viernes, 20 de abril de 2012

Pedagogía colateral



Pedagogía colateral : Cosas del destino, termino con Daniel viendo “Battleship” cuando una hora y media antes la película no estaba entre nuestra lista de opciones. Figuraban “Furia de titanes” y “John Carter”. La primera se cae cuando Daniel ve el cartel, con unos titanes que dan miedo en 2D y pánico en 3D, que es la única opción que hay. “John Carter” tampoco es la elegida porque, de alguna manera, Daniel parece ser sensible a ese aire de fracaso económico que rodea a este título de Disney y nadie quiere pasarse por una fiesta en la que no hay invitados y los payasos lloran por las esquinas. Como el coche está bien aparcado y se es menos exigente con el tiempo del viernes, que parece capaz de soportar cualquier plan que uno levante sobre sus terrenos, le propongo ir a ver la de “Battleship”, que aparecen marcianos y naves y luchas.

Marcianos, naves y luchas sí que hay en la película, sí. Sin embargo, hay momentos en la película (los que van desde el primer minuto hasta ese otro en el que aparecen los créditos) en los que se tiene la incómoda sensación de que, esta vez, al mono guionista de Hollywood le ha sustituido el gato de la buena suerte chino, que sólo mueve la pata izquierda, con lo que su teclear es continuo pero poco sorprendente. La historia, en sí misma, aporta tan poco a la película como un hueso de plástico al cocido.

Curiosamente, ese ejercicio de adelgazamiento de la historia (mandamos una señal al espacio y encendemos las farolas para vigilar el cielo, los marcianos la escuchan y se presentan con cinco naves, cinco, que nos cepillamos de una manera espectacular) tiene efectos colaterales interesantes. El primero es el poder experimentar el significado de la frase “el todo en cada parte”, la certeza de que lo que viene a continuación ya está dicho en lo que tienes delante, con lo que si se hubiera quemado la película (algo que, desgraciadamente ya no sucede), nos habríamos levantado sin pesar y sin pensar. Cualquier momento es bueno para dejar de prestar atención al movimiento del péndulo.

El segundo punto relevante es, sorprendentemente, pedagógico. Esta es, sin duda, una gran película para un niño de siete años. Para más años ya no sería recomendable, con lo que vuelvo a pedir que en las películas se establezca no sólo una edad mínima, sino también máxima.  Pero a lo que vamos. Esta es una gran película para ver con un niño de siete años con la prima de riesgo a más de cuatrocientos puntos y la bolsa cayendo. O, lo que es lo mismo, con la situación económica de las diecisiete comunidades de este país a punto de volver a los tiempos de la Ruperta.

Y es que, a pesar de que los marcianos solo mandan cinco naves (la crisis, se sugiere, es universal) la oposición del planeta tampoco de más de sí y la batalla tiene cierto aire de pelea de recreo. Los golpes, espectaculares, acaban con la oposición de la armada de los Estados Unidos que al final tiene que echar mano de un viejo acorazado, el USS Missouri, que servía de museo por el que paseaban viejos marineros sin dientes recordando esos tiempo en los que todos los cañones, propios y ajenos, respondían a la menor provocación.

Con lo que ahí está el viejo Mo, un acorazado de esos años en los que había que girar muchas llaves para que los barcos funcionaran, salvando al mundo con una tripulación de viejas glorias que son capaces de poner el punto y final a la amenaza alienígena. (Si ponemos Mou en vez de Mo, el párrafo tiene aún más sentido)

La arruga es bella. Lo antiguo sirve. Sudar es provechoso. Algo que no tiene pantallas táctiles funciona, no pasa nada. El músculo tiene su misión. Todas estas afirmaciones, rotundas como los abuses que se disparan, entran con determinación en las blandas capas del cerebro de un niño de siete años, que las acoge sin darse cuenta de lo útiles que le serán en el futuro al que vamos retrocediendo, en el que no nos quedará más remedio que aceptar que la arruga es bella, que lo antiguo sirve, que sudar es provechoso, que algo puede funcionar sin pantallas, que el músculo tiene su misión y que eso que hay que apretar se llama botón y aquello es una azada y que claro que te va a doler la espalda cuando vuelvas del campo.

Deberían repartirse copias de esta película en todos los colegios de España.

Daniel se lo pasa bien. Los marcianos no dan miedo, aunque se parecen a James Hetfield, ponen dos canciones de AC/DC y las palomitas nos duran gasta el final. Todo un éxito.

