domingo, 30 de junio de 2013

Alimentando a las crías




Alimentando a las crías : Después de muchos años sin ir, bastantes puestos en el Rastro siguen ahí. Encuentro sin ningún problema dos de libros a los que antes acudía : uno que tiene cada libro envuelto en plástico y otro, quizás el que pueda llamarse oficialmente “el primer puesto del Rastro que ves si bajas desde la Puerta de Toledo” con las novedades que conviene destacar de toda la mierda que se publica. Al primero acudía para repescar a muy buen precio los libros que se me habían escapado y al segundo, como el oso que remonta el río, a atrapar las novedades conforme saltan con un descuento relevante. Hoy vuelvo a ir de uno a otro, feliz, dejando que en cada trayecto se vayan descartando los títulos que he visto hasta quedarme solo con uno.

En lo que espero a ver qué libro se impone, aprovecho para buscar alguna oferta de juegos para la DS, que es a lo que he venido. La mala noticia es que apenas hay juegos. La buena, que los puestos tecnológicos no se han comido a los demás. Como esas zonas en las que los individuos parecen inmunes a algún tipo de enfermedad, aquí también habría que enviar a un experto para ver cómo conviven la letra impresa y los juegos de ordenador.

Pero nos podemos ahorrar al experto porque la razón es obvia : los dueños transmiten la impresión de que venden solo los libros que a ellos les han gustado. Llegan al nido con los mejores gusanos.

Me quedo con dos opciones al final. “Lila y Flag”, de Berger, y “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, de Jeanette Winterson. Me decido por este último porque escuché una buena crítica hace algunos meses, porque va por la segunda edición, porque cuesta cinco euros. Cinco euros. Como he fallado con lo del juego de la DS, tendré que buscar alguna alternativa para no presentarme en casa ante los mellizos con el pico vacío y conviene recorrer el Rastro con un par de billetes en la cartera. 

sábado, 29 de junio de 2013

Cien mil ratas a la espera de la señal



Cien mil ratas a la espera de la señal : Me encuentro en el lavabo a la rata de peluche mirando el desagüe. O es la vigía que va a dar la señal para que empiece la invasión definitiva o escucha con la boca seca los rumores de agua que llegan de lejos. Cien mil ratas de peluche recorriendo las cañerías para lanzarse a conquistar casas es el arranque de una buena historia, pero como yo también tengo la boca seca me quedo con la segunda opción. Sí que hace calor rata, y poco ayuda tener piel de peluche y compartir ADN con el relleno de las almohadas. Además, rata, pudiendo haber nacido oso de peluche. La vida tampoco parece muy justa en ese lado, rata. Pero mira, no has terminado mal. Un niño te eligió y ahora su padre te da conversación. No sé si podría meterte en la lavadora para que te des un buen baño porque ningún peluche conserva tu etiqueta : manías de los mellizos. Pero lo bueno es que las ratas sois muy resistentes. Como el sábado es día de colada te voy a meter con el resto de la ropa. Que no se diga que no te cuidamos, no lo olvides, acuérdate de esto cuando por fin esas cien mil ratas de peluche salgan por todas partes y nos hagan pagar humillaciones como las de las etiquetas. Intercede por nosotros.

viernes, 28 de junio de 2013

Un grafiti de bata blanca




Un grafiti de bata blanca : Hace un calor tan contundente que si se mete la mano en el cerebro para usar la palabra hielo solo se saca charco. Todos los términos refrescantes se echan a perder como los congelados tras dos días sin corriente. Avanzamos porque tenemos una cita con el pediatra y queda poco y somos padres responsables, pero cuesta tanto romper este muro de calor que no es raro que el que haya venido a urgencias prefiera seguir en el aire acondicionado del coche probando un apaño con las tiritas para mantener la mano recién cortada en su sitio.

Como si fuera una bicicleta estática, la realidad ha saltado toda ella a dificultad cinco.

Caminamos entre edificios en los que los médicos extienden recetas con letras imposibles (para no desvelar la estrategia a los virus a los que se pretende combatir) y una seguridad que le da al paciente un par de minutos de ventaja sobre su enfermedad. Así tiene que ser.

En el suelo de la calle veo escrita la palabra “Sigueme”. No hay ninguna flecha. Ninguna indicación adicional. Nada. La busco. Nada. Entonces me doy cuenta de que está dentro de la sombra de un árbol. Parece el grafiti de un médico que, cansado de ser siempre tan explícito con sus recetas, una noche hubiera decidido dejar esta recomendación tras ver a la gente derrotada por el sol evitar las sombras. 

jueves, 27 de junio de 2013

Comida rápida para el ego



Comida rápida para el ego : Con la excepción de algún hotel, que no tomo en cuenta porque es posible que me lo esté imaginando, nunca he aparcado en una plaza con un "reservado" escrito con letras capaces de leerse desde el espacio. Pensaba que venía a este McDonald´s por esa camarera que sigue  empezando sus frases con un “cariño”, por la pantalla plana en la que ponen un partido de la Liga inglesa en la que no tardan en meter un gol, por el aparato de aire al que acuden los ciclistas a poner duras sus ruedas para que pulvericen piedras, por ese chino que responde afirmativamente con la cabeza a cualquier pregunta que le haga la dependienta, por la sensación de estar en un aula de extraescolar en la que siempre hay un niño con uniforme, por esa tranquilidad que rodea a una familia cuando todos mastican (como si por fin consiguieran ponerse en orden), por ese extraño olor a pan recién hecho que llega de la tienda de al lado cuando ya no queda pan, por esa mezcla de acentos que se oye al fondo de la cocina, por la imagen de controladora de la NASA que tiene la que atiende los pedidos de los coches y las naves espaciales, por la gran cantidad de monedas de cinco céntimos que hay en una urna (que me hace sentir, solo con pensar que tengo que echar una yo también, que soy un tipo generoso), por la sensación de estar de viaje que da el ver llegar y salir coches de la gasolinera, o por tener la wifi y los baños igual de limpios. Tal vez toda esta lista tenga su importancia, pero he de admitir que el saber que esa plaza está reservada para mí también influye. Un día diré que es lo de menos. Otro, que es lo fundamental. Depende del hambre que tenga el ego.

miércoles, 26 de junio de 2013

Como llave si carrito




Como llave sin carrito : A las nueve de la mañana se reúnen los encargados del Carrefour en una pequeña melé de camisas y corbatas que convierte  la superficie en un campo de rugby y a los clientes en el otro equipo, desorganizado y vulnerable. Es de suponer que la temporada no va bien y por eso van echando mano de diferentes estrategias para remontar la cuenta de resultados.

Soy susceptible a esos cambios porque el cerebro, que parece necesitarlos más que el azúcar, no obtiene su dosis diaria con facilidad. En el barrio nada tiene que cambiar para que todo siga igual y si la rutina te protege es a costa de dejarle un poco de alpiste al cerebro para que picotee, como el canario de una anciana con poca memoria, y no se muera de inanición intelectual. Dejo vagar la mirada y no tarda en señalarme las grandes modificaciones de ese día : han puesto un expositor con revistas, han ampliado la zona de descuentos, ya tienen desplegada la oferta de cuadernos infantiles para que los enanos se lleven la escuela a cuestas. Ese tipo de cosas.

No son grandes cambios, pero los agradezco porque sirven para recordarme que vivimos encima de una piedra que viaja a treinta kilómetros por segundo por el espacio. Que el movimiento, en fin, es una ley del universo aunque yo me limite a pasear con un carro de la mano como si ignorándola desapareciera.

Por eso, cada vez que veo la melé tengo el impulso de meterme entre ellos, como una cámara de televisión, para escucharlos y anticipar alguna primicia : un cambio en el libro del mes, un puesto de degustación de jamón serrano o un nuevo contrato con un distribuidor de vinos. Aunque solo sea por sentir el poder, aproximarme físicamente a un lugar en el que se toman decisiones que van a afectar mi vida.

