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sábado, 10 de diciembre de 2011

El poder de los elfos

En los puestos venden ponchos para protegerse de una lluvia que no molesta y en la que la gente que rodea el estadio no parece fijarse, alimentada por cierto calor interior que la hace inmune al frío o a las dudas. Los ultras aclaran sus gargantas con cerveza y comienzan a ensayar sus cánticos cerca de la puerta cero, con el tono festivo del que ya está celebrando algo a pesar de que quedan veinte minutos para que empiece el partido. Todos hemos escrito nuestra carta a Papá Noel y se la hemos echado en el buzón a Mourinho con la seguridad de que éste nos va a traer lo que queramos.

En medio de esa euforia contenida, que comparto, veo dos detalles que me inquietan. Uno es un cartel en el que leo “El sueño de una noche de verano”. El otro es la tranquilidad con la que se mueven los caballos de la policía, como si anticiparan que esta va a ser una noche sin problemas en la que la gente se va a retirar pronto a casa, cambiando el plan de la copa con los amigos por la sopa caliente en la cocina.

Dentro del estadio todo se desarrolla como siempre. La alineación del Barça se anuncia sin presentar las fotografías de los jugadores, lo que tiene cierto toque infantil o, analizándolo un poco más, protector, como si se nos quisiera evitar ver de frente a un rival que, todavía no lo sabes, se ha hecho con las cartas a Mourinho y las va a romper una a una. Los jugadores del Madrid si aparecen en las pantallas con su imagen, acompañados por el grito del locutor que los va nombrando con la contundencia del gorila que se golpea el pecho.

Al salir los equipos, unos son recibidos con aplausos y los otros con insultos que cruzan el cielo como guirlandas. Y antes de que la última guirnalda haya caído sobre el césped, Benzemá, a los veinte segundos, marca el primer gol, haciéndonos creer a todos que la Navidad, como dice la canción, va a ser blanca, alejados los enemigos a la distancia de nueve puntos.

Entonces el Madrid mira al marcador y ve un resultado. El Barça se fija en el 10 y apenas le presta atención, como si marcara la hora. El Madrid cree que ya está todo escrito y el Barça, al que se le ha negado su imagen, empieza a jugar como si tuviera que ganársela. Digamos que uno cree en Papá Noel y el otro ya sabe la verdad.

En ese momento la victoria del Barça se pagaba a seis euros, lo que nos habría hecho ricos a los madridistas si hubiéramos hecho más caso a lo que veíamos que a lo que sentíamos. El día que se cuente un partido con los comentarios de los hinchas se descubrirá que de puertas adentro uno no se engaña. Y entre los de mi zona empieza a aparecer pronto cierto malestar con lo que se ve abajo.

A pesar del calor del primer gol, el césped está frío. Bastan unos pocos detalles para saber que esta noche el Madrid no funciona. Lo que vemos abajo parece el resultado de unas consignas que han ido más allá de lo apropiado, como el que te cuenta los viajes de Marco Polo cuando le preguntas por una calle del barrio. Mourinho parece haberles hecho creer a cada jugador que el partido depende de él y sólo de él, para motivarles, y ahí están, jugando como si sólo existieran ellos y el resto del equipo fuera invisible. Mourinho le ha echado demasiados fideos a la sopa y esta se ha vuelto espesa. Guardiola, con ese toque de monje avispado, sabe que es mejor dejar el caldo ligero y así se lo ha hecho beber a los suyos.

El Barça ve pronto el cortocircuito del Madrid, que parece jugar hoy con su marca blanca y empieza poco a poco a aumentar su ritmo. No es que hagan un gran fútbol, pero digamos que saben cómo desactivar al Bernabéu. Primero nos mandan un mensaje a los hinchas, que captamos pronto, diciéndonos que esto es sólo cuestión de tiempo. Después, una vez instalada la duda en las gradas, los de Guardiola se dedican a decirles a los del Madrid que la grada ya no está con ellos y que Papá Noel no existen.

Ese es el planteamiento y hay que ser muy ciego o muy fanático para no darse cuenta de que el que está agitando el árbol es el Barcelona. El Madrid no reacciona porque juega once partidos a la vez, incluyendo a un Casillas cuyo reloj interno parece volver al ritmo de los demás mortales, que vemos las cosas cuando han sucedido, no tres segundos antes. El Barça sólo necesita de un fútbol ordenado, de un partido que comparten todos y que no brillará en las hemerotecas digitales del futuro, pero para qué más.

Y llega el segundo, claro. Y el tercero, normal.

