Una
bandada de titulares : Basta con un mar tranquilo en el que proponer un juego nuevo
con una pequeña pelota para que los titulares pierdan adherencia y no puedan
pegarse a nuestra realidad. “Sanidad deja vacío un hospital de Madrid para el
infectado de ébola”. Tenemos que lanzarnos la pelota sin que caiga al agua.
Despacio al principio. “Los marinos iban a cobrar 550.000 euros por traer la droga
en el ‘Elcano’ ”. Y cuando hayamos cogido confianza, más y más deprisa. Si me
concentro en el juego, voy creando una corriente. “Pedro Sánchez da el poder en
el PSOE a jóvenes sin vínculo con el anterior aparato”. Una corriente dentro de
mi cabeza que expulsa las noticias de la portada que solo he leído para
disfrutar ahora viendo cómo se alejan.
jueves, 7 de agosto de 2014
miércoles, 6 de agosto de 2014
Los brazos del saltamontes mecánico
Los brazos del saltamontes mecánico : Damos
un paseo por el puerto para ver los barcos. En algunas cubiertas hay gente
tomando el sol. No se debe estar mal. Los nombres y las banderas sugieren puertos
distintos, pero cualquiera de ellos serviría para vivir en ese eterno domingo
en el que parecen atracados, con el desayuno recién servido.
Quizás para demostrarnos que no
todo es tan fácil como parece, ésta es la hora que escogen para realizar
algunas reparaciones. En lo alto de un mástil un hombre ajusta no sé qué. Sus
compañeros de abajo le miran protegiéndose del sol con las manos.
En la feria, los que venden las
entradas van colocando las monedas en su sitio para tener el cambio a mano. Por
la mañana han revisado las atracciones y las han limpiado con el agua a presión
de las mangueras. En media hora abrirán y subiremos al “saltamontes”, nuestra
favorita, con unos brazos mecánicos que dan vueltas rápidamente y que te suben
a la misma altura de ese hombre que sigue inmóvil en el mástil, como si no
terminara de enhebrar una aguja.
martes, 5 de agosto de 2014
Esos puntos suspensivos
Esos puntos suspensivos : Las vendedoras se mueven rápidamente detrás de las
cajas con los pescados. Llevan redecillas en el pelo y guantes azules. Tan
pronto terminan con un cliente, presionan un botón, gritan el nuevo número y el
afortunado responde levantando su tique como si le acabara de tocar un premio
en esta feria. Mi amigo actúa igual cuando llega su turno. Hasta este momento
hemos ido viendo la mercancía, disfrutando del olor, la variedad y la frescura
de lo expuesto. En una esquina está la caja con las gambas rojas a 99 euros el
kilo. No hace falta gastarse tanto. Mi amigo pide unos voladores y mientras una
mujer mayor los pesa, él le explica cómo va a prepararlos, dejando unos puntos
suspensivos después de los dos primeros pasos. Hay que haber practicado mucho
para soltar esos puntos así. La gente sigue esperando en este pequeño local
junto a la lonja pero la mujer ha escuchado el sonido de esos puntos
suspensivos, moviéndose por la mesa de billar de la conversación, y en un instante
decide terminar la jugada propuesta. Sí, ese arranque está bien para preparar
los voladores, pero además es bueno que pique esto, que desmenuce lo otro, que
sofría aquello, que deje reposar el conjunto. Para explicarlo, ha dejado de
trabajar. Mueve mucho las manos y mira a los ojos. Mi amigo lo repite todo para
demostrarle que no se le va a pasar nada por alto. Ella asiente. Las demás
siguen gritando los números. Ella asiente otra vez y vuelve al trabajo más
convencida, como si todos sus gestos hubieran ganado sentido. El precio final debería
ajustarse para premiar estas recetas que van a mimar la compra.
lunes, 4 de agosto de 2014
Una conversación desmenuzada
Una conversación desmenuzada : El hijo pequeño de un amigo al que he ido a ver
camina a nuestro lado por la playa con la bolsa de patatas que acabamos de
comprarle. Va feliz. Queda poco para que el sol se ponga y la playa recibe una
luz intensa que va reconociendo los objetos sobre los que ahora tiene el tiempo
de detenerse. Todo queda justificado. La sombrilla cerrada. El barco en la
arena protegido con una lona. La construcción de arena ya olvidada. También
nosotros, con nuestro paso lento. El niño aprieta la bolsa para que las patatas
grande se rompan en trozos más pequeños y así, me explica, tener más. Lo mismo
que hacemos nosotros con nuestra conversación, dejando que se vaya construyendo
a base de pequeños temas para que este encuentro dure más.