Esta mañana no es una excepción. Ahí están. Camino a su lado y dejo que mi mirada pase por encima de ellos como esas tiras que secan los coches en los túneles de lavado. Les admiro. Soy el aficionado que ve pasar el autobús de su equipo camino de la final de la Liga de Campeones. ¿Qué saldrá hoy de ahí?

Esa ensoñación romántica desaparece cuando me doy cuenta de que han hecho una auténtica revolución. Todas las secciones del Carrefour están cambiadas, como si un gran ogro, con la determinación de Mourinho (nos costara olvidarlo), hubiera pegado un puñetazo encima de la mesa y los platos, después de volar, hubieran caído en sitios distintos. Mi seguridad se desvanece y me doy cuenta de que ando despacio, como si buscara mi casa después de un terremoto.

Entonces cambio de dirección y empiezo a andar deprisa antes mismo de saber el por qué. Llego a la zona de la peluquería justo en el momento en el que ya sé lo que quiero. Comprobar que todo sigue ahí. Pero lo que me encuentro es que ha desaparecido. Han extendido la parte de las cremas (no soy capaz de ser mas específico), eliminando los espejos, las sillas, esa repisa en la que colocaba las tijeras y, lo peor, esas conversaciones intrascendentes que tenía pensado tener con esa peluquera sudamericana que siempre hacía un hueco no oficial en su agenda oficial para cortarme el pelo con una dedicación que hasta me hacía sentir culpable, como si realmente tomara medidas para hacerme un busto.

No queda nada de eso. Los de la melé se han pasado. Han borrado cualquier rastro, para que no quede una pista que me permita exigir información. Es posible, incluso, que nieguen que ahí hubo una peluquería, que todo lo he imaginado.

Salgo del Carrefour desorientado. Ahora sé por qué los cambios no son buenos. La tierra gira y esas cosas, pero conviene hacer como que no. Está muy bien todo lo del movimiento hasta que te toca.

Eso soy yo ahora : la llave que cuelga sin un carrito al que engancharse.

martes, 25 de junio de 2013

Sonrisas de caucho



Sonrisas de caucho : El invierno empieza por el cuello. El verano, por los pies : el lugar de los zapatos en el cuarto de baño lo ocupan ahora las chanclas, esas zapatillas para la playa que no me caen bien. Su nombre no me gusta y no creo que pueda tomarse en serio un calzado que se une a tu pie como esos peces que van pegados a los tiburones : en vez de llevarte ellas, eres tú el que las transportas.

Es más digno ir descalzo que con las chanclas, que son la puerta directa a esa versión del verano que uno se encuentra si se asoma a él a través de un anuncio de cerveza. Te las pones y piensas que te vas a convertir en la versión veraniega de la Cenicienta, invitado a una fiesta de cervecita, tangas, crema solar, pescaito, helado, paella, amigos, amigas, risas y todas esas cosas buenas que trae la vida en la pantalla de un televisor y que existen, claro, pero nunca juntas. Las chanclas crean un espejismo que parece más cercano. Sabemos que no vamos a jugar como Ronaldo comprando sus botas, pero sí seguimos cayendo en la seducción narrativa de las chanclas.

No solo genera esos espejismos de felicidad, sino que borra cualquier idea interesante que puedas tener en la cabeza. Las espanta como el primer tiro en el campo al amanecer. Al sentirlas en los pies, el cerebro entra en un estado en el que se ve incapaz de manejar conceptos, como un pianista con los dedos anestesiados. Se vuelve torpe y acaba por meterse las manos en los bolsillos para aceptar como buena cualquier cosa que se presente : un titular deportivo, una charla sobre la temperatura del mar, la lista de postres que recita el camarero, la letra del tema del verano. Todo se une en un perfecto horizonte intelectual en el que uno puede observar cómo se pone la curiosidad, y el rigor o el ingenio, como los tres soles de Tatooine.

Pero ahí están, en el baño. Habrá una guerra nuclear y quedarán las cucarachas y las chanclas. Y, si no llega, lo que está claro es que en ese eterno verano al que nos llevará el cambio climático, el calzado oficial serán las chanclas. No somos nosotras las que tenemos que adaptarnos, me dicen, sino tú. Por eso tienen esa sonrisa de caucho. Porque saben que durarán. Mis comentarios les importan bien poco. Mi argumento de que es bastante improbable que alguien escriba algo  serio con unas chanclas en los pies les hace sonreír aún más. El verano solo quiere titulares que den sombra.

lunes, 24 de junio de 2013

La única cereza que no se cubrió de moho




La única cereza que no se cubrió de moho : En cuestión de frutas, nos hemos estancado en las naranjas. Supongo que, básicamente, por dos razones : en el Mercadona no tienes que elegir, basta con coger dos bolsas y a correr y, lo que es fundamental, tardan en estropearse. Este segundo punto es definitivo. Con las otras frutas hemos tenido experiencias negativas porque el microclima de la cocina (a estudiar), provoca que maduren de la noche a la mañana. Textualmente : de la noche a la mañana. Las naranjas tienen un ritmo distinto, quizás favorecidas por alguna disposición de los elementos de la cocina que las favorece (y que no voy a estudiar). Si te olvidas de una pera, es probable que te la encuentres pastosa y cubierta de una capa verde. Con las naranjas no hay ese problema porque se ponen malas hacia dentro y, como una estrella moribunda, van encogiéndose mientras aumentan su densidad.

Básicamente, las naranjas y nosotros nos entendemos bien.

Por eso, cuando veo un esplendoroso cuenco de cerezas en la cocina sé que la historia no va a terminar bien. Lo sé. Que son de pueblo. Que costó mucho recogerlas. Que no tienen pesticidas. Que a los pájaros les gustaron mucho. Que son divertidas. Que seguro que a los niños les encantan. Que están buenísimas. No lo niego. Como éstas, habrá cien razones más, pero no abro la boca porque el primer párrafo se me queda en la cabeza y no lo imprimo. El argumento definitivo parece ser su presencia y ahí se quedan, como si bastara con dejarlas en la mesa de la cocina para que mañana solo veamos los huesos.

Daniel se acerca, coge una, dice que está muy buena, y se marcha.

Sé cómo acabará todo. Dentro de una semana estarán todas menos una cubiertas de moho, como si aquí viviera la familia Adams y Halloween se presentara en Junio. Nos estancamos en las naranjas, decía. Ha habido intentos con los plátanos, con las manzanas, con las peras. Nada. Fallidos. Voy a hacerles una foto a estas cerezas para recordar la que ya no está.

domingo, 23 de junio de 2013

Los cordones desatados




Los cordones desatados : Cada año tardo menos en ver las exposiciones de PHotoEspaña. Esta mañana voy a las del Círculo de Bellas Artes y unos minutos después de pagar tres euros para entrar ya estoy fuera. Si sigo así, dentro de unos años me bastará con quedarme de pie en la entrada un minuto para cumplir. Y años después solo tendré que girarme en la cama para verlas todas.

Tengo la impresión de que PHotoEspaña se ha convertido, básicamente, en una defensa de la fotografía oficial frente a la que todos hacemos con los móviles. De lo aristocrático frente a lo plebeyo. De lo profesional frente a lo amateur. Que el tema de este año sea el cuerpo y no se consideren las hechas con los dispositivos móviles me parece una manera de negar lo evidente. Otro sector que, frente a la ruptura provocada por la tecnología, se refugia en lo académico, en la historia, en lo que ya está bendecido.

El caso es que el ojo no encuentra ni el formato ni el estilo rápido en el que está siendo educado. Como si no pudiera andar por ahí un nuevo Cartier-Bresson con el iPhone en el bolsillo de atrás.

