando junto a los demás, viendo a las camareras y pidiéndoles que nos sirvan la leche caliente es ya una forma de resistir. Otra es pensar que nuestros problemas están controlados por los municipales que madrugan y entran aquí a desayunar. Si la onda de la explosión monetaria nos alcanza, convirtiendo nuestro dinero en polvo y dejando los edificios de los bancos intactos, lo mejor será que nos encuentre aquí, charlando, evitando que al pensar a lo grande no nos fijemos en los detalles : la coleta de la camarera y el gesto de la jarra de la que nos sirve la leche. 

miércoles, 4 de abril de 2012

Mariposas en los ojos



Mariposas en los ojos :

“Mi hijo, que tiene ocho años, preparó un plan para las hojas de este año. Llenó seis grandes bolsas de papel de embalaje con ellas, y las guardó en el granero, para que cuando mi hermano y mi cuñada viniera de visita con sus hijos pudiera formar un montículo. El plan ha dado resultado, lo que no ocurre con todos sus planes. El montículo era grande y las hojas estaban secas, no húmedas, y mi cuñada y yo tomamos muchas fotografías de niños sonrientes saltando sobre pilas de hojas y lanzándolas al aire, y yo experimenté un momento de leve temor cuando me di cuenta de cómo sería el futuro. Supe que recordaría ese momento más que otros quizá más valiosos o más representativos porque estábamos tomando fotos”

“Una caja de cerillas” –Nicholson Baker – Página 42

En el menú de Diverxo se anuncia que se permiten las fotos, pero que no se recomienda hacerlas para no rebajar la calidad de la experiencia. Me sorprende ese planteamiento en un restaurante en el que se cocina, primero, para los ojos.

Es fácil pasar por alto este restaurante, que, desde fuera, y con ese nombre, puede parecer una local oriental con cierto nivel en una zona en la que hay mesones con barriles como mesas, casas de comidas con sillas metálicas apiladas en la acera, locales de empanadas argentinas y una cafetería con las ventanas abiertas en las que un camarero atiende a las dos únicas clientes que , sentadas en una mesa junto a la puerta, miran a la calle.

Nada más entrar, a la izquierda, en la zona de la cocina, leo en un cartel una advertencia sobre el uso de la batidora. A la derecha veo una bodega en la que las botellas están colocadas como obuses listos para repeler uno o dos desembarcos enemigos.  Un camarero de negro nos lleva a nuestra mesa en una zona que parece el anexo de otra grande, inexistente, y en la que predomina el negro.

Como excepción en ese ambiente de colores oscuros, una pared está repleta de mariposas de colores. También se hace mención a las mariposas en una hoja que explica la filosofía del restaurante. Y mariposas también hay en el diseño del ordenador que usa el encargado cuando ya quedamos pocas mesas y llega el momento de hacer cuentas. Además de la evocación de las mariposas, se utiliza la imagen de la montaña rusa para marcarle al cliente las coordenadas que aquí usan en la cocina.

Y, en el menú, el comentario sobre las fotografías.

El recurso de las mariposas me parece más sugerente si se interpreta como símbolo de aquello que atrae tu atención y no puedes atrapar. El menú no anuncia los platos, únicamente ofrece tres posibilidades según lo que se desee comer y el precio que se esté dispuesto a pagar. Posteriormente, los camareros los van depositando en la mesa y presentando con una cantidad de información que es imposible asimilar si no se es un profesional. La impresión inicial es de sorpresa al escuchar la gran cantidad de ingredientes y los procesos que son necesarios para elaborar ese pequeño plato que tienes delante.

Tan pronto de marcha el camarero, mi primer impulso es el de hacerles un par de fotografías deprisa,  como si el salvoconducto que se me ofreciera fuera temporal. En el resto de las mesas nadie hace fotografías con sus móviles. Consultan rápidamente algo en ellos o llaman para preguntar cómo va el Madrid. Parecen pertenecer a ese grupo de clientes que, acostumbrados a locales como éste, pueden dejar lo de la fotografía para una próxima visita o a los que, como yo, al usar la cámara del móvil, demuestran que están aquí de forma excepcional, no como parte de esa rutina a la que un titular económico, por gruesas que se hayan escrito sus letras, jamás podrá modificar. 

