lunes, 7 de mayo de 2012

El momento Chewbacca




El momento Chewbacca : Cuando les decimos a los mellizos que se acuesten, realmente les pedimos que se replieguen y se lleven sus tropas, tomen la forma que tomen, para crear la ilusión del orden, del silencio y del espacio. Luego no sabemos muy bien qué hacer con ese orden, ese silencio y ese espacio, así que nos tumbamos en el sofá con la certeza de que no llegará la inspiración pero sí el cansancio, que esperaba este momento para ocuparlo todo, el muy cabrón : alguna frase, la cabeza en un cojín y la pantalla cambiando de color el salón cada segundo.

Hay anuncios, ese género en el que siempre es sábado por la noche. Me fijo entonces en una figura que cuelga de la puerta de la ventana. Es Chewbacca. Por un instante temo que esté colgado del cuello y marque ese momento en el que Daniel pasó de “cielo de niño” a “criatura del demonio”.

Me levanto, sobre todo, por el cariño que le tengo a Chewbacca. Con él aprendí que no hace falta entender las cosas para comprenderlas. Ya son muy pocos los personajes de La Guerra de las Galaxias por los que me levantaría y no por la película, que sigue caminando con el paso de un viejo monarca, sino por todos sus fans, que envejecen muy mal. Que se enteren : el traje de Stormtrooper ya huele a polvo.

Chewbacca está colgado del brazo, no del cuello, lo que me tranquiliza. Pienso en quitarle el nudo porque no me parece bien dejarlo ahí toda la noche por muy de plástico que sea. Caridad de zapatillas. Me detiene la sospecha de que se trate de una aventura que se ha interrumpido. Si está mal despertar a un sonámbulo en su paseo, peor debe ser romperle a un niño una historia por la mitad. Además, Chewbacca parece que no sufre.

Vuelvo a la televisión. Caen los cascotes de Bankia alrededor, pero la publicidad sigue siendo la última trinchera en la que agazaparse. Cuando empiecen a emitir anuncios rumanos subtitulados, ya estará todo perdido.

domingo, 6 de mayo de 2012

Un regalo para Madonna




Un regalo para Madonna : Como es el día de la madre, cierran Bravo Murillo para celebrar el día del hijo. Ya sólo hace falta que el padre reciba regalos para que todos estemos contentos, pero esta mañana nadie se acuerda de mí. A lo mejor por eso estoy un poco de mal humor. A lo mejor también es porque la Avenida de Asturias está cerrada por culpa del mercadillo, porque el domingo es el día del mercadillo. Entre una y otra está Okara, el restaurante al que vamos, y ya no sé por dónde meterme por el coche. El navegador trata de ayudarme con sus trazos precisos, pero solo es útil cuando lo usas un día que es un día a secas, no hoy. Si tuviera una sirena la colocaría encima del techo porque yo llevo a dos madres en el coche y es su día.

Aparco en una zona verde junto al mercadillo. Son casi las dos y media y ya están recogiendo los puestos, guardando las mercancías con más orden del que están expuestas. Marketing de rastrillo, de monedas, de lona. Por la zona que cruzamos hay puestos de esa ropa que se vende a sí misma, sin ayuda de un maniquí. Uno tiene expuesta una colección de camisetas negras con portadas de discos heavy : esa prenda que funciona tan bien en las películas románticas cuando ella se la pone al día siguiente. Otro, al lado, muestra una gran cantidad de bragas amontonadas con un cartel escrito a mano :

“Bragas con glamour. 1 euro”

Las bragas parecen cansadas. Recuerdan a esa fruta que queda en el mercado cuando están a punto de cerrar. El melocotón que ha pasado por muchas manos. Esa es mi impresión, pero es probable que a primera hora las bragas expuestas tuvieran todo el glamour que cabe en un euro y que de esas ya no quede ninguna. Le haría una fotografía a ese cartel, pero :

: vamos tarde, no sé si debería pedir permiso, no sé si la foto saldría bien, no sé si le haría mucha gracia al dueño, que lleva con las manos el ritmo de una canción que canta con alguien enfrente, no sé si es mejor convencerse de que tampoco es tan buena idea, no sé…

Dejo la foto sin hacer. También podría haber comprado alguna por ese instinto con el que echas unos cuantos botes de especias al carro de la compra, por si surge en alguna receta. Aunque es cierto que muchas veces es la propia especia la que crea el plato.