Salgo del partido con mi hermano antes de que acabe. Afuera nos debía esperar un bullicioso sábado por la noche y nos encontramos con una noche de martes. La policía apenas se ve. No quedan ya puestos. La calle está limpia. Los camareros de los bares miran la pantalla mientras calculan el dinero que van a perder esa noche. La gente camina despacio, con las manos en los bolsillos. El murmullo del Bernabéu va desapareciendo. En el metro no hay cola para pasar el control. En el andén esperamos ordenada a que llegue el metro. Alguno manda mensajes por el móvil con la cara seria. Y, sobre todo, no nos hemos terminado la bolsa de pipas.

Los elfos, ya lo hemos visto, son culés y llevan un diez en la espalda. Como advertían, han roto todas nuestras cartas y nos han dejado un poco desconcertados, sin saber muy bien qué pedirle ahora a Mourinho.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Gracias, Messi.

Camino de mi puerta en el estadio, me cruzo con cientos de madridistas por la zona del Bernabéu. Entre tanta gente, destaca la camiseta de una colchonera con el siete a la espalda. Nadie le dice nada hasta que uno, con un vaso de cerveza en la mano, le grita :

-¡Mira a la del Forlán! ¡Hija de puta colchonera!

En ese momento me siento orgulloso de pertenecer al Madrid. Puestos a ser grandes, puestos a abarcarlo todo, me alegra descubrir que también tenemos a los hijos de puta más cobardes del panorama futbolístico. Ahí está este tipo, madridista de pro (el alcohol nos ayuda a sacar la esencia de nosotros), mostrando que en la fauna madridista podemos presumir de tipos como él que se meten con quinceañeras rivales. Sí que somos grandes, coño, nos lo merecemos todo.

El partido de hoy parece que tiene un guión escrito año tras año y del que nadie se puede salir y en el estadio hay cierta euforia cansada, como si nos tuviéramos que reír de un chiste que ya nos sabemos : sale un portero y recoge cuatro balones de la red. ¿Cómo se llama la película? Derbi madrileño.

Con esa sonrisa poco convincente ocupo mi sitio, junto a mi hermano, que hoy no trae pipas. En la lista de partidos innegociables que negocié con María, éste tenía la marca verde de los que podía ver. Más que por un tema futbolístico, por razones sentimentales, porque la última foto que tengo con mi padre en el Bernabéu fue de otro derbi de hace cinco años y esta es una cita con el pasado que quiero cumplir, aunque de aquel equipo en el que jugaban Casillas, Míchel Salgado, Roberto Carlos, Iván Helguera, Raúl Bravo, Zidane, Baptista, Guti, Gravesen, Beckham, Cassano, Diogo, Raúl y Robinho, sólo quede el portero : la alineación de un equipo de fútbol es un río en el que no te puedes bañar dos veces, como dijo Heráclito.

Abajo, en el campo, lo de siempre. Parece que al Atleti le hubieran pasado otro texto cuando se atreve a meter el primer gol del partido, pero pronto parece recordar que en las estrellas y en la tercera tabla de Moiséis ya se habla de sus derrotas en el Bernabéu y el portero del Atleti, asustado frente al desafío de ir por delante, avanza tres casillas en el parchís : expulsión, penalti y empate.

Con lo que ya no sabemos, si a partir de ahora, es el Madrid el que gana el partido o el Atleti el que pierde. Ya tienen carnaza los periodistas para los que, hasta ese momento, retransmitir el partido es hablar de cualquier cosa que suceda fuera del estadio.

-¿Qué dicen en la radio?

-Algo del baloncesto – me dice mi hermano.

Empatado el partido, los espectadores volvemos a sentirnos como los dioses que ven, con cierta cariñosa lástima, que algún espontáneo trata de desafiar al destino. Esa confianza en el resultado final te hace sentir seguro, pero la seguridad es hermana del aburrimiento, por lo que, por mucho que nos quejemos, todos, salvo el hijo de puta de la cerveza del principio, recordamos con cierta melancolía ese gol del Atleti. Cuando uno se quita la camiseta, lo que se valora es al que se atreve a seguir su propio camino.

Pero tampoco vamos a ponernos profundos, porque uno se pone la camiseta para ser superficial y el partido está empatado y eso es a lo que vamos. Todo respiramos algo más aliviados y esperamos que las cosas vuelvan a ser como en el pasado, lo que tarda poco en suceder : el Madrid mete goles y el Atleti se lleva tarjetas. El ying y el yang.

-¿Y por qué no traes pipas?

-¿Y por qué no traes bocadillos tú?

Los goles llegan, pero no alimentan. Hay aficionados que, vistos los gritos que sueltan, parecen disfrutar con cualquier plato. Son los que le darían una estrella Michelín al banquete de bodas de su primo en el pueblo, pero yo no me siento especialmente estimulado. Los de blanco hoy, sea por lo que sea, no andan finos, y los pases y las jugadas se les quedan cortos, como si uno pensara en centímetros y el otro en pulgadas. Y por tonterías así más de una sonda espacial se ha pegado un buen golpe contra la superficie de la luna, provocando una pequeña nube de polvo y disolviendo millones de dólares del presupuesto.

