La pareja : Le pido a Lucía que se quede junto a Daniel para fotografiar sus sombras, pero se niega y se sube a clase, llevándose su sombra. Esa negativa la define bien, así que está mejor reflejada en esta foto en la que no aparece.
martes, 31 de enero de 2012
La pareja
La pareja : Le pido a Lucía que se quede junto a Daniel para fotografiar sus sombras, pero se niega y se sube a clase, llevándose su sombra. Esa negativa la define bien, así que está mejor reflejada en esta foto en la que no aparece.
lunes, 30 de enero de 2012
Cortejo nocturno
Cortejo nocturno : A pesar del bando que los
administradores pensaron, imprimieron y pegaron por distintos lugares, los
juguetes se quedan donde su dueño los abandona, sin que los padres hayan
logrado transmitir a sus hijos la lección básica de que es conveniente guardar
las cosas en su sitio. Tal vez es que esa lección ya no tenga sentido para los
padres. Tal vez es que haya tan pocas cosas que creerse que ya no dé pereza defenderlas
y prefiramos ver cómo avanza la marea bajo nuestros pies sin ninguna oposición.
Hasta aquí llega mi queja cívica.
Estéticamente no puedo poner
ninguna objeción porque me gusta ver todos esos patinetes, triciclos y bicicletas
tirados por el suelo, en ese abandono nocturno en el que las cosas parecen
empezar a mostrarse. Rodearlas, fijarse
en ellas y seleccionar un encuadre son los pasos previos de un cortejo que
puede empezar ahora y terminar en un momento más o menos lejano.
domingo, 29 de enero de 2012
A lo Sam Shepard
A lo Sam Shepard : Aunque el coche
no lo necesita, le ofrezco a Daniel que me acompañe para ir a lavarlo. No tardo
en escuchar su sí viniendo por el pasillo hasta plantarse delante de mí para
ver si voy en serio. Debo resultar convincente porque sin decirle nada se marcha
a ponerse los zapatos.
El chico que me atiende en la
gasolinera tiene el mostrador lleno de merchandising de Ferrari. Parecen los
artículos de una promoción ya caducada, como las camisetas de jugadores que ya
abandonaron el equipo. No hay nadie en la tienda. El silencio, las pocas
palabras del dependiente, la mezcla del olor a gasolina y a pan, el expositor
de los periódicos vacío : se dan bastantes ingredientes para escribir un cuento
a lo Sam Shepard en el que sobramos Daniel y yo.
Me asomo al cristal para ver si soy
capaz de ver las diferencias de precio que hay entre las distintas opciones de
lavado. Creo que hay cuatro o cinco. Los puntos amarillos, como en un panel de
colegio, señalan las características que ofrece cada uno de ellos, mostrando
que un lavado no es solo un lavado. Yo qué sé. Al final elijo la más cara suponiendo
que durará más tiempo.
Al salir de la tienda, pienso que
hay trabajos jodidos. Daniel me comenta que hay muchas chucherías.
Coloco la ficha en la máquina y veo
cómo los rodillos se ponen en marcha y el coche empieza a cubrirse de un agua
jabonosa. Daniel, que está dentro del coche, se acerca a la parte de atrás y,
sonriente, levanta sus dos pulgares.
Al lado de nosotros, en unas
cabinas, hay gente lavando sus coches con mangueras. Parece más barato, pero sé
por experiencia que nunca dejan el coche igual. Recuerdo que mi padre decía que
el dinero del pobre iba dos veces al mercado. Cinco años de económicas y esta
frase es de las pocas leyes que me sigo creyendo.
sábado, 28 de enero de 2012
Huerto comunitario
Huerto comunitario : Camino del quiosco veo
que, en uno de los solares en los que no se ha construido y en el que crecen
unas plantas de desierto que parecen tener siempre sed, uno grupo de personas
está cultivando un huerto comunitario. La escena recuerda, con la cuerda que bordea
el pequeño huerto, de surcos perfectos, y la gente alrededor, a una excavación
o a una búsqueda de pistas de un crimen.