El resultado es que gran parte del tiempo que ahora me paso en una exposición lo empleo en leer cualquier cosa que esté impresa en las paredes. Las palabras siguen teniendo preferencia :

"Uno de los grandes pasos de mi fotografía fue cuando fotografié las hierbas en la nieve...De súbito, una fotografía que había tomado se veía maravillosa sin ninguna textura...Había descubierto algo" (Harry Callahan)

De nuevo en la calle, con la mirada hambrienta, me doy una vuelta por Chueca. Descubro, casi por azar, un dibujo hecho sobre una pared de ladrillos. Una niña, en cuclillas, se protege con un paraguas de una lluvia de pintura de colores. Tiene los ojos cerrados. Los cordones de sus botas amarillas sueltos. También esta obra tiene su texto : Be free. 

sábado, 22 de junio de 2013

La moneda al aire




La moneda al aire : Poco antes de ser ingresado en una clínica psiquiátrica (mala promoción para sus libros, que no sabemos vendernos), Nietzsche se agarró al cuello de un caballo. Espero ver pronto (Disney, mediante) “El caballo de Turín”, la película basada en esa escena, para ver si entiendo sus razones para ese abrazo y compararlas con las que me empujan a hacer lo mismo con esa taladradora que hoy descansa apoyada en el asfalto que el lunes romperá a base de golpes.

No lo hago porque en el coche me esperan María, Daniel y Lucía y sería difícil encontrar una excusa. Un capricho, podría decirles. Una tontería. Un impulso. ¿Y para qué andarse con rodeos? Ese esfuerzo por romper lo que se ha quedado seco, esa capa por la que caminamos, para ver qué se esconde debajo.

Me atrae, sobre todo, ese punto en el que la punta del martillo hidráulico se apoya. Ese desafío  de capitanes antes de que el árbitro lance la moneda al aire. 

viernes, 21 de junio de 2013

Lluvia de jabalinas



Lluvia de jabalinas : Estos son los sacrificios que nadie anota : de las cuatro sillas de la terraza, me ofrezco a ocupar la única en la que da el sol. Lo que lanza no son rayos, sino jabalinas que me atraviesan por todas partes, cubriéndome de heridas de las que sale sudor a chorros. Es una batalla que doy por perdida y que no tiene, ya digo, cronistas. El camarero pregunta qué queremos, y lo anota, y suelta un par de comentarios que me parecen graciosos pero no se gira para preguntarme si quiero que me meta un corcho, por tenerlo a mano, en mis múltiples laceraciones. Tampoco me importa demasiado porque sé que tengo la batalla ganada, salvo que la tierra deje de girar. Podría ocurrir y sería de esas veces en las que podría recordar exactamente dónde estaba, hecho un surtidor, un alfiletero de agujas de luz. Pero la tierra gira. Debería haberme puesto unas gafas de sol pero tengo la impresión de que me desnudan la mirada. Con ellas soy más transparente, lo que tiene sentido, porque lo primero que hacen los magos para ver algo es, precisamente, cubrirse los ojos. Aguanto sin emitir ninguna queja verbal, que ya habla mi cuerpo con esas gotas que salen como si me estuviera escurriendo por dentro. El camarero trae los pinchos, los vinos, los cubiertos y un par de botellas de agua. Me gustaría tanto que me pusiera la mano en el hombro como reconocimiento. O dos palmaditas. Cualquier gesto.

jueves, 20 de junio de 2013

Moler la luz



Moler la luz Esas dos columnas de la entrada, que siempre me han parecido una solución poco imaginativa del arquitecto a algún problema del edificio, por fin adquieren sentido cuando veo cómo dejan pasar una fina y larga franja luminosa que avanza por el suelo : parecen dos grandes piedras que molieran la luz para hacerla más intensa y mostrar hasta dónde puede llegar el día.

miércoles, 19 de junio de 2013

Ningún museo de arte sin su pueblo




Ningún museo de arte sin su pueblo : Creo que el primer ciclista civil, no profesional, al que le dio por correr tuvo algún motivo que justificara su prisa : un gato, un sombrero, una mujer. Algo que se alejaba de él y que le impulsó a echar mano de la bicicleta y a pedalear como si tuviera que iluminar con su energía el Bernabéu en una noche de Copa de Europa. Quiso el azar que alguien lo viera y que fuera el primero en comprobar que esa urgencia era contagiosa y, lo peor, que no era necesario ningún motivo para lanzarse a la carretera a afilar kilómetros.

Desde entonces, los ciclistas no han dejado de correr. Creen que lo hacen por una serie de motivos que, en el fondo, les mantienen engañados sobre el básico, el fundamental, el pecado original : ese gato, ese sombrero, esa mujer (nunca lo sabremos) que puso en marcha este deporte. El ciclista sospecha que algo falla cuando alcanzado un objetivo, éste no le colma y se ve obligado a seguir. En esa búsqueda inconsciente se va contagiando la urgencia de los veteranos a los noveles, lo que mantiene en movimiento las ruedas sin señales de que esto vaya a cambiar.

Por el barrio abundan estos ciclistas que se reúnen en grupos como perros que no saben que persiguen un zorro. Da cierta pena metafísica esa búsqueda. En mi caso, por el método opuesto (andando lentamente), sí que me encuentro con algo interesante : junto a un edificio en construcción hay dos bancos de madera con sus respectivo árboles detrás que dan una sombra que, desde lo alto, llega pequeña y algo escorada (habría que sentarse en el borde y torcer un poco el cuerpo para verse dentro de ella).

Este rincón olvidado, con el que uno da cuando no busca nada, supone un relajante viaje en el tiempo. Detrás, y enfrente, dos edificios en construcción. Por lo que he visto, es una construcción lenta, sin demasiadas ganas, porque no debe motivar mucho saber que nadie tiene dinero para comprar unos pisos que, a lo mejor, vendes por menos de lo que te ha costado levantarlos. No hay prisa para perder dinero, y se comprende. Tal vez haya un único albañil que se ocupe de uno y de otro, alternativamente, con la paciencia del que se propone levantar una catedral con ladrillos en el pueblo para tener algo en lo que mantener ocupadas las manos.

Poco importa el ritmo. Lo fundamental (comprobado), es que, sentado ahí, puedes hacerte la ilusión de que el PIB crece al 10% cada vez que hace la voltereta, de que tu sueldo se va a ramificar el año que viene, de que hay dinero para levantar aeropuertos debajo del mar, de que cada centro de arte moderno se merece su pueblo, de que las empresas tienen unos balances de hormigón, de que los bancos tienen las agallas rojas y los ojos brillantes, de que no importa que no reluzca para que sea oro, de que todo bebé tiene garantizado un préstamo a su nombre y de que, si quisieran, los equipos de fútbol tendrían a varios jeques del petróleo en la banda para recoger las pelotas.

Es aquí donde hay que estar. Veo a un ciclista por la acera y estoy a punto de levantar el brazo para que frene y se siente conmigo. Pero para qué. A lo mejor es el primero que rompe el conjuro e inaugura la era de los ciclistas lentos al dar, por fin, con el gato que se ha escapado, el sombrero que se ha llevado el viento o la mujer a la que, de repente, se le hace evidente que pesan más nuestros fallos que nuestras virtudes.   

martes, 18 de junio de 2013

Un plato más en la cena



Un plato más en la cena : Ver la piscina vacía solo quiere decir que las cuentas cuadran, pero no detalla cómo. Es bastante probable que haya familias que estén dado de cenar a un hijo de más, otras que echen en falta a uno suyo. Después del barullo de la tarde, con niños llevando el agua a su punto de ebullición a base de saltos, volteretas, partidos, pistolas de agua, carreras con aletas o golpes con churros de colores (totalmente nuevos a estas alturas del verano) no es raro subirte a casa uno de más o de menos. No importa : basta con tratarlo como si fuera tuyo y mañana, en la piscina, cambiarlo por el que te pueda faltar. Lo fundamental es que al asomarte por la noche, con todos ya en la cama, los dientes limpios y la luz apagada, en la piscina no haya nadie. Solo las luces, recién encendidas, reflejándose en el agua. Es bueno apoyarse en el balcón e ir dejando que la cabeza se vaya calmando hasta ser como la superficie de la piscina.

lunes, 17 de junio de 2013

De un árbol se desprende una hoja




De un árbol se desprende una hoja : Lucía se decide pronto porque le da igual cuál sea la oferta : un cruasán. Con ese tiempo que se ahorra eligiendo su merienda, podría llevar ya estudiada esa media carrera que Daniel emplea en decirle a la empleada lo que quiere. No es nada nuevo y cuando dentro de unos años quieran saber si ya sabíamos cómo iban a ser, les podré contar lo de este lunes en la pastelería. La especialización precisa frente a la curiosidad dispersa.

