lunes, 30 de junio de 2014

La última batalla de Spiderman




La última batalla de Spiderman : No hay prueba más evidente de los superpoderes de Spiderman que el hecho de que la taza que lleva su dibujo siga entera. No es fácil sobrevivir en esta cocina. Los vasos que utilizamos para el vino han ido desapareciendo poco a poco hasta quedarse en los cuatro que apenas pueden cubrir un espacio antes ocupado por todos los que ahora no están. Ese descenso también lo hemos visto con los vasos que Coca-Cola sacó en la Eurocopa del 2012. Unos vasos que, estaba comprobado, le transmitían al agua las propiedades de la victoria (si se miraban con un microscopio, podía verse cómo las moléculas formaban el escudo de la selección española) con lo que bastaba tomarse un trago de agua para salir a la calle a reclamar un par de medallas de oro en lo que fuera.

Ajena a esta campaña de desapariciones, la taza de Spiderman sigue como el primer día. A veces pienso que habría que retirarla del servicio en el apogeo de su carrera y dejarla acumulando polvo junto a la colección de jarras de cerveza que mis padres guardan en la sierra. Ahora es el momento porque Spiderman no puede con todo: una cosa es enfrentarse con los enemigos de la Marvel y otra es tener enfrente a la señora de la limpieza. 

domingo, 29 de junio de 2014

El futuro llega con un par de tomates




El futuro llega con un par de tomates : Antes de salir de viaje, habría que dejar en la nevera los ingredientes necesarios para preparar la primera comida cuando unos días después se regrese a casa cansado y desmotivado. Un aterrizaje suave. Un mensaje gastronómico que el yo del pasado se enviaría al yo del futuro que, después de dejar las maletas en el salón, ojear la correspondencia, comprobar que el hámster y las plantas siguen vivas y que no ha habido ningún accidente administrativo por el que te hayan cortado el agua o la luz, abre la nevera pensando que no habrá nada que comer y que tendrá que preparar cualquier cosa que hará que esas cenas de raciones de tan solo hace unos días sean cosa del año pasado.

Pero por alguna razón, el yo del pasado y el del futuro no se llevan bien. Hay algún roce entre ellos y falta compenetración: el pase del primero no llega nunca al punto en el que lo espera el segundo. Supongo que a una relación más fluida es a lo que se refiere la frase quiérete a ti mismo. Mi yo del pasado solo dejó en la nevera un par de tomates que ahora mezclo con un poco de atún. Mi yo del futuro es ahora presente y está a punto de quejarse. Le recuerdo que ahora le toca a él actuar, porque para él el tiempo va hacia atrás. Pero en vez de proponer algo nuevo, se limita a abrir la lata de atún y a buscar el tarro de mostaza que se nos acabó. No le digo nada. Dejo que vaya abriendo armario tras armario.  

sábado, 28 de junio de 2014

La tierra de la exclamaciones




La tierra de la exclamaciones : En una cesta se amontonan las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía a 60 céntimos cada una. Es la única oferta de libros que encuentro en las tiendas de la playa, así que me animo a comprar una: le digo a Daniel que elija la que más le llame la atención y selecciona “Utah, tierra de mormones”. El vaquero dibujado en la portada se parece a Terence Hill después de varias semanas sin ducharse, así que no le pongo ninguna objeción.

Empiezo a leer la novela sin prisas pero todo en ella va muy rápido. Diálogos y acción. No hay descripciones ni metáforas ni monólogos interiores. Ni rastro de Virginia Woolf. El libro no es sino la transcripción de lo que se escucharía a través de la pared si en la habitación de al lado estuvieran poniendo una película del Oeste. Una película a todo volumen porque todas las páginas están repletas de signos de exclamación: en el Oeste se debía gritar mucho para que los lectores de este tipo de novelas pudieran escuchar bien lo que los personajes se decían cuando iban y volvían del trabajo en el metro.

Cuando hoy acabo el libro, Daniel me pregunta de qué va. Me doy cuenta entonces de que mi memoria con esta historia apenas abarca diez páginas, borrando todo lo demás. Le cuento cómo acaba y el resto me lo invento. Daniel lo da por bueno. Cerrado el libro, como una caja de herramientas repleta de exclamaciones, la realidad me resulta más tranquila. Hasta el mar parece más calmado.  

viernes, 27 de junio de 2014

Alguien acabará reconociéndote




Alguien acabará reconociéndote : En la pizzería nos ofrecen una mesa pequeña en la calle, junto a una figura de tamaño medio de un botones que ofrece tarjetas del local en una bandeja. Como parece salido de una viñeta de Tintín, no pongo ninguna objeción porque me parece buena compañía.

Los platos que nos traen ocupan toda la mesa, dejando apenas sitio para los vasos y la botella del lambrusco, Sarsitano, que pedimos. Casi no se ve el mantel de papel con cuadrados rojos y blancos. Pronto llegamos a ese momento de la cena en el que empezamos a compartirlo todo, con una mano que lleva el trozo de pizza de un plato a otro mientras la otra lo sigue por debajo para que no se caiga ningún ingrediente. Somos un buen reclamo: algunas parejas, después de vernos, se asoman al local, miran si hay sitio y continúan su paseo después de cruzar algunas palabras y consultar la hora en su reloj.

