jueves, 31 de octubre de 2013

Ni vivos, ni muertos




Ni vivos, ni muertos : Subo con un esqueleto en el ascensor. Un esqueleto algo narcisista (le gusta mirarse los huesos en el espejo) que lleva una calabaza de plástico repleta de caramelos. Parece que lo de jugar al “truco o trato” ha funcionado, y muy bien, porque todos abren ya la puerta aceptando el trato. Sería más pedagógico que en algunos casos todas estas brujas y esqueletos que han recorrido las casas se hubieran encontrado alguna oposición. Alguien que debajo de su negativa algo cabrona a entregar dulces escondiera una lección: a veces no se logra lo que se quiere. Yo mismo, ya puestos, me propongo hacer ese papel en el vecindario a riesgo de que algún padre proteccionista acabe pinchándome las ruedas. Todo por saber qué es capaz de hacer como truco uno de estos niños cuando en estas rondas de aires napolitanos alguien no pague por su tranquilidad.

El fantasma se baja en mi planta, me sigue, entra en mi casa, se sienta en el sofá y abre la calabaza para compartir sus dulces. Hay fantasmas así de majos.

Al rebuscar entre las chucherías (un placer tan grande como el de comérselos), descubrimos caramelos duros, con publicidad, del Metro de Sevilla. Al final sí que hay una lección en todo esto, quizás la más importante : la de que hay gente que no elige ni truto ni trato y se queda en el medio después de rebuscar caramelos en los bolsillos de las gabardinas, en los cajones con los relojes sin pilas o en los tarros de plástico que están en la parte de atrás de los armarios. Esa gente, en fin, que anímicamente vive en los huesos, ni vivos ni muertos.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Cuatro dientes afilados




Cuatro dientes afilados : Por mucho que insista Daniel, no creo que acabemos vaciando la calabaza para iluminarla por dentro. Eso solo sale bien en las series de Disney, donde todo, menos los guiones de mierda, es perfecto. Además, a mí la calabaza me cae bien, con esa recomendación que tiene pegada en la cara : sonríe mucho, pero enseña, por lo menos, cuatro dientes afilados. Más que suficiente para una fiesta que se supone sin significado y que me dice más que las oficiales, vacías como un cráter en la luna.

Tal vez, pasados los días, y cuando la calabaza empiece a perder consistencia, hagamos trozos con ella con la idea de preparar una buena crema. No será por un tema gastronómico, sino de puro conocimiento, para que su mensaje forme parte de mí siguiendo la máxima de que la letra con cuchara entra.

martes, 29 de octubre de 2013

El email es cosa de adultos




El email es cosa de adultos : No seguí el consejo de María y en la lista de la clase de Daniel puse mi dirección de correo electrónico en vez de la suya. Pensaba que daba igual y lo seguí pensando todo el tiempo que la bandeja estuvo en silencio, como si en esta historia no fuera a haber un hasta que. Hasta que, claro, se empezó a organizar el primer cumpleaños y algunas mañanas podía percibir, lentamente, cómo el suelo comenzaba a temblar con una estampida de mensajes que, ya desde lejos, levantaban nubes de arena en el teclado. Seguía pensando que no sería para tanto. ¿Quién no ha tenido un día complicado en el que se cruzan los mails y ha salido vivo?. Nada a lo que no pudiera hacer frente, pensaba, que a veces pensar es la mejor forma de actuar irracionalmente. Y un buen día, por fin, señales hasta entonces dispersas se acumularon. El agua vibraba. Los tubos fosforescentes se agitaban y parpadeaban. Los lapiceros se movían hacia los bordes de las mesas. El ratón daba pequeños saltos. El cursor avanzaba tres, cuatro posiciones, tres. El Excel se cerró. La papelera se cayó y derramó algunos archivos sobre el fondo del escritorio. El cristal de la pantalla hizo clac y un pequeño hilo se dejó caer desde una esquina. Súbitamente, el silencio. El silencio, como el margen ancho en un libro de poesía. Solo un mail con el texto “cumpleaños”, que se quedó en negrita en la primera línea de la bandeja. Todo se calmó y el margen se ensanchó. Nada que temer: una gota no hace lluvia. Pero a los pocos segundos una de las madres que estaba en copia contestó a todas. A ese comentario siguió otra respuesta y después otra. Y otra. Y otra. Comenzó un diálogo de palomitas en el microondas que a las pocas horas ya me había desbordado. Guardaba mi turno, pero ese huracán de mails cobró tanta fuerza que ya me resultó imposible hacer cualquier comentario. Me quedé fuera. El huracán se llevó mi orgullo y me dejó con la vergüenza intacta. De vez en cuando leía algún mail para saber de qué se hablaba, pero era necesario haber seguido toda la historia. La vergüenza y la humillación. Traté de recuperar toda la información posible para cuando María acabara enterándose de la organización y quisiera saber dónde se celebraba, cuánto costaba, qué niños estaban invitados. Esas cosas. Lo intenté varias veces, pero cuando me asomaba tenía la impresión no de estar en un capítulo nuevo, sino de haber saltado de temporada. Y poco a poco me fui alejando hasta que una tarde, como si no pasara nada, María me preguntó por el cumpleaños. Y sin decir mucho, qué iba a decir (en los bolsillo solo tenía una colección de peros inútiles como tiques de aparcamiento), arrié la bandera con mi dirección de email y la cambié por la suya, concediéndole de nuevo poder en la plaza.

