El momento culminante : Los nombres de
los bombones que vienen en la caja que Lucía se ha comprado son: Capricho,
alegría, sueños, pasión, dulzura, ternura y felicidad. Debajo de la relación,
aparece la información nutricional que permite calcular que cada bombón tiene
56,01 kcal. Que los dos mensajes se transmitan juntos me parece muy bien. Como sospechamos
que detrás de una buena noticia merodea una desgracia, nunca nos abandonamos
del todo al júbilo para no llamar excesivamente la atención del infortunio, lo
que nos deja a las puertas del clímax. Pero esa pequeña distancia hacia el
momento culminante la podemos recorrer sin problemas con los bombones porque al
llevarnos el placer a la boca también nos tragamos la infelicidad, bien
cuantificada con las calorías que habrá que eliminar. Esa mezcla es el secreto
de los bombones y la razón por la que pocas veces se puede ver un gesto como el
de alguien dándole el primer bocado a uno.
viernes, 6 de noviembre de 2015
jueves, 5 de noviembre de 2015
La habitación que no reservaré
La habitación que no reservaré: Uno de mis
posibles recorridos por Madrid se basa
en aquellos lugares que me gustaría disfrutar. Una pastelería con grandes
palmeras de chocolate junto a la que paso y en la que me digo que tengo que
entrar un día que me despierte sin conciencia. Una librería francesa en la que
ya está disponible lo que llegará traducido en unos meses. Una pastelería, una
librería. Y un restaurante con las paredes blancas y una carta de vinos con la
que puedes dar la vuelta al mundo, una joyería en la que los precios están
escritos en una pequeña etiqueta atada a lo expuesto en un escaparate en el que
el silencio brilla, una charcutería especializada en diferentes tipos de mortadelas,
una tienda en la que las bicicletas parecen pulidas por la velocidad, una
sastrería con los maniquíes listos para acudir a una recepción en La Zarzuela.
Hoy añado el Hotel Atlántico cuando
lo veo elegantemente iluminado por la noche. Me gustaría pasar una noche en una
de sus habitaciones, me digo, aunque sé que no haré nada por cumplir el deseo,
igual que no entraré ni en esa pastelería, ni en la librería, ni en el
restaurante, ni en la joyería, ni en la charcutería, ni en la tienda de bicicletas,
ni en la sastrería por temor a no encontrarme ahí con la experiencia que me
imagino.
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Las últimas comandas
Las últimas comandas: En tres alcayatas del tablón del restaurante cuelgan las
comandas de los que se están tomando un café en la terraza. El camarero sale,
mira a ambos lados y vuelve a meterse. No hay prisa. Se puede disfrutar de la
tarde de otoño hasta que una de esas hojas se desprenda y se mezcle con las de
los árboles. En ese momento el camarero se agachará a por ella y se acercará a
la mesa en la que los clientes estarán recogiendo sus cosas mientras utilizan
las frases de despedida para volver a su intimidad.
martes, 3 de noviembre de 2015
Las maniobras del camión
Las maniobras del camión : El cartel de
“¡¡Peligro!! Salida de camiones” es pequeño y está colocado al otro lado de la
entrada de la obra. Parece pensado para los que van caminando con las manos en
los bolsillos y al encontrarse con él levantan la vista para seguir el pequeño
camino de tierra que remonta el terreno esperando ver a algún niño lanzando un
camión de juguete por él.
El tamaño de los camiones que salen
de la obra es tan grande que no necesitan nada que los anuncie. Se bastan por
sí mismos. La calle es estrecha y el conductor gira el volante con la rapidez
con la que en los submarinos aseguraban la escotilla al escucharse la señal de
inmersión. Todos esperamos educadamente a que se tome el tiempo necesario para
hacer la maniobra. Todos, en el fondo, desearíamos que al poner la marcha
atrás, se llevara varios coches por delante. El niño bueno que, de rodillas, dirige
un camión de plástico habrá desaparecido; pero el otro, el cabrón, parece que
sigue presente.
lunes, 2 de noviembre de 2015
Once porciones idénticas
Once porciones idénticas: A la chica
que me atiende le digo que sí a todo lo que me propone añadirle al café. Tiene
que durarme dos horas en esa mesa que está libre. Nata. Canela. Extra de leche.
