miércoles, 7 de agosto de 2013

Un suave movimiento de manillar




Un suave movimiento de manillar : Edimburgo es una ciudad preparada para las bicicletas, pero creo que el peregrino del Fringe debe hacer todo su recorrido a pie porque eso le acercará más a las indulgencias del santo, si es que hay santo, si es que tiene indulgencias.

Hay que andar porque aquí el camino es importante. Van surgiendo cafés con todas sus mesas diferentes, gente que quiere comentar contigo el final de Breaking Bad al ver tu camiseta, tiendas de libros con títulos sugerentes (tiendas en las que al minuto de entrar sientes la necesidad no de comprar un libro, sino de ponerte a estudiar algo, lo que sea), grupos de actores de camino a su obra, venues en lugares en donde no esperarías encontrarlos, fumadores tranquilos a la puerta de un pub, vendedores de perritos calientes, turistas con mochilas cargadas, autobuses de dos pisos recomendándote que visites el Britannia, que veas la segunda película de los pitufos, que te subas a ellos para el paseo fantasma, restaurantes donde combinar haggis y whisky, expositores de sándwiches en Greggs, posters sobre la exposición de Doig, parques con gente tumbada en el césped o aprendiendo a hacer juegos malabares, estatuas con una gaviota en la cabeza o humoristas que consiguen que un grupo de gente les preste atención.

Hay que andar, pues, sabiendo que en el mapa del catálogo todo parece más lejos de lo que en realidad está. Uno de los grandes placeres es creer que la distancia a un venue todavía es grande y encontrarse, a pocos metros, con un cartel que lo anuncia. Se relajan las piernas, se frena el paso, se anuncia a los niños que no queda nada, se cierra el catálogo y se pone uno en disposición de disfrutar.

Y, en medio de todo ese barullo, la figura del ciclista de la ciudad que es capaz de esquivarlo todo con un suave movimiento de manillar, sabiendo que en septiembre las calles volverán a ser suyas.

martes, 6 de agosto de 2013

La revancha de las gaviotas




La revancha de las gaviotas : Hace unos diez años, era muy fácil encontrar una obra de Chéjov en el programa del Fringe. ¿No era lo lógico en un festival dedicado al teatro?. Podías coger unos cuantos flyers, lanzarlos al aire y en los pocos que atrapabas seguro que leías “Tío Vania”, “El jardín de los cerezos” o “Las tres hermanas”, obra ésta que un año acabamos en gaélico escocés en un lejano venue en el que, en el intermedio, unas atentas damas repartían dulces entre los participantes como el que ofrece una bebida energética al que acaba un maratón. Así nos sentíamos nosotros.

En todo este tiempo las cosas han cambiado y no me cuesta relacionar esa sensación de extrañeza que tengo con la ausencia de Chéjov. Ya no es un nombre que aparece en los titulares, sino en alguna columna de interior. Las compañías, por lo que veo, no solo han dado la espalda a Chejov, sino a otros autores como David Mamet (antes podías ver una representación diferente de “Oleanna” cada día). La gran mayoría escribe sus textos, como si lo más lógico para esta generación acostumbrada a controlarlo todo mediante la tecnología fuera ser dueña también de lo que representa. El resultado es que gran parte de lo que me ofrecen no me interesa: si quieres saber por dónde se mueve el teatro actual, basta con pasarse por las salas del Traverse, dejando a los chicos de la Royal Mile de lado.

Quizás ese silencio acerca de Chéjov tenga relación con algo que este año me llama la atención : la gran cantidad de gaviotas que hay en la ciudad y su ausencia de miedo. Cientos de gaviotas que hacen de gallos a primera hora, que te persiguen como palomas en el parque, que hurgan en las basuras como ratas cuando las calles están todavía desiertas. Su actitud no es solo una forma de supervivencia, sino la revancha de unos animales que ven cómo el autor que les dedicó una obra parece no tener sitio en el festival de teatro de su ciudad. 

lunes, 5 de agosto de 2013

El dedo brillante de Hume




El dedo brillante de Hume : En la parte más elevada de la Royal Mile, ya cerca del castillo, está la estatua de Hume con el dedo gordo de su pie derecho brillante, como el morro del jabalí de Florencia. A su lado suele ponerse algún gaitero a que los turistas le hagamos fotografías. Ese es el punto en el que empieza la zona abarrotada de la calle en la que las compañías de teatro te acosan con sus flyers para que vayas a verlas. El Fringe en ebullición. En unos metros puedes ver más técnicas de venta que en un libro de Kotler. Todo un espectáculo. Del tímido al grupo que baila. Del que te corta el camino al que te ofrece una galleta si lo escuchas. Del que se recorre la fila de los que esperan para comprar entradas al que te regala una si vas a verle dentro de media hora. Es un ambiente de fiesta final de COU que Hume, en un extremo, y David Smith, en otro, parecen vigilar, como diciendo : cosas de chicos, ya sabemos qué es lo importante.

No sé cuál es el rito de ese dedo, pero lo toco para asegurarme de que no pasen tantos años antes de volver a vivir todo esto a pesar de que antes me mostrara lo que podría ser y ahora sirva para recordarme lo que podría haber sido. Bendita ebullición. 

domingo, 4 de agosto de 2013

A orillas del Sena




A orillas del Sena : En el trayecto Madrid-Edimburgo me da tiempo a leer dos veces “La leyenda del Santo Bebedor”, de Joseph Roth. La primera vez, deprisa; la segunda, muy despacio. Me parece un libro muy apropiado para comenzar unas vacaciones, esos días que te entregan y de los que te sientes obligado a responder, como le ocurre al protagonista con los trescientos francos que le piden que devuelva en una iglesia pasados unos días.

