martes, 13 de septiembre de 2011

"El toldo rojo de Bolonia", de John Berger

Me leo este libro de John Berger de una sentada porque es finito y en algunas páginas sólo aparece una frase. En la página 98, por ejemplo : "Se pasa el pulgar lentamente por el labio inferior". Otra, en la página 40 : "Pregunto dónde puedo comprarla". Sí señor. Es un buen libro para vagos o para amantes de John Berger.

Voy a decir que me ha gustado mucho por si a continuación no me centro o no tengo la inspiración hoy para decirlo de otra forma. Me ha gustado mucho, vuelvo a repetirlo.

Ahora debería ir el resumen de la obra, algún comentario más o menos gracioso y un cierre a la altura del resto, pero he de reconocer que, en este momento, tengo cierta reticencia a arremangarme y comenzar a escribir. La razón es que, básicamente, con un libro tan finito, lo que puedo decir de él ocuparía más que el propio libro, lo que es claramente un despropósito. Si es al revés, no hay problema. En mi caso, no me cuesta nada decir que “Los hombres que no amaban y bla,bla,bla”, me merece un único comentario : Vaya mierda. Frase de la que sobra, si nos ponemos, la primera palabra. Con este librito la situación es la opuesta, como digo. En fin. Vamos allá.

Berger cuenta en este libro un viaje que realiza a Bolonia después de la muerte de un tío suyo, Edgard, como homenaje a él. Se habla de Bolonia, claro, pero como excusa para recordar la figura de Edgard, que se acerca bastante al concepto de fracasado que podemos tener. Alguien que no tiene un duro, que vive en casa de su hermano y que no tiene pareja. No estamos hablando, como se ve, de Steve Jobs.

Sin embargo (y este sin embargo es importante, porque realmente es el centro de este libro) hay algo en lo que destaca el tío Edgard : su amor por los viajes como forma de buscar la sorpresa. En eso, por lo que nos cuenta Berger, el bueno de Edgard destacaba. No era un talento natural, sino el resultado de un esfuerzo continuo que le llevaba a prepararse los viajes concienzudamente para descubrir esas sorpresas.

Esas sorpresas que seguían siendo sorpresas aún descubiertas. El tipo de paradoja que Berger tan bien sabe definir.

Berger y Edgard comparten varios de esos viajes, en los que se crea una relación especial entre ellos. No es lo mismo, por decirlo rápidamente, un guía que te lleva a ver la Torre Eiffel que otro que te sube a un taxi para llegar a tiempo a la meta de una etapa del Tour y poder aplaudir a los corredores cuando llegan. Con alguien así, comprendemos a Berger, uno ha de sentirse próximo, salvo que se tenga algún tipo de problema para relacionarse o ande por la vita embotado.

Por lo que se intuye (en esta novela hay más espacio en blanco que escrito) los dos tenían la intención de ir juntos a Bolonia, de la que Edgard estaba enamorado, pero la muerte de Edgard se llevó por delante ese plan. Ese y otros, suponemos.

Así que Berger realiza ese viaje y nos va contando lo que hace, que no es mucho. Básicamente, comprarse un trozo de tela rojo e ir a visitar un Compianto en Santa María della Vita.

¿Y ya está?

En otro, sí. En Berger, no. Como se trata de una novela tan corta, todo tiene sentido. Si fuera por escribir, tendríamos en la mano “Los hombres que bla,bla,bla…” donde se puede escribir y escribir sin decir nada, ya lo sabemos. Aquí, lo que se dice es importante, por eso la visita de Berger a Santa Maria, al final de la novela tiene su justificación y enlaza con ese Sin embargo con el que abría un párrafo anterior. El quinto, que hasta lo he contado.

En Santa María della Vita, Berger, después de seguir el consejo de su tío y de tomarse un Blue Montain en una tienda de la Via Porta Nuova, se encuentra con la figura de María Magdalena. Una mártir, como la define. Los mártires, entre otras cosas, logran, según Berger, que toda su vida tenga sentido. Con lo que, recapitulando, en un lado de la historia, tenemos a Edgard, que parece que no ha hecho nada con su vida, y en otro a María Magdalena, que parece haberle dado sentido a cada minuto de su vida. La cara y la cruz, por decirlo claramente.

Vale.

¿Y ya está?

Pues no. Berger da un paso al frente y, en defensa de su tío, afirma que las vidas de los dos se parecen mucho y que esa diferencia sólo está ahí para el que no sepa verla. Así es Berger cuando da la cara por sus tíos.


"Los opuestos se tocan. Entre los mártires se da la misma provocación y la misma modestia que la que existe en la búsqueda de los pequeños placeres refinados. A niveles distintos, claro. Pero la coincidencia no deja de estar ahí. No dejan de tocarse. El martirio y la búsqueda de los pequeños placeres desafían por igual la crueldad de la vida"

¿Y ya está?

Sí, ahora sí. Aunque para hacer un comentario completo habría que hablar del estilo y ahí es donde prefiero callarme. Ya he hablado mucho. He dicho lo que cuenta, el cómo es muy importante para que todo tenga sentido. Y aquí lo único que puedo decir es que hay que leer a Berger. El libro es caro, lo sé, que once euros por estas páginas duelen, pero aún así lo defiendo.

Y ya está.

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