Asiento sin dudarlo y pago por esa taza que casi tengo que llevar con las dos
manos, como si fuera una ofrenda a una diosa griega, un importe que se acerca a
los tres euros. Poca cosa si se tiene en cuenta que cuanto más tiempo esté ahí,
más barato será el minuto.
Los cumpleaños ya no son lo que
eran. De celebraciones multitudinarias en las que se seguían encontrando niños
días después de terminadas, a estas reuniones selectas entre amigos elegidos
que se agotan pronto porque el nivel de diversión depende de la cantidad de
invitados. Sé que cuando vuelva ya le habrán entregado el regalo al homenajeado
y un camarero estará retirando los platos con las pizzas y los perritos
calientes fríos mientras algún padre, por lástima, se comerá un trozo de tarta
para que no acabe en la basura.
Coloco el café en el centro de la
mesa, bien a la vista, como el ticket de la hora, y enciendo el Kindle para pasar dos
horas con Carver dándole un sorbo al café entre cuento y cuento. Lo estiro todo
lo que puedo y cuando llega la hora de marcharse lo apuro. Me habría pedido algo
para acompañarlo, pero ése que, ahora, se está comiendo una porción de
tarta, soy yo.
domingo, 1 de noviembre de 2015
Traspaso de mando
Traspaso de mando : Cuando nos quedamos solos por la noche, Daniel estrena
un juego que compramos en una tienda de segunda mano. “Majin and the forsaken
kingdom”. En el arranque de la historia, el protagonista descubre una ciudad
olvidada y ahí libera al Majin, un monstruo con musgo en los hombros capaz de
destrozarle la cabeza a un enemigo mientras levanta el pie izquierdo para no
pisar un nido de hambrientos pajarillos. Los dos se hacen amigos porque pelear
juntos une. Es un juego que se disfruta más mirando que con el mando en las
manos. Tal vez sea otra manifestación de la edad que reconozco y acepto sin
problemas.
A la una y diez de la noche, hora local, el protagonista y Majin tienen que escapar de una encerrona utilizando una catapulta. Ni siquiera aquí pido el mando. Proponemos varias soluciones y nos vamos a dormir a ver si la inspiración nos llega durante el sueño.
A la una y diez de la noche, hora local, el protagonista y Majin tienen que escapar de una encerrona utilizando una catapulta. Ni siquiera aquí pido el mando. Proponemos varias soluciones y nos vamos a dormir a ver si la inspiración nos llega durante el sueño.
sábado, 31 de octubre de 2015
El escaparate más triste
El escaparate más triste: El escaparate
de esta tienda anuncia que si tienes que celebrar una fiesta a la que no va a acudir
nadie deberías comprar todo lo necesario aquí. Vasos que permanecerán vacíos,
platos que nadie ensuciará y serpentinas que se quedarán en sus paquetes.
En Halloween han colocado un
maniquí cortado por la mitad en medio de un charco de sangre. El tono deprimente
que no funciona el resto del año encaja bien ahora y el local está lleno. Daniel
y yo lo recorremos. El sitio es grande. Al fondo están los disfraces, la mayor
parte con una saludable carga erótica para el que use Halloween como una excusa
tan válida como otra cualquiera para caldear media hora de su vida.
Hay muchos accesorios atrayentes.
Daniel los va cogiendo: ojos de plástico, dedos cortados, heridas que supuran.
Llegamos a la sección de las máscaras. La que le gusta es cara. No tengo que
decírselo. Veo cómo después de probársela mira el precio y la devuelve a su
sitio sin decirme nada.
Le propongo comprar otra más
barata. A mí me gusta, le digo. Pero me dice que no. Supongo que debería
sentirme orgulloso de que esté aprendiendo el valor del dinero. El año pasado
habría insistido en llevarse la cara. Qué maduros. Qué formales. Qué mierda.
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