domingo, 29 de julio de 2012

Discípulos




Discípulos : Hace mucho calor y el sentido común me recomienda que me quede en la piscina, que a estas horas no tiene mucho sentido (común, claro) salir al campo y recibir en la nuca las collejas de un sol que a las siete de la tarde tiene ganas de despedirse a lo grande, repartiendo todo el calor que le queda y que no puede conservar.

El sentido común tiene razón, pero es tan aburrido. Tanta gente a la que habría que poner en su lápida : “Exceso de sentido común”. No creo que haya hecho muy buenas fotos el sentido común.

Pero tiene que ser ahora, que los campos están repletos de girasoles con los pétalos todavía duros y esa imagen de manualidad recién terminada. Aunque las finanzas europeas se hundan, siempre habrá que sacar una partida para asegurar que en los campos haya girasoles. Lo que se haga después con ellos es lo de menos. Y si no hay suficiente dinero, siempre se le podrá quitar a las margaritas, que es a eso del amor lo que las palomas a la paz. Mierda de tópicos.

A las siete de la tarde todo está inmóvil en el campo, rodeado por un silencio vibrante. Aunque nada se mueva, ese sol que reciben todos los objetos se acumula en forma de una energía que se percibe. Los del sentido común lo llamarán calor, pero es algo que está detrás de ese calor y que se hace evidente si se está un rato quieto, con la cámara, mirando. De nada sirve una cámara si no se convierte en una exigencia para mirar, si no va antes de la foto y no después.

El calor también me da con fuerza y es posible que, leído en frío, el párrafo anterior no tenga mucho sentido. No sé si lo místico y el campo de Castilla La Mancha casan bien. No sé. Noto gotas de sudor en la nuca, en la cara, en las manos. Me acuerdo de la piscina. Como aguante unos minutos más aquí es posible que los girasoles empiecen a hablarme y yo a contestarles. Es cuestión de tiempo.

Los riesgos merecen la pena. El sol ilumina cada uno de los pétalos de los girasoles con una intensidad hipnótica, como si creara miles de discípulos que transmitieran su legado por si él no volviera a aparecer. Podría comérmelos todos de uno en uno para recubrirme por dentro como si fueran láminas y que en las radiografías mis huesos brillaran como si fueran de oro. Me extraña que la cultura no tenga ninguna respuesta a este estímulo : la gente de ciudad sólo sabemos reaccionar a las cosas si llevan un precio.

Afortunadamente tengo la cámara y mi forma de reaccionar es hacer unas cuantas fotos. Hay que aprovechar este momento porque pronto los girasoles acabaran vencidos por su propio peso y las hojas perderán toda esta vida.

Unas abejas ruidosas vuelan cerca de ellos.

Los girasoles no miran hacia el sol. Le dan la espalda. ¿Es falsa la creencia de que siguen el recorrido del sol? No, pero sólo lo hacen cuando son pequeños y no tienen demasiado peso en la cabeza. Luego se quedan así, rígidos. De esto puede sacarse alguna lección. “The sunflower theory”. O algo así.

Son muy, muy ruidosas las abejas. Me marcho antes de confundir el murmullo de su vuelo con las primeras palabras de lo girasoles. 

2 comentarios:

  1. Unos minutos más y alcanzas la iluminación. Ríete tú de los chamanes. Misticismo manchego, sí.

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  2. No sus riáis, que tengo para mí que Zaratustra era de La Mancha.

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