Los goles acaban llegando y lo celebramos con una alegría desteñida que tiene algo de farsa. Gritar por un gol a un equipo que tiene un jugador de menos tiene algo de insulto contra tu propio equipo. Lo suyo sería un silencio educado. En fin, y mi hermano sin pipas.

¿Cosas que podría haber hecho en vez de ver este partido? Comenzar con cualquiera de los libros que me esperan o meterme en una tienda de chucherías a comerme unas cuantas pipas con la elegancia del caballo que abreva.

-No puede meter la cabeza y comer. ¿Me oye?

Lo intento, pero es difícil hablan cuando tienes pipas hasta en los oídos. Poco antes de que acabe un partido que lleva terminado muchos minutos le digo a mi hermano que ha llegado el momento de marcharse. Tengo que reconocer que no he sentido la presencia de mi padre, lo que no me sorprende porque siendo ya etéreo e inmortal, y sin sentir el peso de la finitud y bla,bla,bla, debe haber muchas cosas que hacer, que para eso se es inmortal. El tema de la mortalidad tiene sentido cuando uno se gana la vida sentado ocho horas delante de un ordenador.

-Menos mal que esto no es para siempre.

Nos metemos en el metro y hablamos de la crisis, que es lo que realmente importa.

-Los de Huawei se traen a los ingenieros de china en aviones, le tienes mil horas trabajando y revientan los precios del mercado, así que pronto acabaremos todos en el paro.

Muchos goles tiene que meter Ronaldo para hacerte olvidar esto. Parece que en lo que a la economía se refiere, no hay árbitro alguno que haga cumplir las reglas. En todo caso, tenemos a aficionados que con el reglamento del ajedrez tratan de organizar un partido de baseball. El tema es muy serio.

-¿Pero no tienes pipas?

-No.

Me despido de él y me marcho a casa, donde me encuentro a María viendo la televisión. Cambio un momento y en un canal descubro que retransmiten los últimos minutos del Getafe-Barcelona, que van ganando los locales por un gol a cero. Sólo quedan cinco minutos. Vuelvo a mirar el resultado. Vuelvo a escribirlo aquí. Getafe, uno; Barcelona, cero.

Toda la emoción que no ha provocado el partido del Bernabéu la percibo en esos cinco minutos. Me siento en el borde del sofá y noto cómo mi corazón late con más fuerza, como cuando uno está vivo. Los del Barça atacan y los del Getafe defienden, pero parece que ahí tuvieran un guionista diferente, más atrevido.

Me mantengo en un silencio expectante, con el corazón marcando el ritmo cada vez más deprisa. La sangre llega a rincones un tanto abandonados de mi cabeza, esa que va secando el uso continuo del Excel. Trabajar es cauterizar. Fluye la sangre y me descubro gritando, ordenado la defensa, criticando al árbitro y diciéndole a Piqué que su campaña de moda me parece muy elegante. Qué elegante ni qué coña, a él también le grito. Cómo grito. Nunca había disfrutado así últimamente, le estoy siendo infiel a mi escudo, a mi estadio y a mis colores, pero qué le voy a hacer. Getafe, uno; Barcelona, cero.

Y entonces aparece Messi y esquiva a la defensa sin problemas con el balón pegado a la punta. Me gustaría verle salir de un vagón de la línea uno a las ocho de la mañana. Eso sí que es esquivar, Messi. Messi avanza, se prepara y lanza un golpe directo que parece trazado por el destino.

El balón avanza y da en el poste, con elegancia. Qué cosas. Con lo pequeño que es Messi y lo grande que es la portería. Parece que cada jugador del Barça hubiera recibido ese golpe en la cabeza porque apenas tienen tiempo de reaccionar. Soy capaz de sentir el temblor debajo de mis pies, y en mis manos. Mi corazón late con más fuerza, transmitiendo ese ritmo a los vasos de la cocina, que tiemblan, y a los platos, y a las tazas, y a los cuchillos, y a las cucharas, y al bote de arroz, y a la caja de cereales, y a las naranjas de la despensa, y a la bolsa de colines y a las llaves de la entrada.

La intensidad aumenta hasta que el árbitro marca el final del partido. Esa señal hace que todo cese de repente y la casa vuelva a ser más sólida. Pero es un silencio ficticio, como el que provocan los animales antes de que llegue el tsunami.

El tsunami se acerca con fuerza y antes de que rompa, hago dos cosas. La primera es darme cuenta de que, además de nosotros dos, hay alguien más alrededor, que la eternidad sin arrugas debe ser difícil y todos necesitamos emociones. La segunda, darle gracias a Messi por estrellar ese balón en el palo.

