miércoles, 20 de junio de 2012

Daños colaterales




Daños colaterales : En la clase les piden que se imaginen en otro país y que en una cartulina creen una postal dirigida a sus profesoras, dibujando algo típico en una cara y un texto en la otra. La redacción de Daniel, desde Londres, es cercana, anunciando que quiere verte para ponerte al día, que te echa de menos, que te manda muchos besos. La de Lucía, aunque está en Hawái, tiene cierto aire administrativo : se la dirige al señor director. No se anda con tonterías Lucia : directa al poder.

Se habla del final del libro impreso, pero ese pariente lejano que es la postal debe estar ya totalmente muerto. Su certificado de defunción, oficial y definitivo, llegará cuando a los colegios se incorporen nuevas profesoras acostumbradas a decirlo todo a través del móvil y un ejercicio como éste desaparezca del todo. ¿Quién va a escribir una postal si puedes hacer una foto y mandarla al instante? La tecnología también ha acabado con la paciencia. Va dejando cadáveres en la cuneta (daños colaterales) que no vemos porque siempre, en el horizonte, hay una nueva versión.

Ese horizonte que nace en fábricas con jornadas de trabajo chinas.

Veo que han dibujado los sellos. En las dos postales son los rostros sonrientes de dos niños. ¿Qué sentido tiene ponerse a buscar un sitio en el que comprar un sello (¿un qué?), aguantando la impaciencia del que tiene una postal ya escrita? Adiós a los sellos, y a los puestos de la Plaza Mayor y a las series numeradas y al catálogo en el que aparecían todas las emisiones con sus precios. Un catálogo que también está en la cuneta, junto a la guía telefónica.

Más que una postal mandada desde otro lugar, es un envío que se hace desde otro tiempo.

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