Esta película, tan recomendable, no debe verla cualquiera que pretenda ganarse la vida con la música (o con el arte, ya puestos). El papel de Rihanna es una muestra de a qué tendrán que dedicarse los artistas en el futuro. O en el pasado. Vayan donde vayan, les acabarán pillando.

jueves, 19 de abril de 2012

La isla y el mensaje



La isla y el mensaje Voy a hablar de un libro y de un mensaje en el ascensor.

El libro, pues. Quien quiera leerlo, que cambie de canal porque tengo que desvelar algunas cosas para analizarlo como se merece.

El libro, seguimos. Estoy terminando “Sukkwan Island”, que va de un dentista al que le deben haber afectado muchos los rayos X de sus radiografías porque decide pasar un año con su hijo de trece años en una isla desierta. Sukkwan, se llama la isla. El tipo, que se llama Jim (James Edwin Fenn, para los que lleguen a la página 178, con lo que ya nos quedamos sin esta sorpresa) debe ser de esos dentistas que se equivocan al quitarte una muela. Jim, en la isla, como en su vida en general, anda bastante desorientado. En la isla pretende solucionarlo, pero es que la brújula de su cabeza hace ya mucho tiempo que se rompió.

Este es Jim y su brújula : “En general, estoy jodido. Necesito un mundo animado, y que haga referencia a mí. Necesito saber que cuando un glaciar cambia o un oso se tira un pedo tiene algo que ver conmigo. Pero no puedo creer nada de esa mierda, aunque lo necesito” (Página 100)

Jim y su hijo Roy hacen vida de isla aunque parece que Jim encajaría mejor preparando los decorados de una película de Harold Lloyd, donde lo importante es que las cosas se caigan y no funcionen. En una isla donde hay osos y nieve, esas cosas deberían dejárselas a los que saben. Pero ahí están. Y no seré yo el que diga que le parece bien aunque esté claro que lo de la isla y el hijo y los salmones que pescan y la nieve y el agua y todo eso es simbólico, que aquí el escenario es un personaje más. Sí, así lo leo, que me aprendí la lección en “Cumbres borrascosas”, pero es que este no es un escenario para un tipo que tiene la cabeza llena de ideas podridas. Si estuvieran congeladas, tal vez se hubiera podido hacer algo, pero es que este hombre está enfermo.  El libro debería ser muy serio pero me entra la risa del funeral en muchas páginas. Venga a reír con un tipo que debería salir del libro y marcharse a ver un médico. Eso es lo que pienso página tras página.

-Jim, hombre, tú estás enfermo.

Dice la contraportada del libro que si Cormac Mc Carthy por aquí, que si Hemingway por allá, y que en Francia es libro es un fenómeno. Vale. Lo curioso de todo es que ésta habría sido una gran novela, si se hubieran hecho dos cambios. Subrayo gran y dos. El primero, ya sugerido, sería sustituir a Jim por un personaje que esté a la altura del tema, del gran tema de la obra : si preparas el escenario para un concierto de AC/DC no me saques a María Jesús y su acordeón, que este hombre tiene el acordeón dentro de su cabeza : ahí está el bueno de Jim en la página 147, tratando de saber qué hacer con el cadáver de su hijo Roy, que conserva metido en un saco de dormir. Sí, ésta es otra de las grandes sorpresas del libro.

“Vale, dijo. Si no vas a sentarte bien…Buscó en los cajones, encontró cordel y unas tijeras y envolvió a Roy, lo ató a una viga y una pata de la mesa y a un gancho que salía de la pared y servía para colgar cazuelas o algo, y Roy se quedó en pie en el saco de dormir y Jim pudo sentarse y comer”.

Jeje.

El otro cambio, lo siento David, le toca al escritor. Ya sé que The Times dice que tu prosa es “portentosa”, pero en sólo diez páginas, de la 191 a la 201, aparecen ejemplos que me obligan a buscar qué quiere decir portentosa :  

“Algo después de las dos de la madrugada, Jim se dio cuenta de que hacía casi un año que no estaba con una mujer. Así que se abrigó y fue a buscar una prostituta” (Página 191). Importante que sea algo después de las dos.

“No bebía, pero fue al bar, porque parecía un lugar adecuado, aunque era por la mañana” (Página 194). No, pero, porque, aunque.

“La empleada que lo atendía no quería atenderle” (Página 198). Atentos.

