miércoles, 29 de agosto de 2012

El delantero de las botas frías




El delantero de las botas frías :  Llega pronto el primer gol en la Supercopa, pero es de Higuaín y eso nos rebaja las expectativas a pesar del completo dominio del Madrid. Hay delanteros que tienen barra libre de goles en sus botas y otros a los que parece haberles asignado sólo una cantidad, como esas tarjetas de prepago de las que se va detrayendo lo gastado. Ronaldo pertenece al primer grupo. Higuaín, al segundo, y lo sabe o, por lo menos, lo sospecha.

Hay algo psicoanalítico en su juego, como si temiera que por cada alegría obtenida le esperara un castigo para compensar. Ese miedo, imbatible como un francotirador bien oculto, provoca que, una vez metido un buen gol como éste, su cabeza se desenganche de su cuerpo y aunque las piernas sigan disparando a la portería, de su cabeza salga la orden de fallar. Dicho de otra forma, Hinguain te invita a su fiesta pero los besos que reparte son de despedida : marca un gol y suena la señal de que ya no se sirve más alcohol.

Por eso no sé si alegrarme o no con este primer gol. Es una sensación rara. Mi cuñado y yo lo celebramos con gritos y saltos neandertales, sí, pero con un poso de alegría falso, como el que saca un sobresaliente en un examen en el que ha copiado. Hasta ese momento, el partido ha ido tirando de nosotros : del sofá a la mesa con las pizzas, de ésta a la pequeña mesa de plástico donde mi sobrino aprende a sumar y, finalmente, acabamos pegados a la pantalla con nuestra copa de Equus en la mano. Ahí estamos cuando marca Higuaín.

Ojalá hubiera marcado otro. Ojalá, y que Bernabéu me perdone, no lo hubiera hecho Higuaín. Los suyo son los goles terminales, los que se obtienen cuando se marchan los primeros aficionados , los que entran por esa rendija que deja el marcador a punto de dar el minuto noventa. Con esos Higuaín no tiene ningún problema porque no se comen parte de su cuota y le dejan libre para el siguiente. Se podría decir que es el fútbol óvulo : soltando uno cuando toca.

Sería bueno que nadie reaccionara al gol de Hinguaín, que el estadio se quedara en silencio, que la madre le quitara el papel de plata al bocadillo de su hijo, que un socio de Toledo mirara al cielo por si empezara a llover, que una japonesa se hiciera una foto con su entrada y su cámara, que una de las que vigilan a la grada se volviera a hacer la coleta, que Florentino dedicara unos segundos a pensar en ACS e Iberdrola, que el único que se sigue llevando una radio de pilas y la escucha pegada al oído cambiara de emisora y en todo el estadio sólo se escuchara un tema antiguo de Paco de Lucía. Sí, sería bueno que los jugadores reaccionaran como si aquello no hubiera entrado y regresaran a sus posiciones rápidamente, echándose un par de gritos.

Pero es un gol al Barça y estamos programados genéticamente para retroceder evolutivamente unos cuantos miles de años para celebrarlos. La alegría es contagiosa y recorre toda la ciudad : te limitas a transmitir ese grito que te llega al que está un poco más lejos para que hasta el último madridista del país, aunque se encuentre en una cueva catalogando hongos, sepa que hemos tomado la delantera y que el tipo que va a escribir el nombre del ganador en la copa ha empezado a practicar con la erre.

En el Barcelona saben leer las señales y, sobre todo el marcador, y ahí dice Higuaín, así que saben que, virtualmente, el Madrid acaba de echarle el cierre a su portería. Dejan que una de sus naves se queme en el rojo de una tarjeta y, sin otra opción, convierten en obligatorio un plan que era opcional : jugar como si el que tuviera diez fuera el contrario.

Así van las cosas sobre el campo cuando Ronaldo le demuestra a Hinguain que los goles se llevan en las botas, no en la cabeza, y que si se quiere, se puede, aunque haya que hacer una jugada con un toque de talón que eleve el partido hasta un punto que no volverá a alcanzar.

Luego a pesar del gol de Messi, el marcador parece ya definitivo, como si el resultado se hubiera escrito sobre un cemento casi solidificado : el gol de Ronaldo ha sido como la señal que da el comandante para que el avión saque el tren de aterrizaje y enfile hacia la pista con una maniobra de aproximación a la pista que puede llevar más o menos tiempo.

Es lo que nos pasa a nosotros. Resta tiempo por jugar pero en las cajas de las pizzas sólo quedan los bordes y la botella está vacía. Esta podría haber sido la noche de la goleada si algunos jugadores de fútbol no fueran tan complicados y no se les enfriaran tan pronto las botas.

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