La empleada respira y aguanta inmóvil con las pinzas en la mano. Estamos al lado de un colegio y el perfil de Daniel no debe ser exclusivo. No todo en la vida son Lucías. Intenta que no se le note la impaciencia y tengo que reconocer que es buena : las pinzas apenas vibran. Quizás sepa, como yo, que lo mejor es no añadir tensión a la escena. El balón gira en el aro y es cuestión de unos minutos que acabe cayendo.

En el mostrador que da a la calle hay un periódico de hace dos días que parece colocado ahí para una situación como ésta : son todos artículos que puedes dejar por la mitad. Está abierto por la página de la programación de televisión, que me leo, no sé por qué, con esa lejana curiosidad con la que en el zoo me informo en las fichas de los animales de sus hábitos alimenticios. Estas son las cosas que la gente ve cuando no está atada a la programación infantil, me digo. Programas curiosos con los que se entretiene la especie humana.

La dependienta me mira sin pedirme que intervenga. Eso sería lo fácil. La veo en calma. Su rostro es un lago perfecto por el que pasa el loto de una idea precisa, tal vez la respuesta al acertijo zen sobre el sonido que hace un aplauso con una sola palma. Un centro de quietud, envueltos todos por el olor dulce que sale del cuarto del horno. No sé si escribir la segunda parte de un cuento de Carver o pedirle el teléfono a Leonard Cohen del monasterio en el que estuvo hasta que su manager se gastó su dinero en otros monasterios más terrenales. Todos sus bollos se me representan en su ser y, metafísicamente, me doy la merienda de mi vida repasándolos todos.

Las vibraciones que emite Daniel se van reduciendo, como si su deseo fuera ya un badajo sin energía, incapaz de volver a golpear ya la campana. Le hago una señal imperceptible a la empleada con los ojos, como si fuera mi enlace en una calle repleta de enemigos. Ella me devuelve una leve alteración en sus pupilas. En alguna parte del mundo, una hoja cae suavemente como reacción a nuestros gestos. Daniel señala con el índice de su mano derecha una empanada de carne. Las pinzas no se mueven. Si el dedo se mantiene así cinco segundos más, todo habrá terminado y la hoja tocará el suelo. 

domingo, 16 de junio de 2013

La punta del bisturí



La punta del bisturí : Una de las mejores formas de pasar un domingo por la mañana es buscar las sombras de las bicicletas y relajarse viendo la precisión de todos sus detalles en un mismo color. Parece que el trazo del domingo fuera más cuidado, pero es solo el efecto de una mirada que recorre todo como la punta de un bisturí.  Una vez terminado el viaje, me alejo para ver ese número de circo en el que la bicicleta se mantiene apoyada sobre su sombra en un par de puntos. Todo está en equilibrio, pero el domingo nos tranquiliza con la ilusión de que conservarlo apenas exige esfuerzo.

sábado, 15 de junio de 2013

Rosa, la mujer que firmaba en la Feria del Libro




Rosa, la mujer que firmaba en la Feria del Libro : Nos convocaron a un grupo de escritores para aconsejarnos sobre nuestras carreras literarias. En una sala, en mesas de estudio, nos esperaban los editores, que nos recibían como médicos de ambulatorio obligados  a tratar con genéricos algunas enfermedades raras (entre ellas, la mía : este blog). Las reuniones, de quince minutos, eran un rápido acercamiento de posturas : nosotros tratando de eliminar síntomas extraños para ser pacientes más o menos normales y ellos rebuscando entre sus consejos aquellos que pudiera sernos útiles.

Entre cita y cita, esperábamos en otra sala a que nos llamaran. Había en el ambiente tanta inseguridad que antes de decir nuestro nombre al presentarnos lo murmurábamos varias veces para no equivocarnos. No éramos el equipo del que alguien echaría mano para levantar un partido. Pensaba, viendo el grupo que formábamos, que la literatura nos iba a saltar como generación, cuando entró Rosa.

Rosa entró sin hablar, pero su cuerpo decía : ha llegado Lara Croft. Todavía sin abrir la boca, su forma de plantarse en la sala nos preguntaba, ¿bueno, qué, a deslumbrar con vuestros proyectos?. Yo pensé que no : solo se escuchaba piar, en los bolsillos de los poetas, unos cuantos versos sin mucho cuerpo.

Luego Rosa se sentó y, después de presentarse, explicó en qué consistía su proyecto : un estudio sobre el arte urbano del que tenía un par de buenas ideas para arrancar. Entonces me di cuenta de que para ser escritor, lo primero es sentarse así, con las piernas bien plantadas, el cuerpo inclinado levemente hacia adelante y las manos moviéndose como si estuviera apartando las lianas de las dudas. Si cualquiera de los editores nos hubieran visto por el cristal, habrían podido saber, sin perder más tiempo, quién de nosotros llegaría a algún sitio y quién se pasaría la vida acumulando documentos en su carpeta.

Como teníamos programas distintos, no pude hablar con ella de nuevo hasta que nos encontramos en el viaje de vuelta a Madrid por una de esas coincidencias que ponen un pie en el terreno de la casualidad y otro en el del destino y esas cosas. Hablamos del papeleo de la escritura, del formalismo de las editoriales, de la burocracia del papel impreso.

Pensaba que estaría por las selvas con un machete cuando hace unos días recibí una invitación para visitarla en una caseta de la Feria del Libro, donde firmaba un libro suyo “Lola, la mujer que no escribía bestsellers”.

Así que he ido a verla para que me firme el libro. Casi quinientas páginas. Un reto para un amante del minimalismo como yo. Estaba tranquila, como si firmar en la Feria del Libro fuera muy sencillo. Al preguntarle por el secreto se ha encogido de hombros y ha abierto las manos mirando a los libros, como diciendo que se trata solo de dar un salto para pasar por encima del mostrador y ocupar ese lugar. Eso es todo.  

Y sé que de esos pequeños saltos va su libro. Ya me advirtió que ella no sabía ser concisa, que al hablar se desbordaba. Ahora tengo el libro en la mesa, estudiando la forma de sacar tiempo para leerlo como el que trata de aparcar un tráiler en un callejón. No hay prisa : cerrado también me cuenta una historia.            

viernes, 14 de junio de 2013

La espada que no mata el hambre



La espada que no mata el hambre La camarera termina de pasar el paño por la barra y se acerca para decirnos que todavía falta una hora para que abra la cocina. Una hora, con sus sesenta minutos avanzando lentamente como una fila de gusanos. Estoy a punto de decirle que me deje preparar cualquier cosa, como cuando llego del fútbol y soy capaz de freírme un guante de cocina para calmar el hambre que se me forma en el metro. Mucho tiempo tengo por delante con los mellizos hambrientos y cansados. Me vengo un poco abajo, pero animo a la tropa. ¿Qué son sesenta minutos? ¡Nada! Y tan pronto inspiro y expiro, me doy cuenta de que no sé qué hacer durante todo este tiempo. Ellos tratan de leerme la verdad en la cara, pero hago todo lo posible por que sólo vean el optimismo del místico que ha visto tanta luz que no es capaz de embotellarla en unas cuantas palabras. ¡Vamos a andar!. Y como no sabemos muy bien qué hacer, caminamos despacio. Entramos en unas tiendas. Leemos los anuncios de próximos conciertos. Nos pegamos a la acera cuando pasan coches. Consultamos la hora. Temo que en cualquier momento se rindan y opten por ir al McDonald´s. La cocina del McDonald´s siempre está abierta y no hay que esperar. Como Disney : emisión a todas horas. Pero esta noche me apetecía cenar en el restaurante que los mellizos habían elegido. Si me dijeran que no aguantan más tendría que aceptarlo porque yo tampoco he estado a la altura como guía. Nos fijamos en la gente que pasa. Nos perdemos y nos volvemos a orientar. Entonces nos quedamos mirando el escaparate de un restaurante mexicano. Un esqueleto, cortado longitudinalmente y con algunas vísceras en su sitio, se está tragando un gran sable. Parece una alegoría de la comida que no sirve para acabar con el hambre. Pensaba que los mellizos me harían un montón de preguntas, pero parecen estar más cerca del significado de lo que tenemos delante que yo. Les ofrezco ir al McDonald´s y los dos me dicen que no. ¡Bien!

jueves, 13 de junio de 2013

El calzoncillo del oso




El calzoncillo del oso : Caminar y frotarse con todo lo que vaya surgiendo para quitar capas. Esto es caminar.

