jueves, 7 de marzo de 2013

La subjetividad de los semáforos



La subjetividad de los semáforos : Desde el coche, veo enfrente de mí un atardecer compacto al que las nubes alrededor dan más fuerza. Hay días que se rinden pronto y otros, como éste, que, a pesar de la lluvia ,parecen pelear hasta el final. Es posible que hoy me haya perdido muchas cosas, pero ahora tengo la impresión de estar en el sitio y el momento apropiado. Si las cosas fueran de otra manera, el semáforo permanecería en rojo hasta que el sol terminara de ocultarse.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Chucherías literarias




Chucherías literarias: Yo pensaba que mi cerebro, esa especie de monarquía de neuronas, por independiente, no se veía afectado por mis comportamientos más o menos anárquicos en temas de lectura. Que, hiciera lo que hiciera, las copas seguirían brillantes, los suelos perfectos y hasta los silencios oscuros de la despensa ordenados. Que su influencia sobre el resto del cuerpo, como una mansión cuidada hace con las casas que la rodean más allá del muro (donde yo me muevo), se mantendría con la eficacia de un Anthony Hopkins asistido por Emma Thomson.

Pues no. Hoy pico de todo (twitter, blogs, artículos) con una voracidad propia del que pasa de la anorexia a la bulimia en temas de lectura. Seguramente todo sea una cuestión de esa falta de tiempo que me impide mantener una disciplina lectora que evite situaciones como ésta. Hoy no paro porque todo lo que leo tiene buen nivel y, lejos de saciarme, me anima a seguir leyendo. No paro.

Ya en casa me doy cuenta de que he abusado de lecturas y que el dolor de cabeza no es nada más que una indigestión de frases, ideas rápidas, e imágenes que no guardan ninguna relación entre sí. Demasiada chuchería. Los libros me recuerdan cuál es la dieta apropiada. Me digo que sí, que lo haré. Es una promesa seria que me hago cuando me tumbo en la cama. Si la buena de Emma o el servicial Anthony tuviesen a bien apagar esa luz que me molesta y, sentados en la cama, me leyeran un texto de Berger como el que te ofrece un caldo caliente. Unas pocas páginas serían suficientes. De cualquier libro suyo.

martes, 5 de marzo de 2013

El globo de piedra




El globo de piedra : A veces noto en Lucía la mirada de la que ha ganado un combate sin quitarse todavía el albornoz, reclamando silenciosamente que la suban de categoría para ver si ahí la realidad resulta más emocionante. En ésta, los libros van un poco detrás de ella : llega andando a esas metas que otros no alcanzan aunque corran.

Eso hace que parezca enfadada consigo misma como si intuyera que es su imaginación, no tan desarrollada como su inteligencia, la que no es capaz de lanzar el palo todo lo lejos que a ésta le gustaría para echar a correr. O que, volviendo al cuadrilátero, es un mánager que no le presenta aspirantes que la exijan.

La veo tirar de su mochila con desgana. Si esos libros fueran un reto, se volverían ligeros y harían que la mochila se elevara como un globo. Pero es su facilidad lo que los convierte en algo pesado que ella arrastra y me tiende para que la coloque en el maletero antes de subirse al coche. 

lunes, 4 de marzo de 2013

El traductor




El traductor : El sábado nos ponemos manos a la obra. Escribo un capítulo del libro viajero mientras Daniel, en la mesa del salón, va colocando el material que necesita. Cuando acabo se lo leo. Tenemos un perro se comunica con un niño con las palabras que aparecen encima de él cada vez que ladra hasta que un día (esta es nuestra aportación) las vocales desaparecen y el niño ve cómo se deshace en la mano la segunda a de amistad que ha agarrado. Lo veo escuchar con atención y sé que he acertado cuando, sin decirme nada, comienza a dibujar sin dudar. Me lo enseña al terminar. Descubro que mi texto gana mucho traducido por él.