Dar gracias a Messi, quién me lo iba a decir.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Goles y neutrinos

Los neutrinos, dice el periódico, van más deprisa que la luz. Eso tiene una serie de implicaciones tremendas en el campo de la física, según dicen, porque podría viajarse al futuro.

Yo puedo viajar al futuro o al pasado sin necesidad de grandes gastos. Lo hago, sin problemas, en el Bernabéu. El chaval que está sentado detrás de mí soy yo hace veinticinco años. Así que, desde mi punto de vista, estoy viajando al pasado. Desde el suyo, lo que tiene enfrente es su futuro.

Sorprendente. Y, en el césped, el Rayo le mete un gol al Madrid en el segundo cuarenta. La lógica, la física y la economía, por los aires.

Bueno, al viaje en el tiempo. Ese de atrás, sin ser yo, soy yo. Hace veinticinco año yo era así : Insultaba al árbitro, coreaba los gritos de los Ultra Sur, me ponía de pie, sabía quién era cada jugador por la forma de correr, celebraba cada saque de esquina, les decía dónde tenían que pasar el balón, gritaba eso de “eeeeeeeeee….¡cabrón”” cuando sacaba el portero, me unía a los cánticos, “illa, illa, illa, Juanito maravilla” y me comía el bocadillo de no sé bien qué sin quitarle el papel de plata (vamos, todo para adentro)

Así era yo.

Y el yo del futuro, con veinticinco años más, se gira al yo del pasado cuando celebra el empate del Madrid como si hubiéramos ganado la Copa de Europa.

-Que no hemos ganado la Copa de Europa – me digo.

-¡Hay que salir del bache! – me respondo.

El yo del futuro desea, en silencio, que gane el Rayo. El futuro, le explicaría al yo del pasado, es algo complejo. Empata el Madrid y, realmente, me jode. Me hubiera gustado que ganara el Rayo porque es capaz de plantar cara y porque me gusta ese lateral que vuelve loco a Marcelo.

-Lass – me dice el yo del pasado.

Lass. Es bueno ese Lass.

Ah. En el partido de neutrinos solteros contra rayos de luz casados, el resultado es : Luz 2,40000, neutrinos 2,39994.

domingo, 5 de junio de 2011

Adiós, Zidane


Por todo lo que pasó, tengo la sensación de que él propio Zidane no ha podido despedirse de sí mismo como quería, ni nosotros de él. No se produjo ese final que habría cerrado su carrera y nos habría permitido decirnos : bueno, pues se acabó, adiós, Zidane.

Si vamos al partido de hoy, entre veteranos del Madrid y del Bayern, es para ensayar ese adiós, para ver si encontramos la manera de despedirnos y dar por cerrada esa época. Hay una buena entrada y el locutor, cuando llega el momento de decir el nombre de Zidane, se detiene un segundo antes de nombrarlo y provocar la ovación del público.

Como en los viejos tiempos.

Y ahí está de nuevo, en el césped del Bernabéu, con el cinco a la espalda, y su estatura, y su elegancia, y su control de la jugada, y su brazo levantado avisando al compañero, y sus pases largos, y su forma de proteger el balón, y su carrera y sus charlas con los del Bayern y sus quiebros.

Todos los elementos están ahí, pero la suma ya no da el Zidane que conocí. De hecho, parece jugar para los demás, como si a él no le interesara ya marcar un gol. Empuja en el ataque, se ofrece y sirve de apoyo, pero nada más.

Habría agradecido que tirara a portería, que lo intentara. Parece que él ya hubiera dicho adiós a todo esto. Nosotros no hemos tenido esa oportunidad y creo que, por toda la eternidad, vagaremos como esos fantasmas que no aceptan la realidad y pretenden seguir vivos, con sus camisetas con el cinco a la espalda y sus batallas a los hijos sobre ese jugador que fue, sobre todo, un tipo elegante.

Cuando faltan unos veinte minutos para que termine el partido, le cambian, despedido con la misma ovación que le recibió.

Yo también me levanto y me marcho. Habrá que buscar otra ocasión para despedirse. Afuera del estadio, como en una mala película, ha empezado a llover con fuerza.




















miércoles, 27 de abril de 2011

Gracias, Wolfgang Stark

Estaba el partido bastante aburrido, tieso y seco, como si no hubieran regado a los jugadores. Yo también me notaba un poco lejos de mí, dándole vueltas a dos o tres temas sin demasiado interés, como encontrar un número de teléfono en un trozo de papel y jugar a adivinar de quién es.

