lunes, 9 de julio de 2012

Lo que vimos desde nuestros asientos de 36 euros



Lo que vimos desde nuestros asientos de 36 euros

El piano : Estamos tan cerca de ella que puedo ver sus manos reflejadas en el piano. Parece un piano nuevo. ¿Es el mismo toda la gira? ¿Lo alquila en cada ciudad? Es una pena que cuando presenta a la banda no hable de su piano. Las manos : Las manos de Regina Spektor se mueven sobre un grupo pequeño de teclas. Si el piano es una ciudad, ella se queda en un barrio. Y de ahí saca unas canciones impresionantes. Los piropos : Cuantos más piropos recibe, más veces echa mano de la botella de agua para beber. El batería : Es un tipo extremadamente serio, con mucho pelo, que no parece pasárselo muy bien. Debe ser el único en todo el concierto que no disfruta. Anímate hombre, que el telonero “Only son” ya nos ha demostrado que si tienes un iPad no necesitas banda. Los efectos especiales : Humo y luces. Algo muy básico, como los cacahuetes en el avión, por 36 euros. No hacen falta, de verdad que no. Food : Lo dice ella “Si sabes decir gracias y comida, no necesitas mucho más”. Le gusta comer, lo admite. Ha engordado algo, también lo admite. No es la Regina delgada del video de Fidelity. La voz : Puedes perderte en una jungla remota y reconocerla si la escuchas a lo lejos. Hace lo que quiere con ella y todo el tiempo que quiere. Qué difícil volver a la radio del día a día tras escucharla. Peter Gabriel : Peter Gabriel no aparece, vaya por Dios. El sábado Regina y él tocaron un tema en Lisboa. Supongo que “Apres Moi”. Peter, hombre, que estabas al lado y habría sido un detalle. Vino : Cómo me habría gustado acompañar el concierto con una copa de vino (o dos). Un Roble habría bastado. La gente bebe cerveza de unos vasos grandes, como si estuvieran en Pamplona. Más piropos : Hacen que durante unos segundos, antes de empezar un tema, no sepa cuál le toca. Pechos : Sí, hay que decirlo. Regina tiene unos pechos impresionantes. Todo cuenta. Público : Veinteañeros, sobre todo, con ese aire de trabajar en algo relacionado con la cultura y de tener una calculadora a mano cuando abren el Excel. Sí, envida, de la peor. Veo a uno mayor, mayor que yo, con una camiseta de Kraftwerk. Móviles : Hay una media de treinta móviles haciendo fotos o grabando. Nadie se pregunta si el brillo de su móvil molesta a los demás. Nadie parece quejarse. Las entradas : Te las puedes imprimir en casa. Si las pierdes, te las puedes imprimir. Si las vuelves a perder, te las puedes imprimir. Son muy cómodas, pero vaya mierda de entradas. Nada que ver con las que se hacían antes, que te dolía cuando les cortaban una esquina y después venerabas con la misma fe que tu abuela le dedicaba a sus estampas. Cello : Un cellista acompaña a Regina. Me sirve para darme cuenta de algo que debería saber pero en lo que nunca me había fijado : la importancia que tiene en sus temas. Peinado : Sale algo despeinada. Vamos a ver, lógico : Museo del prado por la mañana, Mercado de San Miguel para comer y, es de esperar, siesta. Flores : Una floristería en un barrio elegante, ésa en la que para un personaje de Virgina Woolf para comprar un ramo, sería una buena imagen de su música. Es importante incidir en lo de elegante. Correspondencias : Para terminar en Regina Spektor, uno puede venir por cualquier línea que pase por Tori Amos, o Kate Bush o Fionna Apple. De todas, sin duda, Regina es la más risueña. 10.000 : Son las veces que debe haber tocado cada canción. Las domina de tal manera que puede lanzarlas al aire, dar varias volteretas y recogerlas ahí donde las espera. Sentir ese dominio forma parte del placer de un concierto. Ruso : Canta una canción en ruso para que sintamos, nos dice, lo mismo que ella cuando escucha español. Un tipo a los teclados : Junto al cellista, casi oculto, está un teclista con esa cara del reserva que sabe que no va a salir a jugar. El escenario : Es curioso que, conforme vas cumpliendo años, te gusten los escenarios cada vez más pequeños, sospechando que toda esa música que necesita unos cuantos estadios para expresarse lleva demasiada levadura. Esa también es buena : Lo dijiste de la canción anterior, lo dices de ésta y sabes que pasará lo mismo con la que viene después. “Begin to hope” : del 2006, es un disco que podría haberse titulado también “Grandes éxitos”. Esta mujer ha salido a correr con la medalla de oro ya en el cuello. "Samson" : Es la última canción de los bises. Qué gran canción. Se frota las manos antes de empezar. La voz sigue como al principio, pero ella debe estar agotada. Cuando termina, se marcha como si acabara de escuchar a alguien mayor llamándola desde una habitación. Camina despacio, un poco ensimismada y el piano se queda en suspenso, esperando su regreso. Pero se encienden las luces. 