Antes de devolver el libro hoy al colegio para que otro continúe con el cuento, le hago una foto a esa mañana de sábado.

domingo, 3 de marzo de 2013

El “Scharnhorst”



El “Scharnhorst” :

“El crucero ligeramente armado de mi padre, el Jamaica de Su Majestad, dio el golpe de gracia a un serio acorazado nazi llamado Scharnhorst en diciembre de 1943, un día de trabajo mucho mejor y más arriesgado del que yo he hecho o haré nunca”

“Amor, pobreza y guerra” Christopher Hitchens – Página 12

Si no hubiera hecho viento en La Pinilla, no habría elegido rápidamente este libro en La Central (tal vez me habría llevado “Diario de un cuerpo”, de Pennac, después de pensármelo más tiempo) al recibir la llamada de que el autobús con los mellizos se volvía en una hora, ni habría tenido tiempo de empezar a leerlo mientras les esperaba, encontrándome con ese párrafo. Un párrafo así en la página doce anuncia un partido con muchos goles, pero no puedo llegar al siguiente porque el autobús se adelanta.

Cambiamos rápidamente de planes y nos marchamos a la calle Fuencarral con las bicicletas a disfrutar de un sol que haría maravillas con unas copas llenas de agua sobre una bandeja de plata. Es un sol que te va descongelando ya por dentro. Subimos y bajamos con las bicicletas y después nos sentamos a ver si nos llega la inspiración para seguir aprovechando la mañana : hay que dar el paso justo para no espantarla.

Pero estamos precisamente en el sitio apropiado. Se puede decir que ese siguiente paso se nos presenta ahí mismo : un hombre deja una maleta en el suelo, la abre y empieza a disfrazarse de payaso con una seriedad de lunes por la mañana. Zapatos grandes. Un cinturón con un timbre como los de las recepciones de los hoteles. Un gorro que me recuerda al Johnny Deep de “Charlie y la fábrica de chocolate”. Una vez que termina de vestirse, regresa al domingo y empieza a saludar a los que pasan. ¿Y si nadie se detiene? ¿Y si solo consigue atraer la atención de unos pocos niños?

Pocos minutos después un gran grupo le rodea. Los niños delante, sentados. Los padres, detrás. Los niños atentos. Los padres, sin dejar de consultar el móvil. El payaso es bueno porque no hace de payaso : sus chistes y bromas funcionarían igual si no llevara ese traje que únicamente sirve de reclamo. Su actuación se basa en sacar a gente del público y simular combates, números de lucha y anunciar números imposibles que soluciona con alguna broma. Está ahí más de media hora. El solo. Logrando que Lucía y Daniel se rían juntos de lo mismo.

Si yo consiguiera algo así, cuando llegara este momento en el que guarda la bolsa con las monedas en la maleta y se hace una foto con los que se acercan, me sentiría como si hubiera hundido uno de esos Scharnshorst que a todos nos rondan por la cabeza. Y así están las cosas : con los payasos como referencia mientras que los tipos que deberían serlo se empeñan en hacer el payaso.

sábado, 2 de marzo de 2013

Una avalancha de piedras




Una avalancha de piedras : Al salir del Bernabéu (empieza a ser monótono lo de ganar al Barça) me marcho a comprar una mano de madera. No se trata de ningún exvoto con el que pretenda acelerar la recuperación de Iker porque me fío de las dos manos de Diego López. Es una cuestión artística : ayer compramos una para que sirviera de modelo a Daniel y nada más llegar a casa la rompió. Un armario. Se rompió. No sabe qué pasa. La rompió. Un golpe. Un pulgar por un lado. Una mano por otro.