En una tienda de Chueca veo un oso de peluche con huevos y polla de peluche. Lo raro es que me parezca raro y que nos hayamos acostumbrado a todos esos animales a los que se les ha capado para que, supongo, dos hermanos no se aticen con ellos agarrándolos por la entrepierna. Lo primero que pienso es “anda, si tiene cojones” y después “¿serán proporcionales al tamaño del oso?”. Me parecen un poco grandes, pero de ese tema no sé nada porque de eso apenas hablan en los documentales.

Al lado del oso con sus partes expuestas, hay otro que lleva calzoncillos y que marca paquete. Siendo el mismo objeto, ahora la mirada ya es totalmente distinta. Es el calzoncillo el que lo convierte en algo obsceno. En el contrapunto que hace que la mirada se caliente : a un niño le podrías regalar el primero, pero nunca el segundo.

Agradezco que el escaparate me haya movido la cabeza. Esto es pasear. En un par de minutos estaré tomándome un vino con dos amigas, rodeados de parejas gais en mesas pequeñas, transmitiendo esa sensación de que da igual que día sea, para ellos siempre es jueves por la noche.  

miércoles, 12 de junio de 2013

Pequeñas superproducciones




Pequeñas superproducciones : Tengo tan poco tiempo para leer que, para engañarme, estoy adquiriendo la costumbre de empezar varios libros a la vez. Como si así abarcara más y leyendo una página de cinco libros distintos progresara más que con cinco del mismo. Matemáticas de lector que me hacen avanzar negativamente (lo que antes se llamaba retroceder) : en algunos casos, como hace ya bastante que dejé la historia, me veo obligado a leer la página anterior para acordarme, lo que no hace sino profundizar la sensación de atasco descubriendo además que estoy releyendo libros que no he terminado. Así no voy bien, pero el subconsciente, que es el que manda (lo he leído en la sinopsis de un libro en el VIPS), no cambia el rumbo.

Tal vez para calmar esta necesidad de sumergirme en historias deba buscar otras estrategias alejadas del libro. Por ejemplo : Daniel. Descubro que él ha solucionado mejor que yo el cambio del baño a la ducha. Antes tenía muchos minutos para desarrollar sus historias acuáticas de animales según el canon clásico de exposición (champú), nudo (esponja y jabón) y desenlace (aclarado). La ducha ha reducido el tiempo disponible y, por lo que veo, ha optado por añadir personajes y más personajes para cuentos cortos pero intensos. Cien legionarios contra el dragón. Del minimalismo lánguido del cuarto de hora, a la superproducción comprimida de cinco minutos.

Es hora ya de que sea él el que, por la noche, me explique sus estrategias. Ya puestos, que añada un cuento al final como ejemplo y me tape y me diga que deja la luz del pasillo encendida.

martes, 11 de junio de 2013

Cómo dibujar manos




Cómo dibujar manos : La luz entra por la persiana y crea una sucesión de líneas rectas que, al encontrarse un objeto, ascienden y descienden por él, como si realmente lo crearan. El efecto, por simple y efectivo, es relajante. Como si estuviéramos en la viñeta de un cómic de trazo limpio en el que todo ya tuviera sentido solo por ser dibujado. Dejo de lado lo que estoy haciendo en la pantalla para acercarme y poner una mano. Después la otra. Noto en la piel cómo se alternan las franjas de calor con las de sombra. Llevo toda la mañana tecleando, pero este es el primer momento, cuando queda poco para marcharnos, en el que me fijo en ellas. 

lunes, 10 de junio de 2013

La lucha del bien contra el bien




La lucha del bien contra el bien : No sé si el mundo necesita otro cinturón blanco-amarillo. Hace unos años no me planteaba preguntas como ésta, pero ahora hemos descubierto que, además de la burbuja económica, había otra, asociada, relacionada con el valor de los objetos : todos eran imprescindibles y, antes de que pudiera surgir cualquier duda, se sacaba la tarjeta para dar por cerrado el tema.

Perdida esa ingenuidad, ahora todo pasa un examen.

Otro cinturón blanco-amarillo que ofrecemos al mundo. No me parece mal, aunque mis argumentos son subjetivos : me caen bien los que hacen judo. Son como la combinación sin alcohol de los deportes de lucha. Una disciplina de combate que no parece necesitar de un enemigo. Si las demás siempre te ponen de ejemplo al tipo con la navaja que quiere atracarte, aquí todo se queda en teoría, en lucha de salón, en ejercicio elegante en el que siempre ves luchar a uno que parece bueno con otro que también lo parece. Apuestes por quien apuestes, va a ganar el bien.

Sé que el tipo que hace judo sólo podría hacer de guardián en una sociedad de ciencia-ficción en la que el único malo permaneciera permanentemente controlado, como la última cepa del virus de la viruela. Pero llegados a este punto, en vez de ser realistas y de recordar cómo son las cosas de verdad, doy el salto y me imagino en esa improbable ciudad del futuro en la que las cosas sean un poco más fáciles. Si hay alguna forma de que nos acerquemos a esa utopía, es a base de crear estos ejércitos de soldados de kimono blanco, como albornoz de aristócrata, totalmente incapaces de defenderse ellos mismos.

Su profesor le ata a Daniel el cinturón. No son muchos los que hacen judo. La mayoría se dedica al fútbol. Eso es bueno : también los padres nos sentimos especiales y con ganas de aplaudir por igual a los que van recibiendo su nuevo cinturón. 

domingo, 9 de junio de 2013

La zona ciega




La zona ciega : Para escaparme y cambiar de vida puedo comprarme una isla desierta (aunque por coherencia no debería poner el pie para mantenerla desierta). También puedo hacer algo más prosaico (Del lat. tardío prosaĭcus) y, cuando esté en el Mercadona, quitarle el carro a alguien que esté a punto de pagar y pasar la semana consumiendo esos artículos ajenos. No falla : siempre que me fijo en lo que los demás llevan, me parece que han elegido cosas muy raras que se alejan del patrón obvio que mi carro representa. Me bastaría con desayunar un té rojo de ese carro cambiado para sentirme alejado de mí mismo y de mi vida.

Esa querencia hacia los mismos artículos también se da en las librerías. Tengo la impresión de que, me aleje lo que me aleje de mis preferencias más obvias, acabo siempre más cerca de lo que pienso, como si en todos los casos hubiera alguna conexión obvia. Pongo distancia en lo accesorio pero me mantengo fiel en lo principal, como querer perderme en mi propia casa.

Por eso me llama la atención ese pequeño mural que en La Central tienen en la entrada con las recomendaciones que otros clientes han dejado. El panel está repleto de títulos. Si haces caso omiso a esas sugerencias, acabarás rodeándote de los mismos libros, aunque sean de otros autores y tengan títulos diferentes. Como en la fiesta en la que al final te descubres charlando con los más afines. Es una ley que no falla. Tan infalible como la que dice que en la fila de la cajera más guapa habrá un par de carritos más que en las demás.

