viernes, 13 de abril de 2012

Mantequilla y pimienta



Mantequilla y pimienta : Las mazorcas me parecen los frutos de una planta de dibujos animados. Aunque las tenga en las manos, me cuesta aceptar que el maíz crezca así, con esa estructura densa, de piel de animal de desierto, replegado sobre sí mismo

Las saco de su envoltorio de plástico y, siguiendo las instrucciones, las dejo cinco minutos en agua hirviendo. No pasa nada en cinco minutos. No sé si se trata de cocinarlas o de exponerlas a estas condiciones para que, como en un interrogatorio, los granos se vengan abajo y se suelten. Las mazorcas, como un grupo de jugadores de rugby en una melé, aguantan unidas. Todas estas tonterías se piensan cuando transcurren cinco minutos sin que en la olla nada cambie.

A los cinco minutos aproximados (los relojes digitales se guardan la precisión para sí mismos) las saco y las coloco en una fuente blanca. Un par de exclamaciones sin puntos. Parece mentira que ahí dentro estén las palomitas, les digo a los mellizos y me digo yo mismo. Alguien, tal vez viendo dos mazorcas como éstas, se dijo que no era posible que esta verdura fuera tan impasible, tan introvertida. Quizás hasta estaba escribiendo sobre ellas cuando empezó a pensar en la forma de cambiarlas con algún método elegante y simple, como cuando con un simple gesto se daba la vuelta a un disco. Y de alguna forma dio con la solución haciendo más por el cine que el cruce de piernas de Sharon Stone.

Pienso que es un buen ejercicio de pedagogía gastronómica poner en la mesa unas mazorcas, unas hamburguesas de carne de la sierra de Madrid, un tarro de mantequilla de cacahuete y una tarta de queso. Falta la zarzaparrilla. Es difícil presentar una cena norteamericana cuando, sin quererlo, es lo que te sale cuando no quieres preparar nada.

Lucia dice que no quiere probarla. Daniel, por quedar bien, da unos cuantos mordiscos desganados. Les recuerdo que de ese maíz surgen las palomitas. No sirve. Es como sugerirles que vean en blanco y negro una película que en la sala de al lado emiten en 3D.

Cojo las mazorcas antes de que se enfríen para que se derrita la mantequilla. Echo también un poco de pimienta. Cosas del subconsciente, mientas las muerdo pienso en Instinto Básico.

jueves, 12 de abril de 2012

La provocación



La provocación : Frente al semáforo, todavía en rojo, la mujer espera tranquilamente. Los demás estamos pendientes del cambio porque la calle es ancha y hay que aprovechar todo el tiempo que el semáforo ofrece. Tan pronto aparece el verde, la gente empieza a caminar deprisa. Ese cambio resulta un poco violento cuando se tiene una bicicleta al lado. La mujer, que estaba con ella inclinada, apoyando el pie izquierdo en el suelo, agarra el manillar y hace fuerza con el pie derecho sobre el pedal. Hay un instante en el que parece que la bicicleta avanzara por un terreno de barro que la frenara, permitiendo que cada gesto de la ciclista pueda verse lentamente. Son un par de segundos en los que parece que las fuerzas se ajustaran y que, por un momento, algo que avanza sobre unas ruedas tan finas, no pudiera mantenerse. La desorientación del que, recién despierto, trata de saber qué día es. Ese instante de duda desaparece y la bicicleta, tras tres pedaladas difíciles, se suelta, como si abandonara ya el barro y los cálculos le fueran favorables. Ahora avanza como si el viento la empujara.

La sombra de la bicicleta parece pesar menos que la de un coche, rozando, sin apenas desgastar, la superficie por la que pasa. Esa levedad es un desafío para los conductores que esperan. La posibilidad de moverse por cualquier parte sin depender del terreno ni de la gasolina es una provocación y una amenaza, como el filo de un bisturí. Un verso preciso frente a la exposición de motivos de una ley. Esa sombra es, además, única, porque la combinación del ciclista y bicicleta lo es, frente a la producción en cadena de la de los coches, que no se diferencian unas de otras.

