sábado, 31 de agosto de 2013

Antropología de aficionado




Antropología de aficionado : Alguien, Intentando suavizar el oxímoron que plantea, ha pintado de blanco el cartel que anuncia la prohibición de poner carteles. Podría haberlo quitado, pero eso habría dado a entender que la pared está ahí dispuesta para todo el que quiera anunciar algo. La solución me parece elegante y el resultado, de profesional.

A pocas calles de distancia se puede encontrar un muro en el que se van acumulando anuncios de corridas de toros, fiestas en discotecas y consignas políticas en el que un tipo sonriente, mirando hacia el horizonte (el suyo, no el tuyo) te pide el voto para un puesto que ya dejó atrás con sus correspondientes escándalos.

Me parece bien que coexistan estas dos formas de enfrentarse a un muro para que, dependiendo del día, te sumerjas en la contemplación zen de una superficie en blanco o eches un vistazo a la historia viva del pueblo para hacer un poco de antropología de aficionado.

Pero hoy, viendo los preparativos de las fiestas, mis simpatías van hacia este muro vacío. No entiendo cómo, año tras año, se sigue decorando las calles como las mismas banderas, cómo se montan las mismas atracciones, cómo se gasta el dinero en preparar otra corrida en la plaza de toros. Se me hace extraña esa rutina de la alegría, esa necesidad de que alguien desde fuera lo prepare todo y nos diga : ahora sí que, oficialmente, podéis divertiros.

Esquivando esas calles decoradas termino aquí, descubriendo el cartel y haciéndole una foto como el que encuentra una prueba de la existencia de esa realidad paralela que más de una vez ha intuido.

viernes, 30 de agosto de 2013

El sol se pone más despacio el viernes




El sol se pone más despacio el viernes : Para comprobar que el sol se pone más despacio el viernes, solo hace falta ir en coche a través de uno de esos paisajes de horizonte liso por los que a veces se cruza una señal, un árbol, un poste del tendido eléctrico con un penacho de hierba seca a sus pies.

Conviene ir sin prisa (la cena empieza cuando tú llegues) por un camino que las ruedas se sepan de memoria para poder prestar una atención distraída a todas esas cosas que no te necesitan para suceder. La puesta de sol, por ejemplo. Al sol le importa bien poco que estés ahí para admirarlo, en plan rollo tranquilo en Ibiza, o que te pille preparando dos tortillas francesas para la cena, en plan rollo nada tranquilo en casa. Toca atardecer y él se pone sin esperar al poeta que necesita un poco de inspiración o a la pareja que va a celebrar su aniversario.

Veo cómo el cielo se va cubriendo con ese color naranja que en las páginas de compra de entradas te indica que quedan pocas localidades. Tono "quedan pocas localidades", pues. Es bonito. La Naturaleza, cuando te esfuerzas por describirla, te abre los matices de su belleza.

Salto de la imagen del sol (a mi derecha) a la conversación con la conductora (a mi izquierda) sobre cosas del trabajo. Ese tipo de charla en el que se pasa de una anécdota a una queja como el que va sacando las cosas del lavavajillas y las coloca en su sitio para olvidarse de ellas. Cuando vuelvo a mirar al sol compruebo que apenas se ha movido. El matiz del cielo es "casi todo vendido". Parece haber derretido el punto del horizonte que tiene debajo. Poco más.

Regreso a la conversación, que sazono con unas cuantas palabras importantes (crisis, dinero, futuro) y algunas menos trascendentes (vino, fotos, libro). Hecha mi aportación, vuelvo a mi experimento con el sol. Sigue inmóvil. Un color "no hay entradas" fascinante, pero inmóvil. Tampoco me extraña. Los viernes yo mismo me demoro cuando termina la jornada: el resto de la semana se sale corriendo del trabajo para llegar a este momento, así que una vez alcanzado no hay por qué apresurarse. Igual que el corredor de maratón que parece frenarse unos metros antes de pasar por meta.

jueves, 29 de agosto de 2013

Algo que no le encargarías a Superman



Algo que no le encargarías a Superman : Dos dependientes atentos a su pantalla no llegan más lejos que yo con mi iPhone. Ellos miran, acuden a la estantería y me dicen que no encuentran el cómic. Yo consulto en el móvil los nombres de los autores, la editorial, y sigo fielmente el abedecedario hasta que llego a la G de Goodwin,Archie y saco, como si fuera el final de un truco, el ejemplar de "Alien" que buscaba. Me marcho contento de la librería porque puedo cumplir la promesa que le hice a Daniel de que se lo compraría. Ha sido en la tercera tienda, lo que le ha dado más emoción                                   
            