“Avanzaron el resto de la noche hacia Juneau, pasaron ante tierras ensombrecidas que apenas se veían bajo el cielo ensombrecido” (Página 201). Doblemente ensombrecido.

Ya está. ¿Se puede escribir una gran novela con un gilipollas como protagonista? Yo diría que no. Y esta novela es un buen ejemplo. Lástima de alineación y lástima de entrenador.

Y, ahora, el mensaje del ascensor que han puesto hoy :

“Rogamos a los propietarios que tengan problemas con el portero automático dejen durante la próxima semana sus datos en conserjería para concertar cita con los técnicos”.

A mí me ha hecho mucha gracia, pero es que debe ser que no leo las cosas como debería.

miércoles, 18 de abril de 2012

El MacBook de Lola



El MacBook de Lola : Fe, entre otras cosas, es suponer que la profesora de chino hace bien su trabajo. Le pregunto a la que hoy sustituye a la que teníamos si los mellizos van bien y me dice que sí. Fe es creerse también esa respuesta.

La nueva profesora se expresa mejor que la anterior.

-¿Señor? – me dice, acercándose con su MacBook en la mano - ¿Podría darme la clave para conectarme a Internet?

Le paso el código. Su pantalla está llena de iconos y de fondo tiene el dibujo de un cactus sonriente. Parece el ordenador de una veinteañera japonesa y por un momento me entra la duda. Igual están aprendiendo japonés.

-Voy a enseñarles unas canciones – me dice.

Les dejo en el salón cantando melodías conocidas. Parece que estuvieran celebrando un cumpleaños. Escucho que Lola, que es como nos ha pedido que la llamemos, se anticipa a las peticiones y va proponiendo nuevas canciones, como si los tres fueran personajes de una serie de dibujos animados.

Aprovecho para leer el periódico en la cocina y volver a encontrar motivos para que los enanos estén cantando canciones en chino en el salón. No faltan. A finales de febrero, el total del dinero que alemanes y holandeses se han llevado ya de Italia y España es de 600.000 millones de euros. Un dinero que no deja ningún titular en las primeas portadas de los periódicos porque, realmente, no tenemos ni periódicos serios ni periodistas serios ni, me temo, lectores serios.

Esto es lo importante del mundo, según El Mundo : “El magnate sitio Kayali pagó la cacería del Rey en Áfica”. Leído deprisa, parece que al que cazaran fuera al Rey, lo que, en cierto modo, también tiene sentido.

También hay un grupo de padres que piden que se quiten los deberes en casa. No sé si por fe en el sistema (otro tipo de fe aun más ciega que la mía en Lola) o porque, inconscientemente, ya bajan los brazos : que los niños, por lo menos, den balonazos frente a un muro, que las criaturas jueguen hasta que lleguen a los treinta.

Me sirvo una copa de vino. Los enanos y Lola siguen cantando. Deberíamos llevarnos bien con Lola porque tener un contacto así siempre es bueno. Tal vez en el futuro ella pueda sernos de utilidad para que podamos vivir en una lejana provincia china enseñando español a las nuevas generaciones de chinos. ¿Qué para qué va a querer un chino saber español si aquí ya gran parte de los negocios se harán en chino? Pues también es verdad.

El vino no es muy bueno, pero es la botella que tenemos de guardia para las cenas de la semana.

Al terminar las canciones, me acerco a hablar con Lola. Es una veinteañera china con ese empuje de adolescente japonés que se ve en los documentales. Parece que esta nueva generación ya no tiene esa cierta desorientación de los que empezaron abrir las primeras tiendas. Ahora ya saben dónde están, qué pueden hacer y a qué aspirar. Esas referencias de un mapa interior que a los demás se nos están borrando.

-¿Van bien en la clase?
-Sí – me dice. Me enseña una hoja en la que han escrito algunas palabras – Esta quiere decir papá.

El ideograma para papá es una e con unos palos cruzados encima. Los palos me hacen pensar en esos martillos avanzando del video de Pink Floyd en el que un coro de niños cantaban que no necesitaban educación. Tal vez todos ellos estén sirviendo pintas en algún bar. 

martes, 17 de abril de 2012

La evolución de la grada



La evolución de la grada La invitación es solo para niños. Se les cita en un campo de fútbol para celebrar un cumpleaños.

-¿Ninguna niña?
-No – dice Daniel.