Gabriel Byrne : Yo sé por qué.
Yo : ¡Hombre, Dr Paul Weston!.
Paul Weston : Te lo diré. Estabas empachado por la final de la Copa y nada atraía tu interés.
Yo : Pues va a ser que sí, ahora que lo pienso. Muchas gracias, Dr Weston.
Paul Weston : Me marcho a la consulta. Con casos como el tuyo los episodios de mi serie durarían menos que la introducción.

Joder con el doctor Weston. Qué manera tan educada de llamarme simple.

Paul Weston : Si lo quieres definir así.

Total. El Bernabéu. El partido. Y yo en una especie de viaje astral doméstico, sin alejarme mucho de mí mismo. Abajo los jugadores iban a lo suyo, pero sin muchas ganas, como si ellos también estuvieran dando vueltas alrededor de sus entrenadores, enredados en todas las palabras dichas en los días anteriores. Para entendernos : lo que tenía que ser una competición en una piscina limpia, con sus calles bien delimitadas, se estaba convirtiendo en un baño en una zona llena de algas, en plan mar de los sargazos. Los piratas saben de qué hablo.

Hasta aquí, la exposición, que le vamos a dar a esto una estructura dramática. El partido se habría quedado en eso, como si tuviéramos a una abuela hablando en un escenario de todo lo que ha comprado en el Mercadona, si no hubiéramos tenido sobre el césped a don Wolfgang Stark. El señor Stark sabe mucho de teatro

Gracias, señor Stark.

El señor Stark (Wolfang para los amigos, que los tendrá), viendo que los jugadores no juegan, que yo ando haciendo turismo astral con la poca iniciativa del que se sube a un autobús y se deja llevar, que el césped está seco, que el público se mete con la pobre Shakira, que falta el gol, que el fútbol se encoge en sí mismo como un caracol dentro de su caparazón, que una portada con 0-0 no vende ejemplares, que el Bernabéu se vuelve un poco apático, que las mocitas madrileñas no sonríen y que Mourinho se pasa bastante tiempo en el banquillo, reacciona y le da un empujón a la obra para que pase al nudo.

Tarjeta roja a Pepe.

Dani Alves también sabe bastante de teatro. No sé si el señor Stark (Wolfang para los amigos) y el señor Alves (Dani para los amigos) estarán en la misma compañía de teatro en sus horas libres. En el mundo del teatro hay de todo.

Es lo que en un guión se llama el plot : el momento en el que las cosas cambian. Y cambian mucho. Yo, por ejemplo, regreso de mi viaje astral, de mi apatía, y noto cómo desaparece el empacho que notaba. En casos como el mío, nada mejor que tomarse una tarjeta roja del famosos doctor Stark para volver a sentirse a tono

Al ver la tarjeta roja, me viene a la cabeza una letra de El Ultimo de la Fila : "¿Por qué esas flores raras, crecen en la acera para ti?. Volveré a cogerlas, sabes, no me acostumbro a estar sin ti”. Y pienso en Pepe y, sobre todo, en la Copa de Europa, que se aleja un poco. Pero es que estamos en el nudo y en el nudo pasan estas cosas.

Basta con asomarse a la platea para ver que en el escenario se desarrolla una tragedia. El señor Stark sabía muy bien a quién echar, como si siguiera un guión. Es muy listo el señor Stark. El tema del nudo estaba en el césped y en nuestras gargantas, porque a Ronaldo parece que le hubieran entregado el guión de otra obra. Va a lo suyo.

Y si ha habido exposición y nudo, era cuestión de tiempo que llegara el desenlace. Esto lo sabía Aristóteles y también lo sabemos nosotros. Y hasta los jugadores del Madrid y los del Barça. Sin Pepe en el campo, toda la obra se le ofrecía a Messi para que marcara sus goles.

Uno.

Y, después, con algunos todavía agarrándose la cabeza con las manos, el segundo.

Así que sólo puedo tener palabras de agradecimiento para el señor Stark por haberle dado una forma dramática a lo que tenia la tensión de un partido de petanca. Si no estuviera ya cogido, titularía a esta obra “Uno de los nuestros”.

sábado, 16 de abril de 2011

No hay nada igual


Es la primera vez que me voy al Bernabéu con cinco libros. Cinco son excesivos, lo sé. Uno o dos pueden ser útiles cada vez que el Barça anuncia un cambio y el sustituido sale andando tranquilamente del campo (que algo de cariño le tendrán cuando se toman su tiempo) y llega el momento de sacar de la bolsa “Velocidad de los jardines” y leérselo, porque sólo tiene ciento cuarenta y una páginas y te da tiempo a terminarlo.

-Pues ya está. ¿Quién ha salido?