Esta tarde veo una invitación a una fiesta de Hallooween en la mesa del salón. La leo desde lejos. No me atrevo ni a tocarla. El huracán tampoco me ha devuelto el amor propio.

lunes, 28 de octubre de 2013

Diez años después verás tu despacho desde fuera



Diez años después verás tu despacho desde fuera : Al retrasar la hora, la noche llega antes, haciendo que destaque la luz de los despachos en los que todavía se trabaja. Como en los edificios que se ven por las ventanas de Mad Men nada cambia, me gusta fijarme en los de verdad para ver si alguno se lo piensa y se va. Hace diez años yo era de los últimos en marcharme de la oficina. ¿Y para qué?

domingo, 27 de octubre de 2013

Los tres intérpretes



Los tres intérpretes : O la santísima trinidad de la mesa. Cuchillo, cuchara y tenedor. Cualquier propuesta comestible que te llegue emplatada de la cocina es traducida por ellos a las funciones básicas (cortar, pinchar, recoger) para que puedas disfrutarla en la boca. En ese silencio brillante y luminoso de una mesa dispuesta, la primera mirada debe dirigirse a estos tres y darle gracias a la Historia por, entre tanta cagada, haber encontrado esta solución tan perfecta y elegante.

sábado, 26 de octubre de 2013

El sello de corcho




El sello de corcho : De las botellas queda el corcho, como el sello de los sobres. En ambos acabas olvidando el contenido: cómo era el vino, qué decía la carta. Que en el corcho de la botella que abrimos para comer, un Berceo Selección del 2009, el nombre de la bodega esté escrito en un recuadro dentado es una indicación de que también la botella llevaba una historia.

Ésta: fueron los hijos del dueño los que, en un viaje de esquí a los Pirineos, sugirieron a su padre que registrara la marca Berceo en honor al escritor al que entonces estaban estudiando. Al padre la propuesta le pareció bien, pero se encontró con la prohibición de registrar el nombre de Gonzalo de Berceo entero. La opción más práctica hubiera sido la de elegir cualquier otro nombre, pero se decidió seguir con Viña Berceo. No se levanta una bodega si no se ha aprendido a plantar batalla, sobre todo contra uno mismo. Ese rodeo tampoco fue fácil porque le pidieron que comprara viñas en el pueblo de Berceo y que obtuviera una autorización por parte del Ayuntamiento. Se compraron las tierras, se obtuvo la autorización: se registró la marca. Hasta que muchos años después un cliente de la bodega les ofreció la marca completa que él había conseguido.

También hay otra historia debajo de ésta. La de ese maestro que un día habló de Berceo en una clase, pensando quizás que esa hora sobre el primer poema en castellano pasaría como la demás, sin dejar su sello.  

viernes, 25 de octubre de 2013

La hora de los planes viables



La hora de los planes viables : A la hora de las copas, las dos mujeres van exponiendo sus ideas para montar su negocio. Las dos son financieras, así que están acostumbradas a trabajar con números y a saber que, al final, lo que importa es lo que ellos digan. El camarero espera detrás de la barra, con los brazos cruzados, y con el gesto del que trata de pensar en cualquier cosa menos en lo que le queda hasta cerrar, marcharse a casa, y acostarse. Las ideas son originales y divertidas, pero no creo que sobrevivieran fuera de esta hora, de este ambiente que compartimos dentro del local y en el que cualquier proyecto parece viable, capaz de asegurarte la vida fuera de una gran empresa. Los dos hombres, que nos hemos pasado la tarde hablando de cine, vamos desechando cada proyecto con cuidado, como el que le anuncia a un niño, atento a un televisor, que ha llegado la hora de irse a la cama. Puede que el camarero haya escuchado muchos planes como éstos. Es probable que él mismo tenga uno que llevar a cabo. Es difícil dar con esa idea capaz de mantener viva cierta vocación y sacar la cabeza para tomar aire en un cash plan. En cualquier caso, me parece una buena manera de emplear este rato, de reírnos, de proponer pequeñas dificultades. Así estamos hasta que salimos a la calle a despedirnos de los demás. El camarero, con rápida eficiencia, va metiendo dentro del local las mesas, las sillas, los pesados pies de las estufas verticales.