Para que no haya dudas y no pensemos con las imágenes de las series, un
espantapájaros con una camiseta naranja fija el objeto de toda esa
actividad. Hay niños ayudando a mover
tierra o a recoger pequeños objetos alrededor de los surcos. Me quedo un rato mirando,
pensando que esto me lo habría perdido si, en vez de ir al quiosco, me hubiera
descargado el periódico.
También
me habría perdido a un abuelo a su hijo y a su nieto, en un carrito, esperando
a que cambie la luz del semáforo. Y el anuncio de lencería de la parada del
autobús (Avet, shape, technical line : “Tejido reductor, sensación retro, mejora
tu silueta"). Y la mujer que espera apoyada en un coche. Y la pareja que
viene con tres bolsas llenas. Y la publicidad de una sucursal de una Caja,
haciendo como que no pasa nada, que todo va bien. Y la pintada en el suelo
contra la privatización del agua. Y las bicicletas de carreras al lado de un
bar. Y el anuncio en una pizarra en la tienda de flores. Y el niño subido al
coche que hay junto a la tienda de los chinos, donde tres gatos dorados mueven
su pata izquierda, como si fuera la palanca de una máquina tragaperras. Y,
sobre todo, el titular del periódico de hoy : "2011 cerró con 5.273.600
desempleados y una tasa del 22,8%"
Cuando
regreso del quiosco vuelvo a detenerme junto al huerto comunitario.
viernes, 27 de enero de 2012
Esquinas
Esquinas : Desde fuera, el
gimnasio tiene cierto aire de fábrica con diseño minimalista en el que destacan
sus esquinas. Un monumento soviético al sudor. Hoy le hago, por fin, la foto en la que siempre pienso cuando
entro y de la que me olvido al salir por las prisas. Como es viernes puedo
detenerme y caminar alrededor, pero tengo que decidir qué quiero fotografiar
porque empieza a llover.
En la radio del coche ponen Riders on the storm. Los parabrisas parecen seguir el ritmo de la canción.
En la esquina por la que paso todos
los días camino del colegio está la chica de la falda corta y el bolso pequeño
que se coloca aquí los viernes y los sábados. Da pequeños pasos de un lado a
otro, como si el espacio por el que camina estuviera limitado. Mira al cielo,
rebusca en su bolso, y se enciende un cigarrillo.
jueves, 26 de enero de 2012
La parte que representa su pelo
La parte que representa su pelo : Lucía
coge el cepillo y se lo pasa meticulosamente por el pelo. Cuando lo nota
enredado no se detiene y tira con fuerza, sin quejarse. Aprieta un poco los
labios pero no dice nada porque esta vez no soy yo el que lo hace. Me gusta ver
cómo se mira en el espejo, cómo sus manos recorren su pelo, cómo logra hacer de
ese gesto algo íntimo, cómo su pelo se desenreda, cómo brilla, cómo crea unos surcos que recuerdan a un campo fecundo. Se toma su tiempo, sin importarle que la cena (un cuenco de arroz blanco y un huevo frito)
se vaya enfriando en la cocina. Con esa tranquilidad me esta diciendo que no
vale la pena que le meta prisa, que el mundo volverá a girar cuando ella crea
que ha acabado y ya esté lista. Tampoco voy a insistir porque el arroz y el
huevo y su hermano en el baño, esperando, están ahora en un segundo plano.
Cuando respondía que quería tener una hija era por vivir momentos como éste,
aunque entonces lo intuía pero no lo sabía. Una vez que deja el cepillo en el
lavabo, el mundo, la parte que representa su largo pelo negro, está, a su
manera, un poco más ordenado.
miércoles, 25 de enero de 2012
Formas de perder
Formas de perder
: Una flecha en el suelo, para los que salen mirando al suelo. Otra, en la
pared, para los que llevan la cabeza alta. En ambos casos vas a hacia el mismo
sitio, apeado de la Copa del Rey, pero si marcas un gol como el segundo de esta
noche de Benzemá y consigues frenar los relojes en el Camp Nou, puedes
marcharte con una sonrisa.