Y en el siguiente cambio empiezas “Ventajas de viajar en tren”, que también anda por las ciento cuarenta y nueve páginas. Cierras el libro y ves a Pep recibiendo al que abandona el campo con algún gesto bien estudiado, nada de la frialdad con la que Mou pasa de Abelda cuando el colegiado le expulsa

(Los árbitros levantan más la mano con una roja que con una amarilla. Ahí se delatan. Les gusta)

Algún malpensado dirá que llevo cinco libros porque es un número que tengo grabado en el inconsciente. Puede ser. He visto el cincuenta en bastantes sitios : en un anuncio del McDonald´s hablando de las ventajas de una hamburguesa de los cincuentas o en el cincuenta por ciento de descuento que ofrecía una pizzería. Por poner dos ejemplos.

Pero lo del cinco con los libros no ha sido premeditado. Antes del partido me voy de librerías a buscar esos libros que ya están un poco sucios y que tienen pinta ya de abandonados : “A bordo del naufragio”, de Alberto Olmos (1998), “Ventajas de viajar en tren”, de Antonio Orejudo (2000), “Ya no pisa la tierra tu rey”, de Cristina Sánchez-Andrade (2004) o los que han salido en edición de bolsillo : “Deseo de ser punk”, de Belén Gopegui (2011) o “Velocidad de los jardines”, de Eloy Tizón (2008)

Compro cinco libros y cinco más se quedan para la próxima vez : “Sangre a borbotones”, de Rafael Reig, “Chet Baker piensa en su arte”, de Vila-Matas, “La niebla, tres veces”, de Menchu Gutiérrez, “Vive o muere”, de Anne Sexton y “La brújula de Noe”, de Anne Tylor.

Así que, mientras calientan los jugadores, empiezo con “Velocidad de los jardines”. Y me encuentro con frases como ésta : “A esa hora, en el otro extremo del mundo, una espiga cae tronchada por el peso de la calma” (Página 19). Dejo la lectura ahí

Y trato de meterme en el partido, lo que es muy fácil. Sólo hay que dejarse llevar porque no hay nada igual a un Madrid-Barça (Excepto otro Madrid-Barça, lo que no es bueno cuando uno ya va acumulando bastantes). Te das toda la inercia que puedes hasta que descubres a un Madrid con un juego conservador. Sale un partido algo bronco, seco, limitado, como si la consigna fuera mostrar los menos recursos posibles. Aunque el partido termina en empate, creo que el ganador es el Madrid porque logra imponer su criterio.

Chillo, grito, insulto, aplaudo, pero no me engaño con lo que veo. No hay fútbol. Ni en un lado ni en otro. Seguiría con “Velocidad en los jardines”, pero me da vergüenza sacar el libro. Es probable que la cámara que, colgada de cuatro cables, se mueve por encima de nosotros se fijara en mí.

-Ese tipo está leyendo.
-¿El Marca?
-No, un libro.

Tremendamente sospechoso. Por eso sigo con la frase de la espiga en la cabeza. Hay cambios, pelotazos, dos penaltis, una expulsión, un balonazo de Mesi, una gran jugada de Ozil, un árbitro poco justo, y, como he dicho, bastantes insultos. Mañana estaré ronco.

El mejor momento del partido se da cuando todos tratamos de entrar en el metro. La gente va resignada. No es mal resultado empatar con un jugador menos. Pero el tema central es que ha habido muy poco fútbol. Una de las máquinas se rompe y la gente empieza a bromear.

-Hasta aquí llegan los tentáculos del Barcelona.

El encargado de controlar a toda la marea que tiene que pasar por los tornos se pone nervioso :

-Vayan a la derecha, a la derecha…bueno, es mi derecha, así que se trata de su izquierda. Vayan todos a la izquierda, por favor.

“Caer tronchado por el peso de la calma”. Ésa sí que es una buena frase.

sábado, 2 de abril de 2011

Es duro ser del Madrid


¿Es duro ser del Madrid?. Ya os lo digo : si estáis a tiempo, elegid otro equipo. Está bien ser japonés, comprarse una camiseta en la tienda y pasar una tarde viendo a esos tipos de blanco. Le haces una foto a la entrada con tu iPhone y te vuelves a Japón con más preguntas que respuestas.



¿Por qué tengo el pelo al dos?. Me lo corté el lunes, antes de ir a la consulta de una hematóloga que me dijo que mis glóbulos rojos eran grandes, pero que estaban dentro de la campana de Gauss (la cabeza y la cola de la serpiente del principito, para entendernos). Antes de saber eso de mis glóbulos rojos, la peluquera me pasó la maquinilla, me lavó el pelo y, de repente, fue a por las tijeras para cortarme un extraño pelo que desentonaba con el resto. Parecía decirme : “Con la maquina no puedo demostrar lo que valgo. Tenías que verme con la tijera”. Hoy, viendo al Madrid, me daba por mirar al suelo mientras me pasaba la mano una y otra vez por el pelo. Creo que me acariciaba a mí mismo para no echarme a llorar.