Tampoco me decido porque he tomado la decisión de no volver a comprar ningún regalo con Daniel y Lucía al lado porque están en una fase en la que traducen las palabras a monedas para saber cuánto pesan, su contundencia como argumento. Traducen sus canciones al inglés, sus miedos en dibujos, sus bloqueos en enfados. Se pasan el día traduciendo. Valorarlo todo en euros permite que toda la realidad esté conectada y que puedan compararlo todo, descubriendo que, a veces, lo pequeño y frágil gana a lo grande y rotundo. Y después de comparar, como un paso lógico, se imaginan comprándolo todo, adivinando qué deberían poner encima de la mesa para que el mundo sea, sin más problema que el de la cantidad, suyo. Daniel se aprende el precio del regalo de María y se lo dice cuando se lo entrego. Lucía hace lo mismo con el de mi madre.

Debería enfadarme porque si está feo dejarse una etiqueta en un regalo, más feo aún es que tu hijo haga de etiqueta. Si lo sé, no lo envuelvo. Si lo sé, me digo, entrego el catálogo con la esquina doblada y el dinero unido con una grapa. Pero a las madres y a las abuelas cosas así las hacen reír y no les importa porque, en el fondo, les hace más ilusión esa etiqueta de siete años que el propio regalo. Es una vieja alianza entre madres, abuelas y niños. Mi enfado pretende ser tenso y rugoso, pero se queda en esa bufanda que te cuelgas del cuello por un tema estético, que afuera hace sol y florecen los escotes.

Este año eran buenos regalos. Y no es fácil regalarle algo a tu madre cuando lo que quiere es lo contrario, que te lleves de su casa libros que siguen ahí. Sigo con mis prisas y mi leve enfado camino del restaurante dirigiendo la expedición con una urgencia que nadie comparte conmigo. Veo un cartel de Madonna y pienso que ser la hija de Madonna y tener que regalarle algo sí que es complicado. La comparación me relaja, que triste es la naturaleza humana, sobre todo la mía.

Ya relajado, descubro que el restaurante estaba más cerca de lo que pensaba y que el reloj de la entrada marca las dos y media en punto, como si hoy, con una elegante cortesía, lo hubieran retrasado unos cuantos minutos. La comida empieza bien y termina mejor. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Aquí y allí



Aquí y allí : Nimi es una gata que nació ardilla o rata o peluche

-Así de pequeña era

que necesitó unos cuantos días para ser plenamente gata. Al verla me pregunto si esta casa tan amplia, con paredes blancas y unos grandes ventanales por los que cae una inofensiva lluvia de sábado, está a su servicio como el marco al cuadro o es al revés. Bebo un poco de vino y me declino por lo primero. Bebo otro poco de vino y me declino por lo segundo. El caso es declinarse.

La gata tiene unos ojos ágiles y piel de color caro. Después de varios intentos consigo cogerla. Notos sus huesos inquietos debajo de la piel, como si no dejaran de ordenarse. Parece un pez envuelto en un abrigo. Le hablo como si fuera un bebé para que se tranquilice y para que sus dueños sigan pensando que soy una persona de fiar porque nadie vuelve a confiar en alguien en cuyos brazos un bebé rompe a llorar. La gata se retuerce y salta al suelo, buscando refugio debajo de una mesa como si temiera por la lluvia. Encima de la mesa hay una revista con una entrevista a Zidane.

