Un pez con forma de azulejo : María se lleva a
los mellizos a Decathlon para que elijan unas aletas. Las de Lucía son pequeñas,
para piscina. Las de Daniel son grandes, listas para cruzar el Canal de la
Mancha con dos (o tres) patadas : le ha salido bien que no tuvieran su número en
el triste modelo de piscina.
Tan correctas y tan tristes las de
piscina. Ley, cuota, buena educación, norma, mínimo, cuidado, silencio. En todo eso
pienso cuando las veo.
¡Ah! Las de Daniel son otra cosa.
Son algo digno de consideración. El socorrista, al verlas, se acerca a explicarle cómo tiene que
tirarse a la piscina : o de espaldas o por la escalera, le dice, si se lanza de
frente, la resistencia de las aletas puede hacer que se vaya hacia atrás, se golpee la nuca y se haga algo serio o peor que serio. Esa proximidad
del peligro, claro, hace que esas aletas que te permiten ir y volver de Venecia
en cinco (o diez) minutos adquieran más valor.
Las de piscina, las de piscina,
¿quién puede ser tan triste como para diseñar unas aletas así? Joder que hay gente
triste por el mundo, poniéndole normas al ancho máximo de cada franja del paso
de cebra, al peso mínimo de los melocotones, a la cantidad de patata que tiene
que llevar una patata frita para tener ese nombre, a la diferencia en términos de
seguro entre un huracán y un tornado y, en el colmo de la desesperación, al
tamaño aconsejable para la aleta de piscina. Con una vida así, no sé, lo mejor
sería aparcar el coche en la vía del tren y hacer tiempo echándose una siesta,
utilizando el sueño para unir lo temporal con lo infinito.
En fin, que algo (legal) fue mal en el crecimiento de
las aletas de piscina y se quedaron así.
Las de Daniel : ahora cruza la
piscina de un lado a otro salpicando mucho, obligando a que las lánguidas amas
de casa que están tumbadas junto al borde, uy, se levanten, este niño, y se
alejen unos centímetros, con un esfuerzo que las obliga a cambiar su postura de
playa privada, de marido que trabaja y está a punto de llegar. Bien, Daniel.
Salpica, hace ruido y va muy deprisa. Es cierto que podría llevarse a algún
otro niño por delante, pero eso son los efectos colaterales de sus aletas de
playa, de mar, de acercarse a Nueya York en hora y media (vale, hora y tres
cuartos). Y la vida, estimadas y etéreas amas de casa que queréis reprenderlo, está
hecha de efectos colaterales : un grupo de golfos saquean las
Cajas de Ahorro y a ti te suben tres puntos el IVA. El efecto mariposa pero con cerdos hijos de puta en un lado y tu dinero en el otro.
Para conservar un poco las formas, de vez en
cuando le digo a Daniel que vaya más despacio (¡corre!), que salte con cuidado
(¡lánzate!), que no salpique (¡empápalos a todos!). Lo hago con esa falta de fe
del que le lanza una pelota a un perro de madera para que se la traiga.
Daniel me pide entonces que me meta
en el agua. Como no se quita el tubo de la boca, sus palabras salen por él.
Parece que vinieran de más lejos, de mucho más lejos, de más allá de las nubes. Me explica
que llevar estas aletas es como volar (hace el movimiento de sumergirse y salir
del agua con las manos). A través de sus gafas empañadas (el socorrista le ha
enseñado también el truco de la saliva, que nunca funciona) veo cómo brillan
sus ojos. Ese brillo se mueve dentro de mí como un pájaro excitado buscando una
salida : benditas aletas.
Abre la mano y me enseña un azulejo
que ha recogido del suelo. Deberían crear una raza de peces que pudiera vivir
en las piscinas para poder disfrutar de ellos con las gafas, el tubo y las
aletas. A eso y no a diseñar aletas de piscina (capar un Ferrari para que no
supere los cuarenta por hora) es a lo que habría que dedicar el tiempo. Si el tipo
de la siesta en el coche se ofreciera, yo ahora mismo, viendo que el tren se
acerca, hasta le despertaba. Pero no, no creo que estén ya con ello, y, en lo que algún algún emprendedor con fondos del
CDTI se lanza a ello, Daniel se conforma con este trozo de coral azul que en su mano para mí es valioso.
-Voy a por más – dice.
Sol, cloro, agua. Tal vez ahora
salga con un pez con forma de azulejo para la cena.
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