El concepto de cuotas no ha llegado a este tipo de cumpleaños. Quizás por eso esta invitación sea un poco ilegal, en plan infantil, como esos billetes de mentira que imitan a los de verdad : de caerte una sanción, sería también de mentira, con la apariencia de verdad, como cuando en Argentina te dicen “Te vendo YPF”, que luego es que no, que habían cruzado los dedos mientras firmaban. Cosas de niños, che, y a ver si la próxima vez los presidentes miran a todos los lados, como el portero cuando está a punto de sacar, para que no surja Kirchner de detrás de una portería y te cuente que ahora Repsol se dice Sinopec.

No percibo ningún matiz en la respuesta de Daniel, como si eso fuera lo más normal del mundo. Cuando tienes una hermana melliza que va perfeccionando día a día el arte de la presión psicológica, entiendo que para él una tarde en un campo de fútbol, alejado de las niñas, sea un buen plan. El plan, sí además puedes ponerte la camiseta de la selección.

Programa : Arena en la boca, arañazos en las rodillas, pelotazos en la espalda, vasos de plásticos caídos con restos de Fanta, sándwiches sin el relleno, gusanitos en los bolsillos, indicaciones mientras se sigue al balón, equipos que cambian de jugadores según sopla el viento, porterías sin red, unas cuantas camisetas de Ronaldo, alguno, por joder, con la de Messi, piedrecitas en las botas, marcadores inexactos, insultos (risas), una pelota que huye, sí, que huye, goles que se celebran como el último de “Evasión o victoria”, relleno sin sándwich, saques de banda lánguidos, ataques en la portería contraria, un poco de frío cuando la nube se queda quieta, botellas de plástico que se comparten al principio, se esconden a mitad de juego y por las que se pelea al final, escozor en la garganta de tanto gritar, charlas improvisadas en cualquier parte del campo, sin prestarle mucha atención al balón, que pasa al lado, barreras bien formadas con todas las manos protegiéndose, un par de jugadores que van sobrados, un padre que hace de árbitro para darle a todo cierto aire oficial, una madre que piensa que algunas camisetas no deberían ya ni lavarse, una bota que surca el cielo, empujada por las risas de todos, uno que mide, con paso militar y rigor matemático, los pasos hasta la barrera, otro que se protege del sol con la mano con el gesto profesional que te permite mirar más lejos, el sonido de un silbato que se ha quedado sin autoridad a los pocos minutos, abrazos en grupo, jugadores que vuelven a su campo con las manos en la cintura y la mirada en el suelo, demostrando así a los demás lo poco satisfechos que están con el juego que han desplegado, tacos compactos como el balón para demostrar que se tienen ya ocho años y que ya se ha llegado, por fin, a la tabla del diez, aunque sepan que el campo todavía es demasiado grande para ellos y que no son capaces de llenarlo, lentas deserciones hacia la mesa de la merienda donde las madres, hayas hecho lo que hayas hecho, te reconfortan y alaban tu fútbol, chorretones de sudor sucio por la cara, regates sorprendentes y padres que no dejan de hacer fotos como si este fuera el último partido en el mundo, lo que en cierta forma es verdad, aunque no se sepa exactamente dónde está el detalle y se trate de abarcar todo, fracasando antes de tiempo.

El proceso, de todas formas, es lógico. Ahora meten goles para enseñárselos unos a otros. Más tarde, jugarán para los padres, que, sentados en una grada a las nueve de la mañana, trataran de consolarse pensando que peor lo tienen los padres de Alonso, con esos horarios a los que el niño corre. Al final ya no jugarán ni para sí mismos ni para los padres, sino para alguna chica que no dejará de mirarles mientras ella imagina, que diría Millás. 

lunes, 16 de abril de 2012

Una mandarina bien ganada



Una mandarina bien ganada Quizás sería una buena idea llenar España de nuevo de grúas y empezar a desmontar todos esos edificios que no se van a vender y por los que, de noche, caminan los fantasmas de los promotores y los constructores. Ese sería el mejor mensaje a Europa y a nosotros mismos de que hemos aprendido la lección. El auténtico borrón y cuenta nueva.