Si lo del carrito no te parece buena idea, puedes elegir uno de esos papeles al azar, llevárselo a un dependiente y comprar aquel libro que te toque, dejando en el panel, a cambio, una recomendación tuya. Una vez hecho esto, puedes pedirle a alguien en otra mesa que te elija el menú, a un cliente en la tienda que coja tu ropa o lanzar los dados al aire y poner el canal que salga. Todo vale con tal de esconderte en una zona ciega de esos vigías que te has ido colocando en diferentes torres para vigilarte.

sábado, 8 de junio de 2013

El fin de mi granja de pollos




El fin de mi granja de pollos : Mi hermano se presenta en mi cumpleaños con una tarta que ha hecho él y que podría aparecer en ese reality americano sobre un tipo que prepara tartas temáticas, de lo trabajada que está. Me gusta que me regale una tarta única, una tarta que no puedes comprar en ningún sitio, una tarta que, además, nos vamos a comer todos. Si alguna vez monto una tienda, será de artículos que no tengan una copia : delante del cliente, destruiré el molde a martillazos.

Dice que es un castillo, pero tiene aire a granja de pollos (alargada con pequeñas ventanas para que los pollos se mueran cuando les toque y no cuando a ellos se les ocurra) con cuatro silos donde los demás debemos ver torreones. No nos vamos a poner quisquillosos. A mí me habría hecho la misma ilusión si me hubiera dicho, directamente, “me he pasado el viernes por la tarde preparándote esta granja de pollos”. Pues una granja de pollos, y tan contentos. Pero dice que es un castillo y también me parece bien. Todo vale.

Lo que más me gusta de todo es el dragón que ha hecho. Todos sus detalles (y son muchos) son comestibles. Poner un dragón al lado de una granja de pollos me parece una idea excelente porque se va a poner morado. Ni las plumas van a quedar. Los pollos podrían huir a los silos, pero estos no tienen puertas, solo ventanas. Va a ser una escabechina salvaje de pollos. Todo un espectáculo.

Luego soplo las velas sin saber si, por celebrarlo con un mes de retraso, no debería añadir un doceavo de vela para ser coherente. Son esas las cosas que pienso mientras las apago. Nada de “ser rico” o “ser muy rico”. La tontería esa de la vela. Desde fuera todo parece normal porque aplauden y empiezan a cantar lo de “es un muchacho excelente” y se callan enseguida, como si la repetición fuera a acabar con el mensaje. Qué se yo. Esto de los cumpleaños necesita de un análisis sociológico para orientarse.

Unos cuantos besos.

Y entonces Daniel se pide la cabeza del dragón y su primo la cola. Se queda, me parece a mí, la chicha, el solomillo del dragón, pero algo debe tener su carne porque no se pelean por ella. Sea. Voy cortando en trozos iguales la granja de pollos. Si me dicen “algo finito”, hago un trozo. Si me dicen “yo un poco más grande”, hago el mismo trozo. Me deben dar ya por perdido. Descubrimos que no hay pollos, solo un bizcocho denso, como si hubiera mezclado chocolate con unas páginas del código penal alemán, todo cubierto con nocilla y cerrado con el fondant que hace de techo. Si después de probarlo no notas un pinchazo en el corazón y el brazo izquierdo dormido, es que estás hecho un chaval, de lo que doy fe tras un par de mordiscos grandes, de los que caen muchas migas.

No hay pollos que se coman las migas. Habría estado bien, pero no lo echo de menos con la boca llena. Moscato y tarta de chocolate. Qué gran mezcla. Esto de comerte tu regalo de cumpleaños es un poco extraño, pero es la única forma de hacerlo completamente tuyo y que se mezcle con tus células y se acumule en tu cintura. Así, nadie te lo va a quitar. Se renovará todo mi cuerpo, según dicen, pero siempre quedará alguna célula que lleve una miga dentro y que pueda decir que estuvo aquí. 

viernes, 7 de junio de 2013

Góndola pirata




Góndola pirata : En el sorteo de manualidades, el bombo no es generoso conmigo y me toca enfrentarme a la lancha motora y al barco pirata. Había rivales mucho más fáciles, como la canoa, a la que podría enviar al equipo B de mi talento (B de bajo) sin demasiadas complicaciones. En vez de dedicarme a crear los planos de lo que me corresponde, fantaseo con lo fácil que habría sido crear una canoa : veo canoas por todas partes, pero ningún rastro de lanchas motoras y, menos aún, del barco pirata.

Convierto la mesa del salón en un astillero de cartones, reglas, lápices, tijeras y gomas de borrar. Lucía y Daniel me miran sin saber muy bien qué voy a hacer porque yo mismo debo tener la cara de no tenerlo muy claro. Me muevo con la intuición de lo que debe ser un barco (¡para qué mirar uno en Internet!) y en una hoja voy dibujando las piezas como si, en vez de un barco, le estuviera diseñando la segunda equipación a Barbarroja. Trato de ser muy didáctico en lo que voy haciendo, como si tuviera delante una cámara de Canal Cocina : paso a paso, aunque la distancia entre el barco que construyo con palabras avance más que el real. Una auténtica burbuja en el mundo de las manualidades que acaba explotando cuando Lucía y Daniel me piden permiso para ir a ver la tele. Les digo que sí, en lo que me suelto de esa telaraña en la que yo mismo me he metido.

El barco, pensado originalmente como una base con dos trozos de cartón, irá sufriendo modificaciones a lo largo del fin de semana conforme vaya sustituyendo a los maestros de obra, como el que echa a un entrenador tras las goleadas que yo mismo me voy metiendo por no empezar con las ideas claras (¡para qué mirar uno en Internet!). Como esos edificios que resumen varias épocas, basta echarle un vistazo al barco para descubrir la fase de la confianza, la del pánico y la de la ornamentación. Cada una estropea más la anterior y crea las bases para que la siguiente sea un fracaso.

Yo mismo me impongo la penitencia : más cola blanca con trozos de periódicos (aquí sí que sigue mandando la prensa escrita), más trozos de cartón, más programas de radio a la una de la noche para que cada apaño se seque a tiempo y pueda pintarse de nuevo. Lo que va saliendo parece el Lada de los barcos piratas, la marca blanca de un astillero para piratas que no tengan más vocación que la de asaltar las barcas de pedales de los jubilados de Benidorm. Joder. Se me caen los párpados, pero tengo que seguir porque, mientras, voy haciendo retoques a la lancha, a la que le doy un enfoque minimalista. Es como escribir a la vez una novela negra urbana y una aventura de quinceañeras.

Cuando están ya secos, Lucía y Daniel se ocupan de darles los últimos retoques a los barcos. No sé si navegarían, pero mi autoestima sí que hace aguas (¡para qué mirar uno en Internet!). Cuando mis sobrinos vienen a vernos, Daniel lo presenta en sociedad.

-Es un barco pirata que parece una góndola.

No es una mala definición. Los dos parecen sinceros cuando les pregunto si les gustan y asienten. Quizás es que tenían las expectativas tan bajas que encontrarse con algo que pueden enseñar hace que su orgullo se mantenga a flote.

jueves, 6 de junio de 2013

No juegues solo a la ruleta rusa




No juegues solo a la ruleta rusa : Gracias a un virus de Hotmail me puse en contacto con una vieja amiga. Se ve que el virus, que me esperaba en una dirección que usaba últimamente como trastero de viejos mails (Asunto : ¡Por fin la séptima!), se cansó y decidió replicarse usando mi nombre para infectar otros ordenadores. Fue esta amiga la que me escribió a la dirección que uso normalmente y por la que me suelo pasear con el tranquilo optimismo del que recién duchado se ha puesto el albornoz. Que hola, que mira lo que ha pasado, que qué casualidad, que si nos vemos.

Quedamos para charlar en un restaurante chino. Unos ocho años sin vernos. En la hora y media que pasamos, no dejamos de hablar, resumiendo en un tráiler lo que había sido la película. No hubo punto y aparte : solo un inmenso párrafo que íbamos tricotando como si fuera una bufanda que presentar al guiness. De ese rato podrían sacarse pequeñas dosis que, disueltas en el silencio del ascensor, darían para crear conversaciones a todos los habitantes del planeta durante un par de años.  Los platos se enfriaban y el vino se calentaba.