Todo pasa en unos segundos. El desafío, la amenaza, y la certeza, por ambas partes, de saber quién recorrerá estas calles cuando la ciudad se convierta ya en una cuenca de un río sin ese caudal negro y caro que cada vez es más escaso. Ella sabe que pronto todos sus días serán viernes; ellos, que queda poco para verse obligados a vivir en un lunes eterno.

Si fuera posible, las sombras de los coches se lanzarían tras la de la bicicleta como perros desesperados tras la auténtica liebre.

miércoles, 11 de abril de 2012

Caligrafías





CaligrafíasCon el Atlético de Madrid-Real Madrid de fondo, sin volumen, voy mirando el libro que han hecho en la clase de Lucia : “El universo, el espacio y la tierra”. En cada hoja han escrito un pequeño texto de investigación, un sinónimo de Wikipedia, debajo del cual han pegado alguna fotografía relacionada.

 Me doy cuenta de que las cosas han cambiado de cuando yo hacía trabajos así. Antes, en la era de los dos canales en televisión y los teléfonos fijos, lo fácil era conseguir fotografías porque en mi casa solía haber revistas en un revistero dorado (en el que el tiempo se detuvo en la fecha de esos números antiguos que mi madre conserva como elemento ya decorativo). El tema de la información era más limitado, con dos fuentes básicas : mis padres y la enciclopedia, con sus volúmenes ocupando una estantería como los anillos de una serpiente gruesa que se hubiera comido todo el saber.

Ahora la serpiente se mueve por internet, más delgada, larga y rápida y las fotografías se tienen que imprimir porque el revistero se ha convertido en el icono de una papelera.

Sólo hay dos cosas que no cambian y que hacen que esté en el salón con el libro y el fútbol a estas horas. La primera es ese esfuerzo de cada niño por domar las letras, como si el lapicero, tan inocente en la mesa, en las manos fuera un potrillo incapaz de ensillar. La amenaza, por lo que veo, puede estar en la o, en la eme, en las mayúsculas, o en los puntos de la i. Se puede decir que también veo este libro (Rocas y minerales, exploración del espacio, desiertos, volcanes, ríos y lagos…) sin sonido porque no me fijo en el significado de las palabras, sino en su dibujo. Silencio en la pantalla, en el libro y en mi cabeza. Sólo trazos.

Hay caligrafías desastrosas y caligrafías cuidadas, la del que parece tener un terremoto bajo los pies, o dentro de la cabeza, y la del que es capaz de decirle al mundo que gire más despacio para que el dibujo salga perfecto; la del que piensa en otra cosas y la del que piensa sólo en esa cosa; la del que escribe como el que tira de un hilo y lo arrastra por el suelo y la del que utiliza ese libro para tejer; la del que tiene una brújula que señala a todas partes y la del que observa una aguja que permanece impasible; la del que todavía no sabe qué puede decir con lo que escribe y la del que sospecha que con cada letra, de alguna forma ,se va afirmando; la del que le quedan algunos kilómetros para llegar al destino y la del que, sentado en un escalón, espera a los demás. Ahí está parte del destino, dibujándose a lápiz. Un campo de arena fértil en el que van asomando las plantas.  

La segunda cosa que no cambia, claro, es el resultado del partido. Levanto la vista y veo un tiro de Ronaldo que, con caligrafía dorada, atraviesa varias portadas deportivas, arrastrando adjetivos, antes de entrar limpiamente en una portería que parece en ese momento más triste, como esas estanterías vacías en las que ya no hay enciclopedias.

