domingo, 18 de septiembre de 2011

"El mar", de John Banville


Encontré “El mar”, de John Banville, en "La atalaya", una pequeña papelería de Conil en la que había entrado para ver si daba con algún libro de Maigret. No había ni rastro del comisario, pero lo de ver que un libro se titulaba así, cerca de una playa, me pareció una coincidencia interesante. Y me llevé el libro.

Y me quedé deslumbrado por él. La clase de libro en el que te puedes refugiar como lector y como escritor. De hecho, ahora voy a buscarlo y me sorprende ver que se trata de un libro fino. Lo recordaba grueso, tal vez porque cada palabra tiene una razón para ocupar su sitio y porque con el tiempo ha ido creciendo en mi cabeza.

“En cualquier caso, a lo que hago tampoco lo llamo crear. Crear es un término demasiado grande, demasiado serio. Los creadores crean. Los grandes crean. En cuanto a los que somos medianías, no existe palabra que resulte lo bastante moderna para describir lo que hacemos y cómo lo hacemos” (Página 41)

Esta cita, por ejemplo, no la busco. Simplemente abro el libro y ya encuentro qué destacar. Todo el libro es una gran cita. Hay un cuidado en la escritura que me recuerda a esa advertencia que hacía Harper Lee sobre la paciencia y el trabajo de artesanía que todo libro debería llevar. Y este es pura artesanía. Basta leer para darse cuenta del trabajo que hay detrás, de todas las palabras que se han eliminado para poner exactamente las que tienes delante. Dentro de un estilo que no busca gustarse a sí mismo, el lenguaje por el lenguaje, sino que ha sido construido para que la historia avance, emocione y termine con un gran final. Un gran, un grandísimo final para cada época de la historia.

La historia, por centrar un poco el libro, presenta a Max Morden, un hombre derrotado, que acude, después de la muerte de su mujer, al pueblo en el que pasaba las vacaciones de pequeño. Ahí recuerda, con todo el cuidado que puede, los detalles de un verano especial en el que conoció a los Grace, una familia totalmente opuesta a la suya.

“La señora Grace está sin aliento, y se hincha la tersa ladera de su pecho, color arena. Levanta una mano para apartarse un pelo que se le ha quedado pegado a la frente mojada y fijo la mirada en la secreta sombra que hay bajo la exila, azul ciruela, el tono de mis húmedas fantasías en noches venideras. Chloe se enfurruña. Myles vuelve a escarbar violentamente en la arena con su palo. Su padre dobla el periódico y mira al cielo entrecerrando los ojos. Rose examina un botón flojo de su blusa. Las pequeñas olas se levantan y rompen, y el perro anaranjado ladra. Y mi vida ha cambiado para siempre.

Pero, entonces, ¿en qué momento, de entre todos los momentos, nuestra vida no cambia completamente , totalmente, hasta el cambio más trascendental de todos” (Página 35)

Sigo leyendo más allá de esta página. Me dan ganas de dejar aquí este comentario y seguir leyendo.

“La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba tan sólo de acumular, de coleccionar cosas – nuevas experiencias, nuevas emociones – y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo” (Página 124)

El recorrido de Max Morden por ese especial verano se detiene en los tópicos del primer beso, del erotismo, de los días largos, del descubrimiento, pero con el contraste de una mirada dura y sincera que trata de no engañarse. Parece que parte de su empeño estuviera dedicado a acabar con la fascinación de ese verano sin apenas lograrlo, como si lo que la memoria guarda de él tuviera la consistencia que su vida, en el momento actual, no tiene.

Ese verano no se termina ahí. Se puede decir que tanto el pasado como el momento presente tienen un final que lo cierran y que obligan a leer el libro para quitarle una capa más y adentrarse más en su significado. Por respeto, no diré nada más.

De hecho, no pensaba decir nada de este libro hasta pasado más tiempo. Un año. Dos. No sé. Mi intención era comentar el titular de El País de hoy : “La crisis obliga a la UE a sanear otra vez las cuentas de los bancos”. Una frase que debería ser analizada palabra por palabra, sobre todo ese verbo, sanear. ¿Quién, salvo algún hijo de puta, va a oponerse a una operación que quiera sanear algo, aunque se trate de un banco?. Buena elección del verbo.

Quiero tirar del verbo y me marcho a la página 30, donde se dan más detalles de la pupa de los bancos y de las medicinas que hay que darles. La quita de la deuda griega puede llegar al 50%, en un país en el que el PIB se ha contraído un 7,3%, el consumo un 7% y la inversión un 17% en el segundo trimestre. Los bancos, que han comido mucha deuda pública en mal estado, por unos 100.000 millones de euros, pueden llegar hasta necesitar 200.000 millones para recapitalizarse (cubrir el dinero que no van a obtener de la deuda perdida) según el FMI. Si la zona euro cae, las cosas se pondrían mejor : los bancos necesitarían de dos a tres billones para recapitalizarse. Una cantidad que implicaría un coste de 10.000 euros por persona durante el primer año más unos 3.500 euros adicionales en los años siguientes. En ese caso, el PIB de Grecia podría caer un 50%.

Muy divertido.

Acudo a la página 30 y al principio del artículo que firma C. Pérez se citan unas palabras de Benville.

“Empieza a ser peligroso dejar Europa en manos de políticos, economistas y banqueros. Muy peligroso”. Parece que C. Pérez estuviera él también cansado de todas estas cifras, de dar unos datos que no sirven para nada al lector y que, en el fondo, quisiera hablar de otra cosa. Empieza un párrafo volviendo a mencionar a Benville : “Ese perfecto desastre al que alude el autor de la fascinante "El mar"…” Y en ese fascinante se abre una rendija por la que esconderse. Es el momento de volverse lagartija (que huelen a hierba, como bien sabe Cristina Sánchez-Andrade) y escaparse por ahí a libros como el de Benville.

Dejar detrás toda esta mierda que se nos viene encima y no parar hasta ver al fondo, por fin, el mar.

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