La pasión oculta del cocinero : Sirven el pan en unas bolsas de papel. Son trozos
pequeños y calientes. Quizás sea una invitación para que, en lo que llegan los
platos principales, te levantes y te lo vayas comiendo mientras disfrutas de
las vistas de Madrid que hay desde esta terraza o sigas con el montaje del
trabajo que han hecho los alumnos de una escuela de fotografía. Unos pisos más
abajo se exponen las fotografías de la Wordpressphoto 2014, así que no sería
raro que el cocinero nos trajera el resto de la comida en una cesta si
sospechara que no la hemos visitado.
martes, 7 de octubre de 2014
lunes, 6 de octubre de 2014
Los escondrijos del frío
Los escondrijos del frío : A veces, pocas, no hace falta abrir la puerta para
entrar ya en casa. Basta con salir del ascensor al rellano y reconocer un olor que
viene a buscarme para decirme que a partir de ese momento el día va a ser más
acogedor. Que ya puedo abandonarme. Sin dejar las llaves en el cuenco de la
entrada, me asomo a la cocina para ver el horno encendido y fijar la mirada en una
quiche que crece lentamente con el agradecimiento del que se acerca a un
pequeño fuego en invierno. De esos fuegos que te ayudan a medir el tamaño de un
frío que traías del pasado y al que no le habías prestado atención.
domingo, 5 de octubre de 2014
El último elemento del escenario
El último elemento del escenario : Las sábanas, colgadas con pinzas de plástico, junto
al montón de leña y el cubo con ceniza, parecen las bambalinas olvidadas del verano.
Se hace raro no ver la combinación de prendas que normalmente ocupaban las cuerdas.
Al llegar a la casa, antes de llamar a la puerta del garaje, antes de escuchar
las voces en el salón, bastaba con mirar la colada para adivinar quién llevaba ahí
unos días. Ahora, de un vistazo, se sabe quién ha agotado sus vacaciones y se
ha vuelto a la ciudad dejando su hueco en la mesa, su vaso en la repisa, sus
cubiertos en el cajón. Cuando se sequen las sábanas habrá que ir preparando la
programación de invierno.
sábado, 4 de octubre de 2014
Los cuarteles de otoño
Los cuarteles de otoño : En los campos
ya no se ven ni girasoles ni trigo, solo una tierra roja revuelta para que se
airee. El paisaje apenas se mueve, espera alguna orden de lejos. Mientras, parece
que las cosas se entretuvieran solo con su nombre, como afirmándose en lo que
son en tanto les vuelven a recordar su utilidad. En estas condiciones, poco se
trae del paseo, salvo la precisión del inventario, los elementos labrándose las
primeras líneas del prólogo. La historia ahora transcurre en las huertas que no
se ven. Detrás de las paredes blancas en las que se apoyan los cardos, hay una
tierra doméstica que ofrece pimientos y tomates como una narración familiar destinada
a los más cercanos.
viernes, 3 de octubre de 2014
La atracción de la carne
La atracción de la carne : Justo al
doblar la esquina de la calle en la que acabamos de comer está uno de los pocos
restaurantes de la zona que no hemos probado: los platos de la carta están en
monedas de oro y eso nos frena un poco. Pero pegada a la entrada hay una
vitrina en la que exponen unos trozos de carne con los que te harías una foto
para enseñársela a los amigos, quitando aquella en la que un premio Nobel te entrega
un premio por un puñado de relatos. Entonces hay un instante en el que la visión
de esa carne y la evidencia de los precios alcanzan la misma fuerza, la balanza
se equilibra, y resulta imposible moverse. Últimamente son frecuentes situaciones
como ésta, así que ya me va costando menos salir de ellas. Basta con algo
mínimo, la mirada del camarero que sale del restaurante a fumar sin prisas.
jueves, 2 de octubre de 2014
Provisión de sombras
Provisión de sombras : Los objetos se estiran y se demoran en sus sombras
antes de que los días sean más cortos. Van alcanzando y señalando un punto
aquí, otro allá, para que en esas tardes entregadas directamente a la noche
puedan recordar su verdadera dimensión. Entonces la silla, plegada y apoyada
contra la pared, podrá imaginarse floreciendo de nuevo en una sombra como la de
esta tarde y así pasar pacientemente el destierro del frío.
Podría estar haciendo mil cosas. Hasta tengo una lista en el móvil numerada hasta el cinco, como si fuera la dosis justa que mi pereza necesita (menos no la estimularía y más la ahogaría). Pero he dejado el móvil en la mesa de la entrada como la pistola de un policía que fuera a entrar desarmado en la casa de un secuestro para no precipitar los acontecimientos. Si la silla percibiera cierta urgencia es posible que detuviera el avance de su sombra. Para que pueda seguir a lo suyo es necesario que yo me asome al balcón y lance una mirada sin anzuelo a lo que pasa ahí abajo.
Podría estar haciendo mil cosas. Hasta tengo una lista en el móvil numerada hasta el cinco, como si fuera la dosis justa que mi pereza necesita (menos no la estimularía y más la ahogaría). Pero he dejado el móvil en la mesa de la entrada como la pistola de un policía que fuera a entrar desarmado en la casa de un secuestro para no precipitar los acontecimientos. Si la silla percibiera cierta urgencia es posible que detuviera el avance de su sombra. Para que pueda seguir a lo suyo es necesario que yo me asome al balcón y lance una mirada sin anzuelo a lo que pasa ahí abajo.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Múltiplos de cuatro
Múltiplos de cuatro : Decido hacer un
revuelto. Abro la nevera y regreso a “Los quinientos pesos”, un cuento de
Onetti que he acabado de leer sobre los prejuicios y la poca información que
pedimos antes de opinar, mientras el cuerpo va a lo suyo. El cuerpo, que coge
cuatro huevos (todas las medidas son múltiplos de cuatro), y el cuenco de
plástico, y saca la sartén, y busca dónde está la sal, y levanta varios platos
buscando el más apropiado, y coloca el bote de cristal con el aceite y deja a
mano el rollo de papel de cocina. La conciencia, que regresa al último párrafo,
aquél en el que el protagonista devuelve en forma de flores sobre la tumba,
cada uno de los quinientos pesos que la fallecida a la que cuidaba le había
dejado en herencia, mostrando así que él no lo hizo por el dinero. “Porque lo
vieron de pie y de rodillas en el pescante, y luego de pie sobre la tierra
gorda, negra y siempre húmeda, sobre el pasto irregular e impetuoso, braceando
sin pausas, jadeando por la mueca resuelta y fatigada que le descubría los
dientes, para trasladar al voleo las flores recién cortadas, del coche a la
tumba, un montón y otro, sin perdonar ni un pétalo ni una hoja, hasta devolver
los quinientos pesos, hasta levantar la montaña insolente y despareja que
expresaba para él y para la muerta lo que nosotros no pudimos saber nunca con
certeza”. El cuerpo, que ya dispuesto todo, me reclama. Regreso del cuento.
Cuatro huevos, cuatro huevos no son suficientes.
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