martes, 10 de abril de 2012

Como la aguja que avanza por la tela



Como la aguja que avanza por la tela : Traen el recuerdo de la arena en los pies, el uniforme como un cuadro algo inclinado, la mano que no se acostumbra a coger de nuevo la mochila, el desayuno, otra vez, demasiado pronto, y al levantarse una queja, hoy no quiero ir al colegio, que entiendo porque hoy tampoco quería despertarles, porque a mi sueño le he perdido el respeto, pero no al suyo, ni a ese silencio de reposo absoluto que me encuentro al abrir la habitación, el zumo de naranja frente al que se quedan quietos porque el estómago les indica una hora que no coincide con la que les vamos recordando cada vez que nos asomamos a la cocina, la ropa sobre la cama y cierto silencio, ahora resignado, en el coche mientras hacemos un recorrido monótono como la aguja que avanza por la tela cosiendo dos trozos, dándole forma a algo que sólo podremos ver dentro de cierto tiempo, el aparcamiento, la radio con los periodistas musicales que esconden la cabeza en las novedades para no ver nada, para no escuchar nada, para qué seguir prestando atención, así que apago la radio y me fijo en la puerta que todavía sigue cerrada, pero el sol nos anima a salir, les digo que hay que aprovecharlo, y pienso en esas escobas que llegan a la esquina en la que queda la más resistente, por escondida, de las telarañas, que ya no está, ellos cruzan de mi mano, dándole una importancia que no volverá a tener en el resto del día (ni volante, ni teclado, ni cubierto, ni taza, ni llaves, ni móvil, ni nuca, ni hoja, ni pomo, ni grifo), acostumbrándose al uniforme, acercándose hacia la puerta y reconociendo a sus amigos. Lucía se va con una amiga y Daniel con un amigo. Me dan un beso rápido y entran en el colegio ajustándose pareja con pareja, como los dientes de una cremallera que cierra con ese orden metálico una mañana que parecía destinada a disolverse como una bola de helado en la carretera. 

lunes, 9 de abril de 2012

Hay que echarle huevos



Hay que echarle huevos Dice Martin Lindstrom, uno de los gurús del neuromarketing, esa ciencia que, analizando el cerebro, te explica por qué tus inclinaciones al comprar giran a la derecha o a la izquierda cuando tú te veías como una flecha recta, que si vas a la compra con niños, gastas un 30% más. Lo que no sé es si ese 30% se duplica si vas con mellizos porque los caprichos llegan de dos en dos, riéndose, sabiendo que les voy a decir que dos no, que devuelvan una de las cajas de huevos kinder, con lo que una se queda en el carro y la otra regresa a la estantería.

Dice Martin Lindstrom que los niños saben explotar nuestro sentimiento de culpabilidad por no pasar con ellos todo el tiempo que nos gustaría y que accedemos a sus caprichos para calmar esa culpa. No, la culpa, no, Martin, se accede para acabar con el asedio continuo. Ojalá esa culpa desapareciera comprando dos huevos kínder. Si fuera tan sencillo.

En todo caso, si hoy accedo a los huevos kínder es por un tema de salud, de higiene, como el que devuelve a su posición vertical los libros de la estantería que se han vencido, inclinados unos sobre otros por el peso de una penitencia impuesta. Se los van a comer ellos pero me los compro para mí, porque el resto de la lista es una sucesión de cosas necesarias que me limito a echar en el carro como si fueran las indicaciones de esa receta que escriben desde Berlín.

Los mellizos juegan a perderse y a encontrarme entre pasillos de gente con carritos. Les digo que me busquen un artículo aburrido, “Piña pelada N.” y ellos salen corriendo a ver quién es el primero que la encuentra. Es posible que me gaste un 30% más en la compra, pero también es un 30% más divertida, un 30% más lenta (hay que tener paciencia mientras intentan hacer el nudo en la bolsa de plástico de las naranjas), un 30% más arriesgada (cuando insisten en empujar el carrito por una zona sin espacio y repleta de frágiles tobillos), un 30% más anárquica (paso varias veces por el mismo sitio buscándoles) o un 30% más razonada (no vale el porque no para que se convenzan de que eso no entra en el carro).

-Aquí está la piña – me dice Daniel – Pero me ha dejado las manos pringosas.

La compra también es un 30% más sucia cuando veo cómo, para que no se le peguen las manos, Daniel se pasa la lengua por la palma. Mi cara debe ser un 30% más expresiva porque él deja de lamerse un 30% antes de lo que lo haría si le hubiese hablado. Noto un 30% más de pena en su cara por lo que ha hecho. Tal vez, incluso, un 30% más de arrepentimiento que, espero, convierta este triste acontecimiento en un hecho un 30% más pedagógico para el futuro.

Ya en la caja, cada uno guarda los artículos que le gustan en su bolsa, dejándome sólo con una para meter en ella el resto de la compra. Me miran como si la división del trabajo fuera perfectamente justa. Ese estrés normal que se experimenta al ver cómo se acumulan los artículos que la cajera pasa rápidamente por el control es en este momento un 30% más alto. 

domingo, 8 de abril de 2012

Salsa para los espaguetis





Salsa para los espaguetis Hace una mañana soleada que se diferencia de otras mañanas soleadas por el hecho de que el sol que entra por las ventanas pesa : en la balanza que uno lleva dentro, el platillo de lo positivo, un tanto indeciso durante el resto de la semana, se hunde hoy sin matices.