En ese sentido, sé que me delato con cada fotografía que hago, pero no es solo un tema de recuerdo. Es algo más sutil y difícil de definir que tiene que ver con ese leve temor del que habla Nicholson Baker. Se suele oponer la fotografía a la experiencia como argumento contra los que la utilizan como un sustituto de la experiencia. Pero ésa es solo una forma de utilizarla. Otra, como en este momento, tiene algo de reconocimiento. Se hace la fotografía a cada plato para poder analizarlo más tarde y disfrutarlo de nuevo al percibir nuevos matices. A veces el momento es tan denso que no se puede experimentar completamente en el instante y te lo llevas, en forma de fotografía, para recuperarlo más tarde. Como el que vuelve una y otra vez sobre una canción.

Y justo eso es lo que le sucede a la propuesta de Diverxo : excede la capacidad de cada instante. Estéticamente, si no fuera por la ayuda de la fotografía, cada plato exigiría una lenta contemplación que alargaría la cena en un par de horas más. Hay mucho que mirar y degustar antes de llevarse la comida a la boca. En todos los platos hay creatividad, originalidad, un toque de humor, otro de riesgo, otro de juego, otro de pintura, otro de desafío, otro de ironía. Parece que en el origen de todos ellos hubiera habido una imagen más que un sabor y que al dictado de ella hubiera venido lo demás, preparado todo ellos en una cocina en la que podrían imaginarse manos de todas las edades preparando los platos.

Todo este ejercicio podría utilizarse también como crítica para este tipo de cocina. Pero esa posibilidad desaparece en el instante en el que cada uno de esos platos llega a la boca, que reacciona como si los rascacielos de una ciudad iluminaran todas sus ventanas en mitad de la noche. Las mariposas de los ojos pasan entonces a la boca.

martes, 3 de abril de 2012

Un lento brochazo




Un lento brochazo : La gente que acude al gimnasio por la tarde va más tranquila. Entre ejercicio y ejercicio, sin demasiada prisa, se dedica a charlar. Todas las máquinas están ocupadas y haces el ejercicio que puedes, no el que quieres. En el cristal nos reflejamos todos los que, en bicicletas o en cinta, nos esforzamos en sudar.

Cuando abren, a las siete de la mañana, todo es más preciso. Se presta más atención a los relojes que van marchando el tiempo que queda para ducharse, poderse la camisa, la corbata y salir al trabajo con esa distancia de ventaja que te da el haber hecho algo de ejercicio y que vas a mantener todo el día.

En cualquier caso, siempre me llama la atención todo ese esfuerzo que no se traduce en movimiento. Se corre para estar en el mismo sitio. Se levantan pesas que acaban en la posición inicial. Es una aparente pérdida de energía que no busca su utilidad, sino sólo perderse, gastarse, agotarse. Aunque nos decimos que la rutina nos agota, basta pasarse por un gimnasio para darse cuenta de que no se trata de un tema de energía : nos sobra. Es otro tipo de agotamiento, quizás el que surge de esa sensación de tener tanta capacidad para producir tan poco, del que esa cinta sobre la que se corre es un símbolo. Sudamos para no empezar a gritar.

Hoy voy por la tarde y cuando salgo empieza a llover. El cielo se oscurece y la luz que sale de la piscina adquiere una presencia que me obliga a pararme y a mirar a pesar de que me esté mojando. No me importa. Ahí el esfuerzo se convierte en movimiento. Van de un lado a otro en cada calle con la tranquilidad del que da un lento brochazo por la pared, una capa, y, encima, otra. Son el cursor que va recorriendo la línea, cubriéndola de letras. Se llena un renglón y se recorre la calle para empezar de nuevo.