¿Por qué es tan silencioso el Bernabéu? Esta es una de las preguntas que la japonesa que le hace la fotografía a su entrada con el iPhone se llevará a Japón. A lo mejor la respuesta está allí. Yo, desde luego, no la tengo. Se oía más a los del Sporting cantando “puto madridista el que no bote es, es” o “así, así gana el Madrid” que a los del Madrid. A lo mejor la japonesa piensa que los hinchas del Madrid se refugian en esa esquina y que ofrecen el resto del estadio, hospitalarios como somos, a los seguidores del rival. Yo mismo me lo preguntaba a veces. Ya os digo que ser del Madrid es complicado.



¿Se acaba de verdad la racha de victorias en casa de Mourinho?. En su currículum, podrá ponerle fecha final a esa línea. Pero Mourinho es muy listo y seguro que esto de perder en casa contra el Sporting es parte de una maniobra que alguien que cobra diez millones de euros al año es capaz de ver. Tú, con tu cuenta corriente de mierda, lo único que puedes hacer es mirar al suelo y pasarte la mano por la cabeza.



¿Es el césped del Bernabéu mágico? Otra pregunta que la japonesa se habrá hecho. Los jugadores del Gijón se caen al suelo, como fulminados por una maldición divina y a los pocos segundos ya están de pie, corriendo con más ilusión que las cabras de Heidi al escuchar el silbido de Pedro. Vaya césped que tenemos. En la pócima que bebía Astérix una parte del ingrediente secreto era este césped. Del resto no os digo más.



¿Una mierda?. Me lo dice la señora que tengo sentada detrás de mí. Siempre me pregunta por mi madre y por mis hijos. En el descanso me giro para saber qué piensa del Madrid. “Una mierda”. Nunca hasta hoy había sido tan rotunda. Lo dice con una sonrisa perfecta que hace que esa mierda adquiera relieve y densidad.



¿Son los madridistas aficionados al origami? Se preguntará la japonesa. Caen muchos aviones de papel en el segundo tiempo. En el asiento, los de Pullmantour dejan una hoja “Sea cual sea el resultado del partido, tú saldrás ganando”. Mal día han elegido los de Pulmantuor para el eslogan. Mal día. La gente, aburrida de lo que pasa en el campo, con jugadores del Sporting que se caen y se levantan y jugadores del Madrid perdidos en su particular laberinto personal, prueba a hacer aviones. Y salen bien los aviones, claro, que Pulmmantour es una agencia de viajes que, después de este partido, podrá llevarte a cualquier sitio menos al primer puesto de la tabla.



¿Puede algún madridista estar hoy de enhorabuena?. En un periódico deportivo de hoy, Ronaldo decía que creía que el Madrid podría hacer el triplete. Mal día para Pullmantour, para Mourinho, para Ronaldo, que hace el saque de honor, y gran día para los escarabajos peloteros, que ya sabéis que son los que se alimentan de la mierda. Si eres un escarabajo pelotero madridista, enhorabuena.



¿Tarde infantil?. Como el partido es a las seis de la tarde, muchos padres vienen con sus hijos. Ya de mayores, viendo fotos del encuentro, podrán decirle a sus hijos : “En ese partido, en el que tiramos la Liga, estuve yo con los abuelos”. Con lo de abuelos se referirán a sus padres, no a los jugadores. O, a lo mejor, sí.



¿Habrá entendido algo la japonesa que ahora se marcha?. No, no habrá entendido nada. Yo, lo admito, tampoco. Para que este post tenga cierta utilidad, os voy a decir algunas palabras en japonés por si después de un partido como éste os da por haceros aficionados a Sumo. Salmón : sake. Atún : maguro. Langostino : Ebi. Aguacate : Abokado. Pepino : Kyuuri. Cangrejo : Kani. Pulpo : Tako.

jueves, 17 de marzo de 2011

Hacia cuartos (menos fríos)

Rememoro diez momentos importantes del partido de ayer, una vez que se ha enfriado el marcardor :

1-El metro.

Voy en metro porque es cómodo y es línea directa, la diez, la más apropiada cuando uno se dirige a la Décima (la mayúscula es mía porque no merece la pena desear algo que no empiece por mayúscula). La parada es Santiago Bernabéu, que sólo te da una orientación de lo que te espera arriba, porque a veces al salir te encuentras en la Liga y otras, como esta noche, estás en plena Copa de Europa. La rutina o la Historia. Supongo que son cosas de la relatividad.

2-Los sándwiches de Rodilla.

Llevarse sándwiches de Rodilla al fútbol es un poco, un poco, un poco gay (ya está dicho). Mi hermano me ofrece uno y no le digo que no porque el hambre no es gay. Con el hambre no se juega.