Si fuera mi gata, la llamaría Sisú porque no deja de moverse de un lado a otro. Parece que Nimi estuviera estudiando la casa y que de repente, aterrada por un pequeño olvido (la posición exacta de una silla o la forma de la alfombra junto al sofá) sintiera la necesidad de ir a comprobarlo de nuevo con la urgencia de la que teme que el mundo desaparezca si ella no lo conserva en su cabeza. Así que ahora está a mi lado, siguiendo con la cabeza el movimiento de mi índice de derecha a izquierda y ahora está en una esquina tumbada. Nimi puede estar en dos sitios a la vez, igual que hacía Zidane, que siempre se encontraba donde su marcador lo esperaba y donde él realmente estaba.

-Y el otro día ponías le televisión y había fútbol en todas las cadenas – se quejan.

Yo defiendo el fútbol y después recomiendo algún libro o alguna serie (“Tremé”, por ejemplo) para que no me encierren en la despensa con Nimi, a quien Daniel trata de evitar porque, dice, le molesta tenerla siempre al lado, y que ahora tiene que soportar un leve destierro junto al cuenco del agua y la comida. Como es tan pequeña, no tarda en conseguir su indulto, como un banquero poderoso.

Al instante vuelve a estar junto a mí (o yo junto a ella, que no sé quién busca a quién). Me vuelvo a fijar en sus ojos. Pienso que, como la Loewe de Umbral, todo gato necesita un escritor y me ofrezco para hacerla famosa. Nimi me devuelve la mirada diciéndome que es al revés, que todo escritor necesita un gato y que, en cualquier caso, ella no tiene prisa en escoger, que tiene mucho tiempo delante, que no se acuerda de cuántos vasos había encima de la mesa redonda de cristal y que se marcha ahora mismo a asegurarse.

viernes, 4 de mayo de 2012

El eje del universo


El eje del universo : En la cafetería del último piso del Corte Inglés, Lucía corta en pequeños trozos cuadrados la tortita de su merienda. Le han traído sirope de chocolate (que devolverán a la película americana de la que lo han sacado) y dos cuencos blancos, uno con pequeñas galletas oreo y el otro con trozos de chocolate.

Para los demás, que tenemos algo de prisa, es una merienda, pero para ella es un rito. Echa una gota densa de chocolate en el trozo de la tortita y después, alternativamente, va colocando una oreo o unos cuantos trozos de chocolate. Una vez listo, se lleva el trozo a la boca y lo mastica tranquilamente.

No le importa que le digamos que tenemos cosas que hacer porque su plan es otro. A fuerza de repetir cada paso más y más despacio, acaba por conseguir que la realidad se frene y que María, desesperada, se marche con Daniel mientras yo me quedo atento, sumergido en este proceso.

El sol se detiene. Y los camareros. Y la mano que iba a terminar de marcar un precio. Así que el eje del universo es esa tortita, me digo. Vaya. Como todo está quieto, puedo fijarme en los padres que consultan algo en su móvil mientras sus hijos, todavía de uniforme, meriendan, en la mano que sostiene la bandeja con varias bebidas, en el hombre gordo y con barba a lo Orson Welles que estudia la nota, en los platos sucios que han dejado las tres elegantes treinteañeras de al lado, en la nata ya reseca de mi café, en el tenedor de Lucía.

Lucía sigue comiendo, ajena a las consecuencias de sus actos. Un tanto lejana. Además de comer, realiza un ajuste de cuentas con el círculo de la tortita, sometiéndolo a la rigurosa disección de sus líneas, reivindicando, o eso me parece, el dominio del razonamiento sobre la inspiración. A cada trozo le dedica el mismo tiempo y así su tarde obtiene esa prórroga

La tarde obtiene esa prórroga que todos buscaban sin ser muy conscientes, por eso lo de subirse aquí, como si el tiempo tuviera también un componente de gravedad que lo pegara al suelo y le permitiera ciertas excepciones en las alturas. Pero una vez aquí, repetimos los mismos gestos y las mismas palabras de abajo, así que los elementos básicos se estropean antes de combinarlos. Pagan la cuenta, dejan los platos sucios y esquivan al camarero de la bandeja pensando que tal vez la clave esté en otro lugar.

