jueves, 30 de abril de 2015

Una cuña de sol



Una cuña de sol : El repartidor de las bombonas de butano deja una en su carro junto a una puerta. Hace una gran mañana de abril. Entiendo que él, como yo, esté remoloneando un poco. En esto, la RAE es un poco dura : “Rehusar moverse, detenerse en hacer o admitir algo, por flojedad y pereza”. No, no. Verá, señora, académica, es que hay que tener en cuenta el optimismo de esta luz que parece llegar a todos los objetos para recordarles el valor de ser. Otro echan mano de filosofías nórdicas de lomo de cuero para llegar a eso que ahora tenemos delante. Ellos tienen la teoría y nosotros el ejemplo. Supongo que el repartidor vagará por la plaza con las manos en los bolsillos con el mismo paso tranquilo con el que lo hago yo, esperando que el tiempo no pase. Yo sé que cuando el reloj marque las 9:05 tendré que marcharme caminando rápidamente, como si una fuerza mayor me hubiera impedido ser más puntual. En el caso del repartidor, su señal llegará cuando la cuña de sol que ahora llega a la puerta se abra hasta alcanzar la bombona de butano. Vamos, dirá él. Vamos, diré yo.

miércoles, 29 de abril de 2015

Hormigón en los pies



Hormigón en los pies : Los encargados de la obra han decidido rellenar las bases de los árboles distribuidos por la acera con una capa de hormigón, en la que han hecho varios agujeros, y cubrir los finos troncos con unas planchas de madera. Si mantienen este buen ritmo, el edificio estará acabado en pocos meses.  Como supongo que el diseño será tan anodino como el del resto de las construcciones del barrio, no aguardo con curiosidad que se termine para poder disfrutar de él. Ya solo me conformo con ese momento en el que un par de trabajadores vayan quitando ese hormigón agujereado y se lleven las planchas de madera para que algo siga estando como antes.

martes, 28 de abril de 2015

El último de los barcos en alejarse



El último de los barcos en alejarse : Los del bar de enfrente salen a fumar afuera, junto a unos toneles con ceniceros. Fuman como si echaran caladas de aire puro. Es normal. En los alrededores los olores son bastante fuertes y desagradables, debido a lo cerca que estamos de la Gran Vía. Cada vez que respiro siento cómo en la parte superior de los pulmones aumenta una capa negra como la que tengo sobre la cabeza. Todo el camino desde la salida del metro hasta aquí va ofreciendo distintos hedores, por lo que bastaría la nariz para traerme a esta mesa, con el cortado y el periódico.

Afortunadamente, de vez en cuando hay una excepción, como esta mañana, y de la pescadería de la plaza, la que solo expone cajas de langostinos congelados, sale un golpe de olor a pescado que, con un poco de imaginación, es capaz de llevarme a alguna lonja. Es el momento de frenar y disimular con el móvil para aprovechar ese atajo al norte, a mares sin fondo, a gaviotas de gritos afilados y a pequeños barcos alejándose mecidos por la confianza de los que los llevan. Si encima hablaran con acento gallego ya sería la hostia.  

lunes, 27 de abril de 2015

La puerta perfecta



La puerta perfecta : Parece la puerta de una casa de pueblo. Las sucesivas capas de pintura blanca han acabado uniendo algunas de las partes que la forman en secciones más grandes. Arriba, a la derecha, hay un rectángulo abierto con una figura forjada que impide que alguien pueda entrar o salir por ahí. La mirada se va hacia esa zona oscura delimitada por la blanca, en la que no hay ningún dibujo, ni firma, ni pegatina. Frente a la respuesta del blanco, la pregunta del negro, que no necesita nada más para formularse.

domingo, 26 de abril de 2015

Las leyes de la mala suerte



Las leyes de la mala suerte : En el escaparate de la tienda de los chinos hay gatos de la suerte de diferentes tamaños, supongo que dependiendo de la que necesites. Si tu vida es más triste que el mobiliario de una asesoría fiscal, pedirás el más grande esperando que un golpe de fortuna te vuelva visible de nuevo. Si lo que te falta es algo específico y puntual, lo probable es que te compres uno pequeño para que agite el brazo en el salpicadero del coche si eso que está ahí aparcado es un coche de la guardia civil y tu lengua es incapaz de pronunciar las palabras de golpe, que para pedir otra copa solo había que señalarla.

Yo me llevaría un par de los pequeños si no fuera porque creo que pueden volverse en tu contra si en el fondo eres un tipo afortunado y no eres capaz de verlo. Un castigo latente para que la escasa buena suerte no termine en las manos de quien ya tiene la que le hace falta. Coge uno sin merecerlo y en alguna parte una gran bola de dos toneladas empezará a rodar para aplastarte en el sitio más inesperado. Por eso me quedo un rato pensando y admitiendo, al final, que sí, que hay algunos temas a los que no les vendría bien un empujón. Pero acabamos de venir de comer y lo hemos pasado tan bien que pagar cinco euros por una copa de vino no me ha dolido. Tal vez otro día. 

sábado, 25 de abril de 2015

Solo hay que dejarse llevar



Solo hay que dejarse llevar : Todo nos va empujando lentamente hacia el inicio de la actuación en la RESAD. La copa de vino. La bolsa del té. Las sillas altas. La música clásica. Los periódicos doblados sobre la barra. El delantal negro de las camareras. La dirección de un hotel en Londres que buscamos en Google. Unas consultas al móvil. La gente que conversa al otro lado del cristal. El desorden de la merienda que dejan los grupos que se han marchado. Un proveedor que trae un pedido: da un tirón decidido para que las ruedas superen el pequeño escalón. Es agradable flotar como una botella que busca su mensaje en la recomendación de alguien de quien te fías. Otro vino.

viernes, 24 de abril de 2015

Las monedas del escudero



Las monedas del escudero : Le digo al peluquero que tiene que “descargar y arreglar” y después me siento, aliviado porque parece que con las dos palabras está todo claro, a leer algún número atrasado de Esquire o de Rolling Stones. De vez en cuando levanto la vista para ver si todo va bien, como si fuera necesario que estuviera ahí. Daniel no deja de mirarse fijamente en el espejo todo el rato, mostrando con su seriedad que solo él sabe en qué momento tiene que dar la señal de que no hay que cortar más. Ese asiento lo convierte en un rey, aunque las piernas le cuelguen, y a mí en el escudero que dejará unas monedas en el mostrador como pago por los servicios.