Le echo a Daniel una buena bronca que lo acaba sepultando como un desprendimiento de rocas. Mi intención era hacerle ver que había que cuidar las cosas, pero lo que pretendía ser algo claro y directo se sale un poco de madre : una palabra pequeña empuja a otra más grande que hace lo mismo con unas cuantas más. Yo mismo me sorprendo del tamaño que va tomando la cosa pero no puedo parar porque, en el fondo, no es una bronca, sino el lamento de que hasta las cosas que se suponen que duran, como la madera (Pinocho aguantó toda una aventura sin astillarse), son también frágiles. Al final, el torrente de palabras nos sepulta a los dos y en el silencio que sigue, tras encontrar un hueco por el que volver a la normalidad, le digo que no pasa nada, que iré a por otra.

Por eso voy en el metro a la tienda, como si la verdadera excusa para salir de casa hoy a las tres de la tarde fuera esa mano y no el partido, que ya sabemos que ganar al Barça no tiene ningún misterio. En la tienda encuentro más manos iguales. Cojo una para probar que todos los dedos se mueven y, sin saber cómo, me encuentro con el pulgar separado. Estoy por jurarle a quien quiera escucharme que se ha tirado solo, como Alves en esos partidos en los que el Barça salía con la intención de ganar y jugaba al fútbol (del bueno), y hacía teatro (del bueno). Debe ser algún tipo de enfermedad de la madera. Intento arreglarlo sin éxito, así que coloco la mano en el fondo con el dedo apoyado con los otros. Este sería un buen momento para aprender a masticar piedras.

viernes, 1 de marzo de 2013

Desembarcamos en fértiles playas




Desembarcamos en fértiles playas : Las pastelerías son uno de los pocos sitios en los que puedes presentarte y decir : ¡Elegid lo que queráis!, como si desembarcaras en tierras vírgenes y quisieras recompensar a tu tripulación con ensaimadas, palmeras de chocolate y pasteles de nata tras ocho meses de travesía por mar y media hora en metro. Poco me falta para soltar el grito en Le Pan Quotidien (lepácotidiá) cuando los dos grumetes y yo entramos. Me frena ese silencio tan francés, y todo el toque también francés que se percibe en el resto : en la presentación del pan, en la educación de los camareros, en las conversaciones de las parejas en sus mesitas bajo su tenue pero cálida luz (que si Perec, que si Barthes). Francés de franquicia, tal vez (la empresa es belga), pero un francés que me vale. Me guardo el sable y me pongo a la cola.

Reúno a la tripulación junto a la vitrina y les señalo todas las maravillas que ahí se exponen con la pasión de un entomólogo que tuviera delante nuevas especies. Debería prescribirse un rato frente a una selección como ésta para quitarse depresiones, tendencias góticas, angustia existencial y, en general, dudas sobre la razón por la que el hombre existe (cuestión que sólo surge si no te gusta el fútbol). Pues existe para hacer justo lo que tienes delante de ti. Tartaletas, magdalenas, cruasanes, lazos. Una clase de filosofía optimista que te debes comer para evitar así la interpretación viciada de un cerebro que muchas veces parece una portera desmotivada espantando cualquier idea alegre (¡Alegre! ¡En crisis!). Dan ganas de pegar las manos al cristal para sentir esa euforia calórica que desprenden todos esos bollos. 

No lo grito, pero lo susurro : elegid lo que queráis. Cada punto que señalo con el dedo es un lugar bajo el que se esconde un tesoro. ¡La isla está repleta de ellos!. Elegid, les aconsejo. Y veo cómo se mueven de uno a otro, como una bola del pinball empujada por sus deseos. ¿Cómo no me voy a sentir bien aquí? Cualquier tipo con más dinero que yo no sería más rico : tengo en el bolsillo lo que necesito para pagarles lo que quieran. No hace falta más.

El dependiente espera pacientemente y después hace esto : mete el cruasán del Lucía en una bolsa de papel y la tartaleta de cereza de Daniel en una caja. Nos trata como si tuviéramos siete apellidos enlazados con guiones. Los franceses de franquicia (éste es argentino), ya se sabe. Saco el dinero y se lo entrego con el mismo cuidado con el que él nos ha atendido. Ahí van mis monedas de oro.