lunes, 7 de octubre de 2013

Las hojas caen como piedras




Las hojas caen como piedras: Primero llega el mail con la noticia del despido de un compañero y, cuando la diferencia horaria lo permite, la llamada. Las hojas secas deberían seguir el ciclo y convertirse en abono, pero todas caen en la acera o en el asfalto. Pronto las hojas cubrirán todo el árbol.  

domingo, 6 de octubre de 2013

La enzima holandesa




La enzima holandesa: Las mesas bajo la carpa están llena de holandeses que llevan celebrando la boda desde el viernes. Ellas mantienen el maquillaje perfecto; a ellos el nudo de la corbata no se les ha movido. Empiezo a pensar que la enzima que hace tolerable el alcohol está muy mal distribuida en el mundo y que toda la que falta en China está aquí, a mi alrededor. Cualquiera de ellos podría enhebrar una aguja con un ojo cerrado, haciendo equilibrio sobre tres sillas.

La boda se ha retrasado para ser precisa: la novia empieza a avanzar por el camino que la lleva hacia las sillas, junto a un gran árbol, cuando el sol, dejando en sombra a los invitados sentados a la derecha, resalta ese breve paseo en el que ella nos deja compartir su alegría y nos hace sentir que también se ha puesto ese traje para nosotros. Ahí la recibe el novio, que conoció en Malasaña, la única palabra que reconozco de los discursos que después se pronuncian en holandés, un idioma que parece más lejano que su país. Pero no importa: tienen en sol detrás, que es donde debe estar, calentándoles las espaldas. Delante solo sirve para cegarte.

En la comida, los holandeses se van convirtiendo en españoles callejeando tranquilamente por la zona del Penta y nosotros, sin llegar a Holanda, nos quedamos en ese país sin lugar en el mapa en el que a las ocho te esperan los baños, la tortilla francesa y media hora de dibujos animados. Sí sabemos que nosotros somos la única mesa en domingo mientras a nuestro alrededor sigue siendo viernes.

Esa delegación de nacionalidad, en la que nadie nos pide que ejerzamos de locales, es relajante. No hay que buscar palabras con las que expresarse, ni alabar los museos, ni comentar lo buen chico que era Van Nistelroy, ni elogiar el vino. Es una boda que se va disolviendo poco a poco, convirtiéndose en una reunión en la que, básicamente, hay tiempo para hablar mientras los niños se divierten con una alegría controlada.

Así estamos hasta que levanto la vista y la carpa, que parecía acumular el sol como el agua de la lluvia, ya está vacía. 

sábado, 5 de octubre de 2013

Una biografía discontinua



Una biografía discontinua : Gracias a Daniel, que insiste en venir a nadar, conozco la piscina del gimnasio. La imaginaba con las calles ocupadas con el nadar lento de los que vienen siguiendo las órdenes de un geriatra y bajaba con paciencia de ministerio. Pero las calles están vacías y solo hay dos nadadores recorriéndolas con la perseverancia del que va tejiendo una larga bufanda a lo largo.

La piscina mantiene la misma profundidad en todas partes. Daniel asume que está haciendo algo de adultos y nada más ducharse se quita las zapatillas con cuidado japonés y se mete en el agua. Se coloca las gafas y empieza a nadar antes de que le pregunte quién sale el primero.

Cada vez que lo espero al final de la calle, me trae un recuerdo distinto de cuando yo nadaba con mi padre. Hasta que llega un momento en el que soy a la vez mi padre y quien avanza hacia mí. Tengo la sensación de que si estirara esta calle llegaría a unirse con precisión a aquella otra. Dos líneas discontinuas que trazan un camino que, en el fondo, no sé a dónde me lleva.      

Estamos una hora nadando. Daniel insiste en que aguantemos hasta que se ponga el sol, lo que me parece un gran plan. Dejar que desaparezca la luz del exterior hasta que podamos nadar en ésta, metálica y ondulante. 

viernes, 4 de octubre de 2013

El territorio entre dos párrafos




El territorio entre dos párrafos : Algún día, los baños serán las puertas de enlace entre distintos espacios: recién limpios todos se parecen, por lo que bien se podrá entrar en el baño de una gasolinera de Cuenca y encontrarse al salir en la segunda planta de la Entreprise.