Pero la clave está aquí, en la tortita que Lucía está a punto de terminarse. Mis quejas se difuminan como la estela de ese avión en el cielo. La veo comer sabiendo que, sobre todo, debo evitar el reloj.

Así que lo evito.

jueves, 3 de mayo de 2012

El babero de la diosa



El babero de la diosa : En la televisión se celebra la liturgia de la Cibeles que, como madridista, me siento obligado a presenciar. Intento calentarme las manos frente a ese fuego, pero me quedo igual porque se trata de una de esas falsas pantallas que se colocan en las chimeneas de las casas rurales para que quede bonito. 

Bonito sí que es, todo de blanco, con la gente saltando y los periodistas esforzándose por transmitir una ilusión que, hagan lo que hagan, es ya en diferido. Ellos no se dan cuenta o les pagan por no darse cuenta, qué más da. Esta Liga se ha ido celebrando con cada gol, a golpe de muslo de Ronaldo, de pase de Ozil, de geometría de Xavi Alonso o de ese quiebro perfecto de Benzemá que llevaba el sello de Zidane. Este efecto acumulador no funciona porque el clímax, como madridista se produce cuando Ronaldo, avanzando con la determinación del que ya sabe lo que va a pasar, cruza el balón y bate a Valdés en el Nou Camp, empujando unas fichas que, a fecha de hoy, todavía siguen cayendo.

Esta es una fiesta programada, pensada para que la vean a distancia, en otros países y en otros soportes. Todo sigue un guión y un orden precisos que anulan aquello que tratan de invocar. Además los actores besan a la Cibeles y la cortejan como si fuera la hermana de la guapa. Están y no están. Casillas le anuda la bandera a la diosa con un gesto que pretende ser definitivo pero que me recuerda al de la madre que le pone el babero al niño para el plato que le va a traer y que, todos lo sabemos, no está listo : la décima copa de Europa. Por eso todo tiene ese aire de representación fallida que siente cualquiera que tenga este escudo como parte de su educación sentimental.

Me coloco al lado una figura de uno de los últimos menús del Mc Donald. Parece un conejo. Si le aprietas los pies, saca dos orejas y muestra una sonrisa eterna que entiendo perfectamente : hace unos días estaba en China y ahora anda aquí, en un sitio donde hay vacaciones y los domingos la gente no trabaja. El conejo es obediente y le pido que sonría por mí y que celebre, a su manera, lo que sucede en la televisión. Que es nuestro equipo, me digo, y hemos ganado la Liga.

Los periodistas, felices, se acercan con sus micrófonos a hablar con la gente con esa alegría desbordada con la que retransmiten la cabalgata de los Reyes Magos. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

La mecánica del transvase




La mecánica del transvase : Pedimos un Naoussa en “Dionisos”, un restaurante griego. El camarero nos trae unas aceitunas, después la botella, después dos vasos pequeños. El Naoussa es un vino de doce euros con cincuenta céntimos (conviene ser exactos) y los dos vasos a su lado lo convierten en un vino de la casa. Como una mujer que combinara un traje de fiesta con unas zapatillas blancas.

Voy a decir algo, pero como traen ya el primer plato, empiezo a comer. No puedo masticar y pensar a la vez. Además, el sitio, pequeño, me gusta por varios aspectos subjetivos que nunca podrían justificar la critica gastronómica que esto no es : las mesas son de madera, el local mantiene, no sé cómo, cierto aire de estreno a pesar de que las cartas pierden hojas cuando las abres, en las paredes hay fotografías en blanco y negro de Grecia que me gustan porque no son típicas, las fotografías son grandes, las aceitunas que nos sirven al principio también son en blanco y negro, la carta viene subtitulada en griego, los camareros son amables, como si te hubieras sentado en su mesa favorita, todas las mesas están ocupadas y, sobre todo, el menú infantil está presentado con cuidado. Todo esto me pone de buen humor y me temo que el buen humor no me permite ser objetivo : todos los críticos parecen tipos serios. A una crítica habría que acudir con cierta severidad, igual que a la compra no se debe ir con hambre.