No creo que todo el problema haya sido la codicia, sino la educación que recibimos, en la que lo normal era jugar con piezas de Lego y construir. Esta es una crisis que tiene su origen en el subconsciente, y es que hemos asociado el hecho de colocar una pieza sobre otra con una fuente de placer, de alegría, de gozo, de creatividad. Y, una vez ya creciditos, como en Lego no había piezas para adultos (¿Por qué, Lego S.A.?), nos dio por repetir ese esquema tan divertido con los ladrillos, que son más feos, pesan más y no vienen en varios colores, pero, puestos uno encima de otro, aguantan, y puedes construir “Residencial El Vergel”, que además vendías y después te ibas a ponerte ciego de cigalas para celebrarlo.

La culpa, de nuestros padres. Ya está todo dicho. Hemos construido millones de pisos que no se van a vender para revivir la infancia, eso es todo. Que nos hemos pasado un poco, pues sí, pero cuando eras niño no te parabas a preguntar de dónde sacaban tus padres tantas cajas para que pudieras levantar en el salón de tu casa una réplica del Coliseo romano. Y aquí tampoco te ponías a hilar fino con el tipo del banco que te daba las piezas que querías, que él recibía de otro tipo de un banco alemán, que parecía que se las regalaran a él.

Hemos jugado de más, tampoco es para ponerse así. Ha sido un recreo a lo bestia en el que nos hacían los coches a medida. Pues bueno.

Así que, para no dar mal ejemplo a las nuevas generaciones, propongo que desmontemos todos esos edificios y les compremos a los niños un IPad para que, si quieren montar piezas, que lo hagan de una forma virtual.

Y ahora voy a pelarme una mandarina.

domingo, 15 de abril de 2012

Tiendas cerradas



Tiendas cerradas : Caminamos por unas calles vacías, de edificios blancos y tiendas cerradas, que recogen el sol como un caudal que va rompiendo en todos los detalles. Es el instante en el que la primera mesa del restaurante se ocupa, destrozando un orden que ya no se va a alcanzar.

Estas calles conservan el orden. Nos detenemos frente a los escaparates de las tiendas, sintiéndonos cómplices, por el momento, de esas manos talladas de madera, de ese bolso dispuesto sobre una tela con un cuidado que todavía permanece, de esos zapatos pensados, diseñados y creados para ser expuestos. En todos los artículos se refleja el domingo, presentándolos de una manera única que variará en unas horas.

Los cuatro leemos los títulos en inglés de unos libros infantiles. Si hasta ahora todo lo visto tiene la dignidad y la distancia de los objetos de un museo, en los que el precio se limita a tratar de alcanzar la historia particular, frente a esta librería percibimos la frescura de un puesto de frutas. Nos gustaría probar cada uno de los libros y pasárnoslos para comparar y reírnos al vernos con la boca llena y los jugos a punto de caer. Ahí están las historias, sugerentes y próximas, como el abrazo a un cachorro.

Si la tienda hubiera estado abierta, no habríamos estado tanto tiempo jugando, hasta poseerlos, con esos títulos que habríamos creído adquirir plenamente con la compra. Sólo este ejercicio es pleno, lo sé, el resto, nacido del deseo de ver las tiendas abiertas, habría sido el rutinario ejercicio de comprar algo con la intención de adquirir, sin ser plenamente conscientes, este sol; estas paredes blancas; este silencio de mesa lista; el desfile de objetos inalcanzables pero con su sentido pegado, pegado, al cristal; nuestro buen humor; nuestro dejarnos llevar por esta calle y por esta, atentos a la sugerencia del sol sobre un detalle o a la invitación de una fachada; el disfrute de unas aceras estrechas pero suficientes si somos los únicos en recorrerlas; y la sensación de que vamos atravesando zonas en las que, como corrientes que modifican la temperatura del agua, el tiempo se frena, se detiene, avanza, se frena, siguiéndonos como una sombra más.

Todo esto nos lo llevamos.

sábado, 14 de abril de 2012

A salto de meta



A salto de meta : Tener hijos te rompe la realidad. Cuando les coges en brazos, así de pequeños, con ese gorro que les ponen las comadronas en ese tiempo que parece haberles sobrado y que aprovechan para envolverles la cabeza como hacen con la comida que te sobra en los restaurantes de las películas americanas, la realidad se cae el suelo y se queda hecha añicos, que es una palabra con acento maño, lo admito. Brazos, niños, realidad y añicos, en resumen, que la frase anterior me ha quedado larga.