En lo que se logra ese avance tecnológico, lo que sí es posible (y recomendable) es cambiar mentalmente de lugar. La verdadera visita al baño debe cumplir el doble objetivo de vaciar la vejiga y la cabeza. Lo primero se da por supuesto, pero lo segundo, que solemos pasar por alto, resulta aconsejable: pocas veces en el día vamos a estar solos, sin un aparato tecnológico en las manos, envueltos por el color blanco y rodeados por el sonido del agua al caer. Se trata de, en lo que el cuerpo ajusta líquidos, poner un punto y aparte en la cadena de pensamientos y quedarse un rato en ese territorio que hay entre dos párrafos.

Decirse: afuera está la familia, es viernes, vamos a ver un musical para el que llevamos tiempo ahorrando. Decirse : soy el rey meón. Y salir del baño para meterse en el siguiente párrafo.

jueves, 3 de octubre de 2013

La precisión del viento




La precisión del viento: Ya no queda rastro de esa línea curva del verano por la que se deslizaba el sol en una brillante gota densa. El otoño se acumula en las esquinas, que vuelven a estar presentes. Se va amontonando lentamente hasta que el viento, cortado por la arista de un muro, se vuelve más ágil y preciso y alcanza a levantar todas las hojas.

Se acabó el reposo del calor: las ideas vuelven a agitarse.

miércoles, 2 de octubre de 2013

La caja desvalijada




La caja desvalijada: Aprovecho el silencio de estudio (cuentas con lapicero a derecha e izquierda) para leer el periódico que alguien ha dejado doblado encima de una silla. Se cuelan algunos ruidos -la máquina del café, tazas en platos, conversaciones en voz baja- al que añado el que causo yo al pasar las páginas. Lo hago lentamente para que el movimiento no provoque una pequeña corriente que eche abajo las construcciones matemáticas que los mellizos mantienen en equilibrio antes de alcanzar la solución y escribirla.

Nada interesante, nada, hasta que llego a esa esquina en la que el periódico publica lo irrelevante y me encuentro con lo que se convierte en mi titular de portada: los Renoir de Cuatro Caminos cierran con una última sesión el lunes pasado. Suelto un mecagoenlaputa bajito para no romper la concentración de goma de borrar y números que me llevo. El cierre de los Lido dolió, pero que ya no abran los Renoir es como encontrarte abierta la caja fuerte en la que guardabas algunos de tus recuerdos más apreciados: el estreno de Leolo, por ejemplo.

Así que cierran los Renoir para no abrir nada y que su fachada acabe cubierta de anuncios de conciertos de músicos latinos. Deberían haber avisado para poder hacerle una última visita a sus salas y recorrer de nuevo un escenario que a pesar del paso del tiempo no envejecía. Que cierre está mal, pero que lo haga con una sesión a la que solo acuden tres personas es humillante.

Para qué seguir leyendo. Vuelvo a doblar el periódico con cuidado, como borrando las pistas de mi precipitada lectura, y regreso a esas cuentas en las que ningún número se parece a otro. Yo tampoco soy el que entró en esta cafetería hace unos minutos. 

martes, 1 de octubre de 2013

La cola de la novia




La cola de la novia: Por todas partes de la casa hay lápices y gomas de borrar. Los lápices son lo último en desaparecer cuando pedimos orden y los primeros en regresar en cuanto dejamos de ponernos estrictos. No me parece mal porque la inspiración pasa rápidamente, como una novia buscando un artista con el que casarse, y a veces la única forma de detenerla es coger un lápiz afilado y atrapar su cola entre la punta y el papel. Si se quiere reaccionar con un ordenador o una tableta siempre es tarde.

A veces estamos viendo la televisión dócilmente, sin esperar nada, y Daniel se levanta.

-Voy a dibujar algo.

Pero cuando miro alrededor ya no hay ningún rastro de esa cola alejándose como una ola volviendo al mar. Lo que ha pasado sólo lo ha visto él, que se va decidido a por uno de esos lápices.