El vigilante invisible : El vigilante de la finca sale de la garita y recorre
la zona interior recogiendo los juguetes y las bicicletas que los niños han abandonado.
Ya se lo he visto hacer varias veces. Hoy pasa junto a un balón de baloncesto
sin prestarle atención. Me sorprende que no lo aparte con una patada cargada de
intención o que no lo coja con las manos e intente ese lanzamiento que en
nuestra cabeza nos separa de la fama. A cualquier otro, menos veterano, le habría
bastado con ver el balón para abandonar la garita y convertirse durante unos
segundos en el protagonista de una de esas pantallas en blanco y negro a las
que envían su señal las cámaras de vigilancia del edificio.
domingo, 30 de noviembre de 2014
sábado, 29 de noviembre de 2014
El fin de la tregua estelar
El fin de la tregua estelar : Por lo que veo,
el armisticio entre las tropas del lado oscuro y las de la Alianza se ha
firmado en el Carrefour de Alcobendas. En un pasillo está Darth Vader y en el otro las naves
de Lego que apoyan a la República sin que exista ningún problema entre ambos
bandos. Hay un serenidad de pueblo suizo recién nevado envuelto todo por el olor
de pollo asado que llega de la zona de comida preparada. Tal vez las dos
partes han descubierto que no merecía la pena luchar, dejando el simulacro de batalla para la publicidad: por cada uno que caía, había un proveedor
detrás que lo reemplazaba.
Pero debe haber un mínimo. Colocar
a Darth Vader junto a un cartel de Super Precio supone alentar un movimiento de venganza entre los que no
queremos que parte de nuestra infancia quede así de rebajada.
viernes, 28 de noviembre de 2014
Nadie te conoce mejor que tus objetos
Nadie te conoce mejor que tus objetos : Junto a una robusta puerta de madera, por la que
podría pasar un carruaje, hay apoyada una ligera bicicleta blanca protegida por
un cierre rosa. La puerta y la bicicleta podrían abrirse con la misma llave,
que funcionaría con una u otra según una ley que solo los objetos conocerían, siendo
ellos los que, al verte subir por la calle, decidirían lo que más te
conviniese. Si subir a tu casa o dar una vuelta por el barrio a esa hora en la
que la gente se deja llevar sin nada que comprar, arrastrados por la corriente
de esta tranquila luz.
jueves, 27 de noviembre de 2014
El truco está en no creer
El truco está en no creer : Tres veces repite Lucía un truco de magia sin
conseguir dar con la carta que he elegido. Le animo a que vuelva a intentarlo
otra vez porque me gusta mucho ver cómo va siguiendo todos los pasos
metódicamente. No le digo que tiene manos de maga porque está en la edad en la
que a veces reacciona al halago como a un insulto aunque yo también, antes de
decirlo, repase mentalmente la situación hasta encontrar el momento justo. Pero
dice que no va a haber una cuarta vez. Mira las cartas y se mira las manos como
si al final lo que faltara ahora fuera esa magia en la que no creen lo
auténticos magos.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Hay que saber cuándo un día llega a su borde
Hay que saber cuándo un día llega a su borde : Miro el reloj justo cuando marca las 22:22. Los
mellizos ya están en la cama, María ha salido a cenar con una amiga y mi forma
de aprovechar el tiempo que tengo para mí es fijarme en el reloj justo cuando
señala las 22:22 y decirme mira, las 22:22. Podría seguir con la cuarta
temporada de “Shameless” o continuar con “Incógnito” o cerrar una obra de
teatro que lleva atascada mucho tiempo o añadir un nuevo post al blog para ver
si así se derrumba y entierra mi empeño. Todo tiene un buen motivo para que me
ponga en acción, pero nada puede compararse con la tranquilidad de mirar un
reloj porque sí y ver que ofrece una secuencia de cuatro doses. Después de esto,
lo mejor sería marcharse a la cama y contarlo así en alguna reunión, hablando
de esas cosas que se deberían haber olvidado pero que ocupan la peana destinada a los cumpleaños importantes, los aniversarios o las frases significativas. No recuerdas
la fecha de tu boda, pero puedes hablar de ese día en el que en un reloj dieron
las 22:22 y te marchaste a la cama inmediatamente después, casi corriendo, para
que las 22:23 te pillara ya con el pijama, cubierto con la manta y esperando el
sueño. Entonces es posible que en esa reunión alguien sepa ver lo que ahora yo
no percibo y descubra que hice bien en cerrar ahí la jornada porque hacer demasiadas
cosas en un día es como cargar de más una maleta: las cosas acaban arrugadas y
peleando por salir.