Me quedo mirando hasta que recuerdo exactamente el olor del cloro.

lunes, 2 de abril de 2012

Informe de daños



Informe de daños : Lo vamos asumiendo : poner orden en la casa cuando los mellizos andan por aquí es como plantarse en una duna con una escoba, que para qué. Ponemos una hoja encima de otra, y agrupamos los libros y colocamos los zapatos uno al lado de otro y encerramos las figuras de lego en un caja y…

…y el caso es que hay un doble problema. El primero es que, no importas lo que hagas, a cada acto le siguen unos puntos suspensivos…como estos…así…que te recuerdan que hay otra cosa por hacer y otra…así…lo que no estaría mal si no fuera porque necesitamos parte de ese tiempo para dormir, respirar o darnos una ducha de vez en cuando…


…el segundo es que el esfuerzo que se necesita para que las churras estén con las churras y las merinas con las merinas no guarda ninguna relación con lo que les cuesta a ellos volver al estado inicial. Son el viento rondando la Puerta de Alcalá construida carta sobre carta. Miras a otro lado y cuando te fijas, el truco ya está hecho y las churras están con las merinas, y viceversa, y unas merinas andan solas, y unas churras se han escindido en cuatro subgrupos y hasta hay una que se declara ni churra ni merina, otra que te dice que nació churra pero que se siente merina, otra que cambia de una a otra a lo largo del día, otra que te dice que su nombre se escribe txurra, otra que qué pinta aquí, si tenía un grupo de teatro en Burgos, otra que sabe dónde va pero no de dónde viene, que se siente, dice, “sin remite”, otras dos que piden que se les reconozca su unión, otra que se define oveja, sin más, y al final, en una esquina, el grupo de las asustadas, que me preguntan :

-¿Has visto a Babe?


…en todo esto pienso cuando entro en el cuarto de los mellizos y veo el mapamundi magnético en la pared con las piezas descolocadas. Mentalmente ya lo estoy ordenando, pero mantengo las manos en los bolsillos. Quizás esa distribución sea la que mejor defina cómo están las cosas…

domingo, 1 de abril de 2012

Tregua



Tregua He repetido esta acción muchas veces. Del cesto azul voy sacando la ropa y la voy colgando en las cuerdas. Cada prenda con un par de pinzas del mismo color. El ruido que hace la cuerda al girar es de los que te fijan al momento y hacen de la casa un hogar : en ningún hotel podrás escucharlo. Debe ser un sonido que no ha cambiado en años.

Tiro de la cuerda, colocando con cuidado cada prenda. Es pronto y ya se siente el sol en el patio, al que dan los dormitorios del bloque, por lo que casi todas las persianas están bajadas. Sólo escucho el ruido de la cuerda y el de unos pájaros, cuyo piar va golpeando las paredes y cayendo, como una pelota de tenis lanzada con fuerza. Noto el calor del sol en las manos. Con cada pinza sujeto las prendas y el sol y el calor y el ruido de los pájaros y el avance de esta mañana de domingo, a la que trato de retener pinza tras pinza.

He repetido esta acción muchas veces, pero hoy es diferente. Los enanos están de vacaciones y, más que para que se seque, cuelgo la ropa para que descanse. Un pijama, un bañador, la malla de gimnasia, la falda, un jersey, otro jersey, la camiseta amarilla de fútbol, un pantalón, un calzoncillo y otro bañador. Por muchos kilómetros que pueda haber entre nosotros, esta ropa colgada, como el ancla de un barco, impide que se alejen del todo. No hay prisa por plancharla, así que pueden quedarse en la cuerda todo el tiempo que necesiten.

La ropa queda dentro de un triángulo perfecto de sol.

Si, por fin, alguna de esas persianas se sube y alguien asomado ve la ropa colgada, podrá leer que, escrita en la combinación de las prendas, está la petición de una tregua.