Solo hubo un momento de silencio. Hasta entonces, la conversación era una cremallera que iba encajando perfectamente, diente tras diente. Metidos de lleno en el tema de la literatura, mencioné a Fred Vargas y a Adamsberg con la confianza del que saca a un caballo ganador de la cuadra. Ella se quedó en silencio : a la conversación, que iba a gran velocidad, le había bastado ese pequeño bache en el camino para  salirse de la carretera y quedarse basculando en el precipicio, con las cuatro ruedas en el aire. Hasta ese instante habíamos coincidido en todos los autores, como si fueran profesores que hubiéramos compartido.

Ella me dijo, sin rodeos, que no le gustaba Fred Vargas, que mi caballo era un pollino (asno joven y cerril). Iba a ser difícil volver atrás. Repasé los pasos que habíamos seguido, como si estuviéramos reconstruyendo la escena de un crimen con el juez. Pennac había ido muy bien (Malaussène, claro), con Simenon no había habido ningún problema (Maigret, por supuesto), pero al tratar de combinar los dos estilos en el Adamsberg de Fred Vargas, donde yo veía un éxito, ella se encontraba un fracaso. El silencio, pues. Y las cuatro ruedas sin base.

Intenté defender a Adamsberg, pero mis argumentos eran tremendamente subjetivos y, lo peor, me daba cuenta de que lo que usaba también servía perfectamente para atacarlo y hundirlo. Esos finales que no importan, la ausencia de un esquema lógico que permita al lector descubrir al asesino, los escenarios irreales, las conversaciones precisas, los personajes con su toque absurdo. Cada uno de esos razonamientos era una bala que metía en un revolver con el que iba a jugar yo solo a la ruleta rusa. El sentido común y las matemáticas (el revolver estaba listo) me aconsejaron que me callara. Empezamos a hablar del trabajo.

Me acuerdo de esa charla cuando hoy veo la señal de paso de cebra enmarcada entre dos nubes. La auténtica representación de Adamsberg. Podría utilizarla como estandarte la próxima vez que salga el tema : ya no hablaré, me limitaré a plantarme en la conversación, clavarla con decisión, y reclamar para mí ese territorio con la autoridad que da un gesto así. No se pude actuar de otra forma ante la gente que es ciega a lo evidente.  

miércoles, 5 de junio de 2013

La ballena emerge entre edificios




La ballena emerge entre edificios : La ayudante entra en el cuarto lentamente, como si estuviera pisando conejos, y me sonríe con la complicidad de los que encuentran el mismo sitio en el que esconderse. Me enseña el presupuesto del curetaje y al verlo pienso que, por un poco más, podría comprarme un equipo de fútbol, con su jeque y todo. ¿Pero quiero esa fama a costa de una boca de la que vayan cayendo dientes como las cornisas de un viejo edificio?. No, claro. Aunque no me quede dinero para comer y me tenga que alimentar con los caramelos que me lleve de la recepción del dentista.            

Antes estas situaciones no me afectaban : miraba la cifra y me disponía a firmar con el elegante distanciamiento del que sella un acuerdo de desarme universal mientras pensaba en mis cosas, porque mi mundo interior es como una tienda de golosinas, repleto de pensamientos llamativos que apenas alimentan. Dejaba mi firma con unos cuantos trazos de hábil mosquetero y a otra cosa.

En estos momentos, en los que, económicamente hablando, he regresado al poder adquisitivo que tenía con diez años, cojo el bolígrafo con cuidado y dudo antes de firmar. Una cuenta corriente sana, esponjosa, te protege de las imperfecciones del camino. Baches, socavones, da igual. Pero ahora he desarrollado una sensibilidad ante el dinero que me hace pensar que, realmente, el cuento de la princesa y el guisante hablaba de mí.

Salgo de la consulta con caramelos en los bolsillos. Ahora soy yo el que camina de puntillas sobre mis cuentas, intentando calcular si saltando de gasto en gasto puedo llegar al otro lado del mes. Hay que ir con cuidado para no caerse y acabar devorado por esa ballena que, como un Leviatán sumergido, nos ronda. La puedo distinguir en la silueta de un edificio, las nubes como representación del chorro de agua que escupe al emerger.

martes, 4 de junio de 2013

Leche fermentada por las venas




Leche fermentada por las venas : Una vez que dejas solo al bote de Actimel con forma de soldado espacial, sin el apoyo de artillería de la publicidad, parece una figura poco curtida que no duraría mucho en un cajón de juguetes. De personaje de “Tropas del espacio” a un simple bolo con cara para que Chewbacca se eche unas partidas entre batalla y batalla contra los TIE Fighter. Tanta televisión. Tantos anuncios en las paradas de autobús. Para esto. Ni siquiera Daniel, que insistió bastante en que lo comprara, sabe muy bien qué hacer con él cuando, después de limpiarlo por dentro, lo vuelve a coger : él, que encuentra inspiración en todas partes. Bueno, lo coge, lo mira y me dice que todavía no lo tire. Es la única y última oportunidad que este bote de Actimel va a tener, pero no creo que sepa aprovecharla. Qué poca cosa. Pero es normal en un soldado al que le corre leche fermentada por las venas. Para ver si espabila, lo meto en la nevera a que haga guardia toda la noche junto a los huevos. Nunca nos han robado ninguno, pero se no se lo digo. 

lunes, 3 de junio de 2013

Suerte y vino




Suerte y vino : “Estadística, estructura, idoneidad, cuestionario, calidad, cumplimentación, copia, justificante, recepción, incidencia, fusión, absorción, escisión, celeridad, documentación, reclamación, recepción, revisión, obligado, resultado y encuesta.” Leo el escrito dos veces y eso que se me cae al suelo, con forma de bayeta, debe ser mi alma. O algo parecido. Como es lunes y las energías anda escasas, tengo que elegir : o trabajo o cojo la bayeta y la escurro. Ahí se queda.

Este resumen de lo que ha sido la jornada laboral hasta la seis de la tarde es necesario para entender que cuando me encuentro en el ático del edificio del Grupo Avanteselecta, las escaleras que he subido han sido tanto físicas como anímicas. Una mesa con varias botellas de vino expuestas, el atardecer de Madrid, la copa en la mano y esos minutos de espera, sin prisas, con el tiempo merodeando como un gato bajo las mesas, convierten esa bayeta en un pañuelo limpio y planchado.

La nuestra es una espera aristocrática : Sting cantaba que un caballero no corre, anda deprisa, y nosotros, con el mismo espíritu,  dejamos que el tiempo avance sin mirar el reloj. Esperamos que llegue Eulogio Calleja, el enólogo jefe, que es a la cata lo que un cirujano a la operación : si empezamos sin él, las cosas no saldrán igual. No sé por qué, también me lo imagino con una bata blanca.

Mientras la tarde avanza (más despacio, como suele ocurrir, no sé por qué, en los barrios ricos) me doy cuenta de que entre ayer y hoy se ha establecido una conexión gallega. Ayer fui a la Feria del Libro a que Manuel Jabois, un escritor de Pontevedra (Sanxenxo) , me firmara “Manu”, su último libro y hoy voy a probar dos vinos también de Pontevedra (As Neves) : Viña Nora y Nora da Neve. Me gusta ver esto como una coincidencia curiosa, de esas que te alegran un poco, como cuando encuentras las llaves en el último sitio en el que las buscabas, y que no tienen mayor transcendencia : tampoco la necesito en este momento de tranquilidad, botellas en cubiteras y platos con colines distribuidos por las mesas.

He de reconocer que soy un tipo de tinto y que mis conocimientos sobre el vino incluyen los tópicos comentarios sobre el lagrimeo, el sabor a coco del roble francés (o el americano, no sé), y la necesidad de que el vino respire. No es mucho, lo sé, y con esto no se va más lejos que el que pretende hacerse entender en Alemania usando los nombres de los jugadores alemanes del Madrid. Mi estrategia es permanecer callado, asentir mientras consulto el móvil y no comerme los colines de los platos.

La llegada de Eulogio pone todos los relojes en hora, como si estuvieran adelantados. Hay personas que tienen ese efecto. Mi primera impresión es que se trata de alguien que se lo pasa bien con su trabajo : debería estar expuesto en alguna escuela de negocios para demostrar que gente así existe. Se disculpa, coge una copa y empieza con la cata, que se divide en dos partes : la primera, dedicada a Viña Nora y la segunda, vertical, a Nora da Neve.