"Alien, la historia ilustrada", basado en la película, no es un cómic para niños. Eso ya lo sé, pero precisamente por eso se lo compro. Para que experimente esa sensación de estar leyendo algo que no debería tener entre las manos, la misma que yo buscaba cada vez que pasaba por el cine en el que estrenaron la película y al que no me dejaban pasar por su calificación “S”. Que los hijos superen a los padres y esas cosas.                                            
            
Porque si espero a que tenga unos cuantos años más es probable que lo que ahora es una historia fascinante con un monstruo indestructible se convierta en un mero paseo espacial en el que un bicho viscoso se merienda a la tripulación hasta que la del gato le da al botón del motor. Todo tiene su momento justo y tanta serie dañina de Disney Channel me hace sospechar que lo peor que puedo es darle precisamente lo que se supone apropiado para su edad.                                    
            
Que se fascine con Alien, pues, a pesar del pequeño chorro de sangre que cubren las dos páginas en las que el monstruo sale de la tripa de Kane y de cierto lenguaje inapropiado que se suele soltar cuando una máquina de matar de la que desconoces todo te persigue.
                                                                                                             
La tarde es buena y camino de una cena aprovecho para callejear y perderme un poco. Doy así con una calle en la que me encuentro con más tiendas de cómics ahora que ya no las necesito. Tomo nota de ellas porque si las sumo a las que ya he visto, obtengo una buena ruta para hacer con Daniel, al que quiero aficionar a este mundo. Tal vez su habilidad para el dibujo requiera otros modelos y esta pretensión mía sea como regalarle un disco de Motörhead a alguien que tenga inquietudes musicales, pero por probar este camino no vamos a perder nada.

Tienen buena pinta estas tiendas: me fijo en todos los detalles de lo que exponen. Me parece un mundo sugerente para un niño de nueve años. Todos esos superhéroes y sus poderes. Todas sus luchas eternas. Todas sus alianzas. Todo ese barullo de patio de colegio que se mantiene en pie porque lo aceptamos así y que se viene abajo con una pequeña pegatina: la de la empresa de seguridad que colocan en el escaparate junto a un dibujo tamaño real de Superman, como si puestos a defender lo nuestro todos supiéramos qué es lo que conviene hacer.

Justo la pegatina de la que hay que mantener alejados a los niños.                   

miércoles, 28 de agosto de 2013

La jaula de cristal y sudor




La jaula de cristal y sudor : Incluso en la ciudad, hay deportistas de verdad y de mentira. Yo, para andar sin rodeos, soy del segundo grupo.

A los de verdad los veo desde el gimnasio correr por la pendiente que tengo delante con la soltura y la ligereza del que avanza con una misión mientras yo sudo en la cinta como si estuviera rodeado de lava.

Lo que nos dicta la conciencia del esfuerzo es que salgamos, que nos unamos a ellos, que aceptemos los cambios de temperatura, de rasante, de velocidad, el verte a diez kilómetros de casa cuando estás agotado o torcerte un pie por un camino por el que no pasa nadie. Encajar el sufrimiento, añadir un poco de riesgo. Que el cerebro también sude. Esas cosas.

Pero nos quedamos en el gimnasio, en una farsa que aceptamos y que no criticamos, como si fuéramos todos del mismo partido y nos tapara la boca la obediencia a las siglas. No voy a decir que sea mejor quedarse en la cama que venir, pero sí que estos ejercicios esconden la trampa del sucedáneo.

Para que no le demos vueltas a la cabeza, tenemos música, pantallas con distintas cadenas y monitores que, cuando te ven desfallecer, se acercan corriendo a charlar para que no pienses qué haces aquí dentro:

-¿Viste cómo Pinkman rociaba de gasolina la casa de Walter?

La cosa suele funcionar porque los monitores saben de qué tienen que hablar con cada uno. Son muy buenos: creo que hasta se reparten las series para abarcarlas todas y poder decirte algo de "Aquí no hay quien viva" o de "The Wire", según toque. Ahí sí que son profesionales. A veces creo que igual que en Hollywood todos los camareros son actores en prácticas, aquí los monitores son aspirantes a guionistas. El día que alguien se desmaye en spinning o se parta el esternón con una pesa mal cogida, se verá si además saben de todo esto.

-Estaba jodido el Pinkman, ¿eh?

Pero jodidos estamos los de esta jaula de cristal y sudor viendo a los deportistas al aire libre ejercitarse con una profesionalidad de anuncio, envueltos en la lírica de la voluntad y con un sudor tan puro que podría embotellarse, mientras que el nuestro solo sirve para empapar una toalla que muchas veces no puede reanimar ni la lavadora.

En fin. Aquí seguimos. Sudamos, vale, pero nuestras ganas de aventuras siguen entre las sábanas de la cama, estirando un poco más el descanso. Como legalmente no está bien visto que acabemos con todos los deportistas que están del otro lado del cristal, lo que nos queda es esperar a que lleguen los días cortos, a que empiece ya el frío y solo queden los que no van a casa ni para descansar.