domingo, 8 de julio de 2012

Maridaje




Maridaje : También la “Antonio Machado” está cerrada. Las librerías deberían abrir los domingos y cerrar los lunes. Los lunes y los martes, ya que me pongo. Comprarse un libro estos días es triste (muy triste si, además, lo haces en un Carrefour). Un buen paseo por el centro está incompleto si no puedo dedicar un rato a fijarme en esos libros a los que, después de leer sobre ellos (Montano, Tongoy, Malherido, Gándara  y Jot Down mediante), les puedo poner cara y peso y tacto y precio y decirme “pues no era así como te imaginaba, ya ves”.

El maridaje del domingo : Comprarme una bolsa de croasanes en La Panadería de Chueca (San Gregorio 1, a ver si cae una invitación) y, ajustando el paso, saltar del último bocado al escaparate con las sugerencias de “Tipos infames” (cerrada hoy), chupándome los dedos con cierto disimulo antes de empujar la puerta y recordarme cuál es el presupuesto, sí, pero ahí está la última de Benjamin Black, mal empezamos. 

sábado, 7 de julio de 2012

La rodaja de pepino



La rodaja de pepino : Dos sonidos de agua que me gustan:

El del chorro de la manguera cuando, saltando de una zona con flores a otra, cae durante unos segundos en el suelo; el del primer chapuzón que alguien se da en la piscina: los siguientes no dejan de ser una falsificación.

A esta primera hora de la mañana son la rodaja en la ginebra.

viernes, 6 de julio de 2012

Los pies de las bailarinas



Los pies de las bailarinas : Todo el peso de la macroeconomía, de las discusiones en Bruselas, de los apretones de manos de los ministros, del miedo de los titulares, de los desahucios previstos, de la dificultades de financiación, de las congelaciones salariales, de los créditos impagados, del aumento de la prima de riesgo, de los reajustes de plantilla, todo, cae sobre esas pequeñas ruedas. Que la estructura siga en movimiento depende, en última instancia, de que ellas giren.

Ahora, recién abierto el telón en el Carrefour, parecen los pies de un grupo de bailarinas calentando.

jueves, 5 de julio de 2012

Moscú




Moscú :

-Cables, lo primero que te llama la atención al llegar al Moscú son los cables.

Ahora Moscú y después San Petersburgo. Mi madre me llama vía Viber, aprovechando que en el hotel tienen wifi. Yo la escucho en la terraza, fijándome en los dos cables que salen del canuto de la pared preparado para colocar una lámpara. Si los cables son Moscú, éste es un trozo de Moscú, y en el baño hay otro y en los cuartos de los enanos también hay recuerdos de Moscú.