-¿Ése de que es?
-De roquefort
-Pues el otro.

A veces lo que no te gusta te ayuda a elegir. Anotadlo.

3-No es Guti.

Dan la alineación del Madrid y se me ocurre una idea que le haré llegar a Florentino si ganamos la Décima : que cada estación de metro tenga el nombre de un jugador que haya estado en la final. Es una gran idea.

-Yo me bajo en Ozil.
Y la estación llena de fotos de Ozil. El gran Ozil. Es una pena que el Atlético de Madrid no pueda hacer lo mismo.

Dan la alineación del Madrid, decía, y al ver la foto de Khedira tengo la impresión de estar viendo la de Guti. Me sigue pasando con Guti lo mismo que con las películas de James Bond : pongan a quien pongan, siempre veo a Sean Connery. Aquí, esté quien esté en el centro del campo, me imagino a Guti. Pero le dio por marcharse a hacer el turco, qué le vamos a hacer.

4-El vecino de delante y sus puros.

El vecino de delante se fuma unos puros densos, apretados, que apenas se consumen. Me imagino a alguna cubana colocando capa sobre capa, sudando, las gotas de sudor cayendo por su cuello, y de su cuello, oscuro, deslizarse hasta…

Llego a casa oliendo a humo, pero no me importa porque, al agitar los pantalones, se caen los tres goles de hoy, que rebotan en el suelo hasta quedarse quietos.

5-El abrigo de Mou.

Mou sale con su abrigo largo hasta el borde del área que tiene marcada en el suelo con una línea discontinua. Un espacio perfecto para dejar el coche. Si quisiera, Mou aparcaría ahí su coche y dirigiría el partido con la ventanilla bajada y el codo apoyado en el borde, con cierto aire de superioridad.

Los del Fondo Sur, animados por los goles, corean su nombre. Suena un poco ridículo. Permanezco callado y con miedo de que Mou, que todo lo controla, pueda darse cuenta de que no digo nada. A mi Mou no me gusta, a veces me da vergüenza escucharle en las ruedas de prensa.

Creo que es un topo del Barça, pero me gusta su abrigo.

6-El iPhone

Me llevo el iPhone para escuchar el partido, pero descubro que hay un lapso de treinta segundos entre lo que veo y lo que escucho. Apago la radio y me concentro en el partido, aunque también hay cierta diferencia entre lo que veo y lo que pienso. Pero con eso ya cuento.

7-Nunca es igual que la primera vez.

Lo sabe Marcelo, por eso se empeña en ser el primero en marcar esta noche. Para su gol, mezcla varios ingredientes de otros jugadores, por eso le sale algo tan completo y sabroso. Se puede decir que te va describiendo la receta para que la boca se te llene de saliva conforme avanza con el balón :

-Se recibe un balón de Xavi Alonso templado y en su punto, se coge a Chris y se le esquiva con la zurda. Con el balón ajustadito, se amaga a Réveillère y se pone a la defensa en estado de ebullición. Ese golpe de calor es necesario para que los ingredientes se vayan ablandando, como la confianza del portero, Lloris, que ve cómo el balón entra limpiamente en la portería, permitiendo así un gol crujiente por fuera y delicado por dentro.

Como tenemos mucha hambre de títulos, todos nos lanzamos a celebrar el tanto y a comernos el gol a bocados, sin paladearlo, masticando con la boca abierta. Sí, somos un poco cochinos. Vuelve a ser un tema de hambre : seríamos capaces de hacernos un bocadillo de caviar.

8-Un cartel de apoyo a Japón.

Al principio del encuentro guardamos un minuto de silencio como muestra de apoyo a Japón. Esto no va a acabar con la amenaza de los reactores de Fukushima, pero supongo que si fuera japonés me gustaría ver que en el otro lado del mundo la gente sabe dónde se está jugando un partido de verdad.

Alguno hay que aprovecha para gritar, pero supongo que en los rebaños siempre hay una oveja que bala.

9-Ya no hay botas de vino

Hace frío en el campo. Supongo que el viento es el fantasma del pasado, recordándonos las veces que nos hemos quedado en octavos. Hace años te habrías echado unos tragos para calentarte por dentro, pero ya no hay botas de vino. En su lugar, tenemos unos radiadores colgados que encienden cuando va a terminar el partido.

Una medida inútil porque con tres goles en el cuerpo, a pesar del viento que corre por el estadio, nadie tiene frío. El frío, que salió del vestuario del Madrid, se mete ahora en el del Lyon.

10-Los titulares

Doy por terminado el partido cuando, a la mañana siguiente, leo los titulares de la prensa deportiva en los periódicos del quiosco. Es como ver el sello del notario en un documento : ya es oficial.