Más parejas. Padres que empujan carritos. Un trenecito lleno de turistas se para unos segundos para que el dueño del restaurante, con una nariz de payaso, haga sonar una bocina asomado a una ventana. Bastantes motos. Bañistas que suben cansados la cuesta, como recién derrotados en su defensa de la última porción de sol. La botella de lambrusco vacía y los platos con los bordes de las porciones.

Dos padres entran en el restaurante mientras la abuela se queda afuera acompañando a una niña pequeña. La niña se acerca a la figura del botones. Tiene en la mano una colección de pequeños libros ilustrados que va pasando con cuidado hasta que da con el que busca para enseñárselo: Pinocho. 

jueves, 26 de junio de 2014

La noche de las palabras medio llenas



La noche de las palabras medio llenas : En la fachada de un hotel brillan las letras o, te y ele. La hache y la e están apagadas, tal vez fundidas. Depende del momento en el que te hagas la preguntas, verás la palabra medio llena o medio vacía. Medio vacía como el restaurante en el que tomamos un arroz. Medio llena si, como nosotros,  para cenar tienes que esperar mesa en este local en el que los camareros, con su nombre a la espalda, no dejan de moverse con rapidez entre las mesas. Pescaíto, gambas blancas del Mediterráneo, cazón, sepia empanada, ensalada de atún y pimientos con cuatro copas de vino, una botella de agua y un refresco de naranja por cuarenta y tres con diez euros. El camarero que nos atiende lleva escrito José detrás. Todavía tiene tiempo de bromear un par de veces antes de meterse en una cocina en la que, por lo que vemos en el instante en el que las puertas permanecen abiertas, la tensión también es alta. Empezamos a cenar en el momento en el que el Madrid de baloncesto pierde la Liga en el último partido contra el Barça pero eso no me va a afectar. Al terminar la cena me inclino por ver todas las palabras que también están en el filo medio llenas. Y para que siga siendo así, buscamos un sitio en el que tomarnos un helado en este momento en el que las olas empiezan a llegan a la orilla más despacio.

miércoles, 25 de junio de 2014

El veterano pelotón de la bandera roja



El veterano pelotón de la bandera roja : Esta semana la playa está ocupada por abuelos con sus nietos. Los padres, con el móvil al lado en la oficina, irán llamando a lo largo del día para preguntar cómo va todo por aquí. Yo podría responderles a todos que bien, que no se preocupen, que es verdad que puede surgir algún problema si los niños echan a correr pero que no se da el caso porque con este calor hay pocas ganas; que los abuelos parecen proteger a sus nietos envolviéndolos con un discurso que ofrecen a todo el que quiera escucharlos, generalmente otros abuelos que a cambio darán el suyo a los primeros, que lo recibirán encantados; que es posible que algún niño no esté con el abuelo adecuado porque las sombrillas están muy cerca pero que estos desajustes contables se solucionan levantando la vista y realizando el oportuno cambio sin darle mayor importancia a un hecho que tampoco se les comenta a los padres de la oficina para que no sientan el impulso de dejarlo todo para venir aquí pensando erróneamente que no hay control.

Y claro que hay control: algunos abuelos sin nietos que caminan por la orilla, como calentando suavemente por la banda en lo que los reclaman. Van practicando con los niños que se encuentran para no perder la forma. El grito de Lucía al meterse en el agua atrae la atención de uno que le dice que tiene la piel muy blanca, como advirtiéndome que si fuera su nieta le habría dado varias capas de protección solar. Otro se fija en el brazo escayolado de Daniel y solo con la forma de señalármelo ya me indica que espera que esté bien protegido con la funda, que lo peor que le puede pasar es que se le moje la escayola. Mucho control. No sé si estoy al nivel que exige esta playa. Estos vigilantes actúan como si nunca se hubiera arriado la bandera roja del puesto del socorrista.

martes, 24 de junio de 2014

Una cena a cuatro manos



Una cena a cuatro manos : Hacemos la primera parte del viaje con una lluvia que el parabrisas aparta sin esfuerzo. Cada canción que escuchamos, cada coche que adelantamos, cada señal que vemos aparecer y desaparecer, nos van acercando a la playa porque la distancia no solo hay que medirla en kilómetros, sino en frases quedan por decir, en miradas al retrovisor pendientes, en canciones que esperan a ser oídas. Solo nos detenemos en una gasolinera poco después de que deje de llover. Junto al surtidor hay un grifo. Una vez que pago, me acerco a él y compruebo que está bien cerrado porque es posible que sea así, evitando que gotee, como asegure unos días sin más lluvia. En todo caso, qué más da. Poco después, cuando empieza a oscurecer, con el cielo despejado,  los mellizos se reparten los filetes empanados y se los van comiendo con las manos. Dicen que la experiencia de cenar así mientras el paisaje avanza es de diez.