En cuanto puede, mi madre se marcha de viaje con los amigos. Ahora todos esos países están muy cerca, pero con la crisis se van a ir alejando en un nuevo desplazamiento más económico que geográfico : unos pondrán los ladrillos al muro desde fuera mientras nosotros, a base de IVA y ajustes y controles y recortes los colocaremos por dentro. En lo que eso llega, los abuelos hacen viajes rápidos de adolescentes y nosotros, ni adolescentes ni abuelos, miramos por el balcón a los niños que juegan en la piscina.

Le digo que lo pase bien. Le dio que eche una mano en eso de crear la marca España. Le digo que tenga cuidado con el vodka. Me responde a todo que sí con prisa porque ya están todos cambiados y se marchan a cenar. Solo le falta despedirse con un vale largo y transparente como cinta adhesiva con la que cerrar con varias vueltas la conversación.

Me siento como la barra de la que cuelgan los columpios. Es lo que toca.

miércoles, 4 de julio de 2012

A lo lejos, la dentista



A lo lejos, la dentista : Me limpio los dientes cada cinco minutos. No exagero. Me llevo el capillo y la pasta de dientes y ese aparato sin nombre que es la versión minúscula de la escobilla del baño al trabajo. Cuando los tres se ven juntos en una bolsa se alegran, como perro que escucha el sonido de la cadena, y me preguntan dónde nos vamos de vacaciones. Al trabajo. ¿Al trabajo? (desilusión). Sí, al trabajo (firme). Jo (ellos), pensábamos que nos íbamos a un hotel. ¡Nos encantan los hoteles, eso de llegar a un cuarto de baño nuevo y verte en un vaso de cristal limpio, tan limpio que tiene ese plástico que lo envuelve, y no éste en el que nos amontonamos! (dice el cepillo de dientes). Mucha presión (la pasta de dientes). (La mini escobilla no dice nada porque en esa cabeza de alambre no caben muchas ideas). Sigue el capillo de dientes, que, claro, habla entre exclamaciones porque él mismo es una exclamación con cedras, dice : ¡Y conoces gente! ¡Nos gusta conocer gente! ¡Los botecitos pequeños con gel y con jabón, tan monos que te dan ganas de adoptarlos! ¡Y esa esponja para los zapatos que, a pesar de estar encerrada, te saluda y te pregunta de dónde eres! ¡No puedo dejarme fuera a esos jaboncitos redondos, pequeños, envueltos como si fueran porciones de un queso caro y suave, listo para untar! ¡Tanta gente nueva!. Tanta gente nueva (añade la pasta de dientes). El cepillo asiente, no sé si asiente o es que se ha quedado dormido. ¡Además el lavabo está tan limpio que parece nuevo, no como el nuestro, en el que siempre hay un pelo, o un trozo de pasta seco (¡no te molestes, pasta de dientes!), o un animal de plástico o un resto de espuma de afeitar!. Dos segundos de silencio que les dejo, que se desahoguen, que en la bolsa en la que les voy a meter hace calor, vaya si hace calor, y además van a compartir espacio con la comida, cara y cruz en un área reducida, a ver qué pasa. ¡Luego levantas la vista y ves toallas blancas, colgadas como blasones en el castillo de un mago bueno!. El cepillo de dientes me ha salido lírico, pero es normal, que trabaja en una boca y ahí tiene que encontrarse todo tipo de palabras arrugadas, como pelotas de papel en el fondo de una papelera. La imagen no está mal, jodido cepillo de dientes. ¡Me gustan esas toallas, es, no sé, como si nos dieran la bienvenida! ¡Como si regresáramos a casa!. A casa, añade la pasta de dientes, que tiene capacidad craneal (blanda) pero anda un poco densa en sus razonamientos de fluor para veinticuatro horas. Y yo me pregunto por qué no se sienten en casa, si los objetos tienen inquietudes metafísicas, si es normal este desarraigo de todos con todos. ¡Jo! ¡Ojalá tuviéramos toallas blancas en casa!. Pues es una idea que anoto, porque todo lo que cuelga en la parte de atrás de las puertas