martes, 25 de noviembre de 2014
Faltaba el icono de diluvio en la app del tiempo
Faltaba el icono de diluvio en la app del tiempo : La lluvia es tan intensa que no dejo de recular
ante ella. Primero me protejo bajo un pequeño toldo, después me refugio en una
cafetería italiana y, viendo que la violencia de la lluvia arrecia, me escondo
en el cuarto de baño de la cafetería. Es un lugar limpio, blanco, con el rollo
de papel por estrenar. Un buen sitio para recogerse: me recojo. En el pequeño lavabo
froto con agua mi alma para tratar de quitar las manchas que todavía salgan. No
muchas. Algo es algo. En la cartera, ni un billete. En los bolsillo, ni una
moneda. No sé si con la tarjeta se pasará la laguna Estigia. Mando unos cuantos
mensajes. Borro el mail y casi todo el WhatsApp, por eso de que hay que partir
ligero de equipaje, y actualizo el sistema operativo porque ya me va a dar
igual que sea inestable o no. Para ser el último café, estaba muy bueno. Vigilo
la rendija de la puerta, esperando que el agua empiece a subir. Los demás
morirán en Madrid, pero yo lo haré en Venecia.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Esas redes que izarán otros
Esas redes que izarán otros : En “Yo”, un
libro que le regalamos para que aprenda a dar rodeos sobre sí misma, Lucía va
respondiendo a preguntas como: ¿qué no has hecho todavía?, ¿qué te aburre?,
¿qué nombre te hubiera gustado tener?, ¿qué tiempo hace ahora mismo?, ¿qué hora
es?, ¿qué te hace especial? o ¿crees que el universo es infinito o se acaba en
algún sitio?. Hoy se lo ha llevado al salón para continuar escribiendo en él y
cuando se marcha a dormir dudo si debo abrirlo para leer algunas respuestas.
El instinto de conservar algo de lo
vivido ya existe con diez años. No es constante, pero a veces los mellizos sienten
la necesidad de escribir lo que han hecho un día con una dedicación que me
sorprende porque jamás les he recomendado que lo hagan. Cierran la puerta, se
sientan bien en su silla, cogen un cuaderno (no valen hojas sueltas) y se ponen
a escribir como si bordaran. En lo que nos han enseñado, ninguno se limita a la
mera descripción objetiva, añadiendo sus sentimientos frente a lo sucedido.
Sinceramente, no sabría si
animarles o no a ser más regularles si me lo preguntaran. En el fondo, todo es una
cuestión de lucha contra la memoria y con diez años quizás sea mejor que lo que
quede sea lo que ella retenga, sin más. Con más años, el motivo es más
evidente, como escribe Christa Wolf en “Un día del año”
“Pero ¿por qué describí también el
27 de septiembre de 1961? ¿Y todos los 27 de septiembre siguientes, hasta hoy,
y eso a lo lardo de cuarenta y tres años, más de la mitad de mi vida? No soy
consciente de todas las causas que lo motivaron, pero puedo mencionar algunas:
en primer lugar mi horror al olvido, que, como he observado, se lleva consigo
sobre todo la vida cotidiana, que tanto aprecio. ¿Adónde? A eso, al olvido.
Caducidad e inutilidad, hermanas gemelas del olvido. Una y otra vez me veo (y
me veré) confrontada con ese inquietante fenómeno. Yo quise escribir para
combatir esa incontenible pérdida de existencia: al menos un día de cada año
debería ser un sólido pilar de la memoria: puro, auténtico, descrito sin
intenciones artísticas, lo que viene a significar entregado al azar y a merced
de él. Yo no podía ni quería marcar el curso de lo que me aportaban esos días
casuales; así hay días aparentemente fútiles junto a otros “más interesantes”;
no me estaba permitido evitar lo banal, ni buscar, y mucho menos escenificar,
lo “importante”. Empecé a esperar con cierta expectación lo que me aportaría,
en el año en que me encontraba, ese “día del año”, como pronto empecé a
llamarlo. Los apuntes se convirtieron en una obligación, a veces deleitable, a
veces molesta. También se convirtieron en un ejercicio para combatir la pérdida
de realidad”
Sin finalmente no abro el libro de
Lucía para leer sus respuestas es por una cuestión de superstición. Temo que al
hacerlo pierda el impulso que la lleva a ir completando cada hoja y acabe
abandonándolo: en el futuro, ante las preguntas sin respuesta es posible que se
dirija a nosotros para saber aquello que tampoco registramos por simple pereza.
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