Cuando salgo hoy, ya está anocheciendo. Muy bien.

martes, 27 de agosto de 2013

Sobre las chocolatinas no se filosofa




Sobre las chocolatinas no se filosofa : Durante muchos años, las bolsas de chocolate que nos traían de Suiza eran Suiza: algo que uno se comía poco a poco, en una lucha entre el hambre y el cargo de conciencia del que va acabando con un recuerdo, como el que añade detalles a bolígrafo a las fotografías de la familia. Es lo malo de un país en el que se tiene familia y que se dedica a producir cosas que se comen.

Las bolsas terminaban vacías, pero tampoco voy a ponerme trágico porque estamos hablando de Suiza y la verdad es que había siempre más chocolates que recuerdos, por lo que,  al coger uno, a veces te venía a la cabeza el mismo o ninguno. No importaba. Se establecía una buena conexión entre el chocolate y la memoria, y no sé si a veces me comía uno por hambre o por morriña de esa tierra que he visto como mi Galicia particular.

Esa relación con la memoria empezó a romperse cuando empezaron a encontrarse las mismas bolsas por todas partes, como si hubiera un plan oculto para inundar el mundo de chocolatinas. Venían de Suiza pero ya no eran Suiza. El sabor era el mismo, si bien su capacidad para evocar detalles del país de las vacas con relojes iba disminuyendo con la misma velocidad con la que yo, liberado de esa culpa inicial, me las comía de dos en dos, de tres en tres, peladas y sin pelar. La anorexia de la memoria quedó compensada por el  tamaño de mi tripa.

Me iba alejando de Suiza.

Estas no son cosas en las que uno piensa cuando echa gasolina o se pone a preparar la cena. Ni siquiera sabe que han sucedido así hasta que hoy mi madre me trae una de esas bolsas tras pasar dos semanas por Suiza. Las bolsas son para los mellizos, pero eso no impide que le dé un par de vueltas al tema después de dejarlas en la nevera. Supongo que acabaremos comiéndolas porque tampoco son rosas, y ya lo afirmaba Goethe : “Sobre las rosas se puede filosofar, tratándose de patatas hay que comer”

lunes, 26 de agosto de 2013

Fortaleza interior




Fortaleza interior : Vencemos un ataque de pereza y decidimos ir a cenar a un restaurante de Chueca. Con hijos, el diámetro de la ciudad que terminas abarcando es bastante pequeño: no existe ninguna limitación objetiva, pero te ves buscando aquellos sitios que se encuentran cerca de casa. Nuestra pereza, por ejemplo, tiene las dimensiones de ese diámetro y descubrimos que, aun sin hijos, las primeras opciones que se nos ocurren para cenar no van más allá de esa línea que tenemos marcada en el cerebro. Damos un pequeño salto sobre la frontera y nos vamos a Chueca.

La reserva es a las nueve y media y como en agosto apenas hay tráfico, llegamos con tiempo de dar una vuelta. Siempre hay algo en lo que fijarse porque aquí hay vida, aunque sea la del escaparate de una sex-shop donde exponen los maniquíes de un hombre y de una mujer sin ropa. El del hombre solo lleva puesto un calzoncillo, así que resulta imposible no fijarse en él. Y me fijo.

Y mientras me fijo, me doy cuenta de que es bastante probable que los maniquíes vestidos que viven en los demás escaparates no lleven ropa interior. Se exponen completos pero fallan en lo básico, por lo que básicamente están desprotegidos. Este del calzoncillo, por el contrario, parece seguro de sí mismo: tiene los puños cerrados con fuerza y el cuerpo ofrecido al curioso, como desafiando a aquellos que piensan que no hay nada peor que quedarse en calzoncillos.

Me marcho con la sospecha de que tengo que hacer una limpieza urgente en mis cajones, que la amplitud de ese diámetro en el que te mueves también depende de lo primero que te pones al salir de la ducha. Ahí está todo. La piedra sobre la que edificas el resto del día.    

domingo, 25 de agosto de 2013

Redes de secano



Redes de secano : Ya quedan pocas tardes con un sol como éste, así que extendemos el toldo como el que lanza las redes para atrapar todo el color que sea posible. También hay que ir despidiéndose de la pequeña piscina y de sus contrastes: la inmovilidad de los que toman el sol en las tumbonas de plástico y la agitación de los niños, que no dejan de improvisar juegos con los que medir sus fuerzas. Entre esos dos extremos se mueve el verano.

Estamos en la mesa sin mucho que decir. Se acaban también estos momentos que no hay que llenar con ninguna conversación.

Sí habría que conservar la intuición que vive bajo este sol : las cosas no necesitan imponerse, les basta con sugerirse.