El partido de esta noche lo jugaba
el Madrid contra sí mismo, aunque estuviera el Barça enfrente. Una especie de
formulario en el que volver a anotar las cosas básicas, como el que sale de un
accidente y trata de averiguar si es capaz de orientarse : Nombre, edad, estado
civil y esas cosas. Algo que se da por supuesto y que por cuestiones internas
ya nadie debía tener muy claro en un equipo en el que a veces parece que cada
uno tenga un escudo bordado de diferente tamaño y calidad.
Cada jugador se enfrentaba a su
doble. Pepe contra Pepe. Cristiano contra Cristiano. Y así hasta abarcar a la
gente del banquillo. Esa lucha frente al espejo incluía a los madridistas
que nos enfrentábamos al partido sin saber si íbamos a poder aguantar hasta el
final, dudando entre ser fieles o apagar la televisión cuando llegara el
segundo gol del Barça, con el que todos contábamos antes de que los jugadores
se bajaran del autobús.
Era, pues, un momento para colocarse
junto al marco de la puerta y hacerse una señal para ver hasta dónde se ha
crecido. Para eso necesitábamos al Barcelona, porque para estos ejercicios no
sirve cualquier marco ni cualquier puerta. Esta nos venía bien porque nadie se
entrena en una piscina de agua. Un Camp Nou lleno y dispuesto a gritar ante
cualquier cosa de color blanco es un buen fondo en el que preparar un plato.
Pero todos esos gritos quedaban en
un segundo plano porque cada jugador andaba pendiente de estar a la altura de
su sombra, o, más bien, de superar esa marca que señala la mejor crítica que ha
recibido uno en su vida. En el fondo, no hay amenaza más grande que ésta,
porque las malas son fáciles de superar. Pocas cosas deben ser más peligrosas
que un titular de trazo grueso anunciando que eres la gran esperanza blanca y
quien más y quien menos llevaba ya en el cuello esa frase, que de medalla se
había acabado convirtiendo en soga.
Como había que hacer las cosas
bien, según el guión, el equipo recibió sus dos goles del Barça : las dos pesas
que se colocan en la barra para demostrar que se va en serio, que no se ha
venido a calentar. El primer tiempo sirvió para preparar el gimnasio. El segundo,
para levantar el peso. Y, en el descanso, es posible que Mourinho, en vez de
discurso, les colocara un espejo a cada uno delante y les fuera repartiendo el
mismo escudo a cada uno, para que todos salieran en igualdad de condiciones.
Todos se lo pegaron y se pasaron la mano por la soga antes de salir al campo.
Lo que pasó después no estaba
escrito en ninguna de las crónicas que ya debían estar listas en los
periódicos. El Madrid se ató con fuerzas las botas y comenzó a sudar y cada uno
fue recordando lo mejor que de él habían dicho, como si cada frase fuera una
partitura. El Barça no tardó en darse cuenta de que las cosas no iban contra
él. O, mejor dicho, que las cosas iban a pesar de él, lo que empezó
inquietándolo y acabó desmoralizándolo porque es difícil pelear contra alguien
que no quiere hacerlo.
Todos pasaron su prueba particular
sin importarles el entorno y convencidos de que, pasara lo que pasara en el
marcador, se estaban haciendo bien las cosas. En ese despliegue, el gol de
Benzemá, digno de Zidane, no era tanto un mensaje al Camp Nou como el detalle
final que el cocinero deja en el plato antes de servirlo.
En el marcador, un empate a dos. El
dos culé está pegado con celo. El nuestro fijo con clavos. Y en el marco de la
puerta, una nueva señal, aunque al terminar el partido tengamos que seguir el
camino de salida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)