Unos dos mil ochocientos días después, día arriba, día abajo, la realidad sigue rota, pero ya te has acostumbrado. Vamos con un ejemplo para los que hayan sobrevivido a la frase de arriba. Antes, hace más de dos mil ochocientos días, un partido de fútbol era algo compacto a lo que se le dedicaba toda la atención durante unos setenta minutos, noventa si jugaba Zidane. Ahora es algo fragmentario, poroso, hueco, combinable como una prenda negra, que se puede llevar con todo, aunque es bien sabido que el uniforme del Madrid es blanco.

Hoy, me paso la tarde pendiente del partido del Madrid y de sus metas, y de Lucía, que camina a mi lado con su lista de la compra (Celo, cuaderno, gomas y sacapuntas), y de los coches que esperan, cabrones, a la salida de los aparcamientos, y de la lluvia, con sus charcos y sus paraguas, y de nuestras bolsas.

0-0 : A las ocho empieza el partido. Ya tenemos el celo, el cuaderno y las gomas. Nos falta el sacapuntas, que encontramos, dorado, en Tiger, el Ikea para aquellos que no tienen casa. También compramos un puzle blanco para que pintes lo que quieras si eres de los que no ven ahí un coche o un pueblo o un perro cubierto por la nieve.

0-1 : Cuando, treinta minutos más tarde, marca el Sporting el gol de cortesía que el Madrid ofrece en lo que termina de aterrizar en el partido, con la lentitud de esos aficionados privilegiados que bajan a su asiento con un pincho en la boca y dos o tres en el bolsillo de la americana, Lucía y yo estamos sentados en una mesa del “Take A Break”, el local que ella ha elegido, de repente, para cenar. Sporting, gol, cortesía, lentitud y ”Take A Break”, en otro resumen que ofrezco para compensar esta tendencia de hoy a formar frases largas.

El “Take A Break” aparece aquí porque la chica que atiende el local es simpática, habla ruso, y me regala un smothie.

-Si lo quieres te lo doy, porque iba a tirarlo.

Eso lo dice en español, pero se nota que esas palabras caminan por una alfombra rusa.

Lucía se pide unos tagliatelle con salsa borgoñesa y yo un sándwich de salmón. La mesa que ocupamos es estrecha. Este es un local para venir solo o con una pareja en ese momento de la relación en la que cualquier objeto que separe los cuerpos, ropa incluida, estorba. La mesa es pequeña, pero no está fija y el pie está cubierto por falso césped, como si la hubieran arrancado de un campo de golf. A mí me vale y a Lucía también.

1-1 : Cuando el Madrid empata, Lucía, que todavía no ha probado su pasta, tiene desplegadas todas sus compras. Le fascina ese broche con aire de insecto que sirve para agrupar varias hojas. Se la había visto a sus profesoras y tener tantas y de tantos colores le hace sentir aún mayor. Veo en el iPhone, colocado al lado del sándwich de salmón, que ha marcado Higuaín.

El local me gusta porque tiene un aire inglés que me permite imaginarme lejos de aquí, como si Malasaña no estuviera a la vuelta de la esquina. Los sándwiches están bien ordenados, con unos precios que sirven, cosas de la psicología, para saciar el hambre casi instantáneamente, demorando cualquier comida. También hay bandejas de sushi, yogures dietéticos y botellitas de Perrier.

-¿Y eso es agua? – pregunta Lucía, que le presta atención a todo.
-Sí.

De fondo suena George Michael y las conversaciones rápidas entre los clientes que piden su comida para llevar y la chica rusa. La lluvia y la noche de la que llegan los clientes hace que el sitio parezca más cálido e iluminado. Terminado mis sándwiches, le echo una mano a Lucía con su pasta a condición de que se termine las natillas de chocolate en las que se ha fijado.

Esta es la primera cena que compartimos los dos después de una tarde de compras. Es bueno saberlo en ese mismo momento.

A las nueve salimos corriendo para ir a recoger a Daniel en la casa de un amigo suyo.

2-1 : Al pasar junto a una tienda de apuestas, veo, en una pantalla grande, que el Madrid ha marcado el segundo gol. A Lucía le tengo que explicar por qué he dicho que las cosas ya están como deben estar y qué significa apostar.

Ya en el coche, Lucía me pide que quite la radio porque le da mala suerte. Le pido que lo repita por si lo he entendido mal, pero ella insiste : mala suerte.

3-1 : Es así como me pierdo el tercer gol del Madrid, del que leeré la crónica hoy, mañana y pasado, en los huecos que vaya encontrando para hacerme una idea de lo que hoy ha pasado en el Bernabéu. Siempre nos quedarán Juanma Trueba y David Gistau.