Es un buen día para ir de visita al cementerio con los niños. El lugar, con un césped bien cuidado, al aire libre y sin edificios que lo rodeen pierde parte de su pesimismo y, más que en la última estación, te parece estar en mitad de la línea. Se está tan bien que, de no ser por ese sol que pesa, me sentiría algo culpable.

Los mellizos se toman lo del cambio de flores de la tumba de mi padre como un juego. Mi madre ha comprado varios ramos artificiales en los chinos y me los va pasando para que separe las flores con unos alicates. Como la empresa de mi padre estaba adscrita al gremio de la metalurgia, me parece una elección apropiada. Quitamos las flores antiguas, ya sin color, y vamos colocando las nuevas con una combinación que queda muy bien. Los mellizos clavan cada flor con placer, contentos de no tener que esperar a que la semilla, a que el agua, a que el sol, para que, ahí está, tengamos un heterogéneo ramo genuinamente falso que provoca un optimismo y una alegría genuinamente verdaderos.

Daniel junta sus manos para rezar y, como admite, no sabe rezar, le cuenta a mi padre un chiste en silencio. Lucía se fija en todo : es probable que una noche que se aburra coja su diario y se dedique a escribir todos los mensajes escritos en las lápidas. Mi madre reconoce que ya viene llorada de casa, así que le quita cualquier toque solemne a este sexto aniversario de la muerte de mi padre. La fecha de la lápida siempre será esa marca en la radiografía que señala el lugar en el que algo se rompió y después volvió a soldarse.

Pero para honrar el recuerdo de mi padre hay que hacer un recorrido que empieza aquí y continúa en una mesa bien servida con unas copas de cristal fino llenas de vino. Ahí es donde notamos que falta porque una botella de vino se nos queda corta y dos nos parece excesivo. Es como una partida de mus con una silla vacía, que hace que todas las manos estén cojas. Equilibramos la situación pidiendo una botella pequeña que el camarero, chino, abre como si dentro sólo hubiera vino, pero no vamos a explicarle toda la historia.

Sigue haciendo un gran día, de los que de permiten obtener un gran plato con ingredientes básicos. El vino, el plato que pasa de mano en mano mientras nos servimos, el sol que da en la cara, las fotografías que se hacen porque sí, la charla intrascendente que se eleva como el vapor de un buen guiso, los mellizos comiendo con ganas y ese orden relajante de los objetos listos en las mesas no ocupadas.

El chiste empieza con dos espaguetis charlando.

El último punto de este recorrido es el Bernabéu, claro, unas horas más tarde. Aquí también hay césped, pero hoy no hay suerte y no huele. Tal vez es que llegamos demasiado justos y ese olor ya se lo han repartido los demás, dejando cierto aroma a trinchera, a barro y a desesperación.

Acostumbrados a las últimas jornadas, con los jugadores corriendo por el césped cantando temas de “Sonrisas y lágrimas”, nos desorienta el aroma y ese silencio de desafío, manos sobre culatas y sombreros que ocultan. Ese silencio está por debajo de los cánticos y los gritos de ánimos y los insultos, que se lanzan, densos, con la intención de que alcancen a la escupidera. Ese silencio es ya una señal de lo que nos espera. Por mucho y muy rápido que dispares, nunca vas a tumbar un saco de arena.

Mi padre solía ver los partidos en silencio y escuchando la radio. Ahora soy yo el que apenas dice nada y mi hermano el que se pone los cascos. Me gustaría que el día terminara con una victoria del Madrid para cerrar un día perfecto, pero esto pasa cuando uno, en vez de cerebro, tiene un marcador en la cabeza. Basta con que ponga en marcha un poco la cabeza, que arranca a tirones, como esos motores de lancha a los que hay que tirar de la cuerda varias veces, para que recuerde por qué, en el fondo, ya sabía que este partido iba a terminar empate. Mi abuela era valenciana.