Entre tanto detalle tengo tiempo para probar el vino y descubrir que me gusta. Al principio, pienso, a pesar de los pequeños vasos de cristal. Después, conforme va creciendo el buen humor, abarcando no sólo a la mesa en la que estamos sentados, sino a las demás, como si todos estuviéramos aquí celebrando algo juntos y solo yo supiera el motivo (Ese tipo de euforia que nace del estómago y que es tan sincera como finita), después, decía, gracias a esos pequeños vasos.

En esos pequeños vasos hay un mensaje de alguien que sabe más que tú, ya sea por pertenecer al país que es origen de la filosofía o en el que se están ensayando las nuevas recetas de la troika. Ese mensaje lo voy descubriendo vaso a vaso, que es como se producen muchas veces esas revelaciones que acaban siendo fundamentales. Lo que ese pequeño vaso de cristal grueso me dice es bastante simple. Gracias a él, la botella de vino dura mucho más. Con una copa grande, de las que se ofrecían en los buenos tiempos del crecimiento continuo a base de deuda y ladrillo, habría llegado antes ese momento en el que uno se da cuenta de que la botella se ha acabado. En este vaso, de la era de los recortes de los viernes, el vino siempre llega al borde con un pequeño movimiento de la muñeca que hace que el transvase de la botella al vaso sea más lento, más espaciado. El vaso lleno es un mensaje de abundancia (algo que debe acompañar a cualquier comida) y aquí basta con servirse un poco para lograrlos (el efecto es el mismo, curiosamente, con una copa grande que con un vaso pequeño). Los griegos saben bastante.

Con lo que el vaso pequeño no es un desprecio a la botella, no son unas zapatillas para el traje de noche, sino un reconocimiento. Cuando pienso que ya no queda nada, terminados los postres, el vaso, además, hace magia, consiguiendo volver a llenarse con un resto de la botella que en cualquier otro restaurante uno habría despreciado.

Al terminar, como no puede ser de otra forma, veo las fotografías en color. 

martes, 1 de mayo de 2012

Accidente con una copa de vino




Accidente con una copa de vino : Duerme de día y trabaja de noche, una helada le puede arruinar una cosecha, tiene problemas de cobros, arriesga su dinero y el exceso de oferta está bajando los precios porque no hay forma de estimular la demanda.

Vale

Pero vamos al puesto de Mercavalencia, vacía en este día de fiesta, y, al levantar la puerta metálica, nos muestra las cajas de fresas apiladas, en cada una de ellas ocho envases de plástico repletos. El local, pequeño, huele a fresa.

-Prueba una. No hace falta lavarla – dice.

Elijo una fresa grande, con una carne blanda, jugosa y dulce.

-El secreto está en la cal de la tierra – dice mientras enciende el resto de las luces – Es lo que da sabor a la fruta.

Después añade que el logotipo de la caja te lo hizo un amigo diseñador. Se queda mirando la caja un momento, como recordando todo el proceso.

-¿Buena, eh?

Sí, es buena. Es, quizás, la mejor fresa que me he comido nunca, pero no lo digo porque es la típica frase que pierde sentido si se pronuncia. Buena, respondo.

-No pensaba meterme en algo así con cuarenta y seis años, pero se me ofreció la oportunidad y me lancé. En plena crisis, pero me lancé. Y parece que, para ser el primer año, no se da mal.

Saber que en un local, detrás de una puerta metálica, se encuentra el resultado de un año de trabajo, debe ser una buena experiencia. Tienes algo físico. Algo que puedes ofrecer. Algo que puedes probar. Algo de lo que sentirte orgulloso. Por eso parece tan tranquilo en cada momento, sin pedir más de lo que se le devuelve por el esfuerzo, en un trueque que considera justo. Se ve en la forma de ajustarse el sombrero, de tomarse a broma un accidente con una copa de vino o de caminar por Valencia mientras muestra sus sitios favoritos.

Los demás, me doy cuenta, vivimos en ese desequilibrio que provoca el obtener sólo dinero a cambio de nuestro trabajo