martes, 26 de junio de 2012

Tres meses en el destierro




Tres meses en el destierro : Durante todo el verano, a la ducha del baño (doméstica) le entra una depresión que le disuelve sus huesos de serpiente. Se vuelve entonces blanda por dentro, aunque por fuera siga igual de flácida que siempre.

Yo sé qué le pasa aunque ella, limitada por las opciones frío/calor, poco pueda decirme.

El hecho es que sabe que no puede competir con las duchas de la piscina (salvajes), que siempre se muestran altivas, con ese cuello de cisne metálico; que no se permiten relajar su posición de revista; que son dueñas de una elegante marcialidad; que ponen con su presencia un contrapunto necesario (como pequeños trozos de sal en el chocolate) a esa despreocupada alegría que rodea la piscina. Dos puntos : El asta en el que se cuelga la bandera del verano.   

A su lado, la ducha doméstica no puede aportar nada. Encerrada en un baño, no sabe lo que es reflejar el sol o sentir la fina sombra blanca de la luna recorriéndola de la cabeza a la base conforme avanza la noche. Ella vive en una eterna estación. Hace su trabajo de mojar y de aclarar y presiente que se acerca el verano cuando sólo se la utiliza para quitar el cloro rápidamente, sin dejarle tiempo para dejar brillante el pelo.

Le digo que la ducha salvaje no te deja elegir entre frío o calor, que es como un instrumento incompleto. Añado que al abrirla no sabes cómo va a salir el agua. Sigo diciendo que salpica mucho. Que a veces no sale el agua con fuerza.

Digo más cosas, por decir, pero lo cierto es que el verano empieza a latir cuando esas duchas de la piscina comienzan a bombear agua. La primera vez que me pongo debajo de una de ellas, abro el grifo, y, con la cara levantada, siento caer el agua, doy por iniciado el verano.

No sé qué más digo. Ella también presiente que es pariente, más o menos lejana, pero pariente, del reloj que nos despierta todas las mañanas y eso es algo que le duele. Me quedo a su lado sabiendo que ahora no quiere escucharme. 

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