domingo, 3 de agosto de 2014
Nápoles hace setenta años
Nápoles hace setenta años : El reloj de arena tiene ahora la forma de un helado:
cuando Lucía se lo termine, se acabará el tiempo que tengo para elegir un
libro. Junto a la parada de los autobuses de Alsa y el restaurante turco en el
que compro el helado, hay una librería en la que encuentro una gran oferta de libros
de RBA a 4,95. Cualquier verano se garantiza un momento inolvidable con algo
así. Los libros están cuidados. Alice Munro. Isaac Bashevis. John Updike,
Vladimir Nabokov. Charles Baxter. Jan Morris. Cada nombre que voy leyendo hace
más difícil la elección, por lo que llega un momento en el que no sé qué hacer,
atrapado en las arenas movedizas de un helado. Hemos venido a despedir a María,
que se vuelve a Madrid, y a cambio la tarde, como forma de equilibrarla, me
ofrece esta selección de autores. Pero no sé por cuál decidirme porque, haga lo
que haga, voy a lamentar haber descartado a los otros. Lucía está pegada a mi lado,
lamiendo su helado tranquilamente. Ya me ha dicho que ése es el tiempo que me
da y no necesita repetirlo. Se ha comido la capa de chocolate duro que lo
recubre y ya veo que empieza a asomar el palo por la parte de arriba. Dentro de
poco cogerá el helado con las dos manos y lo acabará como si fuera una
costilla. Quizás pueda esperar a que el palo quede limpio por si en él
apareciera el libro que tengo que llevarme, como los helados de hace muchos veranos
en los que los palos podían anunciarte premios. También puedo dejar la mente en
blanco y permitir que los autores giren hasta ver cuál es el último en
detenerse. Hay muchas estrategias para elegir pero un solo helado y éste se
termina antes de lo que esperaba. ¿Ya?. Ya. Y, sin saber por qué, cojo un libro
de un autor del que no sé nada : Norman Lewis, “Nápoles 1944”. Y si hay libros
de los que deberíamos recordar las condiciones en las que los compramos, éste,
sin duda, es uno de ellos.
sábado, 2 de agosto de 2014
Un rastro de burbujas
Un rastro de burbujas : En algunas ocasiones, Daniel rebaña esa parte de la
experiencia que dejo de lado. No es que yo no vea en ella qué aprovechar, pero
aparece alguna excusa, como la copa de vino que ahora tengo en la mano, que me
detiene. Daniel vive en la edad en la que las excusas apenas tienen
consistencia. Poco importa que hoy se haya bañado en el mar y después en otra
piscina. Ésta es nueva y, solo por eso, hay que aprovecharla. Tampoco le frena
que ya se haya ocultado el sol, que solo queden dos madres charlando encima de
una toalla, que los demás niños estén ayudando a poner la mesa en la terraza
para cenar. Me sorprende que en cada motivo que le expongo vea una razón más
para hacer lo que ya ha decidido. Se acerca al borde de la piscina, se coloca
las gafas, se gira hacia mí con el pulgar de la mano derecha hacia arriba y se
tira. El sonido del agua refresca el atardecer. Una de las luces de la piscina
ilumina su cuerpo al bucear y hace visible el rastro de pequeñas burbujas que va dejando detrás. El segundo trago de vino ya no es tan bueno.
viernes, 1 de agosto de 2014
Ofrenda al sol
Ofrenda al sol : Hace un sol
tan fuerte que nos vemos obligado a meter todas las sillas en el garaje con la
misma urgencia con la que las protegemos cuando rompe a llover. El sol no se
molesta, qué va a molestarse si es su mes. Atraviesa la cortina metálica del
garaje y juega a tocar una de las sillas, la roja, la que tiene en su respaldo
la silueta de un oso. Alcanza una de sus patas, el brazo izquierdo y el
asiento. El movimiento de la cortina, que permite que los trazos del sol vayan
cambiando, se debe al calor que va acumulando porque el aire se ha detenido en
las sombras, esperando a la noche. Sobre esa silla roja infantil el sol parece
inofensivo. Ven, salid, que no os voy a hacer nada. Miro en silencio para no
delatarme: si quisiera, enrollaría sus tentáculos alrededor de la silla y se la
llevaría fuera.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)