Así que ni ganadores ni perdedores sobre el campo, aunque es posible que alguna bala pedida haya hecho añicos la vitrina en la que pensábamos guardar el trofeo de este año.

El chiste empieza con dos espaguetis charlando. Uno le dice al otro : Mi cuerpo pide salsa.

Y en esa respuesta, como en la lámpara de un genio, se guarda todo este día.

sábado, 7 de abril de 2012

iTeatro



iTeatro : Sé que con esta crítica no me voy a ganar ningún amigo y que, por el contrario, es posible que más de un anónimo se pase por aquí a desahogarse como el que echa la basura en el contenedor. Bueno. Sea.

Aunque, para curarme en salud, más que una crítica al musical, lo que pretendo es hablar del tipo de musical que éste sobre Gerónimo Stilton representa. A saber : todo lo que la tecnología puede hacer por una obra para que uno no tenga que pensar en una obra. O, dicho de una forma más directa, ese tipo de representación en el que el escenario te importa bien poco porque lo estás sustituyendo por una pared, la famosa cuarta pared, que en este caso es una pantalla transparente, en la que se proyectan trolls , dragones o arcos iris digitales. El iMusical para niños. El iPad de tus padres a lo grande.

Mal, chicos, muy mal. Es cierto que estamos en crisis, vale, y que esto ahorra mucho atrezo y elementos del escenario, correcto, pero este no es el camino. No, chicos, y menos ante un público infantil al que hay que presentarle una silla, una silla a secas, no una isilla, y transformarla, cosas del teatro en otra cosa. Parte del encanto del teatro es mostrar que los objetos tienen varias interpretaciones y que a veces basta con un poco de imaginación para descubrirlas. Imaginación a secas, chicos, no iMaginación, que perdemos el norte.

Al eliminar cualquier juego con los objetos, todo se hace evidente al mostrarlo digitalmente. Hablan de lluvia y ves illuvia, hablan de un castillo y ves un icastillo, hablan de un unicornio y ahí tienes un iunicornio de verdad, todo digerido. Con lo fácil que es ahora contratar a un unicornio y echarle con la reforma laboral, no entiendo por qué, por qué, aparece tanto personaje digital.

Pero al musical le han dado premios y a este blog de mierda sólo se acercan unos cuantos perros vagabundos más por cariño o por pena o por ninguna de las dos cosas. Escuchad a los premios, que ellos saben.

Por lo demás, imaginación hay bastante poca. Sin el apoyo de las imágenes digitales, los personajes no saben muy bien qué hacer y se pasan la obra saliendo por la izquierda y entrando por una puerta al fondo a la derecha para ayudar a un hada en un recorrido que parece un paseo por las áreas temáticas de Disneylandia. O algo así. El protagonista es Gerónimo Stilton, pero podría serlo Mortadelo porque ni es un mundo de ratones ni importa que sea periodista. Sugiero lo de Mortadelo porque de él sí que he aprendido mucho. Y las risas que me he echado.

La obra ensalza la amistad y eso siempre es de agradecer porque irse de vinos solo es bastante triste y es bueno que los niños lo aprendan.

Y ya sé que no está saliendo un post muy objetivo pero es que creo que a un niño se le lleva a un teatro, entre otras cosas, para alejarls de las pantallas y de lo virtual. Lo virtual y el iPad están muy bien para aprender chino jugando y para repasar las tablas de multiplicar. Pero un teatro, un escenario, tiene una reglas distintas y encontrarte con una pantalla gigante es como ver a un cirujano operando del corazón con un cigarro en la boca. Un escenario es algo que debe respetarse, algo a lo que debe irse con una propuesta honesta, por muy salvaje que sea, como si fuera una ofrenda.

Sólo hay un momento en la obra en la que la tecnología parece seguir a la acción y completarla y es justo al principio, en el número inicial. Ahí se marca un camino que se abandona muy pronto. Ya puestos ¿por qué no haber creado a los actores virtuales? ¿Y al teatro? ¿Y a los espectadores?

Acaba la obra, que me hace recordar con agradecimiento el trabajo del equipo del musical Shreck, y nos acercamos a la cava baja a disfrutar del bullicio de la gente. Gente, gente y más gente. Y en los locales, pizarras con los nombres en tiza de vinos desconocidos.