del baño es de color. Mira, no lo había pensado. ¿Por qué se reserva el blanco para los hoteles?. ¡Y, sobre todo, me gusta ese pequeño cepillo de dientes que viene metido en su precinto! ¡No me he encontrado ninguno que no quiera aprender! ¡Es normal! ¡Nunca han visto una boca por dentro y están llenos de dudas, que si lo harán bien, que si les dará  miedo, que si les dolerá, que si, y esta es una de las pesadillas más compartidas, que si se los tragarán! ¡Cómo me gusta responder sus preguntar y guiarles! ¡Tener un becario es algo que me hace sentir importante! ¡Poder transmitir todo lo que sé antes de que encuentres una oferta en el Mercadona y me cambies por algún trío de cedras más duras, porque con la edad sé que tenéis fantasías con tríos de prominencias más duras, que no consideráis que con el uso y la edad es normal que las nuestras vayan diciendo y se queden así! (se gira para que vea las suyas). Silencio. Tanto miedo. Estos momentos de sinceridad, de por sí violentos, resultan más duros si no te los esperas y te pillan a las siete de la mañana. ¿Y qué hago?. La verdad : les cuento que no nos vamos de viaje, que lo siento, que es que por la tarde voy a la dentista y que necesito llevar los dientes limpios. ¡La dentista!. La dentista, dice la pasta de dientes. La dentista, murmura la pequeña escobilla. ¡Entonces tenemos que hacer un buen trabajo!, se anima el capillo. Sí, les digo. ¡Cuéntanos algo de esa dentista, necesitamos saber qué tipo de trabajo hay que realizar!. Les hablo de mi dentista. Es una mujer simpática que tiene una gran habilidad con la anestesia. Cuatro pinchazos y ya puede esculpir las caras del monte Rushmore en tus dientes que no te enteras. Me gusta la dentista. Esto es un resumen, con ellos me alargo más. Los tres, mentalmente, van asintiendo como si recogieran las pistas para orientarse en el laberinto del Minotauro. ¡Buena chica!. Sí, pero hay algo que me hace temerla. No es el dolor. No. Es algo para lo que no hay anestesia. ¡Dinos!. Es ese reproche que me hace cuando con uno de sus instrumentales me saca algo escondido entre mis muelas. Me lo enseña un segundo, mueve la cabeza de forma casi imperceptible y me dice que hay que limpiarse bien los dientes. Es apenas un pequeño nubarrón en un cielo de anestesia y buenas palabras, pero qué frío se pasa cuando ocurre. Cepillo, pasta y escobilla parecen compartir un escalofrío. Por eso, les digo, me acompañan hoy. Los tres se reúnen a hablar y el cepillo, como portavoz, me dice ¡Déjalo en nuestras manos! ¡Cada cinco minutos repasaremos esos dientes! ¡Vaya si lo haremos!. Les meto en la bolsa con la comida, esto es llevar a los hooligans de dos equipos en el mismo autobús, pero no pasa nada. Hasta me parece escuchar una canción de excursión. Empieza el equipo de limpieza y acaban uniéndose los cubiertos y la tartera.

martes, 3 de julio de 2012

La brocheta del verano




La brocheta del verano : Voy sacando del barreño la ropa.

Colgar una toalla es muy fácil y queda muy bien en la cuerda, con sus dos pinzas a cada lado. Si ves que las puntas coinciden, es que has hecho un buen trabajo.

Los bañadores tampoco exigen mucho aunque el resultado final no sea tan satisfactorio como con la toalla : ocupan muy poco en la cuerda. Pero es la compañía perfecta para la toalla. Toalla, bañador, toalla. La brocheta del verano.

El problema lo tengo con el bikini de Lucía. No sé cómo colgarlo porque apenas tiene por dónde hacerlo. Tan poca superficie. Además, cosas mías, la idea de dejarlo ahí en la cuerda, con las pinzas, no me gusta. Este no es su sitio. El secador, tampoco.

Así que lo dejo encima del radiador. Aunque está apagado, parece ese gato que, desde dentro de casa, ve a los demás, colgados en la cuerda, abandonados a su suerte bajo el sol.