Ya es de noche y, pasada la excitación de los primeros minutos, los niños del avión se han calmado. El ruido de los motores, la luz amortiguada, la seguridad de ir avanzando hacia el destino crean el entorno perfecto para una lectura en la que se mezclan, con una facilidad que me estimula, temas tan densos como la religión, la culpa, la amistad, el pasado, el honor, el azar, la bebida, los milagros o el aspecto dinámico del dinero.

"De modo que pasó el resto del día en diversas tabernas, y ya se había resignado a que el tiempo de los milagros que había vivido hubiera terminado, definitivamente terminado, y que se hubieran reanudado sus viejos tiempos. Y decidido a este lento hundimiento al que siempre se muestran propensos los bebedores (¡los sobrios jamás conocerán esta sensación!), Andreas se encaminó de nuevo a las orillas del Sena, allá bajo los puentes." (Página 52)

Podría empezarlo una tercera vez, pero prefiero que todas las escenas tengan tiempo de  asentarse y que los símbolos vayan apareciendo poco a poco. La historia permite varias interpretaciones: me quedo con todas ellas hasta que llegue el momento de decidirse por alguna. ¿Por qué descartarlas ahora?

Así que levanto la vista del libro y me fijo en el techo del avión. Un libro es también el lugar en el que se lee. Sé que, de haberlo hecho en otro sitio, no habría sido tan receptivo a todas las sugerencias, dejándome llevar por la facilidad de la historia como el que es transportado en un avión sin preguntarse qué es lo que lo mantiene en el aire.

"Así que el billete de mil francos cambió de propietario. En vista de ello, Andreas continuó algún rato en el mostrador y se tomó tres vasos de vino blanco; a modo de gratitud para con el destino." (Página 55)

sábado, 3 de agosto de 2013

Para acabar con la procrastinación




Para acabar con la procrastinación : Cuando estaba a punto de enfrentarme al hecho de dejar todo para más tarde, descubro que existe un término preciso: procrastinación. Que te designen con una palabra así es como colgarte una medalla de bronce por llevar toda la vida entrando en la meta cuando ya no había nadie para recibirte. Algo que enseñarle a los más íntimos. Algo que puede animar una conversación cuando todos se quedan mirando sus copas y uno recuerda :

-Pues yo conozco a un tipo que procrastina.

Y con ese nombre, lo que era un defecto, se convierte en algo que hay que cuidar.

Hasta que tienes delante una rueda pinchada. Una rueda pinchada que te afecta, por muy despacio que lata tu corazón, y te obliga a actuar: más cuando es de tu propio coche. El mundo dejaría de girar si todas las ruedas estuvieran pinchadas. La veo hundida y admito que no puedo dejarlo para mañana. Soy un procrastinante de mierda. Qué le vamos a hacer.

Primero pienso en sacrificar al coche, como si fuera un caballo. Después recuerdo que existe una segunda opción y abro el maletero, saco la rueda de repuesto, el gato y lo coloco todo junto al libro de instrucciones del coche. Parezco un médico a punto de operar y de perder su trabajada medalla de bronce. 

viernes, 2 de agosto de 2013

No imprimen dinero nuevo para las vacaciones



No imprimen dinero nuevo para las vacaciones : Empiezan las vacaciones. Ya sabemos que toda la distancia que dejemos entre nosotros y el trabajo quedará anulada con el móvil : la única forma de defender esos kilómetros sería destrozarlo a martillazos. Pero da igual. En esa ciudad del norte de Europa, por ejemplo, las cañerías del subsuelo seguirán llevando tus problemas y cada vez que pagues entregarás billetes usados, añorando ese otro tiempo en el que el dinero parecía nuevo, ilimitado.

jueves, 1 de agosto de 2013

Aquí arriba el dinero pierde peso




Aquí arriba el dinero pierde peso : Desde esta terraza se tiene una buena vista del centro de Madrid. Dentro de poco atardecerá, así que basta con prestar un poco de atención para ver los cambios de color en los tejados y las fachadas.

Apenas hay mesas libres. La gente entra a comprar la comida y la bebida en cualquiera de los puestos que hay dentro y salen sosteniendo la bandeja con cuidado y dando pequeños pasos. Eso es lo que hacemos : elegimos un puesto y pedimos unas tostas y un par de bebidas que pagamos por adelantado. Los nombres están escritos en unas pizarras con buena letra.

La chica que me atiende me hace una señal. Delante tiene una bandeja y lo primero que pienso es que es algo que nos sirven mientras esperamos. Un buen detalle. Luego me doy cuenta de que no es así y me sorprende que hayamos pagado tanto por eso. Es mucho dinero por una tosta del tamaño de un canapé. No se sí la chica habrá visto reacciones como la mía, pero ella no cambia el gesto.

Yo también sostengo la bandeja con cuidado. Yo también doy pequeños pasos. Ahora veo esto como un refugio en el que parece jugarse a quitarle valor al dinero, a humillarlo entregándolo a cambio de nada para domesticarlo. No se está sólo por encima de la ciudad, también de las reglas que el dinero impone abajo.

Acabamos pronto con los canapés. El atardecer es fotografiado con los móviles. Esas cosas. Pero esta estrategia no nos convence y volvemos a entrar a por unas hamburguesas en ese puesto al que acudimos los que no nos sentimos del todo cómodos aquí arriba.