Eulogio no deja de soltar información interesante sobre los vinos. Intento quedarme con algunos datos, pero soy como esos niños que tratan de atrapar los caramelos que lanzan desde la carroza de Reyes. Da igual que caigan miles : solo tengo dos manos. Mentalmente le ordeno a mi cerebro, mientras yo bebo, (hay que aprender a delegar), que atrape todo lo que pueda y luego me lo enseñe. Bastante hago con parecer uno de los blogueros especialistas en el mundo del vino que me rodean. Asiento, me como un colín, vuelvo a beber.

De los vinos me sorprende que no tengan ese rasgo tan característico de los albariños. El Viña Nora me gusta, pero donde realmente está el interés de la cata es en la comparación del mismo vino, el Nora da Neve, de tres añadas diferentes : 2008,2009 y 2010. Es algo que nunca había hecho hasta ahora y que todo aficionado debería probar. Siendo el mismo vino, las diferencias están claras hasta para mí, del bando del tinto.

Es esa diferencia la que hace necesario el trabajo del enólogo. Por lo que va contando de las lluvias, del cambio climático, del terreno, del sol, todo el proceso no deja de ser una lucha con lo que se te ofrece. En ese sentido, la botella, con ese aire de hecho definitivo, impide que la imaginación vea todo lo que hay detrás. Ese trabajo en el que a veces se gana y otras, como con la cosecha del 2011, que no se aprovechó, se pierde. Cada año es nuevo

Ayer Jabois nos miraba a todos los que pasábamos por delante de él como si fuéramos patos con una diana en el pecho. Se le veía de buen humor. Tal vez hasta ya tenía en la cabeza una buena columna sobre todos nosotros. Compré “Manu” y se lo pasé para que me firmara. La firma me daba igual. Solo quería decirle en la cara lo bueno que me parecía. Decía Picasso que el que se queda un elogio se queda con algo ajeno y yo tenía tantos para Jabois por su lecturas (“Grupo salvaje”, “Irse a Madrid” y, en general, sus columnas) que si seguía sin comentárselo temía que se me plantara una pareja de la Guardia Civil por apropiación indebida. Más que una dedicatoria, me estaba firmando un salvoconducto por su aparecían los de la benemérita.

Cerraba su dedicatoria con un “Suerte y vino”. La hago mía en este momento.

domingo, 2 de junio de 2013

La carrera de camellos





La carrera de camellos : Creo que lo que realmente mantiene en pie la Feria del Libro es esa voz que va anunciando las casetas en las que firman los escritores. Esa voz, el tipo que vende barquillos, los títeres y la máquina con botellas de agua fría. Con eso me basta. Alguna vez he ido en horario sin escritores y el silencio de los altavoces me ha hecho sentir como si paseara por los camerinos en vez de enfrentarme al escenario, con lo que he vuelto a casa, a pesar de recorrerme pacientemente cada puesto, con la sensación de no haber estado en la Feria por un típico incumplimiento de forma.

Pero hoy está la voz y me siento bien. Podría agarrarme de ella como en una tirolina y recorrer varios años hacia atrás sin demasiado esfuerzo porque siempre ha sido fiel a su estilo lacónico. Que ganas tenía de escribir lacónico. Una información simple y efectiva, como la cabeza de un martillo, y un tono equidistante con el que trata igual al best seller ante el que se paran hasta los perros que a ese tipo con barba que en la caseta trescientos firma no sé qué del embarazo de su mujer. Se sacrifica la emoción por la justicia y a mí eso me parece bien : así todos los que firman tienen la sensación de encontrarse al mismo nivel en la línea de salida, y que a partir de ahí ya cada cual irá avanzando, como esos camellos en las atracciones de playa, según las firmas que vayan consiguiendo hasta llegar a la línea de meta.

No me importa que haya mucha gente porque solo tengo presupuesto para un libro y esa marea me impide detenerme delante de cada puesto para, analizando el brillo de los ojos y el color de las branquias, saber si lo que venden está fresco. Mejor no caer en la tentación y obedecerme a mí mismo cuando, ya en el metro, me he hecho prometerme de nuevo que volvería a por lo que iba. Ahí están los libros, como recién hechos, y para no atender a su llamada de barrio rojo, incitándome, sobre todo, a tenerlos en las manos, me uno a ese río de lava que va por la parte central sin más interés que dejarse llevar.

Por encima, la voz. Me recuerda a esos corchos que en las piscinas separaban las calles. Los voy dejando atrás con meticulosidad (cada corcho rojo, un escritor). Avanzo por la mía leyendo los números de las casetas para no pasarme. No es sólo un tema de falta de dinero, sino de tiempo : los mellizos tienen esta semana exámenes como para pasarse varios cursos de golpe y plantarse en la Universidad. Dejar sola a María no está muy bien. Pero es que en la caseta trescientos está ese tipo con barba que ha escrito sobre la gestación de su hijo. No es solo por la firma, ni por el libro. Es también para decirle tres palabras.

Llego por fin a la caseta. Me siento bien por haberlo hecho sin sacar un billete (en cartera cerrada no entran recibos). No ha sido fácil. No detenerme en algunas casetas ha sido como pasar de largo por la habitación en que tu mejor amiga acaba de dar a luz. Una traición. Pero ya está hecho. Ya encontraré algún razonamiento de Montesquieu para justificarme. Me quedo un rato esperando porque el tipo de la barba, al que reconozco por su foto en El Mundo, está sentado con el gesto del que te va a pedir una copa y una ración en cuanto te acerques. Hasta que no se adelanta una chica para pedirle una firma, yo no hago lo mismo. Así de valiente soy.

Pido su libro, lo pago, se lo entrego. El lo abre. Me pregunta si soy de Madrid. Mientras escribe (con fuerza, como si quisiera que la dedicatoria estuviera en todas las hojas del libro) le digo que escribe muy bien.

Es cierto. Más que una dedicatoria me gustaría que me pusiera algunos consejos para llegar a su nivel, pero esas cosas a veces no las sabe nadie. Me tiende el libro. Nos damos la mano con fuerza, como si hubiéramos firmado la compraventa de uno de los edificios de la Castellana. Y ya está.

Regreso a la voz para que me indique el camino de salida de la Feria. Está bien esto de cumplir las cosas que uno se propone.   

sábado, 1 de junio de 2013

Las papeleras de Madison




Las papeleras de Madison : Recuerdo que la clase que más me gustó del curso de fotografía que hice fue aquella en la que me tocó el turno de la cámara con carrete. Había que hacer cinco fotografías a lo que nos gustara, sin pensar en diafragmas, velocidades o calidad. Todo se reducía a un “aquí te pillo, aquí te mato” que me puso de muy buen humor. Mis fotos eran impresionantes y debe ser cuestión de minutos que me llame el profesor para decirme un par de cosas sobre el talento, las galerías de París y un nuevo empuje a la historia de la fotografía.

En lo que llega esa llamada, voy combinando la réflex con el iPhone. Esta mañana aprovecharé para sacar la réflex y jugar con su posibilidades mientras los mellizos juegan al pádel. Es una hora de entrenamiento para todos en la que hago fotos como un paparazzi que pretendiera llegar a la calidad por la cantidad. No sé : pierdo un poco el rumbo.

Conviene llegar a esa hora con un poco de calentamiento de ojos y de dedos. Lo sé, ya. En vez de aplicarme, me dedico a hacerles fotografías a las papeleras en la plata tercera del aparcamiento de Mercadona. El subconsciente tendrá la última palabra, pero creo que me atrae esa acumulación de variables fijas : la luz, el objeto, el entorno, el movimiento, las líneas. No es una foto que vaya a salir en la portada de National Geographic, pero tal vez sea la que, finalmente, anime a aquel profesor que tuve a coger el teléfono y marcar un número que no tiene. Como ya pasó entonces, me lo sigo pasando bien con este tipo de fotografías.